Rebeldes y Santas. Un análisis del rol político de las mujeres de la AFDD de Chile.

Carla Peñaloza Palma. Historiadora, Académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad de Chile.

 

Madres, esposas, hijas, hermanas, que tienen en común un inmenso dolor y un estupor no menor, al desconocer el paradero de sus seres queridos. Se enfrentan a una situación inédita e innombrable: la desaparición de los cuerpos. En ese contexto se conocen, se reúnen, se apoyan, para enfrentar juntas la tragedia que las une. La palabra desaparecido emerge de este proceso generado por una práctica que hasta ese momento no tenía antecedentes en nuestro país, por lo cual carecía incluso de nombre.

En Chile, el terrorismo de Estado dejó tras de sí una huella de violencia, que provocó miles de víctimas, pero también generó una reacción de rechazo y resistencia muy importante por parte de un puñado de ciudadanos que a pesar del miedo y la represión, se organizaron para repeler las violaciones a los derechos humanos y defender la vida. Es el camino elegido por las mujeres que formaron la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, enfrentando al poder totalitario para saber el paradero de sus seres queridos.

El objetivo de este trabajo es analizar y discutir sobre los significados que adquiere la actuación pública de estas mujeres desde los primeros días de la dictadura hasta hoy. La presencia mayoritaria de mujeres en la AFDD y sus mecanismos de lucha nos llevan a plantearnos algunas preguntas y compartir ciertas reflexiones ¿Por qué fueron las mujeres las que de manera preferente asumieron en el espacio público la tarea de recordar? ¿Por la vocación femenina ancestral de mantener viva la memoria de los ausentes? ¿Por los lazos de afecto que la unían a las víctimas? ¿Explica eso, de manera suficiente las características de su lucha?

Si conocemos con más detalle su sufrimiento y su larga lucha es principalmente a partir de los llamados géneros referenciales, particularmente las historias de vida y los testimonios y que poco a poco los/as historiadore/as hemos comenzado a utilizar como fuentes para el estudio de la represión.

Precisamente el desafío actual para los/as historiadores/as es el de construir y revisar archivos de la memoria que se sitúan también en el ámbito de lo privado, a diferencia de las fuentes más tradicionales y nos “revelan con pormenores el modo en que los hechos externos influyen en el ámbito íntimo, en el que las familias van construyendo cotos que les permiten protegerse, transitar por determinadas circunstancias y procesos y sobrevivir a ellos”.[1]

El objetivo de este trabajo es analizar sucintamente y desde una perspectiva de género algunos aspectos relevantes de la relación privado-público en la elaboración del duelo y la lucha política de sus familiares, a partir del análisis de discurso de las mujeres de detenidos desaparecidos en Chile. La metodología utilizada en esta investigación es la que se utiliza para el estudio de las representaciones culturales. El acento se pone, en este caso, en el impacto de los acontecimientos político-sociales en la vida cotidiana de las personas y cómo éstas reaccionan ante estos hechos.

Para ello he recogido de manera personal la experiencia de mujeres familiares de detenidos desaparecidos, pertenecientes a la AFDD de Chile. Hemos utilizado de manera preferencial la entrevista en profundidad, cuyo propósito es la comprensión de las perspectivas que tienen los entrevistados respecto de sus vidas, experiencias o situaciones, tal como las expresan con sus propias palabras. Este método es particularmente útil cuando los escenarios o las personas no son accesibles de otro modo y se busca esclarecer una experiencia humana de carácter subjetiva.

Los testimonios recogidos de esta forma son complementados por el uso de otros testimonios ya publicados por otros investigadores o por las propias organizaciones de familiares para difundir su tarea. Las conclusiones aquí expuestas se basan en ambos tipos de testimonios.

