Representaciones de lo masculino en el cine chileno

Resumen:
El presente ensayo intenta, de manera acotada, invitar a una reflexión sobre las representaciones de lo masculino dentro de la cinematografía chilena. Si entendemos el cine más allá de un espectáculo visual para entretener a las masas y lo vemos como espejo de la vida social y sus transformaciones. ¿Qué nos tiene que decir, entonces el imaginario visual de nuestro país acerca de los hombres y los roles que han ocupado dentro de nuestra historia?

No se intentará aquí dar respuestas, sino tan sólo algunas pistas y observaciones en base a un enfoque de género. Se trata de un paseo por algo de nuestra larga y angosta cinematografía habitada por hombres, mujeres, niñas y niños que mucho dicen de un gran ser nacional.

 Tatiana Gajardo Álvarez. Licenciada en Trabajo Social- Asistente Social con mención en Desarrollo Local.

Cine como espejo de la sociedad

Jean Cocteau decía que el cine es “el sueño que todos soñamos juntos”,[1] y los sueños son un reflejo de conciencias, de almas y cosas que a veces no queremos ver.

Los sueños como películas y las películas como sueños, imágenes de un inconsciente colectivo que se dibuja a través de más de cien años de cinematografía nacional. Hijas de un periodo determinado, marcadas por las transformaciones de un Chile tan cambiante como duro. Dramas, comedias, historias muchas veces oscuras y trágicas, desaparecidos y pobres son los personajes que se repiten.

Un país marcado por la pobreza y el autoritarismo, primero en el campo y luego en la ciudad. La dictadura como evento marcador y del que pareciera no haber perdón ni olvido. Mujeres y hombres victimas, villanos, heroínas y madres sufrientes, pobres de cuerpo y alma, abandono y tragedia parecen marcar este gran sueño colectivo.

Pero, ¿cómo han sido estos hombres? ¿Qué nos muestra el cine, ese tremendo espejo de nuestra imagen? ¿Cómo se han ido configurando las identidades masculinas en este escenario irreal? Si el cine es reflejo de la sociedad y las películas son un espejo de nuestra idiosincrasia, ¿qué nos dice nuestro cine de los chilenos?

En un país como el nuestro, donde no existe una industria cinematográfica y el cine se va construyendo película a película, resulta algo difícil tratar de sacar conclusiones sobre el ser nacional a partir de las imágenes filmadas en nuestro suelo. Pero para eso se hacen las películas. De una forma u otra, todas, malas o buenas, debieran servir para revelar algo de nosotros mismos.

No será éste el lugar para encontrar respuestas, sólo un vistazo a nuestros protagonistas del sueño del cine chileno.

Lo masculino en el cine chileno: Del patrón de fundo al hombre en crisis; huachos y marginales en el camino

Desde los albores del cine chileno el campo ha sido el escenario primigenio donde se desarrollaron las primeras historias de nuestra memoria audiovisual. País hijo de un sistema feudal-patriarcal, el patrón de fundo y el huacho emergen como los primeros personajes masculinos del cine chileno.

Ya en 1925, en “El húsar de la muerte”, aparece con especial importancia el personaje del Huacho Pelado, un adolescente huérfano adscrito a las milicias de Manuel Rodríguez. El huacho aparece así como personaje fundador de la visualidad chilena. Niños y niñas abandonados en el campo chileno, y luego en la década de los ’60 recorriendo las frías calles de las ciudades como es el caso de “Valparaíso mi amor” (1969; dirigida por Aldo Francia), que sigue el periplo de un grupo de huérfanos en la ciudad portuaria, y “Largo Viaje” de Patricio Kaulen (1967), cinta en la que un pequeño niño recorre el gran Santiago en completa soledad, buscando el alma de su hermano muerto.

Retomaremos más adelante la figura del huacho. Es necesario antes detenernos en el personaje que da origen a éste, pues ¿de dónde vienen tantos huachos? No es sino de una paternidad terrible y ausente, de un padre tan atemorizador como añorado: el patrón de fundo.

