Cuerpo, Género y Adicciones: Aproximaciones desde una terapia sistémica narrativa

A mediados del 2014, en conjunto con alumnos de un programa de postítulo sistémico en adultos, comenzamos a pensar en los modelos tradicionales que imperan en el tratamiento de adicciones, acogiendo una postura crítica y tensionante en torno a los mismos. Durante el 2015, hemos logrado constituirnos como un grupo de estudios con la constante participación y el compromiso de 12 integrantes, los que en la actualidad se desempeñan tanto en el área de la clínica como de la investigación. En este contexto, AdiQtasis nace como un equipo interesado en desarrollar una comprensión sistémico – relacional en el tratamiento de las adicciones. Para esto, tomamos aportes de diversos modelos teóricos, entre ellos la Terapia Narrativa, el modelo sistémico de Milán, el Enfoque de Género, concepciones del Modelo transteórico del cambio y de la entrevista motivacional. Buscamos, desde una lectura sistémica bajo la línea posmoderna relacional, abrirnos hacia la posibilidad de un espacio más amplio de intervención, generando fisuras o puntos de quiebre capaces de generar una diferencia en el formato tradicional del tratamiento en adicciones.

Existen varios grupos específicos de atención, tales como población adulta, población infanto-adolescente, población en libertad vigilada, población específica de mujeres y, dentro de la atención a mujeres, existen diferenciaciones propias como: mujeres adolescentes, mujeres adolescentes embarazadas, mujeres adolescentes embarazadas infractoras de ley y los mismos títulos pero para las mujeres adultas.

A pesar de que la psicología tiene una apertura, sensibilidad y cierta tradición vinculada a los temas de género, ella suele mantener el binarismo como marco general para aproximarse a este campo, manteniendo una deuda en este sentido, tanto en términos teóricos como en la práctica clínica. En la actualidad, la trayectoria de los estudios de género- en vínculo con los culturales, la filosofía y las ciencias sociales en general- se halla plena de discusiones, vetas, aperturas, derivas, encuentros y desencuentros en lo que respecta a categorías como “sexo”, “género”, “hombre”, “mujer”, “identidad”, “identidad de género”, “identidad sexual”, “sujeto” y otras atingentes al campo de la psicología y su práctica. En América Latina, el camino recorrido en esta dirección es rico y se halla en un proceso de desplazamientos y propuestas de diverso tipo. Para este espacio, nos interesa poner de relieve la discusión densa que se está llevando a cabo en el campo de los estudios relacionados con el cuerpo, desde perspectivas como la de la filosofía, las ciencias sociales y los estudios de género y cultura. En particular, expondremos algunas líneas generales y aspectos críticos que se han revelado en los elementos que componen el relato de “ser mujer” en un contexto determinado; contexto que se caracteriza por la existencia y permanencia de ciertas relaciones y de una cultura también acotada.

Hablar del consumo de drogas y la tramitación en el cuerpo, suele estar influenciada por una visión de cuerpo enraizada en la teoría médica, donde la experiencia del cuerpo es aislada de los procesos subjetivos y reducida a una realidad física que descarta los aspectos relacionales y simbólicos del cuerpo en la comprensión de la textura de la vida humana.

El consumo de drogas puede inaugurar una relación diferente con el propio cuerpo, involucrando una transformación, ya que cambia la percepción del tiempo y del espacio, así como la que tenemos de los otros en un contexto socio-cultural determinado. Factores como la repetición del consumo, el efecto que ejercen las drogas sobre quien las consume y las ideas que se empiezan a incorporar acerca de la misma, así como el aumento de las dosis en búsqueda del mismo efecto o de uno aumentado, las diferentes vías de administración de las drogas y la relación que se establece entre la droga y cada persona; son determinantes para comenzar a pensar en una nueva clave el tema del consumo en general. Es decir, estos elementos nos permiten considerar los relatos a la luz del desplazamiento del centro desde “las drogas” propiamente tal, hacia el análisis del uso del cuerpo mismo más que el de las sustancias.

La relación entre drogas- cuerpo- género- relaciones sociales y poder, se visualiza, entonces, compleja y abordable desde distintos puntos de vista y enfoques. En el contexto del trabajo clínico y de investigación del grupo observamos, a través de un caso, algunos emergentes en el relato de una usuaria que sitúa su relación droga-cuerpo en hitos de su infancia y adolescencia, explicando la posición en su mundo actual. En el relato aparecen experiencias de castigos corporales, gritos, maltrato y abandono en la infancia. Se nos revela un cuerpo que aprendió a defenderse de esos malos tratos sin contención ni guía, lo que determinó que buscara vínculos en los que acabó siendo un cuerpo sometido o bien un cuerpo “para otros”. En estas relaciones complejas, de sometimiento y objetivación, el cuerpo termina representando un medio o un valor de intercambio en una relación asimétrica, la que, en este caso y otros recurrentes, se establece con un otro “masculino” de mayor poder económico y social, generalmente. Pelear, consumir drogas y robar, aparecen como los mecanismos de adaptación/desadaptación que conducen a la percepción de protección/aceptación desde la experiencia corporal. Aparecen en el relato, malos tratos sufridos durante la adolescencia y que se explican desde componentes raciales y corporales no aceptados por su grupo de pares. Posteriormente, su búsqueda de “protección/aceptación” la lleva a vincularse con un grupo de adolescentes mayores en edad que ella, proceso en el que, nuevamente, carece de alguna guía o figura que le contenga. El costo de esta vinculación, se asume corporalmente mediante las peleas físicas constantes, las que se encadenan con la construcción de una nueva identidad lejana a la “niña maltratada” de antaño, en la medida que ahora asume una identificación con el grupo a través del consumo de drogas y de la práctica delictual. En el relato, su hogar se percibe como un espacio inseguro, en el que su cuerpo no obtiene ninguno de los elementos que requiere para sobrevivir y desarrollarse, lo que mantiene a la esfera pública en su vida como el espacio en el que encuentra identificación, validación y protección. Se suma a ello, el hecho de que en el hogar también ha recibido maltratos, a la vez que se los ha propinado a hermanos menores y otros.

