Cuerpos con culpa

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Resumen:
El siguiente artículo es un ensayo acerca de cómo los cuerpos, y particularmente los cuerpos femeninos, han sido moldeados en su sentir, desear y actuar a través de discursos enormemente poderosos. Estas construcciones discursivas generan imperativos que alienan a los cuerpos y los atiborran de culpa. A partir de los postulados de Foucault describo algunos elementos de la genealogía de estos discursos en torno al erotismo y argumento cuáles son los poderes que los producen. A través de las autoras Irigaray y Amorós dimensiono cómo estos discursos afectan particularmente a las mujeres, y especialmente a las mujeres burguesas. Por último, planteo que ni los discursos moralistas, con su imperativo del control de las pasiones, ni los discursos hedonistas, con su imperativo del placer, logran liberar a los cuerpos de culpa. Finalmente, propongo vencer esta disociación a través de una reconexión con nuestras sensaciones internas. Palabras claves: alienación, cuerpos, culpa, placer, poder.

Abstract:
This article is an essay about bodies, particularly female bodies, and how they have been modeled in their feeling, wanting and acting thought enormous powerful discourses. These discursive constructions generate imperatives that alienate the bodies, filling them with blame. Based on the postulates of Foucault, I describe some elements of the genealogy of these discourses about erotic, and argue which are the forces that produce them. Referring to the authors Irigaray and Amorós, I dimension how these discourses affect particularly women, and especially bourgeois women. Finally, I allege that neither the moralist discourses, with their imperative of controlling the passions, nor the hedonist discourses, with their pleasure imperative, are able to liberate the bodies from blame. At last I suggest to overwhelming this dissociation through a reconnection with our inner sensations.

Ema Fugellie Videla, Chile

Ninguna cultura ha generado tantos discursos en torno a la sexualidad como la nuestra, plantea Foucault (2000). Nuestros deseos, fantasías, conductas y sensaciones en torno al erotismo están atravesados por una multiplicidad de discursos normalizadores, moralizadores y/o liberadores. Nuestras elecciones de pareja sexual están profundamente cruzadas por nuestra socialización en la familia, en la escuela, en la comunidad, a través de los medios de comunicación, entre otros. Habitamos la ficción de que nuestra sexualidad tiene que ver con nuestra naturaleza animal, con la liberación de nuestros instintos, y creemos que cuando deseamos y sentimos lo hacemos mediante un cuerpo animal. Sin embargo, nuestros cuerpos nunca pueden dejar de ser cuerpos humanos. No tenemos la experiencia de lo salvaje porque nuestros cuerpos no pueden desligarse de los discursos que los producen y norman en forma inconsciente y, por tanto, la relación inmediata con lo natural no es posible para el ser humano. Esta relación siempre aparece mediatizada a través del lenguaje, de los discursos, de la racionalidad. La relación inmediata, por contigüidad, con la naturaleza sólo es posible en un cuadro de psicosis, caracterizado por la pérdida del juicio y el sentido de la realidad.

En este contexto quisiera plantear el tema de cómo los cuerpos, y particularmente los cuerpos femeninos, han sido moldeados en su modo de sentir y en su modo de actuar, a través de discursos enormemente poderosos. Heidegger (2000) decía que la morada del ser es el lenguaje, y esto implica que desde que nos constituimos como seres humanos nunca podemos salir de los discursos que nos construyen. La mujer al ser desvalorizada en el contexto de la cultura patriarcal, por ser su cuerpo aparentemente más cercano a la naturaleza –debido a los ciclos menstruales, los embarazos, y la lactancia- (Beauvoir, 2009), ha sido fuertemente moldeada por discursos que pueden llamarse o conservadores, o depresivos, o puritanos, entre otros. Quisiera, a través de este ensayo, tomar los postulados de Foucault en La Historia de la Sexualidad, para describir algunos elementos de la genealogía de esta multiplicidad de discursos, y describir cuáles son los poderes que alimentan esta proliferación de construcciones en torno al erotismo. Quisiera especificar, a través de las autoras Irigaray y Amorós, cómo estos discursos afectan particularmente a los cuerpos de las mujeres en general, y de las mujeres burguesas en particular, y por ende, mostrar cuáles son los andamiajes que han generado: cuerpos con culpa.

