La oportunidad del cambio: retos para abordar el trabajo sobre género con hombres.

Resumen:
En el presente texto se analizan estadísticas oficiales mexicanas para evidenciar los tres tipos de violencia propuestos por Kaufman (1989): violencia hacia las mujeres, violencia hacia otros hombres y violencia hacia uno mismo. Las estadísticas analizadas abordan las áreas de delitos, salud física, adicciones y violencia, como expresiones de la violencia masculina. Así, se intenta esbozar la forma en que la construcción de la masculinidad incide desfavorablemente sobre la vida de los hombres y se señala la importancia del trabajo sobre género con varones. Finalmente, se esboza el modelo de intervención que se ha trabajado en México y su desarrollo en la última década.

Palabras clave: masculinidades, violencia de los hombres, intervención reeducativa, inequidad de género.

Abstract:
In the present text, official mexican statistics are analyzed in order to demonstrate the existence of the three types of violence described by Kaufman (1989): violence against women, violence against other men, violence against oneself. Said statistics undertake areas such as crime, physical health, addictions and violence; as expressions of masculine violence. Thus, a framework is drawn of how the social construction of masculinity affects men’s life’s’ in an unfavorable manner, and we point toward working towards gender equity with men. Finally, a re-educational intervention model that has been developed in Mexico is described.

Key words: masculinities, men‟s violence, re-educational intervention, gender inequity

Ignacio Lozano Verduzco. Licenciado en psicología por la Facultad de Psicología de la UNAM, graduándose con Mención Honorífica. Ha colaborado como investigador en la Unidad de Investigaciones Psicosociales de esa institución en las áreas de relaciones interpersonales, género y homofobia. Actualmente, es responsable de subprograma de Investigación y Sistematización de GENDES AC. Ignacio@gendes.org.mx,

Mauro Vargas Urías. Maestro en Estudios sobre Estados Unidos por la Universidad de las Américas y psicoterapeuta por el Instituto Humanista de Psicoterapia Gestalt. Su trayecto profesional se ha desarrollado tanto en la academia como en organizaciones de la sociedad civil, desde donde ha gestionado diversos proyectos de intervención e investigación. Es fundador y director general de GENDES AC.
México.

En México, país, es prioritario desarrollar procesos complementarios de sensibilización e intervención en género, violencia y masculinidades, dirigidos a hombres, para disminuir y erradicar ciertas actitudes y prácticas relacionadas con formas tradicionales de vivir el género masculino: agresividad, consumo de alcohol y drogas, violencia callejera, violencia intrafamiliar y problemas de salud no reconocidos (como enfermedades del hígado, de los pulmones y accidentes automovilísticos). Dadas las condiciones socioculturales y los sistemas sexo-género que inciden en nuestra sociedad, tales problemáticas pueden considerarse fuentes de otros fenómenos (como arrestos y violencia familiar) que ocurren a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional.

Como hombres, hemos sido educados de manera muy distinta a las mujeres. Aunque no lo sepamos, o no lo tengamos consciente, actuamos, hacemos, hablamos, estudiamos, trabajamos y nos relacionamos siguiendo una serie de reglas y patrones bien establecidos (Castañeda, 2007: Connel, 1995; Kaufman, 1989; Lamas, 1998, Rocha, 2004). Cuando no nos apegamos a este esquema nos sentimos incómodos porque sabemos que hemos roto algo, podemos sentir la presión de otros hombres, e inclusive de algunas mujeres, por habernos apartado del carril: se nos hace sentir que hemos hecho algo inadecuado.