Sobre la vocación femenina de recordar

En la tragedia de Sófocles, Antígona se enfrentó en la antigua Grecia a las autoridades de la ciudad, para cumplir con el deber que le designaban los dioses: enterrar a su hermano, Polinice. Creonte, rey de Tebas decretó: “queda públicamente prohibido a toda la ciudad honrarlo con una tumba y llorarlo”[2] y “cualquiera que infrinja su orden morirá lapidado”[3], pese a ello y a no contar con la ayuda de su hermana Ismena -cobarde que desmiente su sangre-, Antígona no duda en cumplir con esta tarea, y se propone dar sepultura a Polinice: “será hermoso para mí -señala- morir cumpliendo ese deber”[4], un deber que está por sobre el poder temporal de los hombres, ante el cual es necesario rebelarse si contradice la voluntad divina. Así, Antígona se define a sí misma como rebelde y santa por cumplir con todos sus deberes piadosos.

Este deber es una constante en el tiempo, y podemos ver, según señala Georges Duby, como durante la Edad Media les corresponde a las mujeres encabezar los ritos funerarios “así como mantener presente el nombre de los difuntos para que los invocaran en las fechas prescritas. Les correspondía, con toda seguridad, conducir el duelo durante los funerales y ser las primeras en gritar, frente al mundo doméstico, el pesar de la casa”[5]. “Son mujeres salidas de la casa, del mundo privado en que les corresponde quedarse acurrucadas, mujeres que cumplen una, y creo que única función pública: demostrar el duelo colectivo gesticulando y dando voces ante la muerte”[6].

En un continuo histórico, en Chile existe una larga tradición de deberes, gestos y rituales que las mujeres debían cumplir en el espacio privado, con el fin de resguardar la memoria de los muertos, como lo demuestran los trabajos de Horvitz e Iglesias[7]. Uno de estos gestos fue la fundación de capellanías -fundaciones de carácter religioso que implicaban una donación monetaria póstuma a cambio de misas por la memoria de las almas del fundador y sus más próximos por siempre jamás- en las que podemos observar un rol protagónico de las mujeres, principales fundadoras de capellanías y que abarca un largo período histórico, desde la Colonia hasta los primeros años del siglo XX.

Estos gestos y tradiciones conforman un constructo cultural de un peso específico no menor que se manifestó como un asunto de gran complejidad para la dictadura militar, de carácter especialmente conservador. Por una parte les resultan intolerables las manifes-taciones públicas de las mujeres, pues ponía en evidencia el lado más oscuro del nuevo régimen como era la sistemática violación de los derechos humanos. Pero por otra parte, ¿podían esperar algo distinto? Definitivamente no, y bien lo sabían los militares, estas mujeres estaban cumpliendo con su deber, estaban haciendo lo que ellos mismos hubiesen esperado de sus mujeres. Honrarlos y mantener viva su memoria una vez caídos en el campo de batalla.

Es por esto mismo que nunca pudieron reprimir totalmente sus manifestaciones. Trataron de quebrarlas moralmente diciéndoles que su marido se había ido con otra. Las trataron de locas, o de agentes pagadas por el marxismo internacional, para desprestigiarlas, pero al mismo tiempo las sabían cubiertas de la protección moral que otorga el deber cumplido. De esta manera ellas pudieron gritar su dolor a una sociedad que se debatía entre el miedo y la complicidad. Se convirtieron en las portavoces del duelo colectivo y obtuvieron licencia para decir lo que otros debían callar.

Pero al mismo tiempo la dictadura sabía que se enfrentaba a algo inédito, inesperado y que no podía controlar. Había algo diferente en la tarea de estas mujeres. En ninguna de las grandes catástrofes del siglo XX, es posible observarlas cumpliendo este rol. Ni en la Guerra Civil Española, ni en torno al holocausto, y quién sabe si con su presencia, la historia pudo haber sido otra. Es precisamente este carácter inédito que adquiere la lucha de las mujeres chilenas reunidas en la AFDD el que queremos analizar más adelante.

