Diferencias religiosas entre ancianos y ancianas rurales

Resumen:

El argumento central de este trabajo es que los hombres y las mujeres en edades avanzadas tienen su propia especificidad, sus propias necesidades en cuanto a sus prácticas religiosas y espirituales. En este trabajo son analizadas las formas diferenciadas en que tanto ancianos como ancianas manifiestan en su vida cotidiana religiosa rural, así como las representaciones y expresiones simbólicas que le dan sentido a su existencia. El artículo presenta un breve contexto teórico y metodológico, así como evidencias de estas diferenciaciones en contextos rurales en el centro de Veracruz. Se concluye mostrando que si bien las creencias y prácticas religiosas constituyen un sistema holístico de significación de la realidad y de orientación del comportamiento, éstas no son experimentadas igualmente entre los ancianos y las ancianas. Ello, debido a la experiencia personal y colectiva que implica una activa manifestación de su ser social a través de su identidad religiosa.

Palabras claves: prácticas religiosas, espiritualidad, vejez.

Abstract:

The purpose of this paper is to show that men and women in advanced ages have their own specificity and their own needs in relation to their religious and spiritual practices. This work analyzes the different forms in which both men and women in advanced ages express own religiosity in their daily rural lives, as well as the representations and symbolic expressions that give meaning to their existence. This article provides a brief theoretical and methodological context, as well as empirical evidence of these distinctions in rural contexts in the center of Veracruz. The article concludes by showing that while religious beliefs and practices constitute a holistic system of meaning of reality and guiding behavior, these are not experienced equally between elder men and elder women. This is due to personal experience and to a collective expression of their active social beings through their religious identity.

Key words: religious practices, spirituality, old age.

Felipe R. Vázquez Palacios. Investigador de Ciesas- Golfo.

Correo electrónico: fevaz@ciesas.edu.mx

México

Contexto

El análisis está basado en 32 entrevistas y observaciones a profundidad sobre la dimensión religiosa en casos rurales en 4 estados de la república mexicana.[1] De los sujetos de estudio el 74% se declara católico, 21% evangélico, 3% sin religión y 2% de otras religiones.[2] Tratamos de entrevistar a dos grupos de informantes, clasificados en dos diferentes rangos de edades: el primero, constituido por ancianos de 60 a 75 años, y el segundo, formado de 75 años y más.[3]

El perfil de ancianos y ancianas fue buscado entre personas que por lo general realizan muy poca o ninguna actividad. Sólo de vez en cuando salen a reparar cercas, conseguir leña, supervisar a los trabajadores o regar plantas; algunos hacen trabajos sencillos de albañilería, se dedican a cuidar casas, llevan a cabo compras en el mercado, van por los nietos a la escuela, son amas de casa; algunas trabajan como empleadas domésticas; el resto ya no realiza ninguna actividad porque ciertos padecimientos se los impiden. Por lo general habitan con sus familias, en muchos casos desintegradas, donde falta un cónyuge o están ausentes los hijos y los ancianos conviven más con sus nietos, bisnietos e incluso tataranietos.

Vejez y género

Hasta ahora, el interés comparativo de los antropólogos en el registro etnográfico de los papeles femeninos y masculinos en las diferentes sociedades se ha caracterizado por centrar su visión en las esferas de la vida social relacionadas con el parentesco, la sexualidad y la organización familiar; como espacios que estructuran y son estructurados por la cultura[4]. No obstante, los antropólogos no nos hemos abocado al estudio de la transición de la maduración en distintas sociedades, sino que hemos tenido la creencia general de que la vejez provoca un cambio gradual en las obligaciones de trabajo a la par que declina su vigor y que en las sociedades más primitivas los ancianos incrementaban su status, no sólo por su habilidad para continuar trabajando, sino también por su conocimiento de la tradición y el ritual[5].

En cuanto a la anciana, es muy poco lo que se ha dicho en los estudios antropológicos. Cuando más, se le ha reconocido su papel como abuela, con un rol pasivo y sólo se le destaca como curandera, partera, rezandera, pero cuando no alcanza a desempeñar estos roles es recriminada por su sociedad[6].