Desde niños sabemos que tenemos que jugar al fútbol y a las luchitas; aprendemos que no debemos llorar, que nos debemos aguantar; que no podemos jugar con muñecas o jugar con niñas. En nuestra juventud, sabemos que hay que acercarnos a las mujeres principalmente para seducirlas, para presumir nuestros encuentros sexuales o competir con nuestros compañeros. Si nos gusta leer, si nos gustan las artes o nos inclinamos por las actividades tranquilas, corremos el riesgo de no ser aceptados como hombres de verdad y de ser catalogados como raros o maricas. En la adultez, nos asumimos tan fuertes e invulnerables que nunca vamos al médico aunque nuestra salud esté en riesgo (Rocha, 2008); demostramos que tenemos el control sobre las mujeres de nuestra familia todo el tiempo, sin importar si eso significa gritar, pegar, aventar, ignorar, insultar; sin importar si estas medidas las aplicamos contra quienes más queremos: nuestras parejas, nuestras hijas, e incluso nuestros hijos. Muchas veces creemos que para “disciplinar” a nuestras esposas, compañera, novias e hijas, debemos recurrir a la violencia, ya sea a través de gritos, de golpes, u otras formas menos evidentes, como el silencio, la mirada, o mediante el control económico. Rara vez nos hemos preguntado si existen otras formas de relacionarnos con ellas, menos aún, se nos ha ocurrido preguntarles cómo se sienten cuando las ignoramos, les gritamos o les pegamos (Barbieri, 1986; Ramírez, 2000).

La realidad, por más que la queramos negar, es que todas estas normas y reglas se convierten en mandatos que nos llevan a dañar a otras personas y también nos llegan a doler y lastimar a nosotros mismos. Nos prohíben hacer cosas que tal vez deseamos hacer y nos obligan a hacer otras que tal vez no queremos hacer. Aceptamos el pacto mediante acciones contundentes y un silencio cómplice porque creemos que nos conviene. Así, la posibilidad de cambiar los códigos, los patrones y las reglas que aparentemente dominan nuestras vidas, es tarea de todos los hombres.

La narración anterior puede considerarse ejemplar de la vida de un hombre promedio de México, por lo menos desde la experiencia de varias organizaciones que se dedican a la intervención con hombres violentos. Los testimonios recabados de estos hombres ponen en evidencia la construcción de sus identidades masculinas y las dificultades que han enfrentado debido a ellas y lo complicado que puede ser el hecho de reconocerlas. En este trabajo se pretende abordar las realidades negativas de los hombres de México, intentando agruparlas en la categorización que hace Kaufman (1989). Este autor, pionero en el estudio sobre varones, entiende que los hombres ejercen tres tipos de violencia:

  • Violencia contra las mujeres
  • Violencia contra otros hombres
  • Violencia contra uno mismo

La violencia contra las mujeres es aquella que el movimiento feminista ha puesto en evidencia en las últimas décadas y a la cual, ahora algunos grupos y colectivos de hombres se adjuntan, intentando abordar el trabajo con otros hombres hacia la reducción y eliminación de esta violencia. Bourdieu (2000) señala que la violencia de los hombres no es sólo la conductual, sino que está sustentada en una violencia simbólica, en donde las mujeres son sometidas ante los hombres, bajo argumentos de que los hombres son más fuertes, racionales, inteligentes y poderosos por naturaleza. Este ejercicio de poder ha llevado a la naturalización de la violencia, dándola a entender como si ésta fuera inherente, genética y biológica de los hombres (Pateman, 1996). Como se desarrollará a lo largo del texto, se sabe que aunque los hombres en efecto son violentos, hay una violencia específica dirigida única y exclusivamente a las mujeres, sin quitar que la violencia también se ejerce en contra de otros hombres y contra uno mismo.

Los procesos de socialización y endoculturación se han comprobado sustancialmente diferentes para hombres y para mujeres. Estas diferencias terminan por afectar identidades, personalidades, conductas, relaciones y dinámicas; su expresión más grande ha sido la de la violencia en contra de las mujeres. Misma que ha venido a formar parte de un problema grave de salud pública debido a la infraestructura de recursos humanos y materiales que requiere para atender los actos violentos, así como por la reducción en años productivos del personal humano (Domínguez, Reyes-Lagunes y Muzquiz, 2003). Los resultados de estos procesos de aprendizaje se han documentado y numerado en México y no sólo hacen referencia a la violencia. El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática ha realizado estudios donde ha contabilizado las diferencias entre hombres y mujeres en varios temas (INEGI, 2009). Analizar estas comparaciones da resultados sorprendentes e inclusive alarmantes en cuanto a las relaciones que se establecen entre los sexos y de la vida de los hombres, foco de nuestra atención.

