Feminismos e investigaciones feministas

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Resumen:

Este artículo aborda la definición de “feminismos” como movimiento social y como teoría crítica, ya que por feminismo se entiende el conjunto de políticas prácticas y teorías sociales desarrolladas por el movimiento social feminista que critican las relaciones pasadas y presentes de sometimiento de las mujeres y luchan para ponerles fin y transformar, así, la sociedad para hacerla más justa. Asimismo, se plantean los valores que pueden inspirar una metodología calificada como feminista.

Palabras Claves: 
Feminismo, movimientos sociales, teoría crítica, mujeres, metodología.

Abstract:

This article tackles the definition of “feminisms” both as social movement and critic theory, because feminism is understood as the whole practice politics and social theories that are developed by the feminist movement and criticize past and present relations of oppression of women and fight to finish them and transform society to make it fairer. Besides, it deals with the values that can inspire a methodology qualified as feminist.

Key Words: 
Feminism, social movements, critic theory, women, methodology.

Gemma Nicolás Lazo: Investigadora de la Universidad de Barcelona, España.

“La teoría feminista sin los movimientos sociales feministas es vacía; los movimientos feministas sin teoría crítica feminista son ciegos” (Amorós y Miguel, 2005: 15). Con esta frase se expresa claramente la estrecha relación entre el pensamiento feminista y el movimiento social de las mujeres. El feminismo es ambas cosas, un movimiento y una teoría revolucionarios.

Por feminismo se entiende el conjunto de políticas prácticas y teorías sociales desarrolladas por el movimiento social feminista que critican las relaciones pasadas y presentes de sometimiento de las mujeres y luchan para ponerles fin y transformar, así, la sociedad para hacerla más justa. Las feministas tienen el objetivo de descubrir las causas de la opresión de las mujeres, de revelar las dinámicas de sexo-género en la sociedad contemporánea y de producir un conocimiento que las mujeres puedan utilizar para superar los perjuicios a los que están sometidas. El objetivo último sería construir una sociedad con formas de organización genérica no opresivas y en movimiento (Lagarde, 1997: 21). Tras este avance de definición, vayamos por partes. 
El feminismo es, antes que nada, un movimiento social que ya data de tres siglos. Por movimiento social[2]entiendo aquel:

“agente colectivo movilizador que persigue el objetivo de provocar, impedir o anular un cambio social fundamental, obrando para ello con cierta continuidad, un alto nivel de integración simbólica y un nivel bajo de especificación de roles, y valiéndose de formas de acción y organización variables” (Riechmann y Fernández, 1994: 48).

De entre las múltiples definiciones y concepciones de movimiento social, ésta es idónea para los objetivos de esta introducción porque nos permite señalar, siguiendo al autor, algunos elementos clave del movimiento feminista. Riechmann y Fernández afirman que los caracteres fundamentales de los movimientos sociales son su voluntad transformadora, la continuidad, su carácter movilizador, la participación no formal, su identificación del otro, y la integración simbólica de sus miembros. Veamos cómo se materializan en el movimiento de mujeres.

En primer lugar, el objetivo del movimiento de mujeres es revolucionario, ya 
que busca la subversión total del sistema social moderno que se basa en la opresión política, institucional, económica y simbólica de la mitad de la humanidad, las mujeres.

Aunque no completamente, hay quien dice que la feminista ha sido la única revolución que triunfó en el siglo XX, a la luz de los profundos cambios que se han producido en occidente en la situación de las mujeres (Amorós y Miguel, 2005: 56). 
Young (Young, 2000) define en qué consiste la opresión de las mujeres como grupo. Ella parte de un concepto de justicia amplio, en el que incluye no sólo la cuestión de la distribución, sino también lo referente a las condiciones institucionales que son necesarias para el ejercicio y el desarrollo de capacidades individuales, de la comunicación colectiva y de la cooperación, e inserta dentro de la justicia, en sentido negativo, la idea de la opresión. La opresión como injusticia social tendría cinco elementos básicos: explotación, marginación, carencia de poder, imperialismo cultural androcéntrico y violencia. La autora los propone como indicativos para detectar la opresión.