Finalmente, genero una discusión en torno a cómo los distintos discursos sobre sexualidad que buscan intensificar el hedonismo, el placer y la sensualidad, sin tener por objeto la reproducción y la mantención de la familia, es decir los contra-discursos frente al imperativo patriarcal, no han podido desalojar la culpa, pues presentan al placer como un imperativo sujeto en la ficción natural, y no como una posibilidad de experienciar y vivenciar con la totalidad del organismo desde un reconocimiento de las propias necesidades. Propongo también mirar hacia otras culturas que lean los cuerpos y el erotismo de un modo distinto, más liberador, particularmente sugiero mirar hacia la sabiduría y el conocimiento que posee Oriente en esta área.

Cuerpos, Discurso, y Poder

Foucault menciona que a partir del S. XIX se comienza a silenciar todo aquello que a prácticassexuales refiere. “Entonces la sexualidad es cuidadosamente encerrada. Se muda. La familia conyugal la confisca. Y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. En torno al sexo silencio. Dicta la ley la pareja legítima y procreadora.” (Foucault, 2000:9)

Este momento histórico tiene implicancias teóricas y políticas, ya que, junto a este silenciamiento surge una producción de discursos médicos, psiquiátricos, religiosos, entre otros, que intentan describir y normar la sexualidad, y a su vez, surgen contextos para describir exhaustivamente las vivencias personales, entonces, aparecen las figuras de técnicos que reciben dinero por escuchar las confidencias de otros acerca de su sexualidad -médicos, educadores, psicólogos, son algunos de ellos-. Se instaura un régimen donde “la puesta en discurso del sexo, lejos de sufrir un proceso de restricción ha estado por el contrario sometida a un mecanismo de incitación creciente” (Foucault, 2000:11). Entonces, ciertas prácticas tales como la sodomía, la homosexualidad, la felación, la zoofilia, la pedofilia, entre otras, comienzan a nombrarse, problematizarse, y significarse como desviaciones y perversiones polimorfas, que deben ser erradicadas de la sociedad, pues atentan contra la sexualidad heterosexual y monógama, y su meta de la procreación.

Todo deseo y toda fantasía pasa a construirse como discurso, Foucault sospecha de la afirmación que plantea que la sexualidad ha sido reprimida, pues junto a esta represión proliferan los discursos que describen exhaustivamente las prácticas sexuales humanas “¿Censura respecto al sexo? Más bien se ha construido un artefacto para producir discursos sobre el sexo, siempre más discursos, susceptibles de funcionar y de surtir efecto en su economía misma” (Foucault, 2000: 16). En consecuencia, el sexo no es juzgado, sino en cambio administrado por el poder público.

El sexo pasa a convertirse en algo que debe ser dicho, y dicho exhaustivamente según dispositivos discursivos diversos para todos, cada uno a su manera, coactivos. “Confidencia sutil, o interrogatorio autoritario, refinado o rustico, el sexo debe ser dicho” (Foucault, 2000:22). Los mecanismos de la pedagogía, de la medicina, y de la justicia, incitan, extraen, e institucionalizan el discurso del sexo. Así cada quien desde su singularidad debe articular un discurso para ser escuchado por el especialista:

¿Acaso la puesta en discurso del sexo no está dirigida a la tarea de expulsar de la realidad las formas de sexualidad no sometidas a la economía estricta de la reproducción: decir no a las actividades infecundas, proscribir los placeres vecinos, reducir o excluir las prácticas que no tienen la generación como fin? A través de tantos discursos se multiplicaron las condenas judiciales por pequeñas perversiones; se anexó la irregularidad sexual a la enfermedad mental; se definió una norma de desarrollo de la sexualidad desde la infancia hasta la vejez y se caracterizó con cuidado los posibles desvíos; se organizaron controles pedagógicos y curas médicas; los moralistas pero también (y sobretodo) los médicos reunieron alrededor de las menores fantasías todo el enfático vocabulario de la abominación… ¿No está dirigida a una preocupación elemental: asegurar la población, reproducir la fuerza de trabajo, mantener la forma de las relaciones sociales, en síntesis: montar una sexualidad económicamente útil y políticamente conservadora? (Foucault, 2000:24)

Así es como el poder logra vigilar y controlar la sexualidad humana, poniendo su mirada sobre los cuerpos, sentenciando y normando sus deseos y conductas, para circunscribir la sexualidad al contexto del matrimonio, y la generación de hijos e hijas legítimos. No obstante, lo anterior genera innumerables ganancias económicas tanto para la medicina y psiquiatría, como para la prostitución y pornografía. El poder y el placer comienzan a retroalimentarse el uno con el otro, a través, de mecanismos complejos de excitación e incitación. Mientras más proliferan los discursos que provocan, más proliferan los discursos que intentan controlar, generándose un incremento cada vez mayor de discursos en torno a la sexualidad.

