De la violencia a los buenos tratos: Revisión del rol del varón desde los ámbitos del feminismo, el género y las políticas públicas y sociales

Resumen:

Partiendo de que el espacio de las políticas públicas es inherentemente relacional; surge como necesario atender  la situación de las mujeres pero también, y de manera particular, la de los varones, dada su condición y situación social, revisadas y confrontadas con los cambios y aportes que han surgido desde el feminismo, para atender y actuar sobre el estatus de ellos  ante los tremendos cambios ya operados y los que lucen inminentes por acaecer. Este planteamiento obliga a tener en cuenta los factores sociales, culturales, económicos, políticos y demás de cada sociedad; en tal sentido, es importante propiciar el desarrollo de varios modelos de masculinidad alternativos. Lo cual puede irse consolidando a través de distintas opciones políticas, sociales y, particularmente, educativas; para lo cual se hace imperativo desarrollar y consolidar cuerpos teóricos y metodológicos innovadores tanto para investigar en este grupo como apoyar y consolidar las transformaciones que se han venido acumulando.

Palabras Claves: Género, Masculinidades, Políticas Sociales, Investigación,  Transformación Educativa

Abstract:

It is established that the area of public policies is inherently relational. In reference to men, their social status, reviewed from the changes that have emerged from both the contributions of feminism and changing societal norms, is now changing and men are forced to question and answer the status of the traditional male model changes. This change cannot solely be an individual journey but will require collective practices with the genesis found at the political and public level that ultimately aids in transforming the domestic and personal one. Hence, the change cannot be resolved alone in a personal way, but by political ones in which collective strategies are designed to create new norms in tandem with the traditional male model. for which it is imperative to develop and consolidate innovative methodological  and theoretical approaches to investigate, to support and  to consolidate the changes that have been accumulating.

Key words: Gender, Masculinities, Social Policy, Research, Educative Transformation

 

Igor Gerardo Hernández. Universidad Central de Venezuela, Caracas. Educador, investigador, interventor social;  orientado a la promoción de modelos y referentes alternativos para la comprensión del sujeto adulto en contextos de aprendizaje, así como a la expresión del ser del varón en los contextos sociales contemporáneos, desde la práctica educativa, la reflexión pedagógica, a partir de la praxis y reflexión teórica y metodológica educativa, la  categoría de género, el enfoque de las masculinidades y las bases teóricas ofrecidas por la filosofía política feminista. cachucharoja@yahoo.es

Presentación

En el año 2002 la Organización Mundial de la Salud completó un esfuerzo de prospección de las causas de mortalidad en casi la totalidad de los países del mundo, en ese informe determina que, en el planeta, murieron más de 2,6 millones de personas, víctimas de tres  causas consideradas violentas: accidentes de transporte -como indicador de la violencia cotidiana en las calles y en los ámbitos de convivencia pública.; homicidios -como indicador, por excelencia, de diversas manifestaciones de violencia que tengan como resultado la muerte de alguno de los antagonistas; y suicidios -como indicador de violencia que el ser humano dirige contra sí mismo. Así como las muertes por armas de fuego, cuya identidad se expresa a través del instrumento que ocasionó la muerte: un arma de fuego, utilizada en diversas circunstancias.

Es así como se va reconociendo una mayor comprensión de la violencia, además de una reconceptualización por sus peculiaridades actuales y por los nuevos significados que asume el concepto. Aunque se presenten dificultades para definir qué se nombra como violencia, se pueden delimitar algunos elementos de consenso sobre este tema: la noción de coerción o de fuerza, el daño que se produce en el individuo o en el grupo de individuos que pertenecen a una determinada clase o categoría social, género o etnia. En tal sentido, este trabajo concuerda con el concepto de que:

Hay violencia cuando, en una situación de interacción, uno o varios sujetos actúan en forma directa o indirecta, concentrada o dispersa, causando daños a una o a más personas en diferentes grados, ya sea en su integridad física, en su integridad moral, en sus posesiones o en sus participaciones simbólicas y culturales. (Michaud, 1989:21).

Se asume que en la región latinoamericana hay quienes entienden que el problema es tremendamente complejo y demanda una atención inmediata, pero a la vez abarcadora y firme. Una atención que incluya a todos los sectores involucrados dentro del Estado, a las organizaciones sociales y el ciudadano; así como una comprensión amplia del problema de la violencia y sus distintas expresiones, tanto a nivel público como doméstico; con atención a lo social pero también a lo individual; con sus connotaciones de género, que se dan y expresan tanto en las relaciones inter-género como en lo intra-género y que, por sobre todo, es imperativo apuntar a su atención integral, lo cual pasa por entenderlo como un asunto de interés crucial para el beneficio de toda la población: hombres, mujeres, niños y niñas, considerando que, a partir de una visión y compresión plural, todas y todos nos veremos beneficiados por esta perspectiva y por esta revisión del problema.