Los afectos y el duelo doméstico

Por otra parte, para algunas autoras, como Jelin, Kirkwood, Montecinos, entre otras, este fenómeno se explica desde una perspectiva de género, en tanto construcción cultural, que vincula el mundo de lo afectivo con las mujeres y las hace actuar desde esta lógica. Jelin señala:

“Desde el principio hubo mujeres al frente del movimiento. El compromiso de la mayoría de ellas no provenía de convencimientos ideológicos democráticos, o de cálculos de estrategia política antidictatorial. No era una lógica política, sino una lógica del afecto: fundamentalmente, mujeres directamente afectadas: madres, abuelas, familiares de víctimas, de desaparecidos o torturados, pidiendo y reclamando por sus hijos. La denominación de las organizaciones de mujeres alude a la primacía del vínculo familiar: madres, abuelas, familiares, viudas, comadres.”[8]

Afirmaciones como éstas han alimentado la premisa no siempre real, al menos en Chile, de que las mujeres familiares de detenidos desaparecidos salían a la calle por primera vez iniciándose en un camino absolutamente desconocido para ellas y eso no siempre fue así. En efecto, estos argumentos pueden explicar por qué la Agrupación está constituida principalmente por mujeres (y casi no hay padres, esposos, hermanos) pero no dan cuenta de las formas que adopta su accionar, que supera la lógica de los afectos para adentrarse en una lógica política, que sale del espacio privado, para situarse en la esfera pública.

Estas mujeres se organizaron, actuaron y en definitiva reivindicaron una voluntad política. “…porque -según ellas mismas señalan- además de unirnos lazos de sangre a nuestros familiares, también entendemos que encontrar a los detenidos desaparecidos, establecer la verdad y hacer justicia es una obligación para las posibilidades futuras de la paz y la única certeza de que estos actos inhumanos no volverán a repetirse”.

Personalmente pienso que, desde el punto de vista de género, el duelo y la memoria de los suyos son deberes asignados históricamente a las mujeres, rol cumplido a cabalidad por la AFDD. Sin embargo, estas mujeres ocuparon la plaza pública, colectivizando la memoria, para exigir Verdad y Justicia. La irrupción en el espacio público y la elaboración de un discurso que nace del duelo, pero se proyecta hacia la defensa de los postulados de la modernidad, es lo que marca un quiebre en relación a las experiencias conocidas hasta ese momento. Las mujeres, organizadas desde muy temprano en la AFDD asumieron la tarea de buscar a los suyos y de resguardar su memoria, pero las características que irá asumiendo su lucha, las convertirá en un referente inédito, que traspasará con creces los deberes femeninos tradicionales, convirtiéndose en el primer referente político durante la dictadura y el con mayor credibilidad en la transición a la democracia.

Los invito a repasar la historia de la AFDD

“Nacimos -dicen en su declaración de principios- como organización para defender la vida. La denuncia fue nuestra primera acción para rescatar con vida a nuestros seres queridos secuestrados y mantenidos en recintos secretos de tortura. En la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos nos fortalecimos día a día y adquirimos la fuerza necesaria para enfrentar la brutal represión de la dictadura militar. Hoy seguimos luchando para mantener viva la memoria de los nuestros, exigiendo Verdad y Justicia. En este devenir, a pesar del tiempo, nos hemos ido transformando en protagonistas de una historia que ninguno de nosotros hubiese querido vivir.”[9]

Se habían conocido a la salida de los centros de detención, o en las filas del SENDET (Servicio Nacional del Detenido) inquiriendo información sobre sus familiares. Formaron el grupo de “mujeres democráticas” que procuraba localizar a los familiares y asistirlos, cuando fue posible. No todas tuvieron la misma suerte, pues de muchos no había rastro. Otras se conocían de sus militancias políticas previas, lo que favoreció de manera considerable las posibilidades de organizarse y actuar colectivamente.

Así, al alero de las iglesias, que pocos días después del golpe militar se constituyeron en el Comité Pro-paz, la AFDD da sus primeros pasos. Luego en la Vicaría de la Solidaridad, dependiente de la Iglesia Católica y creada una vez que Pinochet ordenó cerrar el Comité, encontrarán refugio a su dolor y se potenciarán como colectivo.

