Género y ruralidad. Testimonios de vida de mujeres rurales de Chiloé

Fotografía: Artesana de la localidad rural de Huillinco, comuna de Chonchi, Chiloé.

Resumen:

El presente artículo muestra algunas claves que transversalizan el discurso de mujeres rurales chilotas, para responder a las preguntas sobre ¿Cómo se manifiestan las diferencias de género que se instauran en la sociedad rural chilota?,  ¿Dónde se producen los mayores énfasis de las desigualdades de género, en la sociedad rural chilota?, ¿Cuáles son los efectos de estas desigualdades de género, en la vida de las mujeres rurales chilotas?.   Las respuestas a dichas preguntas nos han permitido visualizar las diferencias de género que se producen en este contexto, considerando que esta sociedad mantiene, en sus relaciones sociales, las tradiciones ancestrales, mitos y creencias de una cultura muy particular dada su condición de “aislamiento social y geográfico”, que se manifiestan en prácticas y creencias típicas de la sociedad tradicional patriarcal. [1]

Palabras claves: ruralidad, patriarcado, género, mitos y creencias, cultura tradicional.

Abstract:

The present article show some keys that run through the Chiloe’s rural women speech, for to answer the following questions about:  How are the gender differences manifested in the Chiloe’s rural society? Where are the biggest emphasis about gender inequalities in the Chiloe’s rural society produced? Which are the effects of these gender inequalities, in the Chiloé’s rural women life?  The answer of these questions will permit us to visualize the gender differences that exist in this context, considering that this society keep, in its social relations,  the ancestral traditions,  myths and beliefs of a so particular culture given it “social and geographic isolation” condition, showing in practices and beliefs typical of a traditional and patriarchal society.

Keywords:  rural, patriarch, gender, myths and beliefs, traditional culture.

 

Edith Rebolledo Moller. Socióloga de la Universidad ARCIS y Magíster en Ciencias Sociales, con mención en Sociología de la Modernización, de la Universidad de Chile.  Docente de la Universidad Arcis-Patagonia, se desempeña además, en la Fundación para la Promoción y Desarrollo de la Mujer, PRODEMU, en la Provincia de Chiloé. erebomo@hotmail.com

 

Introducción

Intencionamos el acercamiento a mujeres con vidas largas y trayectorias ricas en acontecimientos tanto personales como sociales, para encontrar el reflejo de aquellos aspectos de la sociedad rural chilota, que son tan particulares y que permiten visualizar las desigualdades de género que se producen entre hombres y mujeres, producto de un sistema patriarcal tradicional[2].

Las mujeres de Chiloé y no solamente las rurales, transitan aún por una sociedad  culturalmente tradicional, que se ha ido rápidamente permeando con los procesos modernizadores a través de la masiva llegada de tecnología comunicacional al archipiélago. Asimismo, en los últimos 20 años, en el ámbito económico-productivo, la industria salmonera ha llevado a la sociedad chilota, a un proceso muy potente de traslado de población del campo a las industrias (especialmente la del salmón).  Todo lo cual,  permitió un fuerte desarrollo económico, de corta duración, pues las malas prácticas de algunas empresas, en términos laborales y medioambientales, tuvieron un enorme impacto social y ambiental que las llevaron casi a la quiebra (Reyes, 2006; Stefoni, 2010).  Hoy en día sin embargo, comienza este segmento industrial nuevamente a repuntar, cambiando la modalidad de contratación, hacia formas de terciarización del empleo, a través de la subcontratación y una mayor exigencia de especialización de la mano de obra, así como a la implementación de prácticas más respetuosas con el medioambiente y un mayor control y apego a las leyes relacionadas.

En ese escenario, las mujeres mayores que continúan viviendo en el campo se han ido quedando bastante solas, aún cuando la gran mayoría de ellas tuvo muchos hijos (as), los (as) que sin embargo, se han ido a las ciudades a vivir y trabajar, dejando sus campos y desestimando de alguna manera el valor de uso y de cambio que estos tenían (tienen) para sus familias.  Para encontrarlas, tuvimos muchas veces que adentrarnos bastante en caminos de difícil acceso, caminando varios kilómetros, lo que retrata y recrea en parte, la soledad en que viven algunas de estas mujeres.

La investigación que realizamos a través de entrevistas en profundidad, intentó recoger las vivencias de las mujeres, especialmente mediante la escucha de sus relatos (grabados) y la percepción del sentir y quehacer de cada una de ellas.   En este sentido, es muy importante el cómo entrar en sus vidas, con todo lo que significan los acercamientos investigadora-investigadas, así como los alejamientos cuando surgen ciertas barreras emocionales que ellas ponen.  Sobre todo tratándose de temas tabúes, donde incursionar resulta difícil, complejo y a veces hasta doloroso para ellas, hasta ir logrando ciertos niveles de confianza entre ambas. Hemos recogido los testimonios de vida de alrededor de 20 mujeres de diferentes localidades rurales del Archipiélago de Chiloé, con edades entre los 60 y 80 años aproximadamente, como una forma de poder captar ciertas particularidades que resultan similares desde el punto de vista generacional.  Asimismo, intentamos hacer un recorrido por las diez comunas que conforman el territorio de la isla grande, incluyendo algunas islas pequeñas que se encuentran en el mar interior de la Provincia. Dada la complejidad del proceso investigativo, se buscó establecer contacto con las mujeres a través de informantes claves que las conocieran, para  lograr un encuentro amigable entre investigadora e investigadas, intentando una primera llegada más confiable, que permitiera dejar abierta la puerta a nuevos encuentros.

