Migrantes andinos en Chile. Entre la ilegalidad y la victimización

Resumen:

No deja de ser paradójico que en un país donde sus habitantes consideran que la cordillera de Los Andes es un elemento fundamental en su definición de identidad y el centro de sus nostalgias cuando se migra, no se autodefina como un país andino. Sin embargo, esta actitud negadora de la presencia y permanencia de lo andino dentro de la identidad chilena se condice con el rechazo de amplios sectores nacionales a definirse como mestizos y a un tic cultural de negación del componente indígena.

Abstract:

It is some paradoxical that in a country where people believe that the Andes is a key element in their definition of identity and the centre of nostalgia when migrating, it describes itself as an Andean country. However, this attitude denying the presence and permanence of the Andes in the Chilean identity is consistent with the rejection of broad national sectors to define themselves as mestizos and a cultural tic of denial of the indigenous component.

Loreto Rebolledo González. Antropóloga y Periodista, Dra. en Historia. Docente Universidad de Chile.

Correo electrónico: mareboll@uchile.cl.

Introducción

En el imaginario de los chilenos, especialmente del centro y sur del país, lo andino ha tendido a ser entendido en dos dimensiones: una que enfatiza más en los aspectos geográficos y otra que hace referencia a ciertas manifestaciones culturales. La primera, se localiza en un espacio específico que trasciende las fronteras de los estados nacionales. Lo andino es situado así en el norte – específicamente en el altiplano chileno-y en Perú y Bolivia y se entiende como una región amplia signada por una historia que arranca en tiempos precolombinos y que tiene expresiones culturales específicas fruto del mestizaje[1]. Geografía, historia y cultura se combinan así en esta acepción.

En la segunda acepción, lo andino es entendido como adjetivo, algo que especifica y define ciertas manifestaciones culturales y que es ampliamente reconocible por el conjunto de la población. Así la música andina no solo tiene un sonido particular, sino instrumentos claramente identificables (quenas, zampoñas, charangos, entre otros), los tejidos andinos se reconocen por sus particulares combinaciones de colores y motivos, así como ciertas fiestas religiosas en que la música, la danza, y la comida dan cuenta de un sincretismo religioso en que se mezclan elementos indígenas y españoles.

A partir de los años 90 en el contexto del incremento de las migraciones desde Perú, Ecuador y Bolivia hacia Chile se produce una ampliación y desplazamiento de lo que tradicionalmente se ha entendido por lo andino. Lo andino cobra corporeidad y su definición se amplía y se mezcla haciéndose extensiva a los inmigrantes originarios de los países identificados como andinos constituyendo una metacategoría que tiende a hacerse sinónimo de mestizaje. De esta manera, los inmigrantes ecuatorianos, bolivianos y peruanos que han llegado a Chile buscando mejores oportunidades laborales, sean de la costa o de la sierra a ojos de los chilenos se constituyen en los andinos génericos, “los otros”. Inmigrantes cuya presencia se hace visible a partir de su etnicidad y color de piel.

Lo andino, en el sentido geográfico tradicional ya no queda relegado al altiplano y ciudades del norte chileno o tras las fronteras de los países vecinos sino se hace visible en lo cotidiano, en las calles, en el centro de las ciudades y en los diversos espacios públicos. Lo andino y los andinos pasan a ser parte de una misma unidad en la cual se confunden las personas con elementos sociales, culturales y nacionales. Pobreza, mestizaje y nacionalidad se funden y materializan en los cuerpos de los inmigrantes andinos de acuerdo a las percepciones de muchos chilenos. Percepciones alimentadas en parte por las construcciones discursivas difundidas por los medios de comunicación y que conllevan elementos de racialización[2].

Por lo tanto, este artículo busca dar cuenta de cómo los medios de comunicación masiva visibilizan a los inmigrantes originarios de los países andinos a través de discursos con un fuerte componente etnocentrista, en que se los construye como una alteridad distante y racializada contribuyendo así a profundizar la discriminación y xenofobia.

