Tránsitos: entre la academia y el feminismo. Entrevista con Alejandra Castillo.

Alejandra Castillo, Doctora en Filosofía, mención Filosofía Política por la Universidad de Chile. Académica del la Escuela Latinoamericana de Estudios de Postgrado de la Universidad ARCIS y Directora del Diploma en Estudios feministas de la misma casa de estudios.

Paola Uribe Valdés. Chile

¿Qué significa para ti ser feminista?

La pregunta exige varias respuestas. En su aparente simplicidad, ésta obliga a multiplicar las precauciones y desvíos, los posicionamientos e inscripciones. Así, podría observarse que definir un modo de ser feminista, supone en un primer momento distinguir con claridad aquello que sería propio o distintivo de una práctica política feminista. Este supuesto epistemológico, que aquí podríamos denominar supuesto de atribución, organizó -y organiza- una política feminista que tiene en la identidad mujer y en las luchas feministas contra las estructuras de dominación patriarcal, sus dos lugares principales de referencia y apoyo. Sin duda alguna, las luchas por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres constituye la agenda principal de un feminismo afirmativo que ve en la mujer el principio de definición de toda política feminista. En otras palabras, la pregunta qué es ser feminista se responde a partir de la situación de la mujer y de la diferencia de los sexos que ella supone. En un segundo momento, sin embargo, podría observarse que la práctica de una política feminista demanda necesariamente interrogar y cuestionar aquellas identidades y diferencias que subyacen a las prácticas y discursos del orden patriarcal. En este sentido, el deber de toda crítica feminista es desestabilizar las identidades que se organizan a partir de la diferencia de los sexos. Y en primer lugar cuestionar la naturaleza del ser mujer.

Simone de Beauvoir, en El Segundo sexo, legó a las generaciones futuras esta exigencia al responder a la pregunta ¿qué es una mujer? con la cáustica sentencia la mujer no existe. De algún modo, puede decirse que aún hoy interrogamos esta sentencia. En un tercer momento, podríamos observar que la práctica feminista, en todo lo que tiene de resistencia y negatividad, debe estar abierta a lo inesperado, al porvenir; debe trabajar abierta y secretamente a favor de lo intempestivo, de lo inesperado, de aquello que urgentemente reclama un presente, pero que al mismo tiempo es extraño o extranjero a todo presente. En otras palabras, afines quizás a las que podemos encontrar en los posicionamientos de Rosi Braidotti o Donna Haraway, podríamos decir que una práctica feminista no puede ser definida positivamente, pues en tanto ella es partidaria de la revolución o de la utopía requiere de un cierto no-saber en el corazón de su saber, exhorta a practicar una política sin identidades y definiciones preestablecidas.

Estos tres momentos están, por supuesto, siempre presentes en las prácticas feministas, en todos los activismos que entrelazan su historia (sean estos activismos de la pasividad o de la actividad, de la interrupción o de la afirmación). Afirmar uno u otro es siempre una cuestión contextual, posicional. Ahora bien, si tuviera que arriesgar contra todo contexto o posición una definición propia del ser feminista (¡una y solo una!) arriesgaría sin duda una posición afín a una política del duelo del feminismo. Atendiendo por supuesto a todas las complejidades y sentidos entrevistos en el sintagma: el duelo del feminismo.

¿Cuál ha sido tu acercamiento con el feminismo?

Citando una frase que pertenece a la memoria del feminismo chileno y mundial, podría decir que mi acercamiento al feminismo es personal. Julieta Kirkwood expresaba esta vinculación con la afirmación: El feminismo soy yo. Esa identificación, que conlleva una interpelación, una identificación y una práctica la viví tempranamente en la universidad. En este sentido, mi acercamiento al feminismo supuso un compromiso intelectual y una ética de la verdad, en la acepción precisa que Alain Badiou ha dado recientemente a esta expresión [1]. Debo aclarar que en mi biografía feminista pesó, desde un comienzo, una práctica de la desviación que me permitió elaborar y sostener una posición feminista en espacios y grupos de izquierda que abiertamente se mostraban hostiles al feminismo. Me refiero a mis años de formación universitaria, dominados políticamente por los estudios de género y por lo que llamaría la izquierda social o movimientista.