Esta trayectoria marcada, primero, por la institucionalización en la infancia y, después, por la violencia en la adolescencia, continúa con un circuito de calle que implica una estancia prolongada fuera del hogar. Surgen en el relato, la admiración por otros cuerpos: los que se defendían, los que consumían drogas, los que vivían en la calle. Aparece una naturalización de la vida en la calle y sus dinámicas, de la mano de un sentido de pertenencia e identificación con ese grupo y su cultura. El relato empieza a mostrarnos los elementos centrales que están actuando en la constitución de su subjetividad, en vínculo con las experiencias corporales; uno de los aspectos centrales y de gran interés para el desarrollo futuro de nuestros planteamientos como grupo. Aquí, el consumo de drogas comienza a llevar el espacio del afuera como una especie de paliativo del adentro, sorprendiendo como un anestésico o un medio de abstracción con respecto a la realidad. El relato continúa revelando identificación también con las cuidadoras (mujeres) que han estado más presentes en su historia vital, aunque no necesariamente hayan cumplido roles de contención o cuidados. Aparece su madre, una madrina, una cuidadora y su delegada que actualmente le acompaña a terapia.

Drogas, cuerpo, género: Aperturas generales

Consideramos que el consumo de drogas transforma el cuerpo, la corporalidad, la vivencia del deseo y la construcción identitaria.

En el caso que brevemente hemos dado a conocer, las drogas jugaron un papel de importancia en la autopercepción corporal durante la adolescencia, determinando también relaciones sociales, vínculos y sentido de pertenencia en una “mujer” que devino en un contexto determinado y definido por una cultura particular. Esta cultura es la de la población y la de una familia que no logra tener las condiciones para otorgar los cuidados mínimos a sus miembros. Se suma a estos elementos, la falta de cuidados o, más bien el daño, recibido por una segunda figura cuidadora, la que en vez de proteger daña: la institución. Además, el relato transcurre en un contexto que incluye violencia de todo tipo, consumo y tráfico de drogas y delincuencia. Los discursos relativos al cuerpo, en la cultura antes mencionada, entran en conflicto ya que- en el caso de la normalización de la corporalidad femenina- imponen un deber ser que debiera contener prácticas o lugares comunes tales como la maternidad, el recato, cierta conducta sexual y la preocupación por la imagen corporal (sólo en una clave aceptable), a la vez que las prácticas o la vida en ese contexto impone ser de otra forma o actuar de otra forma con el fin de sobrevivir.

Después de mostrar algunos de los aspectos problemáticos de la relación droga-cuerpo-genero, consideramos necesario explicitar algunas de las facetas políticas que contiene dicha relación. Desde este aspecto, nos hacemos parte activa de la atención “a los cuerpos que a nadie le importan” (Butler, 1997), desvinculándonos de los procesos de normalización propios de los dispositivos terapéuticos. A la vez, nos sensibilizamos respecto de la micropolítica que sostienen estos dispositivos y que determinan, de hecho, roles estáticos tanto en lo que corresponde a la evaluación de la problemática de los usuarios de dichos espacios (pacientes), como en lo que respecta a las maneras estandarizadas de entender la problemática desde modelos efectivos. Estos modelos, aunque comprobados por la evidencia científica, representan una especie de “tipo” o patrón para abordar estos problemas y para conceptualizarlos, así como determina cuáles son los roles esperados de parte de los distintos operadores terapéuticos.

Frente a esto, proponemos una atención enmarcada en los modelos sistémicos relacionales, que nos otorgan acceso a una terapia posmoderna, en búsqueda de una tensión que permita abordar las adicciones sólo como un elemento o aspecto relevante dentro de una problemática más amplia. Ésta última, puede tener aspectos sociales (a nivel micro o macro) y/o familiares diversos, dentro de los cuales nos interesa enfatizar y relevar aquellos elementos a los que la adicción responde: aquello de lo que habla y desde donde ella se instala. En este sentido, proponemos una terapia descolonizadora de los modelos predominantes, una terapia dignificante y centrada en la persona; con una actitud de aceptación y empatía que busca acompañar la trayectoria generativa de su propio conocimiento.

Equipo AdiQtasis (Equipo de Atención sistémica en Adicciones)

Universidad de Chile.

Víctor Martínez S.

Coordinador

Contacto: adiqtasis@gmail.com

*El equipo AdiQtasis constituye un subgrupo que trabaja en el marco de EQtasis (Equipo de trabajo y asesoría sistémica), en el Centro de Atención Psicológica Especializada de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

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