La explotación vendría referida a la idea del trabajo, tanto productivo como del cuidado. Las mujeres transferirían de forma sistemática, y no recíproca, energía y poder a los hombres. La marginación provocaría que muchas personas quedaran al margen de la sociedad hegemónica, suponiéndoles privaciones materiales, discriminación en el mercado de trabajo, dependencia y control de redes de servicios sociales, etc. En las sociedades contemporáneas conocidas, las mujeres son más pobres[3]y viven en situaciones de exclusión y marginación mayores que las de los hombres, siendo esta realidad mucho más escandalosa en los llamados países en desarrollo. Young entiende la carencia de poder según una cuestión de clase y se vincula con la idea de explotación. Serán las personas sin formación y las/os trabajadoras/es no profesionales quienes más sufrirían la ausencia de autonomía y fuerza para tomar decisiones sobre la propia vida. El imperialismo cultural produciría que los rasgos dominantes de la sociedad invisibilicen la perspectiva particular de las mujeres[4] e impongan como universal la experiencia y la cultura del grupo dominante. Finalmente, la violencia de carácter sistemático que sufren las mujeres, llamada violencia de género, sería el último indicador que afirma su opresión (Young, 2000: 86-110).

Lagarde (Lagarde, 1997) utiliza la metáfora  cautiverio para conceptuar las instituciones típicas de opresión de las mujeres en la sociedad androcéntrica occidental. Los cautiverios tradicionales serían el matrimonio (madresposas), la entrega a la Iglesia católica (monjas), la prisión (presas), la locura (locas) y la prostitución (putas). Estas instituciones expropiarían de “la  sexualidad, del cuerpo, de los bienes materiales y simbólicos de las mujeres y, sobre todo, de su capacidad de” intervenir creativamente en el ordenamiento del mundo” (Lagarde, 1997: 15-17).

Sin embargo, y pese a la opresión, las mujeres intentan elaborar estrategias de 
supervivencia a partir de sus condiciones de vida y eludir las violencias a las que se enfrentan. En todos los contextos y momentos, a pesar de su situación de subalternas y excluidas, diseñan mecanismos de resistencia (Nash, 2004: 21). Al vivir se enriquecen y luchan por construir parcelas de libertad. En ese camino, las mujeres han ampliado su universo, han desarrollado aptitudes y saberes que contribuyen a su liberación.

Si seguimos los elementos definitorios de los movimientos sociales de Riechmann y Fernández, afirmamos, en segundo lugar, que el movimiento de mujeres tiene una larga continuidad, de trescientos años, complejos y no monolíticos (Amorós y Miguel, 2005: 34). El feminismo como movimiento social y político nació en Europa y Estados Unidos con la Ilustración[5], a partir de cuando se desarrolló lo que se ha conocido como la primera ola del movimiento feminista. La principal reivindicación de aquel momento era la igualdad jurídica con los hombres y, principalmente, respecto a algunos derechos concretos, como el derecho al sufragio. En los años sesenta del siglo XX se inició lo que se conoce como la segunda ola del movimiento, también occidental y mayoritariamente blanco. Las reivindicaciones ya fueron más allá de la mera igualdad en la ley y se inició el cuestionamiento de la construcción social del sexo-género en los ámbitos privados de la vida y en el aspecto de la sexualidad. Años más tarde, quizá en la tercera ola, el movimiento feminista se ha diversificado y se ha democratizado.

Aparecen otras voces, de otras mujeres y de otras realidades mundiales bien diferentes a las occidentales. En la actualidad podríamos encontrar muchas tradiciones feministas, pero a todas ellas les uniría un mismo hilo conductor: construir una sociedad no sexista.

En este sentido, parafraseando a Melucci (Melucci, 1987), quien se refiere a la naturaleza simbólica de los movimientos sociales, el movimiento feminista sería un agente premonitor que habría señalado a la sociedad dónde existe un problema e injusticia fundamental, la opresión de las mujeres, y propondría soluciones para solventarla. Así, el feminismo vendría realizando una función simbólica que podría incluso llamarse profética. Además de luchar por objetivos materiales y de participación en el sistema dado, también lo haría por una apuesta simbólica de futuro, de re-significación del mundo, que rompiese con el sistema sexo-género.