Como una forma de interpretar los relatos desde una perspectiva teórica y epistemológica, se han definido algunas claves de conocimiento que atraviesan el discurso de las mujeres y resultan más relevantes: Violencia, matrimonio y familia; Mitos y creencias en torno al cuerpo y la sexualidad y Trabajo productivo y reproductivo: doble y triple jornada laboral. Referentes teóricos como Pierre Bourdieu, eminente crítico de la sociedad de dominación, así como algunos planteamientos y conceptos de las teorías feministas, en Gayle Rubin, o de la antropología feminista en Marcela Lagarde, en combinación con estudios empíricos sobre violencia intrafamiliar e incesto en la X Región y la Provincia de Chiloé, han permitido la base teórica para elaborar este apartado.

Finalmente se entregan algunas reflexiones finales a modo de conclusión, puesto que toda investigación significa de cierto modo una puerta abierta a nuevas indagaciones sobre el tema planteado.

Breve descripción sociohistórica, cultural y territorial de Chiloé.

Chiloé es una provincia conformada por una isla grande y alrededor de 40 islas pequeñas localizadas en el mar interior, que en su gran mayoría están habitadas.  Posee una superficie total de 9.181 Km2, lo que equivale a un 13,7 % de la superficie total de la X Región del país. En la actualidad, Chiloé cuenta con 166.205 habitantes (INE, 2012).

Cuando los españoles conquistaron estas tierras en 1553, con Francisco de Ulloa al mando, el archipiélago de Chiloé estaba poblado por diversos tipos de aborígenes, entre los que podemos señalar a los chonos, alacalufes, yaganes, de comunes características alimentarias y físicas.  Eran recolectores, que navegaban por el mar interior del archipiélago, pescando, pero también se dedicaban al cultivo de papas, maíz, porotos y a la ganadería.  En esa época ellos construían sus casas con maderas, techumbres de paja y ya usaban telares para fabricar sus vestimentas. Asimismo, construían sus propias embarcaciones, denominadas “dalcas”, con las que pescaban abundantes mariscos y pescados (Tangol, 1976).  Posteriormente a la llegada de los españoles, otros marinos, especialmente holandeses e ingleses, se aventuraron por los estrechos canales del archipiélago, pero padecieron grandes sufrimientos y desventuras, por las condiciones climáticas adversas y el aislamiento propios de este territorio.  Algunos de estos navegantes eran principalmente corsarios y piratas, que asediaron largamente a los españoles intentando ganarse las confianzas de los aborígenes.

Cuando en Chile se libraban los fragores de las batallas de independencia, los habitantes de Chiloé mostraron bastante reticencia a anexarse políticamente a este proceso histórico.  Fue recién en Enero de 1826, luego de firmado y ratificadas las bases del Tratado de Tantauco[3], que el archipiélago quedó incorporado territorial y políticamente al estado chileno, perdiendo España su último reducto español, como reza el himno a Chiloé.

Un tema importante de mencionar, puesto que aún permanece arraigado en la cultura chilota, es la mitología.  A fines del siglo XIX, la vida en Chiloé era bastante tradicional sin los progresos ya  instalados en el resto del país, tales como los ferrocarriles.  Se construyó un camino hecho de madera entre Ancud y Castro, que permaneció aproximadamente hasta la década de 1950, pero la población transitaba principalmente en embarcaciones por los canales, para acceder a los diferentes poblados.   Igualmente Chiloé contó con una línea férrea que transitaba entre Ancud y Castro, inaugurada el 27 de Julio de 1912, bajo el gobierno del presidente Ramón Barros Luco, sin embargo el terremoto de 1960, que devastó la ciudad de Valdivia, tuvo consecuencias también muy destructivas en Chiloé, arrasando literalmente con la línea férrea y todos los edificios anexos (Vargas, s/f).