La migración en Chile

Chile, a diferencia de otros países del cono sur[3], dado su aislamiento geográfico no ha sido un país al que llegaran grandes contingentes de inmigrantes. Pese a las políticas de inmigración selectiva impulsadas por el estado chileno a fines del siglo XIX para atraer artesanos, técnicos y profesionales europeos que pudieran colonizar el territorio recuperado por la república después del proceso de reducción de los mapuches (Pérez Rosales 1976) las cifras de inmigración fueron relativamente bajas, y los que llegaron fueron localizados en zonas específicas del sur del país donde tendieron a reproducir sus costumbres y cultura sin mezclarse demasiado con los habitantes locales.

El interés oficial por la inmigración disminuyó desde 1890 y en las disputas generadas sobre a qué tipo de inmigrantes atraer, se evidencia la búsqueda de una homogeneidad cultural. “Apareció la xenofobia (la cual se hizo muy aguda, por algunos años al empezar el siglo XX); se polemizó sin tregua ni fin si era mejor traer católicos (decían los clericales) o protestantes (afirmaban los laicos); se enfatizó el peligro que significaban las minorías extranjeras cuando no se fusionaban con los chilenos ( …) estados dentro del Estado” (Vial, 1981:722).

Es de destacar que en 1885 la proporción de extranjeros en Chile era sólo del 2,9%. Hacia 1907 se produjo un leve incremento alcanzando los extranjeros un 4,5%. De ellos, una parte importante eran peruanos y bolivianos vinculados al trabajo de la minería en las salitreras del norte del país (Luján, 1994-95: 169), muchos de los cuales debieron retornar a sus países de origen a causa de la crisis salitrera y de las actitudes xenófobas de los chilenos contra los peruanos después del plebiscito que se realizó en Tarapacá, una vez anexados esos territorios por Chile al finalizar la Guerra del Pacífico.

Este episodio vergonzoso, donde se persiguió y hostilizó cotidianamente a familias peruanas marcando sus casas con cruces de alquitrán ha sido borrado de la historia nacional chilena (González, 2002).

Cierto racismo y la testaruda obsesión por la homogeneidad racial y cultural de los sectores dominantes que controlaban el Estado chileno llevó a que en 1927 la Cancillería enviara una Carta Confidencial a todos los cónsules de Chile en la cual se les daba instrucciones para “rechazar la inmigración de indeseables, particularmente los chinos, los sirios y los africanos, por razones de raza”. (Vial, 2001: 426).

A lo largo del siglo XX la situación no varió sustantivamente, excepto por migraciones esporádicas de europeos y árabes que huían de las guerras y la ocupación de sus países. En la década de los 90 el fin de la dictadura pinochetista y una economía relativamente saludable se constituyeron en elementos que daban garantías de estabilidad económica y política a los habitantes de países vecinos que no vivían la misma situación (Martínez, 2003). Comenzaron a llegar a Chile inmigrantes de los países vecinos, algunos de ellos – peruanos especialmente -solicitando refugio político. Ellos fueron la vanguardia de oleadas migratorias que sin ser muy voluminosas se han mantenido sostenidamente en el tiempo.

De acuerdo al último censo, realizado el 2002, 184.484 personas nacidas en otros países vivían en Chile, lo que representaba un crecimiento cercano al 75% respecto del censo de 1992. De acuerdo al Departamento de Extranjería y Migraciones del Ministerio del Interior el año 2008 había 290.901 extranjeros en Chile con su documentación al día, los que representaban el 1,8% de la población nacional. De esos extranjeros el 69% son sudamericanos, un 28,6 % son peruanos, lo cual los constituye en el grupo inmigrante más grande, desplazando del primer lugar a los argentinos que en el censo 2002 eran el grupo mayoritario. Los bolivianos son un 6,9%, los ecuatorianos el 5% y los colombianos representan el 5% (González, 2009). En otras palabras, la migración desde los países andinos es proporcionalmente grande respecto a los inmigrantes de otros países.

Si bien las cifras no dan cuenta de un incremento real de los inmigrantes respecto de la población nacional, simbólicamente esta inmigración cobró importancia debido a dos razones, una de las cuales explica a la otra: por una parte la relativa homogeneidad del país – muchas veces más deseada que real- explicada en parte por la baja inmigración y mezcla con otros; y por otra, la visibilización de la alteridad representada por los inmigrantes andinos que al comienzo eran mayoritariamente peruanos, pero posteriormente al aumentar la llegada de bolivianos y ecuatorianos, el concepto se amplió abarcándolos a ellos.