En tercer lugar, el movimiento feminista es movilizador, en el sentido de no poseer una elevada institucionalización. De hecho, el movimiento feminista se caracteriza por el pluralismo y la diversidad (Nash, 2004: 21) y la ausencia de estructuras jerárquicas o líderes de mando tradicionales (Amorós y Miguel, 2005: 56). El movimiento de mujeres incluiría tanto estructuras y organizaciones políticas formales que llevan a cabo una acción colectiva pública, como las redes informales generalmente sumergidas que se basan en la identidad colectiva y que cuestionan los códigos de sexo- género vigentes y trabajan para el desarrollo de una cultura feminista (Nash, 2004: 23).

Por este motivo, y en cuarto lugar, en el feminismo la especificación de roles dentro del movimiento no es habitual, es decir, sus formas de participación son múltiples y cambiantes, y no existe generalmente una militancia formal. Tampoco, a diferencia de los movimientos revolucionarios típicos, ha alentado el uso estratégico de la violencia o de la lucha armada (Amorós y Miguel, 2005: 56).

En quinto lugar, el movimiento feminista ha identificado y ha construido el otro, el oponente frente al que se afirmará el movimiento. El otro no son los hombres, como ciertos planeamientos misóginos con voluntad deslegitimadora podrían reprochar, sino la sociedad sexista, androcéntrica o patriarcal (según los nombres que recibe en los diferentes momentos históricos y corrientes teóricas) que se construye sobre la opresión de las mujeres.

En sexto lugar, el movimiento social de mujeres ha construido una identidad colectiva, la del sujeto mujer. Para Melucci (Melucci, 1987), construir y desarrollar una identidad colectiva significa la definición de un grupo como tal, con concepciones concretas del mundo, con objetivos y opiniones conjuntas sobre el entorno que lo rodea y la viabilidad y las dimensiones de la acción colectiva. El feminismo ha producido la integración simbólica de las mujeres que participan en el movimiento, ha desarrollado un sentimiento de pertenencia al grupo, nuevas formas de relaciones sociales y una manera concreta y nueva de mirar y llamar la realidad. Es decir, el movimiento feminista, con la ayuda imprescindible de la teoría crítica, trabaja en la redefinición de la realidad contra los códigos culturales hegemónicos elaborando un nuevo marco de referencia, de injusticia. Se suele utilizar la metáfora de las gafas para explicar la virtualidad de mirar la realidad a través de este nuevo marco.

Estos procesos, en concreto el de construcción de la identidad colectiva, provocan el surgimiento de una conciencia colectiva que convierte a las mujeres en sujeto histórico, base del conflicto y de la lucha políticos. Las mujeres, al auto- conceptualizarse, no podían dejar de hacerlo en un lenguaje político (Amorós y Miguel, 2005: 26). Esta formación del sujeto colectivo aúna teoría y práctica y permite la lucha política con otros agentes sociales para hacer hegemónica su definición de la realidad (Amorós y Miguel, 2005: 57). La importancia de una conciencia colectiva politizada para provocar cambio social se considera imprescindible desde que Marx teorizara sobre la construcción de la conciencia de clase social (Rocher, 1983).

Finalizada la definición de movimiento social feminista, podemos afirmar que el feminismo reúne los tres principios fundamentales que caracterizan los movimientos sociales según Touraine (Touraine, 1969): el de identidad como grupo, el de oposición a una realidad y el de totalidad, como defensa de valores y grandes ideales feministas. Asimismo, realizaría las funciones principales que desarrollan los movimientos sociales para Rocher, de mediación, como agentes activos entre las mujeres y las estructuras y las realidades sociales; de clarificación de la conciencia colectiva; y de presión.

El feminismo, ahora como teoría crítica, buscaría mediante la reflexión teórica nuevas representaciones del mundo social según los intereses del grupo mujeres para posibilitar una nueva visión, una nueva interpretación de la realidad. Y es que el proyecto político feminista implica necesariamente una labor filosófica, porque conocer y ser no pueden separarse. Debemos saber cómo ser (Flax, 1983: 271). El objetivo de la teoría crítica feminista sería dotar a las mujeres de herramientas para entender sus problemas y subvertir su situación[6]. Es una teoría de, por y para los movimientos de mujeres (Miguel, 2005a: 15). Por eso decimos que la teoría feminista es siempre una 
teoría militante (Amorós y Miguel, 2005: 17).

