“Cuerpo Femenino, Mío, Tuyo, de Todxs”

Autora: Ine Castro Salazar. Estudiante Magister Estudios de Género y Cultura, Mención en Ciencias Sociales.  Universidad de Chile. Psicóloga de la Universidad de Academia de Humanismo Cristiano. 

Resumen

Con este ensayo intento mirar el fenómeno de la violencia sexual hacia las mujeres como una violencia de género, utilizando un concepto adaptado por quien suscribe que es el de violencia sexual de género. Se profundiza en este caso, en cómo las mujeres asumen sesgos de género donde el cuerpo femenino es abusable y violable por otro. Lo anterior se realiza a través del análisis hermenéutico, de distintos textos referidos que se acercan al tema propuesto. Nos aproximamos con esto, a lo que sucede cuando una mujer adopta esta mirada androcéntrica y etnocéntrica sobre su cuerpo, donde existe la violencia sexual de género como un llamado al orden por parte de hombres, que abusan y/o violan a las mujeres. Destacando dentro de las estrategias de poder, control y subordinación, el castigo y la culpa, sensaciones introyectadas por la mujer, donde ésta comienza una regulación interna respecto al supuesto lugar que le corresponde. Se vincula también la violación, con respecto al papel que juega el Estado chileno, y a la tercera causal en discusión respecto al proyecto del “Ley de Interrupción del embarazo en tres causales”.

Palabras claves: cuerpo femenino, violencia sexual de género, estrategia de poder.

Abstract

With this essay I attempt to look at the phenomenon of sexual violence against women as gender violence, using the concept adapted by the undersigned that is sexual violence against women. It delves into this case, how women take gender bias where the female body is inviolable and other abusable. This is done through the hermeneutical analysis of different texts referred approaching the proposed theme. We approach this, what happens when a woman takes this androcentric and ethnocentric look at your body, where there is sexual violence against women as a call to order by men who abuse and / or rape women. Stressing within the strategies of power, control and subordination, punishment and guilt, feelings rooted among women, where it begins an internal regulation concerning alleged rightful place. It also links the violation with respect to the role of the Chilean State, and the third causal in discussion on the draft of “Termination of Pregnancy Act on three grounds”.

Keywords: female body, sexual gender violence, power and control strategy.

Uno de los actos más Intimidantes hacia las mujeres es sin duda, la irrupción, ocupación, usurpación, o como se le quiera llamar, de la intimidad sexual en contra de la voluntad personal de la mujer, entiéndase por esto actos, los abusos sexuales o violaciones ejercidos por hombres. Para tener una comprensión a la vista y desde la legislación chilena, consideraremos que se entiende por violación el acceso que se produce “carnalmente, por vía vaginal, anal o bucal. El abuso sexual, por su parte, es la realización de una acción sexual, distinta del acceso carnal, como por ejemplo: tocaciones o besos en área de connotación sexual; simulación de acto sexual; exhibir o registrar material pornográfico particularmente a menores de edad o presenciar espectáculos del mismo carácter, entre otros” (Fiscalía de Chile, 2015).

Considero imprescindible y necesario observar estos hechos desde la perspectiva de género, es decir, mirar la violencia sexual como otra forma de violencia de género. Lo anterior, en tanto la ocurrencia de estos actos es experimentada principalmente y en su gran mayoría por mujeres y ejercida por hombres, hombres desconocidos o conocidos que encarnaron y externalizaron con sus actos, la historia de ocupación del cuerpo femenino, perpetuando dicha transgresión sexual por el solo hecho de reconocer a la otra como una mujer.  Se debe señalar aquí, que esta violencia es sin duda la menos observada como tal, violencia sexual de género que se ha asumido por parte de las mujeres como una posibilidad impresa y heredada al momento de nacer.

Es así como se hace útil tomar la tesis planteada por Ortner (1979), donde refiere que todas las culturas se asemejan, en la desvaloración que se realiza de la mujer, lo cual ocurre a través de identificaciones de orden simbólico que observan a la mujer acercándose a la naturaleza, adoptando por tanto de manera involuntaria esta desvalorización impuesta, la cual se refuerza más aún cuando se la contempla desde  y en relación a la cultura.

Aparece el castigo y la culpa como estrategias de sometimiento, las que se utilizan para recordar el lugar de la mujer, lugar sitiado y esperado de conductas impresas al momento de nacer.