El mayor flujo de inmigrantes andinos se ubica en Santiago, aunque no deja de ser importante la migración a ciudades del norte como Iquique y Arica. Al igual que otras migraciones latinoamericanas de los últimos años, la inmigración a Chile de habitantes de países de América del Sur tiende a ser mayoritariamente femenina, siendo más evidente esto el caso de Perú, (cada diez mujeres migrantes hay 6 hombres) (Martínez, 2003).

Los inmigrantes andinos tienden a ubicarse en comunas y barrios específicos dentro de las ciudades. Así, por ejemplo el centro de la ciudad de Santiago, al igual que las comunas de Independencia, Renca y Estación Central son lugares en los cuales se concentran, lo que relativiza su presencia en el conjunto de la ciudad. Sin embargo, la ocupación del centro de Santiago en los alrededores de la Plaza de Armas les da una visibilidad importante, que ha sido destacada especialmente por los medios de comunicación, a partir de un uso particular de los espacios públicos: comercio ambulante, venta y consumo de alimentos en la calle, discusiones, entre otros.

 

Los migrantes andinos en los medios de comunicación.

Los medios de comunicación masivos en tanto formadores de opinión pública, han contribuido de una manera importante en la construcción de la migración como un problema, magnificando el peso de los inmigrantes en el conjunto de la población chilena, y por tanto creando la percepción de esta como un tema de preocupación.

La sociedad chilena en su conjunto conoce más de los inmigrantes a través de lo que los medios difunden sobre ellos que por una experiencia directa y cotidiana, no solo por la cantidad que ellos representan respecto al conjunto de la población nacional sino por la segregación espacial propia de las ciudades que permite que las experiencias sociales se vean localizadas y se segmenten según situación socioeconómica.

En este sentido es posible afirmar que son los medios de comunicación los que instalan en la agenda el tema de la inmigración relevando sus aspectos negativos y levantando sospechas sobre los inmigrantes y sus verdaderas intenciones[4]. Es importante tener en cuenta, que estas construcciones sobre los inmigrantes no son estáticas y han ido variando en el tiempo. Así, cuando recién comenzaron a llegar inmigrantes de los países vecinos se los vio como una amenaza a las fuentes de trabajo de los chilenos. Algunos estudios académicos que daban cuenta de la estabilidad económica y política del país, encontraron un eco importante en la prensa que mostró a Chile como un polo de atracción de inmigrantes, lo que vino acompañado a la vez con una serie de especulaciones de los medios de comunicación masiva respecto a la eventual competencia que estos representarían para los trabajadores chilenos aumentando las cifras de cesantía nacionales y sobre el gasto social en salud y educación de los hijos de esos extranjeros que debería absorber el Estado chileno (Doña, 2002).

Posteriormente, cuando la realidad mostró que los inmigrantes, especialmente los provenientes de países andinos ocupaban nichos laborales en los cuales los chilenos no mostraban interés[5] y que su permanencia en el país se mantenía e incluso llegaban nuevos inmigrantes, las construcciones discursivas respecto a ellos fueron variando; aunque el elemento de continuidad que se constata es el temor que difunden y la sospecha que se instala sobre sus conductas y hábitos.

Aunque la presencia de los inmigrantes andinos no ocupa un lugar central en las noticias y notas, se constata que recurrentemente aparecen en estas y que las representaciones que se hacen de ellos suelen ser estereotipadas con diferencias importantes de género. Los estereotipos se construyen a partir del habla y de los contenidos de la información que se entrega. En relación al habla, pese a las diferencias que presenta la prensa escrita, destaca que la construcción de los “otros” se hace a partir de juicios racistas. Los peruanos y bolivianos son definidos como “cholos, cholitos, mamanis o paisanos”, tomando así como rasgo de definición identitaria sus características físicas o tono de piel que dan cuenta de un mestizaje con raíces indígenas.

La alteridad se construye así desde la etnicidad y la racialidad. Lo andino queda definido a partir de una de sus características: el mestizaje, “marcado” por lo indígena, perceptible más a partir de las huellas físicas evidenciadas en los cuerpos que de los elementos culturales pero indisolublemente ligados a estos. Esta construcción de lo andino está también signada por aspectos de clase, aunque esto tiende a encubrirse tras el mestizaje, pero es la convergencia de pobreza-etnicidad y color de piel la que se conjuga y potencia al momento de las discriminaciones.