En ese contexto de aislamiento social, la mitología prosperó y se mantiene de cierta forma hasta nuestros días.  Esta cultura de mitos y leyendas posee gran influencia española dada la colonización, sin embargo, en el acervo cultural y la cosmovisión chilota, subyacían creencias anteriores a este proceso. Es decir, subsistían prácticas típicas indígenas, que resurgieron con la dominación y brutal trato de los encomenderos españoles, como una forma de defenderse frente a este proceso cruel y despiadado, mezclado con creencias religiosas cristiano-católicas, impuestas a los chilotes por los jesuitas, quienes evangelizaron estos territorios.  Es el caso de la brujería que se estableció mediante la organización denominada La Recta Provincia, que también fue llamada La Mayoría, puesto que era comandada especialmente por los hombres más viejos de la comunidad, aún cuando también participaban mujeres.  Esta organización fue desarticulada cuando se efectuó el proceso judicial a los brujos en 1881, sin embargo, algunos autores señalan que aún persisten prácticas de hechicería en ciertas localidades de Chiloé (Cárdenas y Hall, 2005).  Así también, están los numerosos mitos tales como el trauco, el basilisco, la voladora, la viuda, la sirena, el caleuche, el camahueto, el millalobo y muchos otros[4], que conforman el imaginario colectivo aún arraigado en la mentalidad chilota, en su cosmovisión de mundo, en sus creencias y costumbres especialmente en el ámbito rural, que hace parte de su patrimonio cultural.

Claves de interpretación que transversalizan los discursos de las mujeres.

Hemos definido tres categorías de análisis, que nos van a permitir establecer las desigualdades de género y sus particularidades, que caracterizan la sociedad patriarcal y machista tradicional y que se mantienen hasta hoy en el imaginario colectivo de la cultura rural chilota.

Violencia, matrimonio y familia.

En la cultura patriarcal se sobrevaloran la apropiación, el control, la dominación, la jerarquía y la autoridad y la procreación como una forma de asegurar la descendencia, por encima de valores como la afectividad, la tolerancia, el diálogo, etc.  En este contexto, el matrimonio aparece como una institución necesaria para la conservación de la sociedad patriarcal, pero inserta y al servicio de un sistema dominante.  Al respecto aludimos al concepto de sexo/género[5], que entrega una connotación más moderna y compleja, refiriéndose no sólo al ámbito familiar, sino que, a los diferentes modos de dominación que se producen en la sociedad.

El matrimonio se expresa como un modo de dominación por excelencia en la sociedad rural chilota, ligado al deber ser de la procreación, especialmente considerando que las mujeres mayores han entregado gran parte de sus vidas al embarazo y crianza de los hijos.  Esta producción y reproducción de vida humana, ha tenido un efecto devastador, provocando en ellas un enorme desgaste físico y emocional; por tanto hoy que están solas, ya sea, por que los hijos se han ido, han quedado viudas o sus maridos las han abandonado, se sienten más tranquilas, más libres.

Es importante referirse aquí a la violencia que trajo aparejada este modo de dominación, puesto que, ha quedado inscrita en su emocionalidad.  No resulta fácil que ellas refieran detalles de sus vidas en pareja: muchas se entristecen o callan.  En estos momentos los silencios gritan, se expresan, eluden la mirada, se incomodan; lo que deja espacios de interpretación, a veces, demasiado amplios.  Es  posible, sin embargo que ellas se refieran más abiertamente a la violencia doméstica que sufrían también los hijos, más que la sufrida por ellas mismas.  Sus testimonios dejan sentir enormes resentimientos y rencores, a pesar de su profunda y genuina religiosidad que a su vez las culpabiliza.  Aquí surgen grandes contradicciones que las llenan de tristezas.  Este espacio donde ellas pueden hablar libremente, sin condenas, ha resultado un proceso muy especial de catarsis, de “limpieza”, de entrega, de descarga de emociones, por tanto tiempo guardadas.

Un aspecto trascendente en la sociedad rural chilota, ligado directamente a la violencia en el matrimonio y la familia, es el tabú del incesto.  Esta práctica que ha sido estudiada ampliamente por antropólogos[6], en Chiloé resulta ser mucho más recurrente de lo que aparenta, considerando que este es un tabú muy potente pero también muy negado, especialmente por la violencia implícita que connota, ya que, aquí se expresa el abuso sexual descarnadamente de parte de los hombres adultos de la familia, sobre todo hacia las niñas del grupo familiar.[7]  Resulta un tema sumamente complejo de indagar, sin embargo, en conversaciones informales con médicos que ejercen en consultorios públicos de Castro, así como con técnicos paramédicos que trabajan en postas rurales de las islas más pequeñas del mar interior de la Provincia, confirman su vigencia, no como un problema aislado, sino que bastante recurrente, que provoca grandes contradicciones y rechazos en la cultura chilota, tanto por la vergüenza como por el horror y trauma que puede llegar a causar especialmente en las (os) niñas (os).  De acuerdo a los estudios señalados, estas situaciones pueden llegar a tardar décadas en ser denunciadas por sus víctimas.