Considerar una violación con un embarazo asociado, nos lleva a pensar de manera  incipiente, cómo será el futuro de aquella mujer, para probar sus dichos frente a la sociedad y frente al Estado. Situación  que hoy en día es experimentada muchas veces como una revictimización asociada a la violencia sexual de género.

Cabe observar por tanto, el ámbito público al que se refiere el cuerpo de la mujer, el cual con cada proyecto de ley se aleja más de devolver el cuerpo femenino a lo privado

Para acercarnos a la manifestación de la problemática plateada, se debe considerar que no existen datos específicos donde se desagregue los tipos de agresiones sexuales a mujeres adultas, sin embargo, se cuenta con algunas referencias en Chile, que nos acercan al fenómeno, tales como:

Encuesta Nacional de Victimización por Violencia Intrafamiliar y Delitos Sexuales del Ministerio del Interior y Seguridad Pública (2013), refiere sobre delitos sexuales que “Dependiendo del periodo de vida que se tome como referencia, la prevalencia varía entre un 5 % de mujeres que declaran haber sufrido delitos sexuales durante los últimos doce meses, y un 22 % que ha sido víctima de esta situación al menos una vez en la vida”. Y en relación a las denuncias que “sólo un 11 % de las mujeres que han sido víctimas menciona haber puesto una o más denuncias por delito sexual en su vida”.

Según datos de la Subsecretaria de Prevención del delito, la tasa nacional de víctimas de mujeres de abusos sexuales ha aumentado de 61,9 en el 2005 a 78.8 por cada 100 mil habitantes en el 2013, lo cual significa un aumento de mujeres victimizadas.

De los datos obtenidos del sistema de registro de automatización policial, AUPOL 2013: Se registran un total de 11.032 víctimas asociadas a delitos sexuales, siendo: 8389 Abuso sexual, 2319 violaciones, 324 otros delitos sexuales, de los cuales el  36.2% (3998) corresponde a mujeres mayores de 18 años. De estas mujeres, el 69% sufrió abuso sexual, el 27% violación y el 3.5% otros delitos sexuales.

A modo de ejemplo, podemos decir que en  la región RM la tasa a aumentado de 75.5 en el año 2005 a 87.0 por cada 100 mil habitantes en el año 2013, lo cual significa un aumento de 11.1% a esa fecha, sin contar con datos estadísticos sobre estas materias en los últimos años.

Considerando la relevancia del fenómeno, el cual se ha sostenido en la historia de la humanidad, y tomando en cuenta los datos estadísticos sobre la prevalencia de las agresiones sexuales a mujeres adultas, cabe preguntarse, ¿cómo se ha perpetuado en el imaginario femenino, que el cuerpo de la mujer puede ser terreno posible de actos sexuales contra voluntad?. Asimismo es interesante observar si en relación a los actos sexuales discutidos aquí, el cuerpo de la mujer es más bien concebido como dominio público que privado.

Es así como este ensayo tiene modestamente como objetivo, aproximarse a una escueta comprensión que responda en parte a la pregunta que guía el mismo.

Poder y control sobre el cuerpo femenino: Abuso y violación a mujeres.

Hay antecedentes que nos permiten observar la historia de subordinación existente en la relación de dominio y control de los hombres hacia las mujeres, tal y como refiere Montecino (2003), el mito de Hain ilustra gráficamente como se hace presente el domino de los hombres, resultando el poder y control apoderado por estos al descubrir la trama tejida que lleva al castigo profundo de las mujeres, castigo y temor infundio a través de las generaciones por medio del mito y la realización del rito, lo cual se relaciona más aun llevándolo a lo cotidiano, en la materialización sostenida entre el sol y la luna.

De esta forma es como se transmite en nuestra y otras culturas, lo esperado para los hombres y lo soportado y esperado para las mujeres. Podemos relacionar aquí, los comentarios de Mead (1973), quien refiere que existen condiciones definidas de las cuales formaremos parte principalmente por la diferenciación entre hombres y mujeres, y el cumplimiento del papel social asignado, lo cual se llevaría a cabo de manera forzosa. Esto se hace a través de medios socializadores infalibles en su cometido, los que se encargarán eficientemente de transmitir la historicidad del cuerpo femenino, en como éste debe comportase, ser, vestirse, situarse y responder entre otros muchos mandatos a lo esperado por nuestra cultura.