Todo el aparato del poder orientado a generar una sexualidad heterosexual y monógama orientada hacia la reproducción, y por tanto, que proteja el patrimonio de las familias y la propiedad privada, y todo el aparato del placer orientado a desafiar esas mismas leyes, generan discursos que regulan el saber acerca de la sexualidad, saber supuestamente oculto, pues sólo puede revelarse frente al especialista. Poder, saber, y placer pasan a estar ligados indisociablemente, pues la voluntad de saber de parte del especialista, incita la generación de un discurso acerca del placer cada vez más complejo y desafiante.

 

Cuerpos que son-para-los-otros

La descripción que hace Foucault (2000) acerca de cómo los discursos del poder y del placer proliferan luego de que se instaura un supuesto silencio en torno a la sexualidad, nos abre la pregunta acerca de los efectos que esta generación de discursos tiene en las relaciones de género.

La sexualidad heterosexual y monógama en el contexto del matrimonio institucional supone un control sobre la mujer. Debido a su condición de generadora de vida, se debe controlar su sexualidad para que cuide de los hijos e hijas y asegure su descendencia y pertenencia a ese grupo familiar. Hegel (en Amorós, 1991), pensó la relación entre hombre y mujer como una relación de opuestos, no pensó la diferencia, ni la complementariedad, sino sólo la oposición, comparándola con la relación entre amo y esclavo, pero también reflejando su particularidad:

El privilegio del amo –dice- proviene de que él afirma el Espíritu contra la Vida por el hecho de arriesgar su vida; pero, de hecho, el esclavo vencido ha conocido el mismo riesgo, mientras que la mujer es originalmente un existente que da vida y no arriesga su vida; entre el macho y ella nunca ha habido combate (Amorós, 1991:57)

El que no haya habido combate supone mecanismos inconscientes muy profundos que mantienen esta relación sin cuestionar. Uno de los discursos que ha sometido a la mujer a la posición de madre incondicional, es el discurso acerca del amor. La mujer para constituirse como mujer, debe ser esposa y madre, y debe amar incondicionalmente a su esposo e hijos/as, por tanto, su amor es un deber abstracto, ella debe renunciar a sus deseos y necesidades particulares para constituirse como mujer (Irigaray, 1994). El hombre en cambio, ama a esa mujer singular, la cual, le permite descansar y reponerse de sus labores como ciudadano. El hombre se relaciona con su trabajo como deber abstracto y con su mujer como naturaleza, como inmediatez. La mujer le permite el descanso, administra los bienes, provee el alimento, y el placer sexual. Por su parte, ella ama como deber y no como singularidad. La mujer en este contexto se ve privada de vivenciar sus propias necesidades, y debe desarrollar una exhaustiva alerta a las necesidades de otros. Su cuerpo es puesto a disposición de las necesidades de su marido y de sus hijos e hijas, y la despoja de una propia sensualidad y de un amor singular. Esto pone en discusión el tema de los derechos:

La culpa concierne a la carencia de relaciones éticas entre sexos. Y las innumerables tareas éticas que se multiplican en proporción a la complejidad de nuestras civilizaciones, no llevan a cabo la obra que debe realizarse. Levantar la explotación existente entre los sexos para permitir que la humanidad continúe el desarrollo de su historia (Irigaray, 1994:36).

La mujer no tiene derecho al amor, sino en cambio, debe estar sometida al amor y la reproducción. La finalidad del amor no es otra que permitir a los esposos adquirir un capital familiar y un lugar privilegiado para la constitución de la propiedad (Irigaray, 1994).