Una particularidad importante que caracteriza la violencia de género al interior de las familias, es la estrecha relación entre violencia y alcohol, así como entre violencia y menores niveles de educación de las parejas.   En los testimonios de las mujeres se expresa la relación entre alcohol y violencia abiertamente, señalando que sus maridos las golpeaban e insultaban especialmente cuando llegaban borrachos.  Por otra parte, los niveles de escolaridad que ellas declaran son bastante bajos, además que resultan ser los mismos de sus maridos.  Cabe considerar que en las décadas 1940 a 1960 (época en que ellas vivieron su infancia y adolescencia) existían niveles importantes de pobreza en Chiloé[8]. Así también, el acceso a la educación escolar en el ámbito rural era muy precario, sólo se llegaba hasta 6º año de enseñanza básica, por tanto, aunque muchas de ellas expresaron que les hubiera gustado seguir estudiando, no había  posibilidades en sus localidades.  Ir a los centros más urbanizados de Chiloé – Ancud o Castro- ciudades de difícil acceso, significaba un elevado costo económico para las familias.  Pero además había que salir al campo a trabajar, junto a sus padres y hermanos mayores, de manera que escasamente aprendieron a leer y escribir y algunas de ellas en la actualidad, son analfabetas por desuso. No sólo es posible relacionar estas situaciones con niveles importantes de pobreza en esa época, sino que también, con la inexistencia de una institucionalidad de Estado que hiciera efectivas políticas públicas y leyes en el país, que regularan la violencia social e intrafamiliar, quedando estos episodios librados al azar.

Al respecto resulta revelador un estudio del Servicio Nacional de la Mujer, que estableció diferencias importantes al comparar la X Región con otras como la IX, la IV y la Metropolitana,  mostrando que los niveles de violencia en la X Región son mayores.  Es importante aclarar que este estudio se realizó con mujeres, cuyas edades fluctúan entre los 16 y 49 años, que pertenecen a la generación posterior a las entrevistadas en la presente investigación. Pero en el mismo estudio se señala que: “…la experiencia de violencia conyugal también se da en mayor tasa entre las mujeres cuya madre fue golpeada o en que la madre de su esposo o pareja lo fue”  (SERNAM, 2009)[9].  De manera que es posible establecer que la violencia arraigada en las normas sociales consolidadas, se transmiten intergeneracionalmente, sobre todo cuando es invisibilizada, negada o simplemente olvidada, no sólo al interior de la familia, sino que en la sociedad.

Además, las condiciones de aislamiento geográfico y cultural del Archipiélago de Chiloé constituyen un factor relevante, al surgimiento y mantenimiento de la violencia en la sociedad chilota, especialmente rural.  La crueldad de este proceso, es invisibilizado, tapado y negado, dadas las resistencias del imaginario cultural chilote, inconciente para reconocer estos aspectos socioculturales “oscuros”, que de alguna manera son el reflejo de mitos y creencias, que a su vez, matizan las relaciones sociales, el lenguaje y el actuar cotidiano de los chilotes (Houston, 2010). El estudio citado, señala que:

“…existe un predominio de violencia masculina perpetuado en el tiempo, donde el hombre asume el rol de poder en sus relaciones interpersonales, que en sus extremos termina en la violencia.  Esto podría correlacionarse con el abandono de los cursos de acción legal respecto a los actos de VIF (el miedo, y en consecuencia la sumisión por parte de la víctima, pudiera ser el tropiezo psicológico principal).  Por otra parte, la geografía característica de la zona nuevamente contribuye al aislamiento no tan sólo físico, sino también cultural, pudiendo generarse un patrón repetitivo transgeneracional de violencia, que no se ha podido cambiar” (Ibíd: 320).

Siguiendo a Bourdieu, podemos señalar que estas estrategias de reproducción y modos de dominación institucionalizados y exacerbados  por el aislamiento físico y sociocultural así como por el abandono legal, contribuyen en la práctica a la instauración de un sistema que implementa la violencia familiar, pero que además, se acomoda a un orden social que la legitima.  Así también se impone un habitus inscrito a fuego en el cuerpo y en el ser de las mujeres, que permite y se alinea a estos modos de dominación tanto individual como colectiva, que los permeabiliza.  Ellas, conciente o inconcientemente, han aceptado esta violencia, que las ha subsumido en la negación de sus cuerpos, de su sexualidad, de su sentir y de su ser autónomo, asumiendo como estrategia ética el deber ser del matrimonio y los hijos, conculcada en el acatamiento a un sistema violento de dominación   (Bourdieu, 2011).  Esta lógica se expresa fuertemente a través del mito del destino ineludible, en frases expresadas por ellas en sus testimonios, tales como: “…porque Dios le tiene un destino a la persona”, “…si uno se junta con una persona es hasta morir”, etc., cautiverios a los que las mujeres han entrado sumisa y sometidamente, sin mayores cuestionamientos. Al respecto, resulta atingente el planteamiento de Lagarde, con relación a la violencia en la pareja:

“La violencia señorea el trato del hombre a la mujer, quien en el mito, respeta y protege a su congénere, la mujer.  En efecto, la violencia a las mujeres es una constante en la sociedad y en la cultura patriarcales.  Y lo es, a pesar de ser valorada y normada como algo malo e indebido, a partir del principio dogmático de la debilidad intrínseca de las mujeres, y del correspondiente papel de protección y tutelaje de quienes poseen como atributos naturales de su poder, la fuerza y la agresividad.” (Lagarde, 2011:278).