Simmons (1945) y Reyes (2002) nos fortalecen esta visión de desigualdades entre la anciana y el anciano al mostrar que en las sociedades simples (el primero) y en los contextos indígenas (el segundo) no todos los ancianos son tratados de la misma manera. El hombre recibe un trato diferente al de la mujer. Incluso, no todos los ancianos son vistos con respeto y con un status alto, como muchos trabajos antropológicos sugerían, sino que esto es reservado sólo para unos cuantos que han sido respetados por sus logros durante la juventud y continúan siendo objeto de respeto hasta su vejez.

Con los cambios que traen consigo la electrificación, las carreteras, la televisión, la radio, la escuela, la incorporación a trabajos urbanos, los avances médicos, la tecnología, entre otros, las diferencias entre las personas de más edad con respecto a las demás generaciones se acentuaron, debido a que la edad y los rápidos cambios asociados con la modernización hacen que el conocimiento de la tradición se desvalorice. Cada vez más las personas de edades avanzadas son aquéllas que no saben frente a los jóvenes que sí saben, de manera que el prestigio que los ancianos conquistaban con la edad y la experiencia al haber ejercido cargos civiles y religiosos pasó a ser ocupado por personas de edades medias. En cuanto a las ancianas, éstas se circunscribieron cada vez más a los quehaceres domésticos, el cuidado de los animales, de los nietos, cediendo espacios a la televisión en el entretenimiento familiar, aprobando el diagnóstico y cuidado de la salud a la clínica en los aspectos de curación y parto, entre otros.

No es sino hasta la aparición de los movimientos feministas, estudiantiles, que los antropólogos prestamos más atención a la desigualdad entre hombres y mujeres, así como de los roles atribuidos a cada sexo, y nos empezamos a dar cuenta que no es lo mismo envejecer siendo hombre que siendo mujer, ya que cada uno tiene su propia especificidad como construcciones sociales y culturales que exacerban las diferencias biológicas, convirtiéndolas en ejes ordenadores de la vida social.

Religión, vejez y género

Al igual que la vejez y el género, en la religión son contados los trabajos que abordan la diferenciación entre mujeres y hombres[7] y más aun con referencia a personas de edad avanzada, donde podríamos decir que estos estudios simplemente no existen. Cuando se ha abordado el rol de los ancianos y ancianas en los aspectos religiosos, generalmente se enfoca la manera como éstos actuaban en la esfera pública; se abunda sobre el papel que estas personas tienen en los rituales y ceremonias, como conocedores de la tradición y la costumbre y el meritorio respeto, obediencia y consideración de los demás (Mc Aleavey, 1982; Neiburg, 1988; Córdova, 1975, por citar algunos). Cabe destacar el papel preponderante de los hombres en cuanto al control y poder de los aspectos religiosos, así como en la ejecución, conducción y conocimiento del ritual. En las mujeres, aunque nunca de manera sobresaliente, se señala el papel de curandera, médium (Ortiz, 1990; Lagarriga, 1995), monjas[8], rezanderas y organizadoras de diversas actividades sociales y religiosas; como visitadoras a los hospitales y cárceles (De la Torre, 1995; Bowen, 1996), animadoras en las peregrinaciones, oraciones/rezos, rosarios y principales participantes en actividades proselitistas (De la Rosa, 1999; Garma, 1998), o como poseedoras de algún don espiritual como el de sanidad, el de lenguas, entre los más comunes. Muy poca atención se presta al impacto que las prácticas y creencias religiosas tenían en el ámbito doméstico, en las percepciones y comportamientos de género y en la conformación de identidades.