De ahí que la revisión de esta problemática socio-histórica, desde el pensamiento político-filosófico del feminismo y a partir de la categoría de género, resulte pertinente y conveniente. Tal como fue referido en la presentación del Congreso Internacional Las Políticas de Equidad de Género en Prospectiva: nuevos escenarios, actores y articulaciones, celebrado en Buenos Aires en noviembre del 2010, los estudios de género se han convertido en un campo muy dinámico y heterogéneo en cuanto a sus concepciones y temáticas, y de múltiples expresiones e incidencias en numerosos planos de la vida social, entre ellos: lo legislativo, la investigación tanto científica como social, la educación, la participación ciudadana; pero particularmente en la producción de agendas públicas e institucionalidades, así como en la formulaciones de políticas públicas.

Plantea Bonder (2010) que una tendencia que surge es la de hacer equivalentes la noción de género con la condición social de las mujeres, dejando invisible o naturalizada la masculinidad y poco abordadas las diferencias y desigualdades intra e inter-géneros. Por otra parte, nos apegamos a la idea de que se debe evitar el uso del término género como sinónimo de ´mujeres´, ya que de esta manera el varón aparece como el responsable del mantenimiento y posible superación del sexismo. Es por ello que en esta presentación se aborda la situación de los varones y de las masculinidades en el contexto del diseño de la agenda pública, queriendo destacar y visibilizar que la superación de las inequidades y estado de violencia reconocido y aceptado como necesidad imperiosa de cambio y transformación va más allá de atender la condición y aspiraciones de la mujeres. De igual modo, se espera hacer aportes en algunos recursos teórico– metodológicos para incidir en el redimensionamiento de este ámbito, su conformación y trascendencia en el entramado social contemporáneo.

En tal sentido, esta revisión se presenta en tres apartados. En el primero se aborda la comprensión del diseño y gestión de las políticas públicas y sociales, atendiendo a las diversas instancias y actores involucrados, así como a las dimensiones y categorías implícitas en este marco de gestión social, público e institucional; considerando la categoría de género y la perspectiva de las masculinidades con especial interés.

En la segunda parte su suman algunas revisiones provenientes de diversas fuentes: culturales, académicas, educativas, técnico-metodológicas, entre otras, en el sentido de ampliar las perspectivas con las que se ha venido asumiendo el problema de la violencia, la participación y responsabilidad del varón y las repercusiones y posibles vías de solución a esta situación.

Finalmente, en la tercera parte, se asumen algunas síntesis y posturas críticas para intentar arrojar luces para la comprensión y posible alternativas de solución; sin pretender ofrecer instructivos o guiones acabados, pero si con el interés y con la voluntad de sumar aportes válidos y construidos formalmente para apoyar la atención y eventual resolución de esta problemática que, sin duda alguna, nos afecta a todas y todos.

Parte I

Estado, Políticas Públicas y Políticas Sociales – El Ámbito Político Social

En esta elaboración se parte de asumir a las instituciones como parte formal e integral del ámbito político, dado que éste expresa, tal como lo apunta Repetto (2008), una multiplicidad de aspectos representados en un terreno (territorio) poblado de individuos y grupos para favorecerse de reglas que norman sus acciones/interacciones, así como para intentar operar cambios en aquellas que les afectan.

Si bien los ejes sobre los cuales se irá construyendo esta argumentación son la participación y las instituciones, asumidas sobre la base de la sustentabilidad; también es pertinente discurrir sobre aquellos referentes teóricos-conceptuales en los que se inscriben. Por ello se hará referencia, inicialmente, a conceptos que permitan dar arraigo y sentido a los ejes antes mencionados.

Andrenacci y Repetto (2007) definen política como aquel espacio para la negociación y el entendimiento entre partes con intereses e ideologías en conflicto; asimismo, asumen las políticas sociales como aquellas políticas públicas que tienen por objeto de intervención común los problemas sociales. Es de resaltar, igualmente, la noción de Estado, entendida como una dimensión de autoridad política responsable de los recursos fiscales públicos y del aparato de gestión técnico-administrativo.

De allí, entonces, que cobre sentido el horizonte común que se reconoce en las políticas sociales: “contribuir a la consolidación de imaginarios de igualdad y solidaridad ciudadana entre sectores y territorios”, (Ibíd: 3). Por otra parte, Chiara y Di Virgilio (2009) entienden la política social como el conjunto de intervenciones sociales del Estado, en el que la noción y comprensión de la descentralización cobra especial trascendencia ya que ésta se asume como “un conjunto complejo de procesos orientados a los objetivos de distribución territorial del poder y de legitimidad del Estado” (Ibíd:4).