Sin embargo, sorprende constatar a través del testimonio de las mujeres que, cuando ellas deciden cursos de acción que les permiten abandonar estos “cautiverios”, logran destruir los mitos que los sustentan.  Algunas han soportado durante años episodios de gran violencia de parte de sus parejas, por los hijos, señalando que cuando ellos crecieron y se fueron del hogar para formar sus propias familias, salieron finalmente desligándose de sus parejas.  Algunos maridos continúan viviendo en el mismo hogar, pero ellas los han derrotado, quitándoles el poder que las sometía, dado que ya no hay hijos pequeños que cuidar, pero también porque se han atrevido a denunciar las lógicas de violencia  sistemática al interior del hogar.  Esta autoliberación impuesta y decidida, les ha permitido por fin, lograr cuotas de realización especialmente a través del trabajo remunerado, pero también sociocomunitario, donde la ayuda a sus comunidades les ha dado un nuevo sentido a sus vidas.

Mitos y creencias en torno al cuerpo y la sexualidad.

El cuerpo de las mujeres ha sido castigado y negado; la sexualidad reprimida, fue también prohibida porque al conocerla se estigmatizó y condenó mediante las creencias religiosas y los mitos atemorizantes.  Las mujeres entraron al matrimonio sin saber de que se trataba, pero antes, tampoco supieron por que sus cuerpos se transformaban en la adolescencia.  Ni sus madres (que sufrieron en su momento la misma ignorancia) les contaron de la menstruación, así es que todas sangraron solas, calladas, avergonzadas y acompañadas de sus miedos, enterándose después, afuera, a través de otras (amigas, vecinas) que era un proceso natural ligado a la procreación. También ignoran el enorme poder que poseen en su sexualidad. Es interesante considerar además que el discurso testimonial en torno a este tema, aparece absolutamente escindido de los sentimientos, de los afectos, del amor; éstos están siempre ligados a los hijos, a los padres, a los hermanos; es decir, el amor sólo es filial y no sexual.

Es posible determinar entonces, que una desigualdad de género muy potente instalada en el imaginario colectivo chilote, se liga a la sexualidad reprimida y castigada.  En este contexto, es importante señalar que a las mujeres no sólo les resulta muy difícil hablar de sexualidad, además es un tema doloroso, lleno de tabúes, por que lo relacionan exclusivamente con el matrimonio y los hijos, institución a la que entraron absolutamente ignorantes, como ya se señalara antes, pero que igualmente la aceptaron como un castigo, un cautiverio alienante, cruel y despiadado, pero ineludible.  Los hombres en cambio, también ignorantes de lo mismo, han ejercido su patriarcado sexual con brutalidad, le hacen los hijos a sus esposas y aunque probablemente las creencias en torno a su propia sexualidad, estén llenas de mitos sobre la hombría, sometimiento y poder de dominación, consideran la adscripción al matrimonio y los hijos igualmente como un deber ser.

Este proceso cruel se transforma en resentimiento, asimismo es triste pues llena a las mujeres de soledad, quitándoles el goce de su propia sexualidad, que nunca llegan a conocer suficientemente, de manera que el placer es anulado y negado por ellas mismas.  Este es considerado pecado en la cosmovisión cristiano-católica como un aspecto prohibitivo, culposo y restrictivo al que nadie debe referirse. La mujer está sólo destinada para la procreación. Las mayores especialmente, tuvieron muchos hijos, porque había que tener todos los hijos que Dios manda, institución inscrita a fuego, en el cuerpo de las mujeres y también en su emocionalidad.

En sus testimonios también hablan de sus “pecados” sexuales, ya que, muchas de ellas han tenido hijos anteriores al matrimonio.  Se sabe que en Chiloé, un mito muy extendido es el Trauco, un hombrecillo feo y deforme que se esconde en los tupidos y húmedos bosques chilotes, para atacar a las jovencitas que transitan desprevenidas (Cárdenas y Hall, 2005:99-101).  Así es, que el embarazo adolescente tiene su explicación en este mito, como una forma de justificar esta vergüenza. Luego la limpiará el matrimonio, como institución que permite normar y sujetar los cuerpos.  Es posible visualizar cómo la sexualidad de las mujeres aún cuando es negada y reprimida, ha tenido su expresión de igual forma en la concepción clandestina de esos otros hijos que tuvieron antes de casarse, lo que constituye un cierto escape a la rigidez de las normas y preceptos sobre la sexualidad: “de eso no se habla, los mayores no nos decían nada, es pecado, es malo”.  De manera que en sus testimonios, aún cuando ellas negativizan estos deslices, esconden en cierto modo sus fantasías sexuales, que luego fueron reprimidas y normadas mediante el matrimonio.  Esta forma de estructurar la sexualidad, reprimiéndola pero a la vez aceptándola a su pesar, muestra la ambivalencia y contradicción muy marcadas con que se trata el tema en Chiloé.