Es especialmente con el boom de los estudios de género en la década de 1990 que los antropólogos mexicanos de la religión incursionaron en la problemática del género (Garma, 1998; Lagarriga, 1995; Juárez, 2002, entre otros), destacando el papel activo que juegan las mujeres en las agrupaciones religiosas, restringidas siempre por el yugo y dirección de los hombres; también prestando mucha atención a las nuevas dinámicas en las relaciones de género a partir de las conversiones religiosas a otros grupos no católicos (Brusco, 1986; De la Rosa, 1999; Robledo, 2000; Motley, 2003; Juárez, 2002). Lamentablemente, en los estudios sobre la diferenciación en las prácticas religiosas entre los hombres y las mujeres este tema no aparece de manera explícita, a pesar de que se reconoce la diferenciación que existe entre ambos. Por lo general, cuando se trata el tema, se presenta relacionado a los discursos de las diferentes iglesias en cuanto al papel de la mujer y el hombre (Garma, 1998), en los efectos del cambio de adscripción religiosa y las nuevas dinámicas en las relaciones de género (Rosenbaum, 1993; Brusco, 1995; Juárez, 2003) y en el marco de relaciones sociales que este espacio provee tanto a las mujeres como a los hombres que se encuentran marginados, explotados, subyugados (Motley (2003)[9].

Prácticas y creencias religiosas diferenciales entre ancianos y ancianas

Aunque comúnmente se remarque que las mujeres y los hombres son iguales ante Dios, la verdad es que cada uno tiene su propia especificidad, sus necesidades y referentes socioreligiosos y espirituales, sus modos de estructurar sus creencias y formas de practicar sus actividades religiosas. Por ejemplo, en cuanto a la utilización del espacio al interior de las iglesias, no es el mismo el que tiene un anciano y una anciana; se diferencian según horarios y actividades. Mientras las ancianas acuden con más frecuencia a los servicios y celebraciones religiosas por las mañanas y en las tardes, los ancianos lo hacen por las tardes y noches, muchos de ellos son pasivos y a veces renuentes a participar en las celebraciones; algunas veces, forman parte de la banda o grupo musical, el cual participa en las ceremonias litúrgicas. Las ancianas se dedican al aseo y mantenimiento del interior del templo, mientras los hombres al aseo y mantenimiento exterior del mismo. En tanto los ancianos se dedican a replicar la campana y dar anuncios sobre las ceremonias religiosas, las ancianas visten a los santos; los ancianos, cuando participan muy activamente, por lo regular ocupan cargos de dirección, mientras que las ancianas por lo regular ocupan cargos de ejecución. Los ancianos sobresalen en las celebraciones cargando al santo, las ancianas resaltan con sus voces en los cantos y rezos. En algunas iglesias no católicas, las mujeres en general después de los 5 años de edad se sientan a la izquierda y los hombres a la derecha; los ancianos son los únicos que pueden estar al frente de la congregación, en tanto que las ancianas no se les permite. Las restricciones en el vestir y arreglo personal son más severas y criticadas en las mujeres que en los hombres.

La diferenciación y cosmovisión religiosa entre ancianos y ancianas, a medida que la edad se incrementa, puede tornarse imperceptible o acrecentarse debido a que los significados de la salvación, del más allá, del infierno, el concepto de Dios, entre otros, se desligan, se desgastan o se trasforman de acuerdo a la experiencia personal. Hay que anotar que constantemente los significados y símbolos religiosos de las personas de edades avanzadas se ven amenazados por las demás generaciones o, si no, se ven debilitados por la no articulación con la doctrina religiosa y la no participación en los rituales, ya sea por la inasistencia al templo, sea por discapacidad o enfermedad. Todo esto genera que constantemente se estén construyendo y desconstruyendo significados de acuerdo a la interacción social, la práctica de la fe. Al irse reduciendo la participación cúltica, el círculo social se reduce a veces a niveles íntimos o familiares únicamente, lo que deriva en transformación o reducción de ciertas prácticas litúrgicas, símbolos y significados religiosos cada vez más personales, adaptados a sus circunstancias personales. Mientras un anciano piensa más la muerte en función de lo que será de su parcela y de los animales sin su supervisión, las ancianas piensan en los nietos, en los hijos, especialmente en los descarriados, en lo que será el cuidado de su cónyuge. Algunas ven la muerte como la liberación de sus trabajos y enfermedades; en cambio, los ancianos la conciben como la ausencia, la falta de ayuda, cariño, atención. Pero las diferencias no sólo se hacen evidentes en los temores hacia la muerte y el morir, en el concepto de salvación, sino en las narraciones y testimonios milagrosos relacionados con la enfermedad, fenómenos naturales, costumbres, ritos, donde ancianos y ancianas, a través de sus recuerdos, manifiestan sus diferencias en cuanto a lo que han hecho, gozado y sufrido y lo que piensan que será su futuro. Mientras una anciana piensa en el próximo cumpleaños de algún miembro de su familia o en los preparativos de la festividad religiosa, los ancianos piensan en la estabilidad económica y bienestar familiar y en las necesidades futuras por satisfacer.