Desde los inmigrantes se percibe y reconoce que hay nacionalidades como las peruana y boliviana que conllevan mayores prejuicios[6] pero que estos se activan con más fuerza a partir del aspecto físico, el cual va asociado a posiciones socioeconómicas, lo que se recoge de testimonios como el siguiente “ hay una fijación en ciertas personas, pero yo estudio con dos peruanos, una es hija de un diplomático, obviamente ella es blanca y Daniel es rubio, entonces con ellos no hay discriminación, es una cuestión más racial y étnica” (migrante hombre profesional, en Paéz. 2009:100)

Hay coincidencia entre estas percepciones de los inmigrantes andinos, especialmente peruanos y bolivianos, y los resultados que arrojan diversos estudios académicos e informes de observatorios realizados en los últimos años.

El estudio “Convivencia en el ámbito escolar” realizado por UNICEF el año 2004 en las ciudades de Santiago, Iquique y Temuco a alumnos de colegios particulares, subvencionados y municipales, evaluó los prejuicios que existen entre los escolares chilenos. El estudio mostró que 46% de los menores cree que alguna otra nacionalidad es inferior a la chilena, los más nombrados como inferiores fueron los peruanos con 32%, bolivianos con 30%. Estos resultados se asemejan a los obtenidos en la encuesta telefónica realizada por la Fundación IDEAS el 2003 con adultos, donde se evidencia que los “chilenos se encuentran más inteligentes, trabajadores, cariñosos y valientes que los peruanos (…) aunque se reconocen más intolerantes y prepotentes”. Por otra parte, el 53% de los encuestados consideraba que los inmigrantes peruanos son más propensos a cometer delitos (Estévez, 2004: 66). Según el informe de DDHH elaborado por la Universidad Diego Portales (2005-2006), el solo hecho de ser migrante no es condición necesaria para ser vulnerado en el ejercicio y goce de derechos, pero si lo son la apariencia y el país de origen, como es el caso de peruanos y bolivianos y migrantes de raza negra (UDP, 2005 y 2006).

En la medida que lo pobre y lo mestizo se tienden a englobar en el concepto de lo “andino” las discriminaciones a hombres y mujeres bolivianos, peruanos y ecuatorianos los abarcan a todos. Sin embargo, es interesante constatar el sesgo de género que muestra la información mediática. Si bien la importancia de las mujeres en la migración hacia Chile es un dato irrebatible, la mayor parte de la información se tiende a referir a los hombres, los cuales son víctimas preferenciales de los estereotipos negativos.

Los medios promueven modos de interpretación, de entender los acontecimientos que nos rodean y entregan significaciones del acontecer social (Sunkel, 2005). Sin embargo, estos mensajes no son recepcionados de manera acrítica ni desde una mente en blanco. El consumo se hace desde los parámetros, ideologías y visión de mundo de los que los reciben. Así, los discursos emitidos por los medios, respecto a los inmigrantes andinos no caen en el vacío, llegan a un terreno abonado desde diversas instituciones nacionales: escuela, ejército, narrativas históricas, mitos e ideologías sobre la homogeneidad cultural y la “blancura “racial. En este sentido actúan como refuerzo de un imaginario social ya existente, y estos pre-juicios se traducen en conductas cotidianas, que inciden en las interacciones de los nativos con los inmigrantes y viceversa.

La coexistencia de nacionales con inmigrantes genera dinámicas intergrupales en las cuales está presente lo que los psicólogos llaman “ansiedad intergrupal” (González, 2009), la cual tiene como causa las asociaciones negativas aprendidas que generan “incertidumbre” y cuyo efecto visible es el incremento de los estereotipos negativos. De tal modo, los “otros” son percibidos como una “amenaza simbólica”.

En un estudio realizado recientemente con chilenos y peruanos se estableció que los prejuicios en ambos grupos son similares, aunque un poco más de los chilenos respecto a los peruanos. No obstante, pese a que la ansiedad es similar entre chilenos y peruanos, la sensación de amenaza es mayor entre los primeros (González, 2009).