Es de este modo como la cultura preponderantemente androcéntrica desea regir la conducta sin tregua, imprimiendo y formateando de manera ininterrumpida sobre las mujeres, lo que se espera de su cuerpo, situando el lugar y conductas, negando de la manera más aberrante lo que no forma parte de lo que se piensa de una mujer. Es de este modo como se puede decir que, “las culturas actúan con mucha mayor libertad de lo que creemos al seleccionar los posibles aspectos de la vida humana, aspectos que minimizarán, sobrevalorizarán o rechazarán” (Mead, 1973:25), obteniendo una sanción o castigo frente a lo impensado e inapropiado para una mujer.

 

Es identificable el hecho de que un gran número de abusos sexuales y violaciones contra mujeres se ejecutan por hombres, por tanto nos acercamos a reconocer este tipo de violencia como una violencia sexual de género. Donde el cuerpo de la mujer pasa a ser objetivado, cercenado en la mirada y en el uso que realiza el hombre, desposeída de identidad y emocionalidad, a merced de la necesidad intrusa de quien la elige, así como lo establece el mandato, de la posesión del hombre sobre el cuerpo de la mujer, por ser parte del rol y del riesgo asociado a nacer mujer. Tal y como si el mito fuera la ocupación del cuerpo femenino y el rito el abuso sexual o la violación, que reafirman en la historia un cuerpo accesible y por tanto abusable, lo cual se afirma en lo que comenta Rubin (1986: 110), donde se refiere a que “Si las mujeres son los regalos, los asociados en el intercambio son los hombres”.

Se podría entender entonces que los actos sexuales en contra de las mujeres, son como ejemplifica Rubin (1986) con la violación colectiva en el “Amazonas y en las montañas de Nueva Guinea”, un medio de corrección para que la mujer se mantenga “en su sitio”, toda vez que las estrategias masculinas de amenaza no dan resultado para mantener la dominación sobre las mujeres, lo cual es perfectamente homologable en nuestros tiempos, y en nuestra cultura Chilena.

Bajo el cometido de un abuso sexual o una violación hacia una mujer, basta escuchar la voz tanto de la afectada[1], como de quienes la rodean, además del cómo ella se piensa y siente subjetivamente por otras y otros, para darnos cuenta de la construcción simbólica y de las explicaciones otorgadas al porque ocurrieron estos hechos. Es aquí donde afloran las responsabilidades personales[2], autoculpabilizaciones, y sensaciones de merecimiento como castigo[3], por no escuchar y recordar la voz sabia de alguna mujer que explícita y claramente haya prevenido sobre el riesgo del nacer mujer.

Es así como el castigo por salirse de lugar, se ha perpetuado e investido en el cuerpo femenino a través de su uso, como manera que imprime y reedita de vez en cuando, la presencia del desconocimiento de la subordinación, del control y poder que le pertenece aún a una buena parte de los hombres en Chile. Donde el cuerpo de la mujer ha sido “animalizado a través de un complejo histórico, en el cual, de manera contradictoria, ha significado prueba de modificaciones culturales impresas al cuerpo” (Lagarde, 1990:363).

 

Nacer Mujer: Transmisión generacional del castigo y culpa

Es necesario preguntarse, cómo se sostienen estos hechos de concientización[4] masculina por tanto tiempo, y más importante aún es observar cómo llegan a normalizar y minimizarse por las mujeres estos abusos sexuales y violaciones cometidas hacia ellas mismas y hacia otras, como actos posibles de ser experimentados durante la vida, y de alta ocurrencia al nacer mujer.

Así como “la relación biológica hace que la mujer asuma la maternidad obligatoriamente” (Lagarde, 1990:357), es posible decir que esta misma forma biologisista de observar a la mujer, es la que podría hacerla mayormente abusable y violable frente a los ojos de los hombres que a través de dinámicas de poder y control avalan sus hechos de acecho hambriento y desinteresado, palpando en sus actos solo cuerpo femenino, cuerpo que se fragmenta en las partes deseadas para dicho abuso, vagina, senos, trasero, o cualquier pedazo que les produzca placer asediar y poseer.