La pronta organización de sus familiares permitió que supiéramos de sus tormentos, se mantuviera viva su memoria y el mundo entero solidarizara con las víctimas de la represión. La construcción y persistencia de la memoria de los desaparecidos, ha sido sin ningún lugar a dudas fruto de la labor que desempeñaron, desde el primer momento, las mujeres familiares de los detenidos desaparecidos, organizándose en torno a la tarea de búsqueda de sus seres queridos y por la exigencia de verdad y justicia.

El propósito original de la búsqueda era que se reconociera oficialmente la detención de sus familiares y poder rescatarlos con vida. Posteriormente, frente a la negación de las autoridades de revelar el paradero de los presos, se da paso a la denuncia ante una realidad que superaba lo imaginable. Se había hecho desaparecer los cuerpos sin dejar rastro, ni siquiera existía certeza de la vida o la muerte de sus familiares.

Un hito importante dentro de la naciente Agrupación lo constituye la desaparición de la casi totalidad del Comité Central del PC, y la incorporación de sus familiares a la organización, a fines de 1976.

Por primera vez solicitaron un ministro en visita para que investigara los hechos y denunciaron públicamente que sus familiares habían sido víctimas de la represión del Estado por motivos políticos.

Como señala Viviana, hija de Víctor Díaz, detenido y desaparecido desde mediados de 1976:

“ya empezamos a ver en conjunto que las cosas individualmente no avanzaban, que había que hacerlo colectivamente y de esa manera empezamos a buscar, a romper ese cerco de silencio, a romper los miedos a salir a la calle y así fue la lucha de la agrupación haciendo mayor conciencia porque los chilenos no te creían esto que tú decías que tenías tus familiares desaparecidos, la gente negaba, o sea, para ellos nosotros estábamos inventando esta situación” 3.

En ese camino la organización se potenció y surgieron liderazgos en su interior. Tal es el caso de Sola Sierra, militante comunista desde su juventud, quien se incorpora a la Agrupación en 1976, tras la desaparición de su esposo Waldo Pizarro y que será presidenta de la AFDD por seis periodos consecutivos, hasta el día de su muerte.

La presencia de las mujeres con un rostro en su pecho, se hará cotidiana. Ellas han comenzado la tarea de impedir que el silencio sumerja el nombre de los suyos en el olvido. Bailarán la cueca sola, se encadenarán en las puertas del clausurado Congreso, ocuparán las calles, e interpelarán a los poderes públicos y a la sociedad chilena, ignorante o cómplice con un ¿dónde están?

En junio de 1977 la AFDD realiza su primera manifestación pública. Veintiséis familiares iniciaron una huelga de hambre que duró diez días, ‘el dolor del hambre -dicen- no se compara con el dolor de no saber del ser amado’. La acción llegó a término con el compromiso de la Junta Militar ante el Secretario General de Naciones Unidas de investigar las denuncias de desaparición forzada de personas.[10]

En este camino se fueron tejiendo solidaridades y luchas. La labor de la AFDD, y otros organismos de derechos humanos, conseguirá que 1977 sea el año en que la desaparición forzada de personas cese como práctica sistemática de represión de los organismos de seguridad de la dictadura.

Sus voces traspasaron las fronteras, al mismo tiempo que se extendía el horror. Así formaron en la década de los ochenta junto a otras mujeres latinoamericanas, la Federación de Familiares de Detenidos Desaparecidos en el continente.

En 1992 logran que la Asamblea General de Naciones Unidas apruebe la Declaración sobre la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas. Su grito ya es universal, y clama por el respeto a los derechos humanos de toda la humanidad en cualquier tiempo y lugar. (Sin ir más lejos esta declaración está permitiendo revisar hoy en día los casos de desapariciones durante la Guerra Civil Española).

