“Éramos Liceanas en el 73”

En el contexto de la conmemoración de los 40 años del 11 de Septiembre del 73’  se han realizado variados programas de televisión, seminarios, foros en los cuales se han recogido testimonios de este período negro y obscuro de nuestro país, el texto que aquí comento se enmarca en  ese ejercicio de memoria, que se transforma es un gesto fundamental a la hora de pensar  el país que queremos.

Ximena Azúa Ríos. Licenciada en Humanidades M/Lengua Y Literatura Hispánica, Magister en Estudios Latinoamericanos y Dra. en Literatura,. Docente en Universidad de Chile.

 

Éramos liceanas  en septiembre del 73’ de las autoras Aminie Calderón Tapia y Rosa Gutiérrez Silva es un libro publicado en diciembre del 2011, a pesar de ello he querido hacer una reseña sobre él, por varias razones.  Los testimonios de víctimas de violaciones de derechos humanos de provincia que recoge este libro poseen poca circulación nacional, pues  relata los hechos acaecidos a un grupo de estudiantes del Liceo N°1 de Niñas de Valparaíso,  junto con lo anterior aborda  una realidad poco conocida: la situación de represión que se vivió  al interior de los establecimientos educacionales desde la perspectiva de los/las estudiantes y por último algo que poco a poco ha venido develándose: la represión  y tortura que fueron objetos niños/as y jóvenes durante la dictadura, si a esto se le adiciona que las víctimas que dan vida a  este texto son fundamentalmente mujeres y que con la mayoría de ellas se utilizó las agresiones sexuales como parte de la tortura , lo cual es un modus operandis habitual de los violadores de Derechos Humanos hacia las mujeres, no importando su edad. Todas estas razones hacen de este texto, un  testimonio inestimable para no sólo recoger una parte de la memoria de la represión en Chile, sino también para analizar los dispositivos que posee la propia escuela para generar mecanismos de represión y domesticación de los sujetos que allí se forman.

Desde el primer momento el Golpe tenía el sentido para las Fuerzas Armadas de volver a restaurar un orden conservador y tradicional, en el cual el rol de la mujer debía ser la de subalterna y su  identidad derivada. Todas las mujeres que participaban en política se salían  de ese orden que debía ser restaurado, es así que todas aquellas que eran activas protagonistas en el proceso de la Unidad Popular, cualquiera fuera su edad y jerarquía o grado de participación, paso a ser peligrosa, en palabras de Bunster

amenazaban el orden público y, por ende, la jerarquía masculina que este nuevo orden imponía. Las  primeras señales en términos de control y dominación por su sola condición de género, estuvieron dadas por el ejercicio de la represión sobre las mujeres por su militancia política o por la cercanía con un hombre peligroso para el régimen militar. Así, este sistema de represión y tortura tuvo un papel específico sobre las mujeres, buscaba castigar a algunas  y atemorizar a todas las otras. Se ejemplificaba cómo se trataría aquellas que osaran salirse del modelo único de mujer impuesto por la dictadura. La represión se ejerció a través de la violencia sexual como tortura, como forma real y simbólica de expresar el mandato de la dictadura[1].

En esa perspectiva, los recintos educacionales se transformaban en espacios ideales para la restauración de orden, pues el liceo como toda institución educacional es un espacio social de disciplinamiento, en esa época se constituyó –además- en un espacio de control, vigilancia y terror. En el cual el no a la delación se convirtió en consigna y la resistencia era posible sólo en pequeños actos de solidaridad y protección entre esas adolescentes que estaban inermes  frente a la brutalidad y el oprobio.

El Liceo Nº1 de Niñas de Valparaíso se transforma en el escenario ejemplificador del desorden, pues las “niñas” habían sucumbido a través de la participación  estudiantil y política en una vida intensa, pues Éramos niñitas con ideas propias…”(Calderón y Gutiérrez, 2011:64)

El texto está conformado por varios acápites bien definidos, se inicia con la entrega de antecedentes del liceo de Niñas N°1 de Valparaíso, el establecimiento público de mujeres más antiguo de Chile, fundado en 1891[2] y se relata brevemente  cómo fue la vuelta a clases bajo estado de sitio

El resto de las niñas observaba atónitas cómo se vertía sobre las compañeras una brutal represión al momento de detenerlas, con el beneplácito de la directora.” …”(Calderón y Gutiérrez, 2011:81)

La intención de causar terror en toda la comunidad se aprecia en las detenciones a plena luz del día en el recinto escolar, eso era un modo habitual de actuar, sin embargo la actitud cómplice de la directora es algo que choca con uno de los principios básicos de  la profesión docente: el  respeto y protección de los estudiantes y por cierto de cualquier niño o joven.

El libro inicia,  luego de esta contextualización del clima que se vivía en aquellos días tanto fuera como dentro del liceo,  los testimonios abordan dos categorías constituyentes de una comunidad escolar : las estudiantes y los apoderados. La ausencia de testimonios de profesores es clara, los partidarios de la Unidad Popular estaban detenidos o no habían vuelto a sus lugares de trabajos por las represalias[3] y los que si habían retomado las actividades y el control del establecimiento eran los partidarios del nuevo régimen de terror. Sin embargo, en los testimonios se rescata la actuación de algunas profesoras por su valentía y dignidad.