El discurso de la mujer es también el discurso del depresivo en tanto, el discurso de ella es el discurso del otro. El placer del depresivo se encuentra en la satisfacción de las necesidades del otro, y el propio placer genera sentimientos de culpa y es significado como egoísmo (Amorós, 1991)

Hay un discurso que instala en la mujer la disposición a ser-para-otro. La forma en que la mujer interioriza el discurso sobre su condición, que le impone la ideología dominante, es decir, la ideología patriarcal, configura su propio inconsciente. Si el discurso de la mujer es el discurso del depresivo, y el discurso del depresivo es el discurso del otro, entonces se refuerza este deber e incondicionalidad que ella debe presentar. Por otro lado, Beauvoir (en Amorós, 1991) menciona que el hombre resuelve su angustia existencial a través de la posesión de la mujer, pues esta llena su vacío existencial otorgándole un sentido. El psicoanálisis se encarga de describir cómo se heredan y adquieren las ideas y leyes de la sociedad humana que permiten producir y reproducir este ordenamiento. La culpa tiene un lugar fundamental en el complejo de Edipo, en el niño la amenaza de castración es lo que le lleva a identificarse con el padre y renunciar a los deseos incestuosos hacia la madre. La niña en cambio, según Freud (1905 en Beauvoir, 2009), descubre que ya ha sido castrada, y por tanto, se identifica con la madre e intenta agradar al padre para recuperar simbólicamente ese miembro perdido. El psicoanálisis lacaniano ha pensado el pene o falo como símbolo de poder y el inconsciente como escritura, como discurso. Lo que la niña descubre que no tiene, nos es el pene, sino el poder, debido a su condición de género, ha sido castrada de la administración del poder, y para poder ocupar un espacio de reconocimiento, debe renunciar a sus necesidades propias y complacer las del hombre, ganando poder simbólico mediante esta ecuación.

Por supuesto, en esta posición la mujer deja de ser dueña de su cuerpo, y por tanto, el erotismo es algo que ella da al hombre, siendo el placer unidireccional, satisfaciendo sólo las necesidades de él. Las sensaciones y fantasías de su propio cuerpo las vive con culpa, y las significa como egoísmo o pecado.

La Mujer Burguesa

Volviendo a la genealogía propuesta por Foucault (2000), podemos ver que la clase alta fue la primera en generar este silenciamiento en torno a las conductas sexuales por un lado, y una exposición a la confesión de los deseos sentidos y prácticas realizadas. La clase burguesa se apropió de los discursos conservadores y sobretodo médicos que determinaron lo aceptable e inaceptable en materia de sexualidad, para construir un cuerpo específico de la clase alta, “dotado de una salud una higiene, una descendencia, una raza, una sexualización de su cuerpo, encarnación del sexo en el propio cuero, endogamia del sexo y del cuerpo” (Foucault, 2000:74). La afirmación del cuerpo, siempre ha sido uno de los medios fundamentales para crear la consciencia de clase. Y en el caso de la burguesía, la mujer se encarga de disciplinar su propio cuerpo, y de educar a sus hijos e hijas para que también sean capaces de disciplinar y controlar las bajas pasiones de la carne, de modo de preservar los bienes y el patrimonio de la familia, entre personas que detenten una superioridad moral y por un ende, un mayor prestigio.

Por otro lado, la capacidad consumidora de la mujer, funciona como un símbolo dotado de posibilidades para absorber símbolos de estatus, y por ende, promocionar la imagen del marido en una sociedad competitiva (Amorós, 1991). Es la mujer quien va a encargarse de reflejar simbólicamente el poder que detenta esa familia, perteneciente a esa clase en la sociedad. Al no ser ya la sangre el modo de validación como lo fue en la aristocracia, la burguesía debe buscar un nuevo mecanismo, y este mecanismo va a ser la generación de cuerpos pudorosos, y como conducta la elección de parejas que permitan preservar los bienes y la capacidad de consumo, y la reproducción del estatus (Amorós, 1991).

Así, la identidad cultural es construida por el poder político, la religión, y la adquisición de bienes de consumo. Ésta se logra para ambos sexos al interior de la pareja, de la familia y del estado.

La clase baja sólo es adoctrinada por el discurso moralizador y adoctrinador del cuerpo durante la segunda mitad del siglo XX, debido a que, la industrialización había generado como consecuencia un aumento de la mortandad infantil y de la promiscuidad, producto del hacinamiento y la falta de higiene, que se tradujeron en una baja productividad y una alta mortandad de la clase trabajadora (Foucault, 2000). Entonces, tanto los discursos médicos, como los eclesiásticos se encargaron de reordenar la sociedad a través del imperativo de la sexualidad monógama y heterosexual institucionalizada, lo cual permitió tener control sobre los cuerpos y sus enfermedades, de modo de aumentar la productividad de la fuerza de trabajo. Recién entonces la mujer proletaria fue sometida a esta misma disposición de ser-para-el-otro “como si” fuese naturaleza. Y su cuerpo fue atravesado por el pudor, y sus deseos y sensaciones por la culpa.