En tal sentido, un primer aporte, referido a la sustentabilidad, surge de reconocer que las políticas sociales se basan en la universalidad, solidaridad y eficiencia (entre otros atributos) como desafío para la gestión social en busca de la calidad institucional. Justo a partir de esta referencia contextual que apunta a las instituciones, vale retomar el sentido y comprensión del marco institucional desde la perspectiva teórica pero también metodológica. Es así como la matriz institucional se constituye en un aspecto central en la dinámica de la política pública, tanto en la identificación de problemas, diseños y gestión propiamente dicha, como en la participación, articulación e interacción de los actores dentro del conjunto de las reglas de juego a las que se alude desde el espacio institucional. Repetto (2008) señala que el papel de las instituciones, respecto de la gestión pública, reside en enmarcar el accionar de los actores que pugnan por darle cierto carácter y dirección a las decisiones y acciones de quienes ejercen el manejo del Estado en los diversos campos de intervención.

Discurriendo sobre la participación, nos referimos a Chiara (2006) que establece como punto de partida conceptual que la participación es mandato de los actores encargados de financiar, diseñar y ejecutar política, y también demanda sostenida por ONGs y organizaciones sociales comunitarias. Es también de  resaltar un aporte conceptual de Chiara, el cual sintetiza, en gran medida, lo referido a la participación, sus implicaciones y trascendencia en lo concerniente a las políticas públicas y sociales:

La deliberación es un medio a través del cual potenciar la democracia… Debemos recordar que las políticas públicas en general y las políticas sociales en particular, operan sobre necesidades pero básicamente sobre relaciones sociales y según sea la orientación conceptual que sostenga y oriente el proceso será la trama de relaciones y el sentido de la acción pública que se constituya. (Ibíd:3).

Para terminar de establecer algunos de estos aspectos teóricos y metodológicos, cabe decir que los actores políticos y quienes desean serlo no operan en el vacío, sino que lo hacen en el marco de cierta institucionalidad; por lo tanto, la institucionalidad política se explica en función del proceso de las interacciones entre los actores involucrados en relación al sistema de instituciones políticas que organiza el poder en una sociedad. Las reglas más generales del quehacer político afectan fuerte y directamente al entramado de reglas formales e informales en el campo de lo social; lo cual no implica una dependencia plena por parte de la institucionalidad social al juego político, pero si es evidente que ésta condiciona lo que suceda en materia social; también, lo acontecido en la institucionalidad social podría afectar el marco más general de la institucionalidad política.

A modo de cierre para esta primera parte, siempre tentativo y nunca exhaustivo, retomo, de manera particular,  una de las preguntas formulados por Ziccardi (2004) directamente en relación a la participación y, de manera indirecta, hacia la sostenibilidad, la ciudadanía y el ámbito político en general: “¿…de qué manera la investigación social puede construir una nueva agenda que contribuya a desarrollar nuevos conceptos e ideas en torno a cómo y por qué impulsar la participación ciudadana en las decisiones públicas?” (Ibíd: 2). Como una posible respuesta ya ofrecida por la misma autora, pero también desde la perspectiva personal y como actor dentro del espacio académico y como partícipe del diseño de esa realidad que vamos construyendo en colectivo y que es, a su vez,  asumida como cierta en los esquemas socio-históricos, vale decir que se trata de abrir un diálogo desde la producción académica y entre quienes, desde la gestión pública, pueden obtener mejores resultados si se incluye a la ciudadanía en los procesos de toma de decisiones públicas, a la vez que se puede avanzar en la construcción de una cultura democrática, menos representativa y si, entonces, más participativa. Acota Ziccardi, igualmente aludiendo al terreno de las políticas sociales, considerando la participación como una forma de inclusión social y ciudadana, la cual:

“parece particularmente necesaria para otorgar eficacia a una acción social del Estado que suele estar confinada al ámbito de lo estatal y no de lo público… noción de ciudadanía arraigada en el compromiso social… implicar al ciudadano en la satisfacción de necesidades colectivas… incluir la participación ciudadana en el interior de un proyecto político cultural de cambio” (Ziccardi, 2004:8).

Políticas públicas y la Categoría de Género

Tal como se esbozó en la presentación de este trabajo, en los últimos años se ha observado en el ámbito de las políticas públicas orientadas a la prevención y atención a la violencia, tanto al interior de los países como a escala internacional, un impulso en la creación de estrategias con enfoque o especializadas en distintos factores socio-demográficos, la equidad social y de género, entre otros. Con este enfoque se pretende lograr una mejor incorporación de las variables socio-demográficas a las políticas y estrategias de desarrollo en sus distintas dimensiones: social, económica, política y ambiental, así como ampliar la capacidad de formular políticas y programas que incorporen variables de población en las grandes metas de desarrollo de los países.