Este llamado contra el genocidio y los crímenes de lesa humanidad, recibieron una contundente respuesta de la comunidad internacional, cuando Pinochet fue detenido en Londres el año 1998, gracias a las acciones de los tribunales españoles, pero sobre todo el de las mujeres y de las organizaciones de derechos humanos en el propósito de internacionalizar la justicia. Como señaló Sola Sierra[11], en su día:

“El arresto de Pinochet en Londres es nuestro logro y el de todos aquellos que -en cualquier parte del mundo- han contribuido a esta gesta de impedir la impunidad y abrir los caminos de la justicia. Pero hoy el peligro más grave lo representan quienes intentan -en medio del secreto y el silencio-imponer pactos espurios que sellen la impunidad… Queremos decirlo con claridad una vez más, en Chile sólo habrá verdadera democracia cuando haya verdad y justicia”[12]

Mujeres del Siglo XX

Nuestra hipótesis es que este proceso ha sido posible por las particularidades del siglo XX de las mujeres en Chile. Las mujeres habían experimentado un paulatino proceso de incorporación al espacio público y en ese contexto, y sobre todo en momentos de crisis social, habían participado de las luchas políticas del movimiento popular. Comenzaron a organizarse a fines del siglo XIX, en clubes y mutuales, donde muchas aprendieron a leer, habían estado presentes en las primeras huelgas del siglo XX, también en las marchas del hambre de 1918, en la Asamblea Constituyente de 1925 y en las luchas por el sufragio y la ciudadanía plena de las mujeres. Una vez obtenido el derecho a voto se habían incorporado masivamente a los partidos políticos y organizaciones sociales de la época. Además, pertenecían a una generación de chilenos que habían visto en el espacio público el lugar privilegiado para resolver sus conflictos, manifestar adhesiones o disensos. Era el lugar de logro de las principales conquistas del movimiento popular y los más importantes avances democráticos. Tras el golpe militar y la confiscación de todos los derechos ciudadanos, se convertía en un espacio necesario de recuperar.

Por otra parte, la tradición partidaria de la izquierda (el PS y especialmente el PC) había ido formando una cultura política, que no sólo abarcaba a sus militantes. En ese proceso de socialización se formaron políticamente muchas generaciones, antes del golpe militar. Este era un espacio donde la familia y los amigos formaban parte de la red partidaria y en ese contexto, por ejemplo, la militancia de familias completas no era un fenómeno aislado.

Estela, hija de Fernando Ortiz, detenido y desaparecido desde diciembre de 1976 relata:

“nos incorporamos a la agrupación porque había gente que conocíamos de antes con la que habíamos trabajado antes, era gente que era parte de nuestro sistema, de nuestra vida, entonces tú te incorporas con compañeras que ya estaban antes… las discusiones eran como enfrentábamos las peleas… como salíamos con más fuerzas haciendo las cosas.”

Esta formación política previa, entendida como el derecho a la participación ciudadana en su más amplio sentido, se expresará de la manera más dramática en el contexto de las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura. Este contexto las pondrá a prueba y actuarán en consecuencia con su propia historia.

Las mujeres familiares de las víctimas de la represión, con una conciencia y experticia previa en ámbitos de participación, las define como actores sociales de primera línea en una situación vital límite como es la represión estatal y las lleva a tomar decisiones, de connotación política. En ese sentido, el nudo central de la acción de las mujeres de la AFDD estará dado por el gran paso que dan desde el duelo doméstico (que no dejan de lado) hacia el espacio público. Superan el ámbito privado y del mero recuerdo, para transformarse en portadoras de la memoria colectiva de la nación herida, y ese será su gran mérito.

Son a su vez portadoras de la memoria de un proyecto político abortado -la Unidad Popular- en tanto son parte de quienes lo encarnaron “mujeres, hombres, jóvenes e incluso niños, gente sencilla de nuestro pueblo que luchó decididamente para construir un país más justo y más humano”[13], encabezado por la figura de Salvador Allende, reivindicado por la AFDD como la primera víctima del terrorismo de Estado.