Discusión

He expuesto cómo a partir de un momento histórico en Occidente se comienza a silenciar el hablar acerca de la sexualidad, y al mismo tiempo se genera una curiosidad y voluntad de saber acerca de la misma, que se institucionaliza a través de técnicos que tienen el rol de escuchar y producir conocimiento acerca del sexo. Los complejos mecanismos del poder que buscan normar la sexualidad y orientarla al contexto del matrimonio heterosexual y monógamo teniendo por meta la reproducción, a su vez generan una multiplicidad de discursos y experiencias disidentes, que ponen énfasis en el hedonismo. El placer y el poder se retroalimentan, a través de complejos mecanismos de incitación y excitación que llevan a una proliferación de discursos en torno a la sexualidad que atraviesan y forjan los cuerpos. El discurso moralizador, tiene consecuencias en las relaciones de género, donde la mujer es dominada a través del imperativo de ser-para-el-otro, así su identidad femenina se construye en torno a la postergación de sus propias necesidades, para la complacencia de las necesidades del marido y los hijos e hijas. Por tanto, su cuerpo es habitado por un discurso depresivo, donde el placer es vivido por ella con culpa, y por ende su cuerpo se llena de pudor, y el acceso a sus propias necesidades se torna oscuro.

En el caso específico de la mujer burguesa, su cuerpo es adoctrinado para producir y reproducir el estatus de la clase dominante, simbolizado en la superioridad moral, mediante el adiestramiento del sentir de su cuerpo y las conductas llevadas a cabo, y en su capacidad de acceder a los símbolos del estatus a través del consumo de bienes lujosos. Sólo se traspasa esta moralización a las clases bajas, cuando el hacinamiento, la promiscuidad, y el nacimiento de hijos naturales comienza a traducirse en una alta tasa de mortandad y enfermedades, lo cual genera una disminución en la productividad de la fuerza de trabajo.

Si bien lo expuesto corresponde al escenario que se impone en el siglo XIX para nuestra cultura, podemos ver en la actualidad que estas construcciones no han dejado de proliferar. Los discursos médicos, psicológicos y psiquiátricos se especializan cada vez más, e intentan discriminar en nombre de la salud las prácticas más adecuadas. Por otro lado, ha habido una enorme generación de discursos que buscan intensificar el hedonismo y el placer creándose nuevas prácticas, ejemplos son; los swingers, que es la práctica de la realización de orgías donde distintas parejas pueden compartirse e intercambiarse, y observarse durante el coito, y se han generado clubes especializados para realizar estas prácticas.

Por otro lado, prácticas sexuales ilegales y vulneradoras de derechos han encontrado un espacio a través de nuevos dispositivos, como lo es el uso de Internet, para las redes de pedofilia.

Existen sexualidades periféricas y ocultas distintas a las que el discurso patriarcal impone, ejemplo son las sexualidades homosexuales, bisexuales y transexuales, que empiezan a tener cabida, y a través del activismo político, luchan por acceder a la institución del matrimonio, y la entrega de hijos e hijas en adopción, lográndolo en varios países principalmente del hemisferio norte.

Los discursos hedonistas plantean que luchan contra la represión que se ha hecho de los cuerpos. Mi hipótesis es que estos discursos y las prácticas que se proponen, lejos de liberar a los cuerpos de la represión, no hacen otra cosa, que utilizar el saber acerca de las fantasías sexuales para generar una comercialización y enormes ganancias monetarias, a través de los sexos shops, la prostitución, los hoteles especializados, la pornografía, los clubes swingers, entre otros. Con esto no quiero decir, que el discurso patriarcal hegemónico sea más adecuado, ni que estas nuevas prácticas no sean generadoras de placer, sino en cambio, quiero mostrar que se ha cambiado el imperativo de la heterosexualidad monógama orientada a la reproducción, por el imperativo del placer, y no se logra liberar a los cuerpos de culpa, pues estos discursos siguen siendo imposiciones del mercado, lejanas a las reales necesidades internas de las personas.