Así lo expresa Fraser (Fraser, 1990): 
“Una teoría crítica de la sociedad articula su programa de investigación y su entramado conceptual con la vista puesta en las intenciones y actividades de aquellos movimientos sociales de la oposición con los que mantiene una identificación partidaria aunque no acrítica” (Fraser, 1990: 49).

Como se ha dicho, una de las prácticas fundamentales del movimiento feminista es la redefinición o la resignificación de la realidad, es decir, la subversión de los códigos culturales dominantes, a través de la adquisición de toda una nueva red conceptual. Para ello, la teoría feminista conceptualiza como conflictos y producto de relaciones de poder hechos que el pensamiento hegemónico presenta como inmutables (Miguel, 2005b; Miguel, 2005a). Y es que el feminismo, como teoría crítica, no sabe conceptualizar sin politizar (Amorós y Miguel, 2005: 26).

Esto constituye un verdadero proceso de liberación cognitiva que desarticula las falacias, los prejuicios y las contradicciones que legitiman la opresión sexual a través del análisis de las fuentes filosóficas, científicas, religiosas, históricas, etc. (Miguel, 2005b). El primer paso para el triunfo de esta liberación cognitiva es la concienciación, es decir, la puesta en tela de juicio en la propia subjetividad los valores y las actitudes que han sido interiorizados desde la infancia mediante un auto-análisis crítico. La concienciación es el requisito previo para la acción posterior, tanto individual como colectiva.

Si hacemos investigación feminista: los valores de la metodología para la resignificación de la realidad.

Existe cierta discusión sobre si existen métodos de investigación propiamente 
femeninos o feministas y cómo deberían ser si existieran. Éste es un tema algo delicado, ya que la afirmación de la existencia de métodos feministas podría provocar alguna consecuencia indeseable como sería la presunción de la existencia de una esencia femenina. Este hecho, como mínimo, pondría en cuestión el carácter emancipador de dicha epistemología feminista. Por este motivo, la filósofa científica Sandra Harding (Harding, 1991) afirma que no existen métodos feministas particulares, sino una variedad de métodos que favorecen la investigación, pudiéndose escoger entre uno y otro según la cuestión bajo estudio. No habría, por tanto, un estilo cognitivo femenino (Anderson, 2004).

Sin embargo, sí habría algunos valores feministas que hallarían su razón de ser en la naturaleza del feminismo como movimiento social y en sus objetivos emancipadores. Además, y con carácter previo, la metodología que se utilice en estudios feministas ha de partir de una auto-crítica dirigida a evitar métodos de investigación sexistas. Por ejemplo, la epistemología feminista defiende una heterogeneidad ontológica que huye de las dicotomías categóricas que representan la masculinidad y la feminidad como opuestas, la feminidad como inferior y las realidades que no encajan en las normas de sexo-género como desviadas (Anderson, 2004). Debería, pues, rechazar los patrones metodológicos que tendieran a reproducir esas categorías dicotómicas.

Después, hallaríamos una serie de características que aunarían los diferentes 
métodos feministas. En primer lugar, una metodología feminista favorece una visión de la complejidad de las relaciones en oposición a modelos causales unifactoriales, hecho que permite la representación de una multiplicidad de rasgos del contexto social, incluida la participación de las mujeres (Anderson, 2004).

En segundo lugar, la actividad investigadora feminista tendría siempre una actitud de justicia y compromiso solidarios respecto a los sujetos de estudio y al entorno social en el que viven (Dansilio, 2004; Scott, 1990: 25). Esto es así porque la metodología feminista constituye una parcialidad consciente –contra el ideal de la neutralidad de valores de la ciencia positivista– que supone una identificación parcial con el objeto de conocimiento. La investigación debe servir a los intereses de los grupos dominados, oprimidos y explotados (Mies, 1999: 71-72).

Evidentemente la elección del objeto de estudio y la construcción de hipótesis 
también serían influidas por esta actitud solidaria y comprometida. En general, la ciencia y la epistemología feministas suelen interesarse en cuestiones relacionadas con las necesidades humanas y sociales (Anderson, 2004) vinculadas, claro está, al sistema sexo-género.