La sección de testimonios de las estudiantes –dieciséis- incluye además a dos testimonios de dirigentes estudiantiles de otros establecimientos, que también fueron detenidos. Todos ellos al momento del Golpe  tenían entre 14  y 19 años  de edad, los relatos dan cuenta de la politización de la época,  muchas eran militantes, otras partidarias de la Unidad Popular, pero las más eran activas participantes de la organización estudiantil, del Centro de Alumnas del Liceo, varias de ellas fueron presidentas o miembros de la directiva de  esa instancia estudiantil.

Los testimonios poseen distintos niveles de profundidad, de extensión y de reflexión, están las de aquellas militantes activas que recibieron todo el rigor de la represión, y los de aquellas que no fueron detenidas, pero sufrieron la vida de terror y delación que se impuso, todas ellos constituyen una atmosfera que da cuenta de lo que fueron esos momentos no sólo en las vidas  de cada una de estas jóvenes, sino en la sociedad en su conjunto.

Los relatos mayoritariamente poseen dos hitos: el centro de alumnas como lugar neurálgico del quehacer  político y social de la época  previa al Golpe y el actuar de la directora designada por la Dictadura, como el símbolo evidente del quiebre no sólo de la convivencia democrática, así como también del actuar cómplice de civiles frente al atropello y violación sistemática de los Derechos Humanos.

La organización estudiantil como centro neurálgico de ese “desorden “que representó la Unidad Popular, pues es allí donde las jóvenes comienzan a participar activamente en política a tener ideas propias, pero por sobretodo a conformar un modelo de mujer autónoma, en contrapartida  a ello  es la directora impuesta por  la dictadura es quien  viene a ordenar  todo aquello.

El testimonio de los padres

El testimonio de algunos de los padres y madres, se presentan cinco testimonios de ellos,  quienes relatan los hechos  de represión política acaecidos a sus hijas. Algunos de ellos son las declaraciones que presentaron a la Comisión Valech, otros son hechos a propósito de este libro. También –al igual que las declaraciones de las estudiantes- presentan distintos niveles de desarrollo y análisis, sin embargo en todos ellos se trasunta  la angustia frente a la imposibilidad de no poder haber hecho algo por sus hijas, de no haberlas podido proteger del horror “…fue terrible casi me volví loca llorando, casi me caí muerta de miedo. Registraban todo, andaban hasta por los techos…” (Calderón y Gutiérrez, 2011:235).

Los testimonios muestran la cotidianeidad trastocada, las familias atravesadas por la situación política y abundan en detalles que ayudan al lector a conformar una idea de cómo era la vida en Chile post Golpe. La expresión me volví loca es la constante en los testimonios de las madres, y ciertamente la locura estaba presente, lo habitual en los casos de represión es que los niños vean como detienen a sus padres y no al revés. En este caso son los padres los que contemplan la detención, pues muchas de ellas fueron sacadas de sus casas

Mi hija fue detenida el 18 de agosto  de1975. Desde mi propia casa, casi me volví loca, estaba como trastornada, me ayudó mucho el Dr. Gustavo Weitz Ramírez. El dolor, la desesperación e impotencia eran indescriptibles.

Recuerdo que había ido hacer compras, a la frutería de don Vicente Bello, el vendía de todo, era un típico almacén de barrio. Cuando voy llegando a casa veo a dos hombres que se llevaban a Marisa e intentaban introducirla a un auto color rojo. Boté la bolsa en que llevaba las compras y corrí a buscar a mi marido. Entre los dos tratábamos de impedir que se llevaran a nuestra hija. Igual se la llevaban… (Calderón y Gutiérrez, 2011:229).

Las autoras

Este texto está escrito a dos manos, pero es una composición coral, pues incorpora múltiples voces:

¿Qué habría sido de nosotras si ese hecho no se hubiese producido? Nadie lo sabe; pero es probable que hubiésemos  sido más o igual de felices en Chile. De lo que si estoy segura es que una mano ajena a nuestro deseo truncó nuestro destino.

Solas en un exilio ingrato luchamos contra un sino impuesto y han sido muchas las noches o días que hemos llorado extrañando nuestro país, su olor marino, el ruido de los barcos y todo lo que dejamos atrás, en nuestro  puerto de Valparaíso. Luego nos acostumbramos a otros olores, otros sones, otras voces, otros acentos y otros idiomas.(Calderón y Gutiérrez, 2011:89).

Así comienza el testimonio lúcido, profundo de Rosa Gutiérrez militante de la Juventudes Comunistas, presidenta del Centro de Alumnas del  Liceo Nº 1 en 1972 y detenida en numerosas oportunidades entre septiembre del 73 hasta el mes de octubre del 74’ fecha en que salió de Chile en muy malas condiciones  con destino a Argentina, allí en Buenos Aires pudo estudiar desarrollar una carrera profesional y conformar una familia. Su testimonio es un ejemplo de resiliencia y su escritura un ejercicio de memoria.