Obviamente, el proceso de adquisición, utilización y transformación de estas prácticas religiosas se ve mediado por las experiencias y prácticas cotidianas entre los individuos en los distintos dominios en los que se mueven e interactúan. De ahí que, a la par, que realizan y configuran sus prácticas religiosas a partir de los modelos que el mismo grupo religioso les ofrece y delimita; también las conjugan con las experiencias que obtuvieron en los diversos dominios en los que se mueven (fuera del campo religioso).[10] Luego, las situaciones y las explicaciones sobre su significado a sus experiencias de la vida, las formas de aprehender el mundo (consciente o inconscientemente), el despliegue de representaciones, imágenes, entendimientos cognoscitivos y respuestas están enmarcadas por percepciones culturales compartidas de su actuar cotidiano[11]. Es decir, por cualidades, actitudes y actividades que guiaron y regularon la vida y el comportamiento cotidiano como seres sociales de un momento histórico que les tocó vivir[12].

De acuerdo a nuestras percepciones en el campo, los ancianos y ancianas son los que poseen criterios más sólidos acerca de sus creencias y de las prácticas que realizan; son los que fundamentan con mayor amplitud el por qué de sus creencias; son los que realizan y participan con mayor sistematicidad en las actividades religiosas –cultos, celebración de determinadas fechas, ritos, peregrinaciones–; son los que encuentran los contenidos religiosos en mayor medida incorporados en su vida cotidiana, mediatizada por concepciones del mundo y expresada a través de racionalizaciones, creencias y explicaciones acerca de su realidad más cercana. La mayoría de ellos afirman que, cuando eran jóvenes, aunque fueran practicantes de alguna forma de religión, participaban de forma eventual en las actividades; se centraban en la resolución de determinados problemas, ya sean individuales o familiares; sus acciones se caracterizaban por ser más inmediatas y en sus argumentos no lograban definir con claridad qué beneficios recibían, ni justificaban su fe con la vehemencia con que ahora lo hacen. Acudían a su religión sólo cuando se le presentaban dificultades personales o familiares, –de carácter material, enfermedades, búsqueda de sosiego, deformación de la personalidad– que resultan “graves o impostergables”, según su visión.

…fui catequista 5 años y a mí no se me pegó nada, si usted quiere; nomás la persignada, esa sí no se me olvidó, pero yo, de oraciones y rezos y eso, nada; ora que ya no veo, quisiera saber más, pero ahora ya no puedo […], antes, cuando era muchacha, mandaba a mis criaturas a hacer su primera comunión y eso, pero ya después ya no pensaba de que fueran a la iglesia, mejor que me ayuden a arreglar la casa, no, sólo que vayan a misa y es todo…

Entrevista a Candelaria Ramos, 67 años, de Tlajomulco, Jal.

Como se puede observar, no es que las creencias cambien, sino que es el compromiso y seriedad con la que ahora se conciben, los criterios con que se evalúa y se piensa; las convicciones se vuelven más sólidas, lo que tiene como consecuencia una mayor participación en actividades litúrgicas, o que de manera individual se realicen ciertos ritos o prácticas en las que encuentran explicaciones acerca de su realidad más cercana. Cada etapa de la vida tiene, por lo tanto, su propia devoción y compromiso religioso. Con base en los datos obtenidos, esta devoción y compromiso religioso no parece ser muy fuerte y coherente en la niñez y juventud, incluso tampoco en la edad adulta, pero sí mucho más consistente en edades avanzadas.