Dicha actitud provoca una mirada desde abajo (Mies, 1999: 71-72) o reflexividad (Anderson, 2004) que exigen que la persona investigadora se ubique en el mismo plano causal que el objeto de conocimiento. Ella debe tomar partido respecto a la posición social, a los intereses, a las asunciones de base, a los sesgos y a otros aspectos sobre la perspectiva concreta que da forma a su hipótesis, su método y sus interpretaciones. El sujeto que investiga debe reconocer su complicidad con las vidas de los objetos de estudio y preguntarse por sus creencias y comportamientos así como lo hace sobre su objeto de estudio (Harding, 1991: 161-163). Es como un autogobierno reflexivo, entendido como transparente y crítico hacia sí mismo, que substituiría el lugar del ideal masculino de la autosuficiencia individualista.

En tercer lugar, la metodología feminista valora el papel de las emociones y el compromiso no solo ideológico sino emocional con el objeto de estudio. Las emociones pueden realizar funciones críticas muy útiles a las teorías dominantes y producir hipótesis rivales significativas (Anderson, 2004; Durán, 1996: 8).

En cuarto lugar, la investigación científica feminista se relaciona con las acciones y las luchas del movimiento de las mujeres. La investigación se convierte en parte integral de esas luchas ya que ellas fueron la base para el nacimiento de los estudios feministas. La investigación feminista pretende dotar de conocimiento, entendido como poder difuso, a los grupos que ostentan posiciones subordinadas en la sociedad (Anderson, 2004). Se pretende una integración de la praxis y la teoría. El objetivo es el mismo, cambiar el status quo de la opresión de las mujeres (Mies, 1999: 73-74). Según esta idea, la legitimidad de una teoría no dependerá tanto de principios y reglas metodológicas, sino de su virtualidad en la contribución a una práctica política en pro de una progresiva emancipación y humanización (Mies, 1999: 72-73).

En quinto lugar, el proceso de investigación se ha de convertir en un proceso de concienciación tanto de las personas investigadoras como de las personas investigadas. La idea que subyace en este enfoque es que el estudio sobre una realidad opresiva no es realizado por expertas sino por personas que son a su vez objeto de esa opresión. Tanto las científicas como las mujeres cuyas realidades se están estudiando han de poner en común sus experiencias y tomar conciencia. Este aspecto es muy relevante a la hora de realizar investigaciones empíricas cualitativas (Mies, 1999: 74-75).

La epistemología feminista está particularmente interesada en las condiciones 
del entendimiento del sujeto mujer, de la experiencia de una misma, y en las 
circunstancias sociales en las que puede darse esta forma de adquisición de 
conocimiento o de conciencia colectiva (Flax, 1983: 270). De hecho, la experiencia y la autobiografía son recursos metodológicos muy utilizados por la epistemología feminista. Las vidas de las mujeres son lugares desde donde puede surgir un conocimiento de gran autoridad (Michelson, 1996: 631).

Laurentis (Laurentis, 1986) define el feminismo como “una política de la experiencia de cada día” (Laurentis, 1986: 10). Esto es así porque ha sido a través de la experiencia subjetiva de las mujeres como han surgido los principales temas del feminismo, sobre sexualidad, sobre el cuerpo y sobre la práctica política feminista. También la prioridad epistemológica se ha situado en lo personal, lo subjetivo, lo corporal, lo cotidiano, como el lugar donde reside lo ideológico, rompiendo los diques de la esfera privada (Laurentis, 1986: 11).

Precisamente, fue a través del descubrimiento de la existencia de una experiencia compartida entre las mujeres respecto a las contradicciones entre la experiencia como mujer y la  feminidad normativa cuando surgieron las primeras reivindicaciones del conocimiento de las mujeres con el feminismo radical. Me estoy refiriendo a la tradicional toma de conciencia del feminismo de las consciousness-raising sessions, que se realizaron por primera vez como práctica establecida en 1967 en el New York Radical Women (Miguel, 2005a: 22).