Rico y otros (2003)  establecen que uno de los movimientos que desde la década de los ´50 emergieron con más fuerza fue el relacionado con las mujeres y la equidad de género. Si bien desde las décadas de los sesenta y setenta las organizaciones de mujeres empezaron a tener una presencia en el panorama  social, no es sino hasta los noventa cuando logran, con la Conferencia Mundial sobre Población y Desarrollo (El Cairo, Egipto, 1994) y con la Plataforma de Acción de la Conferencia Mundial de la Mujer (Beijing, China, 1995), colocar en el plano internacional la discusión sobre las relaciones de género.

A partir de estos conceptos en algunos países y, particularmente, en la región latinoamericana, las políticas públicas han tratado de reflejar los distintos cambios que han acaecido en la sociedad; entre ellos, incorporar un enfoque de género, el cual persigue la equidad entre varones y mujeres. Así, al perfilarse cambios fundamentales como la transición social, la transición demográfica y la transición epidemiológica, las políticas públicas, a su vez, deben adecuarse o crear nuevas opciones que respondan a las nuevas características dentro de una sociedad para cada uno de los grupos sociales que la conforman.

En la mayoría de los países la incorporación de la perspectiva de género a la agenda pública es un producto de años de esfuerzo y lucha por la legitimidad de movimientos de distintos grupos dentro de la sociedad. Aunado a esto, existe un creciente interés por la investigación en este campo y por la generación de conocimiento sobre las relaciones de género y las diferencias entre las oportunidades de hombres y mujeres en sociedades específicas. Al mismo tiempo, se ha necesitado de un creciente consenso internacional sobre la importancia y la necesidad de contar con una mayor equidad en los procesos de desarrollo y aplicación de las políticas públicas, diferenciando las necesidades de grupos específicos de la población.

Según apuntan Rico y otros (2003) estas políticas se enfocaron, de manera principal, primero en visibilizar y luego en reducir las diferencias e inequidades entre mujeres y hombres con programas dirigidos específicamente a ellas, ignorando la trascendencia de dirigirse de manera simultánea a los hombres.

Políticas Públicas, Género y Masculinidades

La ONU (2008), en el documento titulado El papel de los hombres y los niños en el logro de la igualdad entre los géneros, recoge que es a mediados de la década de 1990, que se hace evidente que la igualdad entre los géneros y la promoción y protección de los derechos de la mujer exigían una estrategia política que movilizara a los hombres para modificar las relaciones entre los géneros. Las mujeres no podían por sí solas lograr un apoyo suficiente para los profundos cambios sociales que exige el programa de igualdad entre los géneros; se requería la participación activa de los hombres. Dos conferencias mundiales de las Naciones Unidas —la Conferencia Internacional de las Naciones Unidas sobre Población y Desarrollo de 1994 y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995— marcaron la transición política respecto al compromiso y la responsabilidad de los hombres. También la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social (1995) puso de relieve el papel de los hombres y los niños en el logro de la igualdad entre los géneros e, igualmente, el vigésimo sexto período extraordinario de sesiones de la Asamblea General sobre el VIH/SIDA (2001) y el vigésimo séptimo período especial de sesiones de la Asamblea General sobre la infancia (2002). En 1997, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en colaboración con la División para el Adelanto de la Mujer del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, convocó una reunión del Grupo de Expertos sobre los roles masculinos y la condición de varón en una perspectiva de cultura de paz. En esa reunión se abordaron las consecuencias perjudiciales de los rígidos estereotipos de género, se debatieron estrategias prácticas para reducir la violencia masculina y se exploró la posibilidad de educar a los niños haciendo hincapié en las cualidades necesarias para crear una cultura de paz. También, en el bienio 2000-2001, el Programa conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA) organizó una campaña mundial con el lema “Los hombres marcan la diferencia”, en la que se destacaba el importante papel que pueden desempeñar los hombres en la prevención del VIH/SIDA y en su tratamiento.

En el ámbito académico, Viveros (2007) establece que las investigaciones sobre las realidades masculinas se desarrollan de forma importante en los inicios de los años ochenta, privilegiando en especial el análisis centrado en el género, y en los procesos de socialización masculina ligados a ciertas realidades consideradas problemáticas para los hombres, tales como la dificultad de involucramiento paterno, el descuido de su salud, y la violencia, específicamente la violencia hacia las mujeres.

Segarra y Carabí (2000) a partir de investigaciones y revisiones acerca de la ideología patriarcal, así como del mandato hegemónico surgido a partir de ella y la tremenda separación que marca en el desarrollo de los patrones de vida de hombres y mujeres construidos desde esta normatividad,  sostienen que en una sociedad donde exista una clara política de igualdad de derechos, el varón no necesita seguir teniendo el control, y que el compartir el poder no supone para él una pérdida de su virilidad, ni una pérdida real de su poder social. Dentro de esa sociedad, la auto-referencialidad masculina resulta una ideología limitada, obsoleta, ahistórica, injusta, e incluso una prisión para el propio varón: “Si éste reconociera su real situación, podría aventurarse a experimentar nuevas formas de vivir”. (Segarra y Carabí, 2000:4).