Cabe hacer mención que el 50% de los que no asisten a actividades religiosas es debido a problemas de discapacidad física o problemas de salud que se los impide, destacándose personas de 75 años y más. Veamos las molestias que expresan los ancianos al ir a la iglesia cuando estos ya no pueden bastarse a si mismos.

A misa iba a diario, pero por mi vista y luego con la temblorina, así no; por eso oigo la misa por radio cada 8 días, es una cosa muy bonita porque explican muy bien y le dan a entender a uno de todo. Ahí nomás me acomodan el radio a las 8, y ésa es la devoción que tengo de ir a misa. Un día me pregunta una muchacha que vive aquí pa´bajo, dice: „oiga, don Lorenzo, y luego usted porque no va a misa‟, le digo „no, no voy porque ya no puedo andar casi, pa´ ocupar que me anden agarrando de la mano, mejor me estoy en la casa‟ […] Años atrás yo iba al templo y a todo, pero tengo poco tiempo para acá que ya no.

Entrevista a Lorenzo Gallegos, 75 años, de Tlajomulco, Jal.

Son los ancianos (26,7%) los que sobresalen con una mayor diversidad religiosa en comparación con las ancianas (23,5%), quienes declararon no ser católicas, lo cual manifiesta que el 76,5% de esta muestra continúa siendo católica y un 73,3% de ancianos continúan siendo católicos. Cabe señalar que es en la edad de 60 a 75 años de edad donde más se percibe el cambio religioso tanto en hombres como en mujeres.

Hay que resaltar que son las ancianas, especialmente de 60 a 75 años, las que se han encargado de ser las principales trasmisoras y guardianas de las actitudes y valores religiosos en la familia. Son ellas las que aceptan más los compromisos religiosos. En cambio, en las personas de 75 y más, encontré hombres, los que al lado de las mujeres se convierten en guardianes e impulsores de los preceptos religiosos, aunque también encontré más personas que por su enfermedad o discapacidad ya no participan ni asisten a las celebraciones religiosas.

Ahora mi religión es la Evangélica Cristiana Espiritual. Esta religión cambió por completo mi vida. Yo les digo a mis nietos y a mis hijos que no se aparten de Dios porque si lo hacen no les irá bien.

Entrevista a Antonio Bautista, 79 años, viudo, de la Iglesia Cristiana Espiritual de Mecayapan Ver. 11

Con relación a las oraciones y rezos[13], práctica común en cualquier creyente, las tres peticiones más importantes en los ancianos fueron la salud, la resolución de sus problemas y necesidades y bendiciones para su familia. En cambio, en las ancianas encontré peticiones por sus hijos, nietos y esposo, por la salud y por sus necesidades. Mientras lo que más buscan los ancianos en sus creencias y prácticas espirituales son la paz, la salvación y el perdón, en las ancianas es consuelo, salvación y compañía. Asimismo, encontré que las ancianas, aparte de creer más en Dios, son las más agraciadas con los dones y favores divinos. En cambio, los ancianos son más incrédulos y menos creyentes en la vida después de la vida, el cielo, el infierno, en los milagros, en lo que dicen los sacerdotes y/o pastores, en la participación en actividades proselitistas y litúrgicas, aunque sean éstos muchas veces los que guían o lideren estas actividades. Un aspecto interesante en la diferenciación entre ancianos y ancianas es la concepción de pecado: mientras los ancianos hacen poca alusión a éste y cuando lo hacen, lo hacen con pasión, las ancianas lo marcan más en sus narraciones como la causa de sus males y sufrimientos y resaltan su lucha en contra de éste en la vida diaria[14].