El INEGI reporta que los hombres se enferman y mueren de cosas muy distintas que las mujeres y en cantidades también muy distintas. La tasa de mortalidad por cirrosis y otras enfermedades del hígado son mucho más comunes en hombres que en mujeres (40.2 y 12.9, respectivamente), muchas veces asociado al uso y abuso de alcohol (INEGI, 2009). De la misma forma, los hombres mueren en tasa más alta por infecciones respiratorias y enfermedades pulmonares (15 y 12.6; 21.4 y 16, respectivamente); nuevamente, se asocia al consumo de drogas, como el tabaco. Llama la atención que únicamente los hombres alcanzan tasas altas en mortalidad por accidentes de vehículos, las mujeres no fallecen por estas causas. Estos datos señalan una forma masculina de obstaculizar la propia salud de los hombres, a través del abuso de alcohol y tabaco, cuestión que resulta en enfermedades graves y mortales.

Continuando con el tema del uso y abuso de drogas, el mismo estudio del INEGI señala que la población de bebedores actuales la conforman en más de 60% los hombres y en menos de 40% las mujeres. En cuanto a la cantidad de consumo, se observa como la mayoría de las mujeres consumidoras consumen entre 1 y 2 copas por ocasión, mientras que la mayoría de los hombres consumen más de 3 copas por ocasión y hasta más de 24 copas. Como consecuencias inmediatas de este consumo, el 7.5% de los hombres y el 0.5% de las mujeres reporta haber tenido algún problema con la autoridad; el 2.9% de los hombres y el 0.1% de las mujeres reportan haber sido arrestados/as; y el 11.1% de los hombres y el 1.5% de las mujeres señalan haber comenzado una discusión con su pareja. En cuanto al consumo patológico o dependencia, como lo categoriza la Asociación Psiquiátrica American en el Manual de Diagnóstico y Estadísticas de Enfermedades Mentales (DSM-IV), la información señala que el 13% de los hombres mexicanos dependen del alcohol, mientras que solo el 1.9% de las mujeres lo hacen (INEGI, 2009; SSA, 2002).

Se encuentran patrones similares en cuanto al consumo de tabaco, en donde más del 36% de los hombres son fumadores y sólo el 13.1% de las mujeres lo son. Estas diferencias, como ya se vio, impactan en la salud y mortalidad de hombres y mujeres (INEGI, 2009; SSA, 2002). Kaufman (1989) señala que este tipo de conductas se pueden catalogar como la violencia masculina hacia uno mismo, en donde el bienestar, la salud y la calidad de vida no resultan prioritarios para muchos hombres.

Kaufman (1989) también indica que la violencia masculina puede ser en contra de otros hombres. Los números son contundentes en cuanto a este tipo de violencia. Los estudios del INEGI señalan que los crímenes más violentos son cometidos por hombres y en contra de otros hombres. Esta es un área donde las diferencias son abismales. Los datos muestran que las mujeres prácticamente no participan en actos y conductas delictivas, por el contrario, que se tratan de actividades dominadas por los hombres. Si se retoma a clásicos de la masculinidad, se entiende que la violencia forma una parte crucial en el ser hombre (Connel, 1995; Kaufman, 1989; Kimmel, 2008; Ramírez, 2000), por lo que la delincuencia, al implicar violencia, se vuelve un espacio masculino. Los datos indican que el 90% de los delincuentes registrados son hombres, tanto en el fuero común como en el fuero federal. En los delitos que implican conductas violentas directas como robo, homicidio, lesiones y daños a las cosas, hay 112,878 hombres registrados contra 12,240 mujeres (INEGI, 2009). Nuevamente, estos datos nos remiten no solo a las diferencias en personalidad y rasgos entre hombres y mujeres, sino que esto inevitablemente hace referencia a una construcción social del ser hombre y del ser mujer. Los hombres, orientados a la instrumentalidad, a la acción, muchas veces involucrando la violencia (Castañeda, 2007; Botello, 2005; Díaz-Loving et al, 2007; Kaufman, 1989; Ramírez, 2000; Rocha, 2004, 2008).