Asimismo Lagarde (1990) menciona, que son las madres quienes reproducen en su descendencia, formas del género, en todas sus variables, entiéndase clase, edad, nacionalidad, etc., todas estas pertenecientes a su cultura. Estas se transmitirían a través de tradiciones y costumbres, que derivan en la cultura que finalmente construye un sentido. Y sin ánimo de culpabilizar por entero a las madres, podemos referir que son quien tiene la responsabilidad de la mujer nacida, quienes procurará transmitir las herramientas de protección y autocuidado donde el fin primero será mostrar lo abusable que es la mujer, por ser poseedora de útero, penetrable, disponible para contener las aberraciones de quien se le plazca ejercer el control de esa cuerpo en particular.

Cuando los mandatos no han sido acatados por las mujeres, supuestas receptoras de las herramientas mencionadas, se generan una serie y amplia gama de culpabilidades que la llevarán a ser castigada. Este castigo será infringido así misma, tanto por la misma mujer abusada, como por la sociedad entera hacia ésta. Ocurre por tanto, un proceso de regulación y castigo interno, así como de comprensión obligada de los designios de la mujer salida de lugar, de aquella que experimentando actos sexuales contra voluntad, sobrellevará y sufrirá en sí, incrustado en la piel, el castigo y la culpa como sensaciones permanentes e inherentes, o innatos como menciona Mead (1973).

El castigo y la culpa han sido internalizados por las mujeres de manera histórica, ya lo comenta Lagarde (1990), en los ejemplos referidos a la esterilidad como castigo, perpetuando de esta manera la incompletud del ser mujer, y por otro lado las culpas compensadas a través de sacrificios por ejemplo al abnegarse frente a un hijo o hija enferma. Por lo tanto parecerían impregnarse en la piel de las mujeres, más asuntos que el solo hecho de nacer mujer abusable y violable en el ámbito sexual, aparecen el castigo y la culpa como accesorios indispensables para la completud de la bella cultural de la mujer[5], sensaciones internas que son introyectadas[6] como brazos extensivos del poder y control que se ejerce en el cuerpo ésta. La culpa y el castigo son otra forma de subordinación del cuerpo femenino a merced de la masculinidad hegemónica, y por tanto otra manera que se utiliza para mantener a la mujer en su lugar, esta vez desde dentro de ella misma, sin la presencia física de un hombre. Se regula la conducta, y se ha logrado la conquista, se sigue abusando y violando constantemente, a consciencia o inconsciencia, en vigilia o en el sueño, a través de flashback[7], a través de la transmisión de generación en generación sobre el significado de la mujer nacida.

Qué es lo que perpetúa estas situaciones, qué es lo que lo sostiene y mantiene, qué es ese algo que aparece como lo inviolable, lo impenetrable, lo concreto, lo dicho. Pues bien, se hacen patentes, a través de los tiempos las diferencias existentes de las mujeres en relación a los hombres, en ningún caso equivalentes respecto a su contenido, nos referimos aquí al sometimiento de “inseguridad física”, que ha sido finalmente el flanco de denigraciones por las violaciones sexuales, donde las mujeres se han visto “des-personalizadas y denigradas, privadas de respeto, credibilidad y de recursos, y se las ha silenciado, se les ha negado la presencia pública, la voz y la representación de sus intereses” (MacKinnon, 1995, p. 23).

Según lo anterior, se podría entender que es el silencio el que perpetúa la existencia de estas prácticas sexuales en contra de las mujeres, el mismo silencio que hace no desear mirar estos actos, el asco y repugnancia que les causa a las personas el ver que lo que le sucedió a otra, que no es a mí. La intimidad de otra que no pertenece, de otra que finalmente se esconde, se enmudece, se silencia para no exponer y sentir de manera pública el castigo y la culpa por salirse de lugar. Por esa, que se castiga y se culpa, que siente vergüenza por ser ocupada, utilizada, abusada y violada por un hombre que le recordó quien era, que la puso en su lugar, quien finalmente solo hizo uso de lo que ella supuestamente ofreció.