Como se podrá comprender, cada anciana y anciano tiene su historia de creencias y comportamientos religiosos, su propio acervo de principios y prácticas ligadas a sus modelos de masculinidad y feminidad que la sociedad y la cultura local ha propiciado. Incluso, se podría decir que para cada uno de los diferentes grupos religiosos es durante la celebración de la misa o el culto cuando los sacerdotes, líderes espirituales y/o pastores transmiten de manera diferencial y en diversos grados los valores y preceptos normativos más importantes para su vida cotidiana con relación a las conductas o concepciones de lo que debe ser una anciana o un anciano. Luego, las creencias y prácticas religiosas, pese a que constituyen un sistema holístico de significación de la realidad y de orientación del comportamiento, no son experimentadas igualmente en los ancianos que en las ancianas, ya que de acuerdo a la experiencia personal y colectiva que implica una activa manifestación de su ser social a través de su identidad religiosa, vemos que cada quien reelabora y revalora, produce y reproduce sus propias identidades femeninas y masculinas.

Bibliografía

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Simmons, Leo. (1945). The role of the aged in primitive society. Yale University Press.


[1] La investigación forma parte de un estudio más amplio sobre la demografía de las edades avanzadas en el que participamos varios investigadores. Me correspondió aportar a este estudio sobre el aspecto religioso. El trabajo de campo se llevó a cabo en los años de 2001 y 2002.

[2] Es útil mencionar que en Veracruz y Chiapas es donde aparecen entrevistados que no eran católicos

[3] De las 32 personas, el 90% no cuenta con ningún tipo de seguro médico, 86% no cursó estudios en ningún nivel educativo, 10% recibió instrucción primaria y sólo el 4% estudió la secundaria; más del 80% padece enfermedades crónicas y el 20% restante no tiene enfermedades diagnosticadas.

[4] Es interesante observar cómo desde los clásicos como Maine, Bachofen, Mclennan, Lubbock, Morgan y Engels se debate sobre los roles y comportamientos y organización tanto en el matriarcado como en el patriarcado, vinculando las formas de organización y subordinación femenina, especialmente con el surgimiento de la propiedad privada. Poniendo énfasis en la domesticidad de las mujeres, su pasividad, su religiosidad y su papel en la crianza y transmisión de los valores morales. Pero quizás los trabajos más conocidos son los de Malinowski (1929), The sexual life of savages y Margaret Mead, Sex and temperament in three primitive societies, los cuales nos mostraron que las percepciones sobre las categorías masculina y femenina no están determinadas por el sustrato biológico.

[5] San Román (1989), describe al anciano de estas sociedades así: “Polígamo, con las riendas del control económico y político en una mano y del poder ritual en la otra, amado y venerado por esposas y descendientes hasta el fin de sus días, depositario del conocimiento ancestral, de la sabiduría que sólo la experiencia concede en una sociedad donde sólo la experiencia daría las claves de la adaptación vital, cariñoso con los niños, educador de los jóvenes, autoridad para sus hijos y los hijos de sus padres…” (San Román, 1989:17).

[6] Así lo expresa Lombardo (1944) en su estudio sobre la mujer tzeltal en Oxchuc. Chiapas: “… en la casi totalidad de los casos, la mujer no posee nada. Esto trae como consecuencia social que la mujer, en muchas ocasiones, se convierta en un ser sin casa fija, teniendo que trabajar con alguna familia, para que le den en pago un poco de pozole para comer y un rinconcito en la humilde choza para pasar la noche y protegerse un poco del intenso frío que hay en la montaña. Estas mujeres desheredadas, ya por haber quedado viudas y sin hijos varones o por ser estériles, tienen, además de sufrir las humillaciones que hemos indicado, que vestirse con harapos que les regalan, pues nunca pueden comprar un vestido nuevo por carecer de dinero. La vida de la mujer en la vejez está todavía más llena de sufrimientos, pues vive única y exclusivamente de la compasión de los miembros de la comunidad, debido a que por su edad ya no puede desempeñar casi ningún trabajo con el cual pagar su alimento y el rincón de una choza donde dormir” (Lombardo, 1944:57-58).

[7] Max Weber consideraba que la presencia femenina era más destacada en las religiones que enfatizaban los aspectos emocionales que se vinculaban con lo divino. Destaca el rol de las mujeres en los ritos de éxtasis y ceremonias de posesión en las religiones populares. Sin embargo, señala que en las religiones jerárquicas y burocráticas el dominio masculino era evidente.