Otro aspecto interesante tiene que ver con la visión de la infidelidad masculina, que  es traspasada a las mujeres reproduciendo el mito de la bruja que hechiza a su hombre para quitárselo a su esposa, sin involucrarlos como parte del mismo proceso de infidelidad.  Es una suerte de sobrevaloración de lo masculino, que hay que cuidar y mantener, tanto en cuanto, ellos son proveedores, sostenedores del hogar y procreadores; a pesar que por otra parte, las mujeres señalan que ellos no han sido muy trabajadores, sino que más bien se han dado al alcohol y son violentos.  Nuevamente se expresa esa suerte de ambivalencia y contradicción en torno al cuerpo y la sexualidad.

La dominación y subordinación a través del cuerpo sexuado de las mujeres, es uno de los aspectos más destacables de las desigualdades de género, por que no es racional, sino que está instaurado en el imaginario colectivo de la cultura patriarcal tradicional chilota, aceptado además sin ser cuestionado y reproducido históricamente. Al respecto Bourdieu señala:

“A través de los cuerpos socializados, es decir los habitus y las prácticas rituales, parcialmente arrancadas al tiempo por la estereotipación  y la repetición indefinida, el pasado se perpetúa en el largo plazo de la mitología colectiva, relativamente ayuna de las intermitencias de la memoria individual” (Bourdieu, 2000:2).

En el imaginario colectivo de la cultura rural chilota, ha quedado inscrita a fuego la lógica violenta del conquistador español, que subyugó a los indígenas mediante la encomienda, torturando sus cuerpos, imprimiéndoles el miedo y conculcándoles mitos y creencias, para disciplinarlos y someterlos.

Trabajo productivo y reproductivo: doble y triple jornada laboral.

El trabajo o labor, para designar actividades (ya sea que generen o no rentas, ganancias o salarios) son determinantes para la acción humana.  Obviamente que la primera labor está en directa relación con la mantención de la vida, y las mujeres son quienes la reproducen.  Sin embargo, esto también ha llevado a la división sexual del trabajo, que ha sido ampliamente estudiada, pues se ha manifestado de muy diversas formas en las comunidades desde las más antiguas y primitivas.

La división sexual del trabajo en la familia rural chilota, connota la forma clásica que es posible encontrar en todas las sociedades rurales tradicionales, es decir, los hombres ocupan los espacios a campo abierto, ya sea en sus tierras, en los cultivos, en el cuidado de animales, la corta de leña o la caza y pesca, en tanto que la mujer realiza el trabajo reproductivo, así como la huerta o invernaderos (que en Chiloé, son muy utilizados dada la pluviosidad del clima y los vientos) y cuidado de animales menores y aves.

Al respecto Lévi-Strauss (1971), citado por G. Rubin, señala que “…la división sexual del trabajo no es otra cosa que un mecanismo  para constituir un estado de dependencia recíproca entre los sexos”, a lo que agrega la autora:

“…por lo tanto, puede ser vista como un “tabú”: un tabú contra la igualdad de hombres y mujeres, un tabú que divide los sexos en dos categorías mutuamente exclusivas, un tabú que exacerba las diferencias biológicas y así crea el género”. (Rubin, 1985:58).

Las relaciones sociales que se desarrollan a partir de estas diferencias biológicas, instauran la institución del matrimonio como una estructura de dominación y una forma de ordenamiento social que perpetúe la especie.  Resulta interesante, que a partir de los testimonios de las mujeres, ellas dejan entrever cómo la institución matrimonial a la que accedieron fue, en algunos casos, impuesta. Algunas tuvieron hijos estando solteras y otra señala abiertamente que no quería casarse, pero debió aceptarlo porque así tenía que ser, ya que su madre, su abuela, etc., lo habían aceptado y acatado, como ley de vida.  De manera que, se produce una absoluta naturalización de la institución matrimonial y de todo el trabajo reproductivo que trae aparejado. Resulta fundamental aludir aquí, que la cultura rural chilota, connota una lógica fuertemente patriarcal y machista, que de cierta manera se ha mantenido al margen de los cambios sociales, que puedan traer aparejados mayores niveles de igualdad en torno a los roles al interior de la familia.  Sin embargo, es posible detectar que al menos desde el punto de vista reproductivo, las mujeres más jóvenes están teniendo menos hijos (dos a cuatro) que sus madres o abuelas que tuvieron ocho a doce, en promedio.  Este constituye un cambio sumamente importante en términos de la carga de trabajo al interior del hogar.