Las construcciones discursivas difundidas por los medios hacen aparecer a los inmigrantes de Perú y Bolivia signados por la pobreza, las conductas delictuales y un cierto halo de “ingobernabilidad y desorden”, lo que se complementa con información sobre los problemas internos de esos países que dan cuenta de sus dificultades de gobernabilidad, desacuerdos y conflictos sociales. De este modo, se crea una visión negativa donde no es posible distinguir al país de sus habitantes. Tampoco contribuyen a mejorar esas imágenes los reportajes de tipo “cultural” exhibidos por la televisión donde se muestra ritos y ceremonias religiosas de carácter sincrético descontextualizadas y en las cuales se resalta los aspectos más “curiosos”.

Se muestra así a los inmigrantes andinos como oriundos de países donde aún se ve “atraso” lo cual se explica por las características étnicas de su población. Se los define así como un “otro lejano” en el sentido que lo plantea Todorov, personas con quienes no se comparte hábitos, conductas e incluso visiones de mundo. Esta distancia cultural y social instala a los andinos como una eventual amenaza a quienes se les teme o bien como sujetos pasivos y vulnerables a quienes es necesario proteger. 10

Respecto a los estereotipos que se construyen a partir de la información contenida en las notas y noticias destacan dos variantes: el inmigrante como delincuente vinculado a actividades ilegales o como víctima. En ambos casos el espacio en el cual aparecen es en las crónicas policiales. Entre las actividades ilegales a las cuales aparecen frecuentemente asociados los inmigrantes andinos está la clonación de celulares y tarjetas de crédito, robo a cajeros automáticos, traficantes de droga, burreros, ladrones de poca monta, comerciantes ambulantes que trabajan sin permiso sanitario, hombres involucrados en peleas callejeras o en actos de violencia doméstica.

El otro estereotipo que se construye de los inmigrantes andinos es como víctimas. En estos casos se trata de reportajes en diarios, revistas o programas de televisión donde se da cuenta del sufrimiento de los inmigrantes, de la dureza de la vida en sus países de origen, de las dificultades que enfrentaron para llegar e instalarse en Chile y de los abusos y discriminaciones de los cuales son víctimas por parte de los chilenos. Generalmente las protagonistas de estas noticias son mujeres y ocasionalmente niños/as[7]. Esto da cuenta como la construcción de los migrantes andinos no solo está cruzada por la etnicidad sino también por el género. Las migrantes andinas en su versión mediática de víctimas pasivas aparecen sumidas en una vulnerabilidad de la que es necesario apiadarse; de personas que necesitan ser protegidas.

En ambas vertientes, estos estereotipos no construyen al inmigrante andino como un igual, sino como un inferior, ya sea por su tendencia a la trasgresión del orden y legalidad establecidos o bien por su vulnerabilidad que demanda protección y apoyo. La carga etnocéntrica que conllevan este tipo de percepciones dan cuenta tanto de la intolerancia hacia lo diverso como de la soberbia de sentirse superiores.

En suma, lo que los medios trasmiten respecto a los inmigrantes andinos informan tanto de las percepciones respecto a ellos como de la necesidad de autoafirmación de los chilenos.

 

Bibliografía

Delgado, Manuel. (2002). ¿Quién puede ser inmigrante en la ciudad? En: Manuel Delgado et. Al. Exclusión social y diversidad cultural. España: Centro de Documentación sobre racismo y xenofobia, MUGAK.

Doña, Cristián. (2002). Percepción de la inmigración reciente en Chile a través del análisis de medios de prensa. Tesis para optar al título profesional de sociólogo, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile.

Estévez, Francisco. (2004). Retrato de Sociedad: prejuicios y represiones. En: Retrato de sociedad. Santiago: Fundación IDEAS Departamento de Sociología, Universidad de Chile.

Fundación IDEAS. (2002). Segunda encuesta sobre intolerancia y discriminación, Informe y análisis. Santiago: Fundación IDEAS, Departamento de Sociología Universidad de Chile.

González, Roberto. (2009). Antecedentes psicológicos de las dinámicas intergrupales entre chilenos e inmigrantes peruanos. Presentación coloquio CPCE-IPP, Expansiva-UDP sobre políticas públicas.

González, Sergio. (2002). Hombres y mujeres de la pampa. Tarapacá en el ciclo de expansión del salitre. Santiago: LOM Ediciones.

Lujan, María. (1994-95). Migraciones en América Latina: Historias para pensar el presente. En Language, Minority, Migration, Uppsala Mutiethnic Papers 34. Centre for Multiehnic Research, Upsala.