Asimismo, coincidimos con las ideas y aportes surgidos del trabajo de Carol Gilligan, así como con aquellos que expresan que la presencia predominante de los varones en la esfera pública y de las mujeres en la esfera privada o doméstica de la sociedad ha llevado a la identificación de varones y mujeres con los valores propios de cada esfera de acción. De este modo, los varones han tendido a identificarse con los valores característicos del ámbito público –la ética de la justicia– y las mujeres con los valores propios de la esfera privada –la ética del cuidado. Estas perspectivas diferentes que forman parte del desarrollo psíquico y moral de los seres humanos tienen un correlato en la manera de concebir la realidad social, en el sentido que los valores sustentados por cada una de estas perspectivas informan la visión de mundo del sujeto y proponen una mirada particular sobre la sociedad.

En tal sentido, Viveros (2007) acota que desde finales de los años setenta han sido publicados algunos trabajos relacionados con el tema, realizados casi siempre por autores que buscaron comprender los efectos de los cuestionamientos feministas en la identidad masculina. Durante la década del ochenta se multiplicaron las revisiones, investigaciones y publicaciones sobre el tema de la masculinidad y, a menudo, de las masculinidades; reflejando, de manera particular, la relación de los hombres con la paternidad y con la sexualidad. A partir de sus investigaciones, Viveros (2007) establece que los trabajos sobre la construcción social de la masculinidad se han apropiado de

“los cuestionamientos epistemológicos feministas de la especificación de género únicamente para las mujeres y han postulado una cierta equivalencia heurística entre el análisis de lo masculino y las investigaciones sobre las mujeres, equiparando las especificidades femeninas a las especificidades masculinas” (Ibíd: 30).

Parte II

Atisbando algunas rutas, algunos medios. Percepciones, expectativas y aspiraciones / Nuevos Indicadores, Nuevas Interpretaciones.

En esta parte se abordan algunas revisiones provenientes de diversas fuentes: culturales, académicas, educativas, técnico-metodológicas, en el sentido de ampliar las perspectivas con las que se ha venido asumiendo los problemas referidos a la violencia, la participación y responsabilidad del varón y las repercusiones y posibles vías de solución a esta situación.

En el contexto de los cuestionamientos y alternativas surgidas dentro del escenario político-social local de los últimos 10 años en Venezuela, ha comenzado a estudiarse el tema de indicadores alternativos desde una perspectiva amplia que comprende, además de los aspectos tradicionales (económicos, sociales, históricos), dimensiones ecológicas y subjetivas. En tal sentido, se ha dicho que el propósito del debate es revisar, desde una perspectiva crítica, los indicadores existentes y realizar propuestas metodológicas

“que permitan dar cuenta de las condiciones de vida de la población y de la efectividad de las políticas públicas implementadas por los gobiernos… donde la satisfacción de las necesidades sociales de la población adquieren su sentido y razón de ser”. (Eljuri, 2010:28).

Tal como lo resalta y precisa Figueroa (s/f) cuando señala que:

…si bien en teoría, toda persona está expuesta a dicha problemática social, es mayor el desarrollo de estudios y mediciones para el caso de las mujeres, pero incluso nombrando este fenómenos como muestra de la dinámica de las relaciones familiares… en particular en aquellas donde los varones no son quienes generan la violencia. (Ibíd:2)

De ahí la crítica a los métodos y perspectivas convencionales, así como la necesidad de considerar las particularidades del ser del varón en el diseño de nuevos indicadores desde la perspectiva de los derechos sociales según el género, grupos etarios, territorios sociales, etnias y clases sociales. Sobre lo que  Eljuri (2010) reitera la necesidad de trascender mediciones tradicionales de los indicadores, incorporando dimensiones sociales, ambientales, de participación y organización popular… “ya que se trata de dar cuenta, también, de las necesidades culturales que son el sentido de pertenencia a una comunidad o grupo social, lo que implica hábitos, costumbres y prácticas de vida colectivas” (Ibíd: 29). Con ello se quiere dejar claro que lo relevante no es sólo una cuestión material, sino también cultural, de valores y de percepción. Por tanto, se requieren estudios sistemáticos que indiquen cómo están y cómo se sienten los ciudadanos; en particular, y en este caso, los varones de todos los estratos, edades, asumiendo la diversidad de su orientación sexual, elecciones y condiciones de vida material, en aspectos básicos de su vida, para reconocer cuáles son las expectativas para su desarrollo humano; reconociendo que a la diversidad biológica, de edad, étnica y de género se le han sobrepuesto, históricamente, desigualdades sociales que han contribuido al aumento de las limitaciones en las capacidades individuales y colectivas requeridas para el disfrute de los DDHH y sociales.