En este tipo de reuniones las mujeres reflexionaban a título individual sobre cómo experimentaban la opresión. A través de esa toma de conciencia se pusieron las bases para la lucha colectiva y política y la solidaridad entre las mujeres. Los problemas personales se convirtieron en injusticias colectivas producidas por el sistema de sexo- género, ahora leídas en clave política. Se construía la teoría desde la experiencia personal. Y es que el papel de las redes feministas y de las organizaciones de grupos de mujeres en la redefinición de la realidad para posibilitar realmente la liberación cognitiva de las mujeres ha sido y sigue siendo imprescindible[7] (Miguel, 2005b).

En sexto lugar, la concienciación de las mujeres sobre la opresión de nuestras 
sociedades debería ir acompañada del estudio de la historia social e individual de las mujeres. El apropiarnos de nuestra historia, de nuestras luchas pasadas, sufrimientos y sueños contribuye a la formación de una conciencia colectiva feminista (Mies, 1999: 75).

Finalmente, encontraríamos la discusión democrática del conocimiento y su
colectivización entre investigadoras y movimientos sociales. Como afirma Durán

(Durán, 1996), la conexión entre la ciencia y el movimiento social tiene lugar en tres dimensiones principales “en cuanto que los sujetos producen la ciencia, en cuanto que reciben y transmiten la ciencia, y en cuanto que son, a su vez, el objeto de atención de la ciencia” (Durán, 1996: 17).

Aquí encontramos una de las justificaciones de la objetividad de la epistemología feminista. Para Longino (Longino, 1997: 75), la inclusión de las 
perspectivas socialmente relevantes en la comunidad comprometida en la construcción crítica del conocimiento es un ideal al que deberían tender todas las investigaciones. Los resultados serán más objetivos cuanto más responsables sean respecto a las críticas desde otros puntos de vista (Anderson, 2004) y sean fruto de una democracia participativa intelectual (Harding, 1991: 151).

Bibliografía

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Notas 

[1] Este término es un neologismo que se inspiró de la raíz latina fémina, que significa mujer, más el sufijo –ismo, cuyo uso se generalizó en el siglo XIX para denominar a los modernos movimientos sociales (Nash, 2004: 64).

[2] El esquema base para entender qué se entiende por “movimiento social” parte de Rivera (2006), quien lo aplica al movimiento de defensa de los derechos de los presos y las presas.

[3] El concepto feminización de la pobreza hace referencia a esta realidad. La ratio de pobreza de las mujeres es siempre superior en un contexto geográfico concreto. Aunque del volumen total de trabajo que realizan es más de la mitad del estimable para toda la humanidad, perciben tan solo de un tercio de la remuneración global (Informe de Desarrollo Humano, 1995, en Nicolás, 2006). Esta realidad no es una situación coyuntural sino un estado estructural que tiende a agravarse.

[4] En algún punto discrepo con Young (Young, 2000) respecto a las ideas que subyacen en su concepción del imperialismo cultural. Pareciera que considera que existe una cultura propiamente femenina que habría que reivindicar, una esencia femenina que actuaría como cultura subordinada pero diferente a la dominante. Opino, por el contrario, que esa cultura de las mujeres, pese a poseer sabiduría y experiencias valiosas y estratégicas de resistencia, es también parte de la ideología androcéntrica dominante y que no habría ninguna esencia propiamente femenina.

[5] Se podría decir que feminismo ha existido siempre que las mujeres, a título individual o colectivo, han intentado subvertir el sistema que las oprimía. Sin embargo, prefiero considerar por feminismo strictu sensu el movimiento de mujeres organizado que ha articulado reivindicaciones coherentes y sistemáticas desde la Ilustración. En general, así se considera por la literatura (Miguel, 2005b: 16).

[7] Para MacKinnon la consciousness raising constituye el método crítico por excelencia del feminismo. Sería la forma especial de adquisición de conocimiento a través de la aprehensión política de la relación de una misma con la realidad (Laurentis, 1986: 8). Michelson (Michelson, 1996) propone la APEL (Assessment of Prior Experimental Learning), práctica académica no tradicional de aprendizaje mediante la experiencia, como herramienta muy útil para dotar de autoridad científica los conocimientos situados propios de la epistemología feminista. Lagarde (Lagarde, 1997: 54-55) se refiere a la metodología de la estancia con mujeres como un método feminista similar a la observación participante, pero añadiendo el compromiso político y la empatía del sujeto investigador.

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