En otras palabras, mi acercamiento al feminismo es también una trayectoria que conlleva no poco de reinvención y posicionamiento de aquello que llamamos feminismo. Quizás otro elemento que puedo mencionar como distintivo de mi personal modo de acercamiento al feminismo, es aquel convencimiento que heredé de la izquierda neoalthusseriana de que no hay una distinción unificada entre teoría y práctica, sino prácticas diferenciadas y sobredeterminadas. Eso me permitió afirmar que mi trabajo intelectual dentro y fuera de la universidad debía organizarse y presentarse como una práctica política, como un modo más de inscripción del antagonismo y la división en el espacio social. En síntesis, que mi feminismo sea personal no significa otra cosa que también es político, y que como afirma Simone de Beauvoir en verdad no existe divorcio entre filosofía y vida.

¿Qué diferencia al feminismo de los estudios de género?

Sin duda alguna, la línea divisoria es política. A diferencia de los estudios de género, organizados desde un principio como un campo de saber determinado al interior de la universidad, el feminismo se organiza necesariamente como interrupción política de éste y otros órdenes de significación. Su vocación es política, y necesariamente negativa. Debe serlo si quiere darle espacio al porvenir, si ha de mantenerse fiel a su vocación de acabar con el orden existente. Desde esta perspectiva, puede advertirse que la relación del feminismo con la institución universitaria es conflictiva, crítica, oposicional. Es táctica, si quieres. Y no puede ser de otro modo, pues la universidad -no hay que olvidarlo- es un aparato o dispositivo de engendramiento del estado de situación en que vivimos. Estado que no es universal, que se organiza parcialmente contra toda parcialidad, que produce y reproduce un orden de dominación donde la mujer es paradójicamente el enemigo absolutola eterna ironía de la comunidad [2]. Y digo paradójicamente, pues, al mismo tiempo que se la persigue y explota, que se la confina y reduce, se le encomiendan las tareas de defensa y cuidado del orden existente, se le reclama como guardiana de las tradiciones y la familia, de la vida y el porvenir. Pero aquí habría que preguntar nuevamente, que por-venir es ese que debemos favorecer, y por qué habríamos de hacerlo en tanto mujeres, en tanto cuerpos marcados por la diferencia sexual.

¿El feminismo es en Chile un espacio de discusión y creación teórica?

Diría que si la práctica política feminista en Chile ha sido la de la invención, por el contrario la discusión y creación teórica ha sido la de la reserva. Esto al menos hasta los años ochenta del siglo pasado. Con Julieta Kirkwood el feminismo se da una agenda crítica y teórica que, con rupturas y desviaciones, se mantendrá y potenciará con Nelly Richard. Al menos para mi generación esta filiación es reconocible. Los debates actuales en torno a una política feminista, al sujeto de esa política, a las limitaciones y compromisos que esa política mantiene con una idea de sujeto autocentrada y exclusivista, encuentran en los trabajos de Nelly Richard y Julieta Kirkwood dos referencias principales. En otras palabras, si queremos pensar la política y la crítica feminista debemos necesariamente discutir y entrar en relación con textos como Los nudos de la sabiduría feminista o Feminismo, género, diferencia(s).

Por otro lado, hay que advertir que la formación de un espacio de discusión y creación teórica feminista requiere una práctica de la articulación, una política de la hegemonía. Esta política de contagios nos obliga a cruzar arte y política, economía y sociedad, cultura e historia. En otras palabras, ella demanda un trabajo de lectura creativa capaz de desarticular los saberes y dominios existentes para dar lugar a nuevas travesías del pensamiento. Por supuesto, esta tarea está aún por realizarse. De ahí la necesidad de reconocer filiaciones y trayectos, de favorecer cruces y contagios, de multiplicar los desórdenes anarco-barrocos, según la acertada fórmula que Richard utilizó al presentar Impuesto a la carne de Diamela Eltit [3].

¿Tu producción filosófica con quién dialoga en el contexto local e internacional?
Tal como te decía, intento practicar una política de las articulaciones en la teoría. Ello supone cuestionar y tensionar el orden del discurso filosófico, tal y como lo hemos recibido de la institución filosófica. Este trabajo supone deconstruir la historia de la filosofía, tal y como ella se presenta y reproduce en el texto filosófico. Supone, si lo quieres, una atención atenta a los modos en que ha sido constituida la mujer en esos textos, a las formas en las cuales se ha constituido y establecido una cierta idea de la diferencia sexual que no es ajena a la narración que la filosofía ha hecho de sí misma (luz /oscuridad, día /noche, público/privado, razón/sentimiento, etc.). Jantipa expulsada de la escena de muerte de Sócrates en el Fedón (escena fundacional de la filosofía), no es en la historia de la filosofía sólo una anécdota: es eso y mucho más. Esta escena señala una cripta o una heterocripta en la institución filosófica, como diría hoy Miguel Valderrama leyendo a Patricio Marchant [4].