Martínez, Jorge. (2003). El encanto de los datos. Sociodemografía de la inmigración en Chile según el censo de 2002. Santiago: Serie Población y desarrollo Nº 44, CEPAL. 12

Pérez Rosales, Vicente. (1976). Recuerdos del Pasado. Santiago: Editora Nacional Gabriela Mistral.

Sáez, Katherine. (2008). Diferencias y semejanzas en la trayectoria de las y los migrantes latinoamericanos en el mercado laboral chileno según calificación. Un análisis desde la perspectiva de género y los derechos humanos. Memoria para optar al título profesional de Socióloga, Departamento de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile.

Vial, Gonzalo. (1981). Historia de Chile (1891-1973), La sociedad chilena en el cambio de siglo (1891-1920). Tomo I. Santiago: Editorial Santillana del Pacífico.

Vial, Gonzalo. (2001). Historia de Chile (1891-1973). De la República Socialista al Frente Popular (1931-1938). Volumen V. Santiago: Editora Zig-Zag.

Sunkel, Guillermo. (2005). Narrativas periodísticas y escándalos públicos. Santiago: ICEI, Universidad de Chile.

UNICEF. (2004). Estudio sobre Convivencia en el ámbito escolar. Disponible en:

http:/ www.unicef.cl/centrodoc/listado.php?id_tema_documento=14

Universidad Diego portales. (2006). Informe anual de Derechos Humanos. Santiago. Disponible en: http://www.udp.cl/comunicados/0706/06/informe

Van Dijk, Teum. (1997). ¿Cómo se lleva una minoría a los titulares? Minorías étnicas en la prensa. En: Racismo y análisis crítico de los medios. Barcelona: Paidós.


[1] No deja de ser paradójico que en un país donde sus habitantes consideran que la cordillera de Los Andes es un elemento fundamental en su definición de identidad y el centro de sus nostalgias cuando se migra, no se autodefina como un país andino Sin embargo, esta actitud negadora de la presencia y permanencia de lo andino dentro de la identidad chilena se condice con el rechazo de amplios sectores nacionales a definirse como mestizos y a un tic cultural de negación del componente indígena

[2] Entendemos por racialización el procedimiento discursivo por el cual se define a los individuos a partir de sus características fenotípicas aunque también puede haber un desplazamiento del término para abarcar a grupos culturalmente diferentes. En este caso se combinan ambas cosas.

[3] Entre 1884 y 1907 el número de inmigrantes reclutados oficialmente por Chile en el viejo mundo eran 50.000. En cuarenta años Argentina había recibido 2.275.521 extranjeros en su territorio. (Vial, 1981).

[4] Esto es coincidente con lo encontrado por Van Dijk (1976) en su análisis de titulares de la prensa holandesa donde constata que la información entregada acerca de inmigrantes y grupos minoritarios tiende a situarlos como “problema”, toda vez que éstos suelen ser relacionados con temáticas como la delincuencia, tensiones raciales, conflictos socioculturales, entre otros. Las miradas sobre los inmigrantes tienden a ser etnocentristas lo cual los/as lleva a recurrir a estereotipos al momento de entregar la información. Un planteamiento similar es el que hace Delgado (2002) al analizar la inmigración a España.

[5] De acuerdo a investigaciones realizadas recientemente se constata que los inmigrantes no calificados se ubican en el sector servicios y comercio, así como en actividades por cuenta propia (negocios étnicos entre otros) y entre los profesionales los médicos ecuatorianos trabajan en consultorios de salud primaria de comunas y barrios en los cuales los médicos chilenos no quieren trabajar. (Paéz, 2009).

[6] La xenofobia anclada en acontecimientos conflictivos de orden histórico, tiende a actualizarse a partir del uso político que hacen los gobiernos de los países en tiempos de convulsiones internas de los cuales los medios de comunicación se hacen parte, exacerbando la conflictividad entre chilenos y peruanos y bolivianos

[7] La película “Alicia en la país” (2008), se basa en un reportaje que hizo una revista a una niña boliviana que atravesó a pie el altiplano de ida y regreso. Otros reportajes dan cuenta de la travesía de una mujer desde Colombia hasta llegar a Santiago para solicitar el refugio.

Top