Aminie Calderón Tapia, es la otra autora de este texto, militante del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), fue detenida por primera vez en el Liceo, un año más tarde fue detenida en  su casa, llevada a  Villa Grimaldi y luego retenida por un año en Tres Alamos, fue expulsada del país en 1976. Aminie poseía con un fuerte compromiso político indica en su testimonio, su historia esta cruzada con el dolor de la desaparición de su hermano mayor.[4]

Cuando se produjeron las detenciones en el año 73, mes de diciembre no me lo esperaba porque se creía que la represión se focalizaría en los adultos, en los compañeros dirigentes de más alta responsabilidad. (Calderón y Gutiérrez, 2011:183)

En efecto, cuesta creer que una niña con uniforme escolar, sacada de clases estuviera detenida  y torturada por días,

con el uniforme escolar inspiraba como un rechazo hacia mí. Cada vez  un nuevo interrogador  que me veía, exclamaba ¡Y esta que hace aquí¡ y me rociaban a garabatos retándome, que poco menos que era mi culpa que se encontraban ante esta lola vertida de azul marino y blanco….(Calderón y Gutiérrez, 2011:173)

Hoy sigue viviendo en Bélgica, pudo regresar a Chile por primera vez en el 2004, allí formó una familia  e hizo su vida se desarrolló como persona

He seguido mi camino pero volteándome en mi andar, mis amigos y mi hermano quedaron atrás, decidí llevarlos en el equipaje que va dentro del carro de mí memoria hasta el último suspiro. (Calderón y Gutiérrez, 2011)

Este libro es parte de ese trabajo de memoria, realizado a dos manos con esa compañera de Liceo; con la cual se vinieron a encontrar décadas más tarde de pasado los hechos que marcaron sus vidas. La tarea de buscar y contactar a  las antiguas liceanas también tiene para ellas recuperar un sentido de comunidad  que perdieron al irse al exilio.

Para finalizar, quisiera recordar que en los establecimientos escolares las interacciones cotidianas entre docentes y estudiantes se ponen en juego, constantemente, supuestos acerca de cómo es y debe ser una niña o un niño, un joven o una joven. Esos significados muchas veces alimentan expectativas de rendimiento y de comportamiento hacia mujeres y varones que, en cierta medida y no en forma mecánica, se vincula también con su autoestima, la confianza en el propio rendimiento y la proyección hacia el futuro. El concepto pedagógico que ilumina esos procesos es el del curriculum oculto aquello que se aprende en las escuelas sin que exista una intencionalidad explicita por parte del profesorado, ejemplo de ellos es el que se castigue   más severamente a las jóvenes y niñas que a  los jóvenes  o niños cuando transgreden normas de comportamiento[5], más allá de la locura  y el horror que se vivió en nuestro país durante la dictadura, el testimonio que entregan las estudiantes del Liceo N°1 de Niñas de Valparaíso también tiene mucho de aquello, la brutalidad ejercida por la propia comunidad  liceana por parte de profesores, cuerpo directivo y auxiliares  cual más cual menos con su actuar, con su silencio cómplice, por su dejar hacer tiene que ver con el miedo y terror impuesto, pero también con esa intencionalidad  implícita que indica que las jóvenes “no se deben meter en política” y habla de lo que fue la Unidad Popular para  miles de personas -hombres y mujeres- la posibilidad de construir un modelo distinto ser mujer u hombre .

En la actualidad, dentro del movimiento estudiantil tenemos destacadas dirigentes, las cuales han sido objeto de comentarios sexistas y por cierto de discriminación de género Eloísa González y Camila Vallejos despiertan un rechazo fuertísimo en los sectores más conservadores que miran las movilizaciones estudiantiles como una vuelta al des/ orden.

Es por ello, que la conciencia al respecto de los derechos humanos hoy debe ser un elemento central en el cotidiano de nuestras escuelas y liceos, pero también la mirada analítica y cuestionadora  respecto de las discriminaciones de género, para combatirlas y eliminarlas. Esa es la única manera de poder construir una convivencia democrática y respetuosa de las diferencias.

Ficha: Éramos liceanas en Septiembre del 73’, Aminie Calderón y Rosa Gutiérrez, Planeta de papel Ediciones, Valparaíso, 2011.


[1]Carrera, Carolina “La violencia sexual como forma de tortura a las mujeres” en Revista Mujer Salud/ Red de Salud de Mujeres Latinoamericanas y del Caribe, 2005, pág.60.

[2]El Liceo N°1 de Niñas de Santiago se fundó en 1894, tres años más tarde.

[3] En muchos establecimientos educacionales, tanto escuelas como liceos públicos, el día que se reanudaron las clases llegaron miembros de las FFAA a detener  a los profesores, directores y auxiliares a vista y paciencia de toda la comunidad escolar.

[4] Su hermano mayor el periodista Mario Calderón Tapia militante del MIR, detenido en el centro de Santiago en el año 1974, fue visto en Villa Grimaldi, pero hasta hoy se encuentra en calidad de detenido desaparecido.

[5] Graciela Mogarde, “Aprender a ser mujer. Aprender a ser varón”, Edición Novedades Educativas, Buenos Aires, 2001.

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