[8] Las monjas desempeñan tareas específicas para la Iglesia Católica, generalmente de apoyo a las actividades de educación y enseñanza y organización de devociones, en la cual sobresale la de la Virgen de Guadalupe.

[9] Un dato curioso de resaltar que encuentra Juárez (2002) es que parte de los trabajos que se hacen sobre esta diferenciación religiosa a partir del género son estudios de caso en los cuales se destaca que las mujeres representan el 90% de la membresía de las organizaciones religiosas. Otro rasgo es que estos estudios se han enfocado en aquellos grupos que se establecen y crecen entre los sectores marginados de la sociedad (los cuales tienen que encarar dificultades materiales y emocionales).

[10] Es útil recordar que la realidad es un proceso cambiante, recreado de manera continua por sus miembros. Asimismo, es también útil recordar que Malinowski consideraba que la religión, junto con la lengua, eran los principales sistemas modelantes que influían en la conformación de identidades. Entonces, la religión es una instancia de mediación cultural que articula las estructuras sociales con los procesos cotidianos a través de los ritos, y en éstos el mundo imaginado y el mundo vivido se fusionan en una forma simbólica (De La Torre y Fortuny, 1990). Así, los símbolos y normas difundidos por el grupo religioso pasan a integrar una parte importante en la construcción de la identidad.

[11] Los hombres y mujeres construyen su identidad a través de la introyección de modelos de identificación elaborados previamente en su sociedad. Estos modelos y los discursos que se generan alrededor de ellos regulan genéricamente los lugares sociales, las actividades, las conductas, la sexualidad, los sentimientos y los deseos; en algunos casos llegan a ser contradictorios, por lo que pueden llevar a los actores a vivir sus identidades desde el conflicto (Sánchez, 1995). Simone de Beauvoir refiere que no se nace siendo hombre o mujer sino que se llega a serlo mediante un proceso de aprendizaje por el cual los individuos internalizan los valores, modelos y normas de conducta que la sociedad atribuye a cada sexo (citada en Juárez, 2002).

[12] Aquí hay que subrayar el papel de la familia (sin dejar de ver a otras instituciones como la Iglesia o la escuela como instancias que median –orientando y delineando prácticas que posibilitan la interacción social– entre los espacios públicos y privados), a quien le ha correspondido el mayor trabajo, pues a través de la interacción con padres, hermanos, tíos y abuelos nuestros informantes aprendieron los preceptos religiosos, valores, esquemas cognitivos y modelos culturales existentes sobre lo que corresponde a cada uno y las conductas que se espera de ellos en diferentes contextos y situaciones, lo que contribuye a conformar las identidades religiosas y de género de los creyentes.

[13] Una diferenciación con las nuevas generaciones es que muchas de las prácticas como el rezar, orar o el ser bautizados, confirmados, hacer la primera comunión, entre otras, se han ido erosionando. Por ejemplo, las señoritas ya no rezan el rosario como sus madres, ni tampoco asisten a misa todos los domingos. Pero si se persignan, rara vez los jóvenes se confiesan y comulgan Lo mismo sucede de lado evangélico, donde la asistencia a los cultos, el memorizar pasajes de la Biblia, el participar activamente en el culto, ya no es de importancia para los jóvenes. El rechazo a participar en estos ritos parece una expresión de conflicto y de diferenciación hacia la generación de sus abuelos, aunque esto no quiere decir que no sean creyentes, ya que siguen encontrando significaciones subjetivas, sentimientos de pertenencia, entre otros.

[14] Otro dato curioso es que uno pensaría que a medida que avanza la edad aumentan las peticiones, pero esto no fue así, ya que la mayor carga de las peticiones está entre los 60 y 75 años edad, disminuyendo en las personas de más de 75 años. Quizás la explicación esté en que a medida que se envejece el círculo social va disminuyendo y las preocupaciones también, la responsabilidad de la familia va decreciendo dejándola en los hijos, los cuales ya tienen la rienda de sus vidas y, por lo tanto, las peticiones decrecen.

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