Refiriéndose a la importancia del androcentrismo en el desarrollo de la teoría de los “grupos silenciados” de Edwin Ardener, Moore (1996) comenta que estos dan su existencia por la dominación y control ejercidos, y puestos en marcha en las formas de expresión dominantes, y por tanto se podría releer desde aquí, el como la observación de los abusos sexuales y violaciones hacia mujeres se ha visto y se ve hoy en día desde un prisma androcéntrico y etnocéntrico, donde el ejercicio de estas aberraciones en contra del cuerpo femenino, llega a tener una explicación sostenida en nuestra cultura que le entrega finalmente su existencia y ocurrencia.

Después de la violación: Cuerpo femenino, espacio público y revictimización constante.

Dentro del contexto que se ha mencionado a través de este ensayo, podemos para finalizar, observar como existen prácticas etnocéntristas y androcéntricas impartidas principalmente por el Estado chileno. Lo anterior principalmente cuando se cruzan dos variables de ocurrencia en el cuerpo de la mujer. Nos referimos aquí a las violaciones que tienen como consecuencia un embarazo.

Cabe señalar que, hoy en día el aborto[8] en el caso mencionado no es legal, lo cual aparece como una novela de terror, aberrante y sin sentido para las mujeres violadas. Es justamente este año cuando recién se comienza a poner nuevamente en el tapete el proyecto de “Ley sobre el aborto en tres causales” (2015), siendo la tercera causal la que nos interesa en este caso, y la que responde al embrazo producto de una violación. Se menciona en el artículo 119 bis, de este proyecto, que será un equipo profesional especializado en la temática, quien “evaluará e informará la concurrencia de los hechos que la constituyen”. Se desconoce al parecer con lo anterior, o bien se considera con cierta liviandad, la realidad y las dificultades del fenómeno de la violencia sexual de género, la cual presenta una serie de conflictos en la configuración y obtención de los hechos probatorios[9]. Cabe señalar por ejemplo las dificultades presentadas cuando la violencia sexual es ejercida por la ex pareja o por la pareja de la mujer, donde no existe vínculo sentimental y la relación se sostiene por los hijos e hijas en común. Este escenario es uno de los más complejos para probar al juez o jueza, sobre la violación de la mujer, ya que escasamente la mujer opondrá la fuerza en defensa propia, ya que en muchas ocasiones sus hijos e hijas se encuentran cercanos físicamente a los hechos de violencia sexual, y éstas prefieren ser violadas en silencio, antes de permitir que sus hijos e hijas vean estos actos descarnados en contra de su cuerpo.

Asimismo, podemos decir que es un número reducido de mujeres[10], las que se dirigen a constatar lesiones y a ser sometidas a exámenes sexológicos luego de una violación, lo que en contexto probatorio podría eventualmente afirmar su palabra de haber sido violada, y aportar por tanto en caso de desearlo, a la interrupción del embarazo.

Hoy se pueden observar, una serie de sesgos de género a la hora de los juicios por violación, donde las mujeres víctimas de estas experiencias, son prejuiciadas por los pensamientos de los y las presentes, y por las miradas inquisidoras de quienes la rodean. Aparecen cuestionamientos como la utilización de oposición y fuerza, vestimenta utilizada, salir a altos horarios de la madrugada, frecuentar lugares oscuros y poco habitados, utilización de la demanda de violación como desquite por otras causas, etc. Todo lo anterior, en contexto de una violación sin otras consecuencias. Juicios que el caso de ser orales (y por tanto públicos), la intimidad de la mujer se ve altamente trastocada en la exhibición de sus partes íntimas, partes que fueron arrebatadas por un momento, por un extraño, por algún hombre que se sintió con el derecho a hacerlo. Y que ahora son rearrebatadas por el mismo Estado a través de sus juicios.

Si consideramos lo anterior, y se extrapola a la probación de embarazo por violación, tenemos una nueva forma de revictimización, donde la mujer tendrá que ser nuevamente violada legalmente para probar que lo fue con anterioridad, y probar por ende desde donde se justifica  su embarazo.

Es necesario observar por tanto, cual es el atributo que hace pensar que es posible exponer a la mujer a esta serie de maltratos amparados en la legalidad. Se acerca a una comprensión, la idea de que finalmente el cuerpo de la mujer no le pertenece a ella. No le pertenece cuando es tomada para ser abusada y/o violada, y tampoco le pertenece cuando deba exponerse a los hechos probatorios cuando de esa experiencia resulte un embarazo. Se asume por lo tanto, que el cuerpo de la mujer es de terreno público y de dominio del Estado, dejando difusa y escasamente  la intimidad de la mujer en lo privado.