Volviendo a la pregunta por las filiaciones y diálogos, diría que una de las referencias obligadas para mi pensamiento es la deconstrucción. Tanto en Papel Máquina, revista en la que activamente participo, como en la colección que dirijo en la Editorial Palinodia (“Archivo feminista”), me he esforzado por dar lugar al trabajo de la deconstrucción feminista. La presencia habitual de filósofas asociadas a la deconstrucción como Avital Ronell, Catherine Malabou o Gayatri Chakravorty Spivak dan prueba de esa actividad de escucha y escritura, de crítica y compromiso. En el ámbito nacional, aunque habría que cuestionar hoy esa distinción, o al menos problematizarla en cierta dirección, sin duda alguna la referencia principal es Nelly Richard. Referencia al mismo nivel de Malabou o Spivak, de Ronell o Butler. La misma exigencia de practicar una política de articulación en la teoría, no se entiende sin una referencia al trabajo de Richard. Los cruces que se deben propiciar entre arte y política, entre cultura e historia, entre filosofía y literatura, los desórdenes que hay que multiplicar en nuestros trayectos de escritura encuentran en los textos de Nelly una primera forma. Ya sea que discutas La cita amorosa (1984), Residuos o metáforas (1998), Feminismos, género, diferencia(s) (2008) o Crítica de la memoria (2010), siempre te encuentras ya tomada en un trayecto en fuga, en un desorden anarco-barroco.

Ahora bien, pensando en filiaciones más tradicionales, filiaciones que de algún modo formalizan problemas políticos, obsesiones, inscripciones, diría que Martina Barros tiene en mi trabajo un lugar central. El estudio de su temprana traducción del prólogo de The Subjetion of Women, de Mill, me ha impuesto la ardua tarea de pensar la libertad desde el feminismo [5]. Tarea que me ha obligado a sucesivos enfrentamientos con la tradición liberal y socialista, y que espera aún un trabajo paciente y detenido sobre este concepto axial de la modernidad. Las formas en que pensemos la libertad en la postmodernidad, si ella ha de ser redefinida en términos de autonomía política, si hemos de abandonar este concepto a la historia del liberalismo, si hemos de disputarlo a esa tradición como soñó alguna vez la tradición comunista, es algo aún por determinar políticamente. Quiero decir, es algo que exige tanto la pasión del concepto como la aventura de nuevas invenciones y resistencias. En esta misma dirección, Julieta Kirkwood constituye más que una referencia, un problema, una herencia. Su temprana atención a una política de mujeres (recordemos su mirada a los partidos políticos femeninos, al MEMCH), su obstinada fidelidad al vínculo feminismo/revolución, su obsesión por interrogar el tiempo de las mujeres, y el signo “mujer”, organizan para mí una agenda feminista. Problemas que están frente a nosotras, esperando otras respuestas, nuevas formulaciones, nuevas prácticas. Para terminar, se podría decir que al igual que Simone de Beauvoir, el pensamiento de Julieta Kirkwood representa para mí, y creo que para otras también, un continente aún por descubrir.

Notas

[1] Alain Badiou, La ética. Ensayo sobre el mal, Madrid, Herder, 2002. Una introducción sistemática al pensamiento de Badiou puede encontrarse en Bruno Bosteels, Badiou o el recomienzo del materialismo dialéctico, Santiago de Chile, Editorial Palinodia, 2008.

[2] Ver: http://mazinger.sisib.uchile.cl/repositorio/pa/ciencias_sociales/c200343132laexclusiondelamujerdelaesferapublica.pdf

[3] Nelly Richard, “Una alegoría anarco-barroca para este lamentable comienzo de siglo”, Papel Máquina, Nº 5, Santiago de Chile, 2010, pp. 31-39.

4 Miguel Valderrama, Heterocripta, Santiago de Chile, Editorial Palinodia, 2010; véase además Patricio Marchant, Escritura y temblor, edición de Pablo Oyarzún y Willy Thayer, Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 2000.

5 Martina Barros, Prólogo a La esclavitud de la mujer, edición, notas y estudio introductorio de Alejandra Castillo, Santiago de Chile, Editorial Palinodia, 2009.

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