Así también siguiendo a Bourdieu, podemos señalar que estas formas naturalizadas de dominación del matrimonio y la maternidad, inscritas en el cuerpo de las mujeres y su sexualidad, conforman estructuras estructurantes de su  habitus, manifestado a través de, la sumisión y aceptación de situaciones de violencia hacia ellas y hacia los  hijos.  Dicha violencia se manifiesta abiertamente mediante palabras hirientes, golpes, etc., pero también en la naturalización de la decisión de reproducir, cuando ellas señalan que sus maridos llegaban después de seis meses o un año y les hacían un nuevo hijo, de manera que ellas eran en su propio decir un animal más.  Las mujeres entonces, contribuyen “…a su propio dominio al aceptar tácitamente, fuera de toda decisión de la conciencia y de todo acto volitivo, los límites que le son impuestos…” (Bourdieu, 2000: 9).  Es impresionante como las mujeres pueden permanecer décadas al lado de un marido que las maltrata físicamente y las denigra de diversas formas, pues piensan, creen y sienten que “el deber ser” de ellas es soportar a su pesar y “por los hijos”. Pero también, el desconocimiento impuesto desde sí o desde fuera, por ignorancia o por miedo, de su libre albedrío para decidir concientemente sobre su maternidad, durante sus años reproductivos.

Cuando los hijos crecen y se van, algunas logran liberarse, destruyendo el mito del maltrato sistemático y abusivo.  No se liberan sin embargo, del trabajo doméstico en sí, que continúan realizando, sino que de los episodios de violencia manifiesta, derrotando finalmente a sus agresores, a través de un proceso de empoderamiento mediante el autoconocimiento de sus propias potencialidades, lo que les ha permitido separarse (sexualmente) de ellos, aún cuando continúen viviendo bajo el mismo techo.  Dado este planteamiento, es posible establecer cómo las relaciones de poder abusivas, son susceptibles de ser revertidas, cuando se logra llevar a cabo un proceso de toma de conciencia de situaciones esclavizantes y de sometimiento, enfrentando a sus parejas.  Esta no es la regla general, por cierto, sin embargo, hemos encontrado algunas mujeres que han logrado dominar la violencia cotidiana en sus vidas. Este planteamiento es bastante revelador, pues se ha manifestado entre quienes han decidido salir de sus hogares para abrazar el trabajo comunitario, logrando insertarse en, y/o crear diversas organizaciones rurales de ayuda social.  Esta labor, que es posible considerarla puro trabajo improductivo, ha dado un nuevo sentido a sus vidas, especialmente por que constituye una forma de realización a través de la entrega y ayuda sociocomunitaria.

Desde otra perspectiva de análisis y a partir del planteamiento de Bordieu acerca de las estrategias de reproducción social (Bourdieu, 2011. Op cit) en la sociedad rural chilota, es posible visualizar diferentes dispositivos para crear y aumentar tanto el capital social, como el capital simbólico de las familias. Las mujeres rurales han sido reproductoras sociales, como creadoras por excelencia de capital social y simbólico.  Desde su infancia ellas debieron abandonar la escuela para salir junto a sus padres a trabajar al campo; luego de casadas desarrollando todo el trabajo reproductivo, pero también muchas veces junto a sus maridos trabajando en sus campos, para la subsistencia familiar; aunque el producto de éste se vendía para adquirir otros bienes familiares.  Todo este enorme trabajo ha constituido para ellas una doble y hasta una triple jornada laboral.  Sin embargo, estas estrategias de reproducción no son comprensibles, si no es en relación con un sistema social que institucionaliza el matrimonio y la familia patriarcal, que a su vez mantiene una estructura autoritaria, instaurando formas naturalizadas de dominación, que permanecen inscritas en la cultura de la sociedad rural chilota.

Un aspecto relevante de mencionar, para el caso de las sociedades rurales, es el proceso de descampesinización que se manifiesta fruto de la industrialización del sistema capitalista, que se refiere a “…los procesos de descomposición y desaparición de las formas campesinas” (Hernández, 1994) y que es posible visualizar  en Chiloé, en al menos dos períodos muy marcados de su  historia contemporánea.  En la década de 1960, cuando los hombres se iban en la búsqueda de trabajo, a las grandes haciendas ovejeras del extremo sur de Chile y de Argentina (Montiel, 2010) así como, en el abandono de los predios agrícolas durante la década de 1990 en adelante, para insertarse en la industria salmonera, proceso al que se hizo mención anteriormente.  En el contexto del primer proceso, las mujeres entrevistadas, considerando que son mayores, relatan cómo quedaban solas durante los largos períodos en que sus maridos permanecían en las estancias ovejeras.  Ellas continuaban cuidando de los huertos, los animales y los hijos, que igualmente año tras año, aumentaban en número.  Ellos venían una o dos veces en el año como una forma de mantener y controlar la permanencia del sistema matrimonial de dominación, perpetuándolo a través de dispositivos de sumisión sexual, inscrito en el cuerpo de sus mujeres.

Algunas reflexiones finales.

La memoria de las mujeres entrevistadas, nos ha permitido dar testimonio de una época histórica, destacando ciertos hechos en la vida social rural de Chiloé, que muestran las desigualdades de género que se producen en la sociedad patriarcal y machista y cómo éstos se han manifestado en la vida, el cuerpo, la subjetividad y emocionalidad de las mujeres.