Por otro lado, los indicadores subjetivos permiten que los individuos ponderen el nivel de bienestar en que se encuentran; todo lo cual, en relación particularmente intencionada, permitiría que los varones puedan dar  cuenta de sus patrones de referencia, actitudes, expectativas, aspiraciones y deseos respecto a las condiciones sociales que perciben y que les afectan, ya que los indicadores sociales subjetivos miden la dimensión de la calidad de vida y “su consideración supone correspondencia, proporcional, entre cambios experimentados en las condiciones sociales medidas con indicadores sociales objetivos y los efectos de estos cambios sobre el grado de satisfacción que los individuos perciben…” (Eljuri, 2010:30)

Las Minorias Activas – Algunos varones y los cambios acaecidos

A partir del referente teórico de las minorías activas se trata de, tal como lo proponen Gruson y Zubillaga (s/f),  rastrear en la realidad de la vida colectiva conductas susceptibles de cristalizar en una configuración cultural alterna que haga efectivamente tensión con la cultura mayoritaria; tal como acota Villarroel: “…se trata de posiciones, individuos o grupos minoritarios que con su actuación… han logrado alcanzar influencia social y han llegado… a modificar las opiniones y los modos de acción establecidos y aceptados mayoritariamente en nuestra sociedad” (1998: 304). Agregan, en este sentido Gruson y Zubilla (s/f) que, en cualquier caso, los portadores de tal patrón alterno estarían en una minoría activa; el punto está en cuáles conductas pudiesen convertirse en determinado patrón, a partir de su existencia de manera dispersa (como conductas individuales) en la población sin llegar a cristalizar en patrón cultural alguno. Es posible, entonces, resaltar algunas manifestaciones en el ejercicio de la paternidad y en la cultura del cuidado que resultan ya notorias en el espacio público local, en los cuales se evidencia una mayor participación y presencia masculina; todo lo cual representa para el varón cambios (u oportunidades para acceder a él) desde las propias conductas y modelos masculinos, asumidos (conscientemente o no) por una minoría ciertamente; pero, no por ello, desestimable o insignificante. Tal como apunta Villarroel (1998): “…la minoría debe orientar su esfuerzo en lograr ser identificada y escuchada… se hace necesario un proceso de adquisición de visibilidad y reconocimiento social” (Moscovici-Doms, en Villarroel, 1998:305). Del mismo modo como ocurre en Venezuela, es sabido que en otros países y espacios socio-culturales de la región latinoamericana están emergiendo grupos de hombres, de diversas edades y estratos sociales, los cuales, organizadamente o no, están apuntando a la expresión de comportamientos alternos que visibilizan opciones de interés en sus expectativas y proyectos de vida tanto en el ámbito de lo privado como en el de lo público.

De tal modo que creemos posible señalar las condiciones que favorecen la formación de un patrón cultural, siguiendo la tipificación de las minorías activas (Moscovici, 1979). Así, el asunto que interesa es mostrar como la constitución de un foco depende de la manera cómo el contexto mayoritario (público y reconocido) llegue a tenerse por interpelado por conductas o comportamientos plasmados en dicho foco; estableciendo una posible tensión y eje de polarización entre mayoría y minoría activa. Para lo cual, desde este supuesto teórico, nos parece más que conveniente y pertinente, investigar sobre estas conductas y modelos dispersos y atomizados en el espacio público, de manera de incidir en su asentamiento, reproducción y legitimación, propiciando así una posible matriz, la cual, ejercida desde esta minoría, pudiera llegar a impactar e influenciar, suficientemente, en esa mayoría. A lo cual es posible acceder, o al menos creemos que vale la pena intentarlo, desde el diseño de programas, campañas y políticas sociales tendientes a ello.

Educación – Un aporte teórico metodológico en esta dirección:

Hacer para Transformar – El método de la Psicología Social Comunitaria

Otras recomendaciones recogidas por la ONU (2008) están centradas en la generación del cambio sociocultural necesario para lograr la igualdad entre los géneros; por ejemplo, en los procesos de educación e instrucción. En el debate se hizo hincapié en los esfuerzos que deben realizarse para prestar mayor atención a los hombres y los niños en la legislación, las políticas y los programas sobre igualdad entre los géneros y para desarrollar vías que promuevan su participación activa.