Para adentrarnos a la violencia masculina contra las mujeres, vale la pena retomar los datos acerca de contra quiénes se cometen los delitos. Queda claro que en la mayoría de los casos, los hombres cometen estos actos. Sin embargo, no se hacen de forma indiscriminada. Las mujeres son, en el 92.9%, víctimas de delitos sexuales por parte de los hombres, mientras que los hombres son víctimas de agresiones (no sexuales) de parte de otros hombres en más del 70% de los casos y víctimas de secuestros en más del 52% de los casos (INEGI, 2009). La forma selectiva en que los hombres realizan crímenes contra víctimas, nuevamente es indicativo de las construcciones de género. Así, se percibe a las mujeres como aquellas que tienen la obligación de cumplir con los deseos sexuales de los hombres y cuando no lo hacen, son forzadas de forma violenta a los actos sexuales (Kimmel, 2008). Por otro lado, el que los hombres sean los mismos blancos de la violencia de los hombres nos remite a los tipos de violencia señalados por Kaufman (1989), pero también señalan una premisa de la masculinidad hegemónica, de que los hombres pueden y deben aguantar estas agresiones para lograr demostrar su hombría (Castañeda, 2007; Díaz-Guerrero, 2003; Kimmel, 2008).

Los datos acerca de la violencia ejercida contra mujeres son abundantes. La importancia de contabilizar esta violencia radica en que justamente se le pone nombre a lo que antes no tenía y evidencia todas las formas en que los hombres se colocan y colocan a las mujeres en posiciones de subordinación y desigualdad. La Encuesta Nacional de Dinámicas en el Hogar realizada por el INEGI en los años 2003 y 2006 encuentra datos similares en cuanto a la violencia ejercida por hombres en contra de mujeres en el hogar. Posiblemente uno de los datos más alarmantes es que el 92% de las mujeres encuestadas señalaron haber vivido algún tipo de violencia en los espacios públicos de sus ciudades o comunidades, dato indicativo de que lo público no es un lugar donde las mujeres se pueden sentir seguras. En cuanto a la violencia en el hogar, ejercida por su pareja o por algún otro familiar hombre, se reporta que en las mujeres actualmente unidas, más del 50% han vivido violencia física, casi el 40% han vivido violencia sexual, casi el 55% han vivido violencia emocional y el 35% violencia económica o patrimonial (INEGI, 2006). Esto significa que por lo menos 3 de cada diez mujeres han vivido violencia, ejercida por parte de un hombre en México. Está de más señalar las implicaciones que esto tiene a nivel no sólo individual, perjudicando sus derechos e integridad, su cuerpo, sus emociones y pensamientos y llegando a intervenir de manera importante en un desarrollo psicosocial pleno; también tiene implicaciones a nivel relacional y familiar, ya que afecta la dinámica de la relación de pareja y las relaciones con hijos e hijas; e implicaciones a nivel de salud pública.

Otra forma de mantener la desigualdad entre hombres y mujeres, en el campo laboral y en el uso del tiempo. Desde el siglo XX, las mujeres han sido asignadas a las labores del hogar, es decir, limpiar, cocinar y encargarse del desarrollo y crianza de los/as hijos/as; esto, basado en la idea de que por naturaleza las mujeres son afectivas y cariñosas y que los hombres poseen características de racionalidad que les permite laborar fuera del hogar (Castañeda, 2007; Díaz-Loving et al., 2007; Pateman, 1996). Así, casi el 80% de los hombres y poco más del 40% de las mujeres pertenecen a la población económicamente activa; poco más del 64% de los hombres le dedican algo de tiempo a los quehaceres domésticos y más del 77% de las mujeres se dedican a estas actividades (INEGI, 2009). Esto señala la disparidad del uso del tiempo, el doble de hombres que mujeres ocupan los puestos de trabajo. 90% de las mujeres trabajan y realizan actividades en el hogar, mientras que sólo el 50% de los hombres se dedican a ambas áreas (INEGI, 2009). Así, aunque los hombres sí atienden cuestiones como limpieza del hogar, de la ropa, cocinar, entre otras cosas, estas actividades siguen siendo reservadas para las mujeres. Y aunque muchas mujeres también son económicamente activas, son por mucho, rebasadas por los hombres. Encima de eso, existen trabajos reservados exclusivamente para mujeres, los llamados trabajos de cuello rosa (secretarias, asistentes, edecanes, etc.) y les resulta sumamente complicado llegar a puestos más altos y aumentar sus sueldos (Eagley y Carli, 2007)