En la medida en que aparece el placer como un imperativo y no como una necesidad orgánica, no se logra liberar al cuerpo. Se cultiva éste a través del ejercicio físico, se manipula a través de cremas, adornos, maquillaje e incluso intervenciones quirúrgicas en nombre de la belleza, pero no se logra una conexión real con las sensaciones corporales internas. La sexualidad se transforma en un entrenamiento para realizar un tipo de performance visual atractiva, pero lejana a la experiencia vivencial, finalmente lleva a una disociación y alienación en la sexualidad.

Mi hipótesis es que para despojarse realmente de la culpa que nuestros cuerpos habitan, el camino sería volver a conectarnos con nuestros ritmos y necesidades internas. Si bien, la animalidad ha pasado a ser una ficción ya en nosotros, aún tenemos la capacidad de sentir a través de nuestros cuerpos e identificar las sensaciones que nos producen placer desde nuestras propias necesidades, y no desde los discursos del mercado del sexo. Para esto, resultaría interesante mirar el saber que tienen las tradiciones orientales acerca de la sexualidad, donde ésta se vive como un encuentro entre cuerpo, mente y espíritu, y se entrega un saber sobre el placer desde el contacto con los centros energéticos del propio cuerpo (chakras), no viéndonos como máquinas de placer, sino experimentando vivencialmente las sensaciones corporales.

La desidentificación con los discursos posibilita una conexión con la experiencia inmediata, a esto las tradiciones contemplativas llaman experiencia vivida, que refiere a un sentir de forma encarnada, que se logra mediante la práctica de la meditación (Varela, 1992). Las distintas tradiciones y prácticas espirituales de Oriente, tales como el budismo, el hinduismo, el yoga, entre otras, y los diversos tipos de meditaciones, son alternativas para superar la alienación y volver al centro, es decir, encontrarse con el propio sentir. Irigaray (1994) también propone esta mirada hacia oriente donde el vacío toma el lugar que en Occidente tiene el nombre del padre, es decir, la ley patriarcal, aquellos mandatos que ordenan nuestro aparato psíquico desde niños y niñas, enseñándonos que es lo bueno, lo malo, lo permitido, lo prohibido.

Sería interesante buscar brechas en estos otros modos de vivir la experiencia del placer, que ya no vienen mediados por discursos del mercado de consumo, sino en cambio por un reconocimiento de las propias necesidades. Occidente está tan alienado, que ya no sabemos conectarnos con nuestro propio sentir, siendo nuestros cuerpos máquinas de trabajo, máquinas de producción, y máquinas sexuales, y los cuerpos femeninos esclavos de las necesidades de los otros.

Propongo ensayar maneras de despojar a nuestros cuerpos de culpa, y liberarnos de los dispositivos de control, para volver a escuchar y volver a conocer lo que nuestros cuerpos necesitan, lo que nuestros cuerpos hablan, y no lo que habla el mercado, el estado, o la iglesia. Recuperando así, tanto hombres como mujeres, el real control sobre nuestros cuerpos, nuestras sexualidades y nuestras vidas, y por tanto, generando un erotismo encarnado y liberador.


NOTAS

[1] Ema Fugellie Videla es Psicóloga de la Pontifica Universidad Católica de Chile, diplomada en Enfoques de Género, Familias, y Políticas Públicas del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile, y candidata a Magíster en Estudios de Género y Cultura, mención Ciencias Sociales, del Centro de Estudios Interdisciplinarios de Género (CIEG), Universidad de Chile. Se desempeña como coordinadora del Programa de Salud Mental Integral del Centro de Salud Familiar Dr. Lucas Sierra, Conchalí, en Santiago de Chile.


 

Bibliografía

Amorós, Celia. (1991) ¿Feminismo existencialista versus feminismo estructuralista? En: Hacia Una Crítica de la Razón patriarcal. Barcelona: Anthopos.

Beauvoir, Simone. (2009). Capítulos I y II. En: El Segundo Sexo. Buenos Aires: Ed. Debolsillo.

Foucault, Michel. (2000) Historia de la Sexualidad I, La Voluntad de Saber. México: Siglo 21 Editores.

Heidegger, Martín. (2000). Carta sobre el Humanismo. Madrid: Alianza Editorial.

Irigaray, Luce.  (1994) El amor entre nosotros. En Amo a ti. Buenos Aires: Ediciones de la Flor.

Varela, Francisco (1992). ¿Qué significa experiencia humana? En: De cuerpo presente: Las ciencias  cognitivas y la experiencia humana (pp. 39-58). Barcelona: Gedisa.

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