La psicología social comunitaria ha planteado con claridad los principios que orientan su construcción teórica-práctica. Esos principios son: reflexión y diálogo, conocimiento, igualdad, conciencia, poder y control en la comunidad, participación y compromiso, diversidad, respeto y reconocimiento del carácter creativo de los seres humanos, carácter activo y creador de las personas, libertad, transformación social, bienestar, liberación; asimismo, la relación entre ética, método y teoría es un aspecto que necesita ser tomado en cuenta para poder comprender el desarrollo de esta rama de la psicología. En tal sentido, Montero plantea y parte de asumir que se deben “estudiar los problemas concretos de nuestras sociedades desde ellas mismas y desde y con quienes los sufren, a fin de transformar esas sociedades” (2006:122). Para ello, parte de abordar los diferentes aspectos de la relación de producción de conocimiento y las vías que llevan a obtenerlo; así como la marca comunitaria que se expresa en el carácter dinámico, flexible, participativo y dialógico, orientado por la transformación social y puesto en práctica por dos tipos de agentes catalizadores y facilitadores de cambios: a.- diversidad de profesionales -de la psicología, sociólogos, educadores, entre otros y b.- personas interesadas y grupos organizados dentro de las comunidades, comprometidos igualmente con dicha transformación, que son participantes activos en procesos que incluyen transformaciones tanto del entorno físico, económico y de las relaciones sociales, como de la conciencia sobre lo que ocurre, por qué y para qué ocurre.

El principio de la acción-reflexion-acción, propuesto por Paulo Freire, es el basamento de este proceso. Estos métodos no se observan sólo para describir o explicar, sino que observan participativamente para ejecutar esas dos acciones, mientras van transformando el fenómeno estudiado y produciendo cambios en los y las participantes; métodos en los cuales se observa participando-transformando-reflexionando-evaluando-socializando.

Todo lo cual, vinculado y puesto al servicio del reconocimiento de las diversas expresiones y complejidad presente en las relaciones intergenéricas, así como hacia la comprensión de las particularidades referidas a el varón y su construcción social, resulta muy pertinente y, por demás, recomendable en la actualidad que compartimos; toda vez que, a diferencia de las mujeres, que lograron consolidarse en los llamados Estudios de Mujeres, así como en diversos núcleos y formas de agrupación que le han ido permitiendo y desarrollando una metodología y cuerpo teórico propio, los varones no contamos, todavía, con tales opciones o recursos. Creo que, dada la inminencia y urgencia, esta opción venida desde el espacio de la investigación científica y social, puede salvar la brecha e iniciar la ruta en esta elaboración pendiente.

De la Educación Popular a la Educación Permanente. El Sujeto Popular y su Subjetividad

Otro referente teórico-conceptual, pero también práctico y metodológico, es el de la Educación Popular (EP); el cual se concreta, lógicamente, en su dimensión educativa, la cual hace referencia a la posibilidad de afectar los diversos componentes de la subjetividad popular; ya que “la educación es una práctica social que busca afectar intencionalmente las formas de comprender y actuar de los sujetos sociales” (Torres Carrillo, 1993:11). Y agrega Torres Carrillo, en este sentido, el nivel de la realidad social en la que actúa preferencialmente la EP es la subjetividad popular, llámese conciencia social, saberes, conocimientos o cultura popular, dado que “las acciones sociales emancipatorias están relacionadas con la formación de un sistema de representaciones, ideas, significaciones, simbolizaciones, afectos que le dé identidad…” (Ibíd:11).

Es así como las múltiples funciones que se atribuyen tradicionalmente a la educación y a la formación, unidas a las demandas surgidas desde distintos factores, deben ser para todas y todos quienes nos hemos reconocido como excluidos o marginados en ideologías, sistemas y relaciones insatisfactorias; lo cual exige, inevitablemente, que el aprendizaje se convierta en una actividad permanente. Los varones también contamos con la posibilidad de transformarnos y asumir el cambio como una opción ante las demandas y condiciones de vida insatisfactorias en las que estamos inmersos.

Parte III

Hacia una síntesis conceptual  – una síntesis integradora

Una posible síntesis teórica y conceptual de este proceso comienza a tomar cuerpo al dársele cabida no sólo a la racionalidad consciente, sino también a los valores, a los sentimientos, al inconsciente, a lo lúdico, tal como apunta Torres Carrillo (1993):

“intervenir en la subjetividad popular no es sólo cuestión de tomar conciencia de la realidad, sino de reconocer la historia de su construcción, el peso de las tradiciones pretéritas, de las condiciones de vida presente y de sus relaciones con la cultura hegemónica” (Ibíd:27).

De este modo, señala el autor, se comienzan a comprender y a ampliar las lógicas culturales desde las cuales los sujetos populares ven, interpretan y actúan sobre su realidad; lo cual exige situar la atención en la historia de los procesos de su configuración histórica y en la vida cotidiana, ya que es allí donde se renuevan y se transforman las ideas, los valores, los afectos, las actitudes frente a la sociedad.