Analizar los datos anteriores implica considerar el porqué de las diferencias tan marcadas entre hombres y mujeres. Es clara una tendencia hacia el poco cuidado del cuerpo de los hombres. Los hombres se exponen al consumo sumamente alto de alcohol y de tabaco (entre otras drogas) que les resulta en enfermedades mortales; desde enfermedades respiratorias y cirrosis, hasta accidentes de auto. Como describen muchos autores, los hombres, a través de este consumo elevado de drogas, intentan demostrar que son de verdad hombres, como si poner su cuerpo y salud en riesgo fuera la única forma de realmente confirmar su virilidad, o por lo menos una de las más importantes (Castañeda, 2007; Connel, 1995; Kaufman, 1989; Kimmel, 2008). De hecho, se ha encontrado que los rasgos o características consideradas tradicionalmente masculinas guardan correlaciones negativas con la salud mental. Es decir, que las personas con más de estas características tienen niveles bajos de salud. De forma contraria, se ha visto que los rasgos típicamente femeninos son los que más relación guardan con la salud (Díaz-Loving, Rocha y Rivera, 2007). ¿Podrá ser esto indicativo de que una forma de aumentar la salud y disminuir la violencia en hombres es promover los rasgos típicamente femeninos?

Si esta es la respuesta, significa trabajar a diferentes niveles, desde la intervención individual y grupal (de corte reeducativo, terapéutico, etc.), hasta la incidencia en dinámicas culturales, pasando por la promoción de políticas públicas e intervenciones comunitarias amplias. Los hombres no se desarrollan en un contexto aislado donde la promoción de actividades y características orientadas a la salud sean incluidos; sino que los procesos sociales de aprendizaje como la socialización y la endoculturación responden a valores y premisas socioculturales que rebasan a los individuos (Díaz-Guerrero, 2003; Schwartz, 1992; Triandis, 1994).

Así, la perspectiva de género ha resultado un enfoque crucial para el entendimiento de la violencia masculina. Esta perspectiva permite nombrar la violencia que por muchísimos años era invisible y anónima para los hombres: el silencio, el ignorar, el criticar, entre otras. Gracias a la interdisciplinariedad de la perspectiva, se facilita el comprender que las inequidades y desigualdades entre hombres y mujeres y en específico la violencia de los hombres no obedece a conductas patológicas o estructuras de personalidad enfermas, sino a códigos culturales que se expresan en el individuo a través de la socialización y endoculturación (Castañeda, 2007; Ramírez, 2000).

En Estados Unidos y países del norte de Europa, el desarrollo de modelos integrales para el trabajo reeducativo y terapéutico con hombres que ejercen violencia se ha hecho desde hace varios años y han logrado mantener una calidad en la eficacia y eficiencia de sus intervenciones (Welland y Wexler, 2007). Lo mismo ha sucedido en algunos otros países de Europa e inclusive de Centro América. Sin embargo, en México este tipo de labor ha ido lento; a la fecha, no se cuenta con un modelo completo e integral para el trabajo de reducción de violencia con hombres. Suele suceder que los modelos que se desarrollan se basan completa o parcialmente en modelos pioneros y se intenta adaptar al contexto del país. Los modelos se basan en la perspectiva y la teoría feminista, incluyendo técnicas cognitivo-conductuales y de forma grupal (Garda y González, 2008). Estos modelos, incluyendo los que se llevan a cabo en México, tienen un fin en común y es la adhesión a los movimientos feministas, que logren la erradicación de la violencia de los hombres hacia las mujeres.

No obstante, los modelos carecen de un proceso de sistematización y evaluación que permita dar a conocer de forma completa la eficacia, eficiencia e impacto de las intervenciones. A pesar de ello, organizaciones de la sociedad civil de México, han realizado trabajo grupal con hombres para reducir su violencia hacia las mujeres y han producido un cúmulo de testimonios y experiencias. Un resultado importante del trabajo de estas organizaciones ha sido el involucramiento de otros hombres al objetivo de la erradicación de la violencia masculina. En muchas ocasiones, los varones que forman parte de los grupos, lo terminan deseando querer compartir su experiencia de cambio y reproducir el modelo, cuestión que los lleva a capacitarse como facilitadores. Así es como los espacios de sensibilización con hombres han crecido y reproducido. Este crecimiento señala la forma en que las intervenciones realizadas apoyan a los hombres en el tomar conciencia sobre el ejercicio de su violencia y orientarlos hacia una disminución.