Probablemente las formas de las desigualdades de género que se reproducen en las sociedades rurales, no difieran en gran medida de las que se expresan en las sociedades modernas urbanas, en nuestro país.  Sin embargo, con respecto a los énfasis de estas desigualdades, creemos que estos se expresan a través de ciertas particularidades que se manifiestan en el mundo rural chilote y que denotan su diferenciación.  A su vez, los efectos de estas desigualdades en las mujeres, se visualizan no solo físicamente, sino que, también psicológicamente. Estos aparecen en sus discursos de múltiples maneras, ya sea, en la inseguridad y baja autoestima que ellas muestran, así como, en sus propias creencias acerca del matrimonio y los hijos, como instituciones casi sagradas e inalterables a las que se debe acceder, sin mayores cuestionamientos.

Como toda investigación, también este estudio pretende ser una puerta abierta a nuevas indagaciones sobre las temáticas de género, que en la sociedad chilota en general, resultan sumamente interesantes de ahondar, puesto que los procesos modernizadores, con toda su potencia y avasallamiento no han logrado subsumir lo suficiente como para no ser percibidos.  En las complejas relaciones sociales que se establecen en la sociedad chilota, tanto urbana como rural, es posible captar fuertemente la presencia de las desigualdades e inequidades de género.  Pero creemos que son posibles de cambiar, para lograr una sociedad más justa,  igualitaria y equitativa, siempre que las personas sean capaces de tomar plena conciencia de estos fenómenos, en la cotidianeidad de sus propias vidas.

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[1] El presente artículo forma parte de una investigación realizada por la autora, con mujeres del Archipiélago de Chiloé, publicada en: www.librosenred.com.

[2] El concepto de patriarcado, tiene un antiguo origen.  Engels, por ejemplo, señala al patriarca Abraham como jefe de una comunidad familiar, a propósito de la propiedad privada de los rebaños.  Los hombres, en la antigüedad, adquieren poder supremo sobre todas las riquezas que obtienen, pero también sobre los esclavos y las mujeres, en este sentido el término patriarcado proviene del poder absoluto del patriarca o del jefe de una comunidad.  Esta propiedad privada, sin embargo, no está referida en el sentido moderno de la palabra, sino que más bien, refiere a la propiedad de ciertos bienes por derecho propio.  En este contexto, el patriarcado está estrechamente ligado a la familia patriarcal, en la cual, existe un poder absoluto del hombre como esposo y padre por sobre su mujer e hijos, respectivamente, imponiendo una forma de actuar y ser con su familia, que se reflejan en el control y manejo de las decisiones en todos los ámbitos de la vida familiar, así como en la posesión y control de los bienes familiares (Engels; F.; 1985).

[3] Para mayores detalles acerca del Tratado de Tantauco y sus implicancias para Chiloé y sus habitantes, ver: www.serindigena.org/libros_digitales: “El territorio Huilliche de Chiloé”.

[4] Este apasionante tema ha sido tratado por diversos autores (Cárdenas y Hall, 2005); (Quintana, 1987);  (Mancilla, 1992); (Anales Chilenos de Historia de la Medicina: “Proceso a los brujos de Chiloé”, 1960).

[5] Este concepto es posible definirlo como: “…el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas” (Rubin, 1985).

[6] M. Harris, hace un recorrido por las teorías de diversos autores sobre el tabú del incesto, planteándolo como una problemática que viene desde las sociedades más antiguas, que sin embargo, aún tiene gran vigencia, atrapando la atención en la actualidad de los antropólogos modernos. (Harris 1993).

[7] Existen algunos estudios sobre incesto, realizados por médicos psiquiatras y psicólogas en Chiloé (Numhauser y Soto, 2006); (Numhauser,2001).

[8] Un estudio de la época, al que ha sido posible acceder en Internet, revela que: “… la provincia de Chiloé manifestó la menor proporción de población urbana (21% en 1960).  La pobreza general de la provincia, debido a la destrucción previa de los bosques de alerce y a la “minifundización” de los terrenos, ha hecho que muchos de los hombres lleven una vida casi nómada, buscando trabajo estacional en las grandes haciendas ovejeras del sur y de Argentina (…) Como resultado combinado de la pobreza de sus habitantes y de sus costumbres nómadas, Chiloé es la única provincia que ha experimentado una disminución absoluta de la población en los últimos veinte años, todas las demás provincias, sean cuales fueren los cambios internos en la composición de la población, tenían más habitantes en 1960 que en 1940 o 1952” (Herrick, s/f.)

[9] Lamentablemente en este estudio no se presentan datos desagregados por provincia. Asimismo, es importante señalar al respecto que, la violencia al interior de las familias en la X Región, continúa siendo de las más altas en el país, de acuerdo a un Informe del Ministerio Público, que señala: “Fenómeno ha crecido a una tasa de dos dígitos en últimos tres años; mientras las condenas apenas alcanzan el 14%.” (Ministerio Público, Enero de 2012).

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