La observación anterior expone criterios que nos ponen en jaque respecto a la comprensión del espacio  privado y el espacio público, de las delgadas líneas que delimitan su ámbito. Según Rabotnikof (1998), existen elementos que nos pueden orientar a responder estas dudas, y es así como explica que lo privado es de utilidad e interés individual; es aquello que se oculta de la mirada del otro u otra, y que por tanto se encuentra más protegido, y por tanto puede ser cerrado. En el caso del espacio público, este aparece como aquello de interés y utilidad común, que pertenece al pueblo, y donde es el estado quien tiene autoridad y por tanto llega a ser político, es por tanto visible a todos y todas por encontrarse en el exterior, teniendo apertura y de acceso a quien lo desee.

Al parecer nos acercamos con esto, a una obligación a la que se somete a las mujeres como forma de subordinación y sometimiento, en la creencia y comprensión en las mujeres e incluso hombres, que el cuerpo femenino se encuentra muy lejano al espacio privado, apareciendo un cuerpo mayormente definido desde lo público, donde hombres que abusan y/o violan se sienten con los mismos derechos y atribuciones que tiene el Estado, quien a través de sus prácticas androcéntricas decide por la mujer, la fuerza, la obliga, es decir, nuevamente la viola en sus derechos fundamentales de la intimidad.

Pese a lo anterior, aparecen luces de esperanza en la lucha por la posesión corporal femenina, ya lo decía Margaret Mead (1973), que aquello que creemos “innato de un sexo” es educable y por tanto transformable. Y así como hemos aprendido una forma de ver y sentir, es posible reeducar y aprender otras formas de resignificar el cuerpo femenino, como privado perteneciente a cada mujer.

Conclusiones.

Hemos a través de este recorrido, visto como efectivamente se van perpetuando no tan solo en el  imaginario femenino sino también el masculino, aquellas impresiones sobre el cuerpo de la mujer, donde aparece éste como terreno público de abusos sexuales y violaciones contra voluntad, por el solo hecho de nacer mujer.

Vimos entonces como son incansables las intenciones que hacen pensar la conducta de la mujer de una forma, tal y como la masculinidad hegemónica la piensa para las mujeres, aparecen como estrategias de control y sometiendo la violencia sexual de género, a aquellas que intenten salirse de lugar, lugar que será recordado a través de la impresión de una experiencia de connotación sexual, la cual será recordada y asumida desde el castigo y la culpa generada por la misma mujer.

Aparece sin duda, la herencia trasmitida del cuerpo de la mujer como estática, donde es abusable y violable, herencia que sin duda es posible en el deseo y la fuerza de ser modificado, a través de estrategias que nos lleven a masificar y cambiar las preconcepciones del cuerpo de la mujer en nuestra cultura.

Quiénes son finalmente los llamados y llamadas a realizar el cambio, pues bien, todos y todas somos quienes debemos llevar a planos de discusión la ocurrencia de la violencia sexual de género, ponerlo en el tapete desde el género promueve nuevas concepciones de este fenómeno, quitando argumentación de vestimentas, lugares, y supuestas conductas, y dando más responsabilidad a la voluntad del aprovechamiento de situaciones en que es posible abusar o violar a una mujer. Ponerlo en el lugar que corresponde, como una violencia sexual de género.

Sin duda el Estado de Chile, es una agente relevante en la lucha contra estas aberraciones, en las sanciones otorgadas y en la credibilidad que se le entregan al discurso de la mujer, en minimizar las revictimizaciones, y en capacitar y exigir cada vez más a sus representantes respecto a esta temática. Ir más allá de los intentos de reparación, ir al plano de prevención y la sanción severa de estas prácticas.

Es de esperar que las violaciones hacia mujeres que tengan embarazos asociados, no se conviertan en otra forma de violar a la mujer, y que sean un espacio donde el Estado realmente promueva su garantía en defensa de las víctimas. De acuerdo a la frase que nos regala Segato (2011), podemos afirmar entonces, que el Estado nos da con una mano, lo que nos quitó con la otra, es decir, promueve proyectos de ley de interrupción del embarazo, donde la causal que nos interesa, pasa a ser la más brutal de la violaciones sentida por la mujer, la permitida y amparada violación del Estado.