Algunos hombres reportan que se dan cuenta de qué forma esperan servicios de las mujeres, sobre todo sus parejas; es decir, esperan que les hagan de comer, que limpien su ropa y su casa y cuando las parejas no lo cumplen, ellos reaccionan de forma violenta. Las intervenciones permiten el entender desde qué autoridades, pactos masculinos y colusiones se llega a ser violento de forma verbal, económica, sexual y física. Estos hombres señalan que reducen de forma considerable su violencia, sobre todo la física y sexual; que se sienten mucho más contentos, satisfechos y cariñosos con sus parejas. Es decir, señalan cambios cualitativos en sus relaciones. No obstante, estos cambios no son sistematizados, ni son corroborados con las parejas mujeres.

El trabajo en la erradicación de la violencia masculina hacia los hombres tiene una historia breve en México. Sin embargo, es claro que se ha ganado un espacio en la sociedad civil organizada e inclusive en la agenda pública. Esto significa que se requiere aún de mucho trabajo en el desarrollo de las intervenciones con hombres que ejercen violencia, sobre todo, conocer si estos modelos de verdad están logrando su cometido. El modelo de atención que se comenzó a usar en México a finales de los años „90 es uno de corte reeducativo, propuesto por Antonio Ramírez (2000) [1] y que varias organizaciones de la sociedad civil mexicana han continuado usando (que con el tiempo cada una ha modificado). El modelo propuesto se basa en la perspectiva de género y en la teoría ecológica como marcos referenciales. Así, se entiende que la violencia de género es parte estructural de una sociedad amplia, basada en la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y el uso y abuso de poder de los hombres; misma que se expresa en diferentes niveles de la sociedad: individuo, pareja, familia, comunidad e instituciones.

El modelo se divide en dos grandes secciones o niveles. En el primero, a través de técnicas educativas y terapéuticas cognitivo-conductuales y humanistas, se enseña a los usuarios a identificar cómo, cuándo, dónde y con quién(es) ejerce violencia, así como los cambios conductuales, cognitivos y afectivos que vive antes, durante y después del hecho de violencia. Cuando esto se ha identificado, se comienza a relacionar la violencia con posiciones de autoridad, marcadas socialmente y se relaciona con la historia personal del hombre. En el segundo nivel se trabajan aspectos afectivos e íntimos, en donde el objetivo es sustituir las actitudes violentas por actitudes íntimas (el modelo entiende intimidad como lo opuesto de violencia). El usuario desarrolla un plan íntimo personal, de acciones que le permitirán expresarse de forma más afectiva y relacionarse sanamente con la gente que quiere. En ningún momento se solicita la participación de la pareja o familiar del usuario, se trata de un proceso individual. Para aquellos hombres que desean replicar el modelo, se añade un tercer nivel, en donde se le capacita para cumplir con ese objetivo. La duración de cada nivel es de aproximadamente 4 meses. Sin embargo, este modelo (el padre de los demás modelos usados en el país), se enfoca únicamente en la violencia hacia las mujeres, excluyendo la violencia hacia otros hombres y hacia uno mismo. Como ya vimos, estas tres violencias forman parte de dinámicas culturales que se introyectan en los hombres, por lo que están relacionadas entre sí. De tal forma que el reducir un tipo de violencia puede llevar a cambios en otros tipos de violencia, aunque por la misma complejidad que implica, consideramos necesario abordar cada una de forma diferenciada.

GENDES, A.C. se une a los esfuerzos por construir y compartir nuevas formas de ser hombres en nuestro país, impulsando procesos de reflexión que permitan entendernos desde lógicas más completas y sensibles, y comprender a las mujeres y a nuestras hijas e hijos como personas iguales a nosotros, a través de propuestas de intervención que nos dan la oportunidad de expresar nuestras emociones, de retomar el cuidado de nuestros cuerpos y de cuidar nuestra salud. Propuestas que nos acercan de manera más profunda a quienes nos rodean y a fortalecer nuestros vínculos con todas las personas. Esto requiere un trabajo profundo de reflexión, no sólo sobre nosotros mismos como hombres, sino sobre nuestras relaciones; así como de un compromiso político que nos lleve a promover el cambio de otros hombres para lograr transformaciones estructurales, para alcanzar el desarrollo de una convivencia social sustentada en la equidad y la igualdad de género.

Notas

]1] Para más información, consultar www.cecevim.org

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