Y tal como lo señala Pineda (2003), al estudiar las acciones violentas de los individuos en cualquier ámbito social, se requiere contar con un marco teórico que explique las subjetividades de los individuos y sus identidades como hombres o como mujeres. De ahí que compartamos la idea de que estos estudios permitirán mirar a los hombres ya no en su condición de proletarios, padres, empresarios, etc., sino en su intersección subjetiva como seres con identidades de género, en su construcción cultural como hombres; a partir de lo cual será posible plantearse superar los estereotipos del machismo y descubrir esa mitad olvidada en los estudios de género, para enfatizar sus diferencias a partir de la configuración cultural de las relaciones de poder con las mujeres y entre distintos grupos de hombres. En tal sentido, enfatizamos que la definición de la violencia masculina no debe aislarse del entendimiento de los procesos y relaciones sociales de género:

“la subjetividad como proceso de producción de significados se relaciona directamente con la identidad en la medida en que ésta es… una acumulación social de significados, como configuración subjetiva cambiante y dinámica a partir tanto de prácticas y rutinas, como de nuevas significaciones intersubjetivas…” (Hearn, 1996 en Pineda 2003:29).

Coincidimos, entonces, en afirmar que la construcción subjetiva de lo que significa la violencia; la cual se relaciona directamente con las representaciones de género y cómo a su vez dichas representaciones son generadoras de violencia:

“Estas representaciones no son exclusivas de los hombres, juegan también en ellas, desplazando el análisis de la violencia de lo personal a lo cultural, de los hombres a lo relacional y, de los hombres y mujeres, a las masculinidades y feminidades. La responsabilidad se personaliza como expresión de lo cultural y el cuestionamiento cae sobre los individuos como portadores de una ´relación de sentido´…” (Pineda 2003:35).

Lo que Figueroa (s/f) reconoce y estable en relación  al estudio de la violencia dentro de la identidad de género de los varones, cuestionando el papel protagónico y problemático que se le asigna a este grupo: “… se discute la relación entre violencia y varones, incluso antes de proceder a revisar interpretaciones de la violencia vivida por dicha población, al observarla, al ejercerla, al padecerla, al nombrarla e incluso al silenciarla…” (Ibíd: 3).  Así como también coincidimos con este autor cuando señala la necesidad de  sistematizar las condiciones en las que están inmersos los actores sociales -especialmente los hombres, considerados como generadores o reproductores de la violencia, en el proceso de confrontar los aprendizajes de género, las influencias estructurales que legitiman la violencia y sus posicionamientos individuales ante el fenómeno de la violencia.

Apuntes para el cierre – Ideas para continuar debatiendo

Nos hacemos eco de la ONU (2008) al expresar con valiosa y acertada sencillez que, si bien la estrategia de incorporar la perspectiva de género es un instrumento crucial para lograr que los hombres participen en la promoción de la igualdad entre los géneros y existen importantes compromisos para realizarla a nivel mundial, dicha incorporación no se ha aplicado plenamente en las instituciones a nivel nacional, regional e internacional. Coincidimos con Ayllón González y Vargas Urías (2008) cuando expresa que el hecho de trabajar con hombres no significa que las demandas políticas de las mujeres han sido resueltas hoy en día. Trabajar con hombres no es sinónimo de la culminación del desarrollo social de las mujeres; trabajar con hombres, por el contrario, es atender de manera coyuntural el problema de las desigualdades e inequidades sociales, mismas que hoy día siguen afectando a las mujeres de forma indiscriminada. Es verdad que aún tenemos un largo camino por recorrer, no obstante, ya vamos sobre la marcha. Y, en tal sentido, es necesaria una difusión más amplia de los casos de cambios positivos y de buenas prácticas relacionadas con todos esos enfoques y metodologías citadas. Y, asimismo, como se acotaba al cierre de la Declaración de Río (2009), seguimos  viendo la emergencia de organizaciones y campañas que involucran directamente a cientos de miles de hombres en casi todos los países del planeta, escuchamos a hombres y niños levantando sus voces en contra de la violencia, practicando sexo más seguro y apoyando los derechos reproductivos de mujeres y niñas; vemos hombres cuidando, amando y nutriendo a otros hombres y mujeres. Vemos hombres que abrazan los desafíos diarios de cuidar niños y bebes, y que disfrutan su capacidad de nutrir y cuidar. Vemos a muchos hombres cuidando el planeta… Y, sin embargo, sigue siendo imperativo movilizar la voluntad política y los recursos económicos necesarios para incrementar la escala e impacto del trabajo con hombres y niños para promover la equidad de género. Creemos que sigue creciendo el consenso y la expectativa que confirma que si es posible cambiar en los hombres sus prácticas y actitudes de género. Estas iniciativas no sólo ayudan a deconstruir masculinidades dañinas, sino también a reconstruir masculinidades más equitativas. Ya que la investigación global demuestra que es posible acelerar este cambio a través de intervenciones bien diseñadas, el llamado es, entonces, a seguir investigando y seguir aportando al debate y revisión de este tema y su necesaria cristalización en las pautas de vida y desarrollo de las próximas generaciones de varones.

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*Imagen: Hacedor de sueños. Alex Stevenson Díaz.

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