Van a denunciar la ruptura del sistema democrático como la causa de los atropellos a los derechos fundamentales de las personas y van a recuperar los espacios de participación, confiscados a partir del golpe militar.

Van a interpelar al Estado, a través de sus instituciones, para exigir respuesta y denunciarlo como responsable de la suerte de sus familiares y de todas las víctimas de la represión, en la clara convicción de que lo eran por razones políticas.

Tal como lo plantearon desde el primer día, el problema de los detenidos desaparecidos era un problema de la sociedad chilena, víctima de la conculcación de sus derechos más fundamentales. El terrorismo de Estado sólo podía ser interrumpido con el retorno a la democracia y ésta debía asumir como gran reto y deber ético con el país, avanzar en el camino de la verdad y de la justicia.

Por lo mismo que hoy en día plantean:

“reiteramos que la consolidación de la paz social sólo podrá ser efectiva cuando podamos hacer realidad el esclarecimiento de cada uno de los casos de detenidos desaparecidos y la aplicación de la sanción penal y social correspondiente a los responsables de los atentados a los derechos fundamentales de las personas.”[14]

En definitiva una tarea que no acaba y que se enfrenta a grandes desafíos, una historia con un dramático comienzo y que nadie hubiese querido vivir.

Podemos concluir que estamos en presencia de un quiebre significativo ante los modos de ser y de actuar de las mujeres. En su calidad de familiares de víctimas de la represión, transitaron desde sus deberes privados en torno al resguardo de los ritos de la muerte, normados culturalmente a través de los siglos, hacia un posicionamiento político, desde su calidad de ciudadanas portadoras de la memoria colectiva de la nación que emplazaban a los temibles y supuestamente invencibles poderes del Estado.

Traspasando las barreras que imponen la violencia, el silencio y el miedo, las mujeres chilenas iniciaron hace ya casi treinta años la difícil tarea de reconstruir el tejido político, construyendo alianzas y solidaridades que fueron fundamentales en la recomposición del castigado movimiento popular. Al mismo tiempo defienden la memoria de sus seres queridos, en un complejo entramado que vincula lo privado con lo universal. Su tarea dice relación por un lado, con encontrar los cuerpos, y por otro, denunciar los crímenes de lesa humanidad, hoy y mañana.

Sabiendo que su tragedia personal es al mismo tiempo la transgresión violenta de los derechos fundamentales de la sociedad occidental, su lucha ha sido personal, política pero sobre todo ética.

Es una batalla por la memoria individual y colectiva: la memoria de los ausentes y la de una sociedad enfrentada al horror, que más temprano que tarde debe decir Nunca Más.

 


[1] Eugenia Meyer Transmisión de la conciencia histórica en Historia, Antropología y Fuentes Orales, 2, 24. Barcelona, 2000. Pág. 82

[2]Sófocles Antígona Editorial Orbis, España. Pág. 135

[3]Sófocles Antígona Pág. 135

[4]Sófocles Antígona Pág. 143

[5]G. Duby Damas del Siglo XII… Págs. 23- 24

[6]G. Duby Damas del Siglo XII… Pág. 25

[7]M. Eugenia Horvitz y Margarita Iglesias “La transmisión de la memoria y el linaje de las élites colo­niales. Las mujeres en la fundación de capellanías”. En VVAA Actas VI seminario interdisciplinario de estudios de género en las universidades chilenas Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile. Santiago: 2000.

[8] Elizabeth Jelin Los Trabajos de la memoria… Pág. 99

[9] Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, material de difusión. Santiago. Pág. 3

[10] 20 años de historia de la Agrupación. un camino en imágenes que revelan y se rebelan contra una historia no contada. Santiago, 1997. Págs. 23-25

[11] Sola Sierra, presidenta de la AFDD hasta la fecha de su muerte en 1999

[12] Iván Ljubetic Sola Sierra, una imprescindible Editorial El Pan Nuestro, Santiago: 2000. Pág. 134

[13] Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, material de difusión. Santiago. Pág. 2

[14] Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, material de difusión. Santiago, Pág. 4

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