Bibliografía

  • Lagarde, Marcela, (1990), “Cautiverio de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas”, México: Editorial Universidad Nacional Autónoma de México.
  • MacKinnon, Catherine, (1995), “El estado Liberal”, En: Hacia una teoría feminista del Estado, España: Universitat de Valencia.
  • Mead, Margaret, (1973), “Sexo y temperamento en las sociedades primitivas”, Barcelona: Editorial Laia.
  • Montecino, Sonia, (2003), “Mitos de Chile”, Santiago: Editorial Sudamericana.
  • Moore, Henrietta, (1996), “Antropología y Feminismo”, Madrid: Ediciones Cátedra.
  • Ortner, Sherry, (1979), “¿Es la mujer con respecto al hombre lo que la naturaleza con respecto a la cultura?”, En: Antropología y Feminismo, Barcelona: Eneagrama.
  • Rabotnikof, Nora, (1998), “Público – Privado”, En: Debate Feminista, año 9. Vol. 18, octubre.
  • Rubyn, Gayle, (1986), “El tráfico de las mujeres: notas sobre la economía política sobre el sexo”, En: Nueva Antropología. Vol. VIII, Nº 30.
  • Segato, Rita, (2001), “Género y colonialidad: en busca de claves de lectura y de un vocabulario estratégico decolonial”, En: Bideseca y Vázquez, Feminismos y poscolonialidad Descolonizando el feminismo desde y en América Latina. Buenos Aires: Godot.

 

 

[1] La anterior reflexión se comenta a raíz de la experiencia práctica por más de 10 años en la atención psicoterapéutica de mujeres tanto adultas como niñas, quienes han tenido experiencias de abuso sexual y/o violación ejercida por uno o más hombres.

[2] Dentro de las principales se cuenta el cuestionamiento al propio comportamiento, referido a las señales equivocas que se pueden haber enviado;  existencia de autoreproches respecto a decisiones de horarios y lugares que se hayan frecuentado; así como de vestimenta “insinuadora”, todo aquellos pueda haber “promovido o incitado” al abuso sexual o violación.

[3] Cabe señalar que el merecer el castigo se refiere por parte de las mujeres: hacerse cargo por haber desobedecido los mandatos y las responsabilidades personales del haber nacido mujer.

[4] Entendido como el acto de reforzar y mostrar lo relevante, en este caso supuestamente “relevante”.

[5] Me refiero con belleza cultural, a lo que es esperado como conducta del ser mujer en nuestra sociedad. Ser una señorita o señora culposa y regulada a través del autocastigo, en ningún caso será lo mismo que una puta desvergonzada, lejanamente tendrán el mismo valor.

[6] Entiéndase como el proceso psicológico por el cual se hace pertenecer a una misma, lo que realmente pertenece a otros y otras.

[7] Recuerdo repentino que se asoma a través de la reexperimentación vivida de un hecho de connotación traumática (aparecen en forma de imágenes mentales), se asocian a través de éste sensaciones de toda índole, que en el caso de las experiencias de abuso o violación sexual pueden ser imágenes fragmentadas gatilladas por distintos estímulos que recuerden inconscientemente la experiencia. Según su recurrencia, pueden atormentar a la mujer, disminuyendo un adecuado desarrollo de las actividades cotidianas. Cabe mencionar que los flashback se consideran como síntomas de estrés postraumático.

[8] Es sin duda muy tentadora la posibilidad de comentar sobre la legalidad del aborto en nuestro país, o más bien dicho, la ilegalidad de estas prácticas que se llevan a cabo de manera encubierta poniendo en riesgo a la mujer. Sin embargo, no se profundizarán por no ser materia puntual de este ensayo.

[9] Existen en la práctica una serie de problemas para probar que una violación realmente ocurrió, donde se consideran entre otros antecedentes, la probación de la utilización de la fuerza, lo cual permite configurar el no consentimiento de los hechos, esto entre otros.

[10] Dentro de estas mujeres encontramos a las que han sido violadas por desconocidos, donde la mujer (en caso de no sentirse culpable por este castigo), en ocasiones se atreve a denunciar de forma inmediata, poniendo en marcha el circuito de denuncia, el que se lleva a cabo inmediatamente luego de los hechos.

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