La mano dura del patrón y la cara amable del “picado de la araña”

El modelo de masculinidad hegemónica (entendida como el modelo dominante de masculinidad y referente con el cual los hombres están constantemente contrastando su identidad) que se puede observar en el imaginario visual chileno tiene la voz fuerte y ronca, de su boca nunca sale una palabra amable, dirige a punta de látigo la vida de los demás y consigue lo que quiere a cualquier precio. Son los patrones de fundo, los terratenientes que no solo comandan las tierras sino que el destino de hombres y mujeres a su servicio.

Ésta es la realidad, Julito…

Es Don Julio (Felipe Ravat), de “Julio comienza en Julio” (1976, dirigida por Silvio Caiozzi), quizás el ícono de este modelo, patriarca de la poderosa familia de latifundistas de los García del Castaño y padre de Julito (Cristóbal Meza), a quien, para su cumpleaños número 15, le organiza una enorme fiesta donde la atracción principal son las meretrices del pueblo. Julito conoce y se enamora de María (Shlomit Baytelman), la más joven de las prostitutas, sólo para sufrir una dura lección sobre el orden impuesto por la clase a la que pertenece y que le deja claro que hay mujeres de las cuales no se pueden enamorar y que el único modelo de hombre aceptable es el de su padre. Autoritario y temible, la imagen de Don Julio es la del padre protector pero severo hasta la crueldad con sus inquilinos y con su regalón Julito, a quien hay que enseñarle, a costa de romperle una ilusión, cómo es la realidad y qué es lo que se espera de un hombre de su estirpe.

Nuevamente en un escenario campesino transcurre “Historia de Lagartos” (1988, dirigida por Juan Carlos Bustamante). Esta película nacional, una de las mejores de la década de los ‘80, consta de tres episodios. El último de ellos, “Antón”, trata sobre un despechado viejo capataz de fundo (Roberto Espina) y su violento encuentro con una mujer que lo ha rechazado. No acostumbrado a que una “china” se le niegue, la violenta sexualmente como forma de castigo por su desobediencia. El viejo capataz explicita así, como elemento configurador de esta identidad masculina, el sexo como la extensión de las estructuras de dominio y como forma de castigo hacia las mujeres.

Patrón de fundo es Pablo Casas-Cordero (Willy Semler) en “El desquite” del año 1999 y dirigida por Andrés Wood. La huérfana Anita (Tamara Acosta) queda al cuidado de Casas-Cordero quien más tarde la convierte en su amante. Cuando se entera que espera un hijo, o sea, que lleva en su vientre un huacho, el patrón la repudia y la abandona en el campo. Nuevamente la bestialidad, el sexo como dominio sobre la mujer y el repudio del huacho que él mismo engendró marcan la identidad masculina de Pablo Casas-Cordero.

Quizás quien mejor encarna la versión moderna y urbana del patrón de fundo es Don Pascual (Alejandro Trejo), de “Los debutantes” (2003, dirigida por Andrés Waissbluth). Dueño de una boite capitalina, impone mano dura a la tropa de mafiosos de baja monta que trabajan con él y usa su poder económico para aprovecharse sexualmente de Gracia (Antonella Ríos) una joven toppletera del lugar. No son las tierras, es el dinero lo que le otorga poder a Pascual, pero su masculinidad sigue el ejemplo de los patrones de fundo y repite esa manera de ser hombre. En su misma senda está “El jefe” personaje interpretado por Nelson Villagra en “Paraíso B”, de Nicolás Acuña. Patrón de fundo del gran Santiago, hace de los barrios de Independencia su fundo e impone su mano dura. Temido y respetado, controla la vida de un grupo de apostadores amateurs y somete sexualmente a una mujer como forma de pagar una deuda familiar.

¡Alarma de piscola!… El “picado de la araña” o la cara amable del patrón de fundo

El patrón de fundo dio origen a una manera de vivir lo masculino que se le parece pero ha devenido en una versión más naif. El picado de la araña, el viejo fiestero y “chucheta” proviene de ese hombre de buen pasar, que cuenta con recursos económicos y que ejerce dominación en su grupo familiar o social. Es el hombre de doble vida, el que tiene familia o más de una y que demuestra su masculinidad a merced de conquistas sexuales y juergas masculinas. Es el padre de Pelado Infante en “Viva el novio”, interpretado por Jaime Vadell, el viejo cuico y raja diablos que hace reír a costa de denotaciones hacia la mujer y que aconseja a su hijo que no se case, y que no importa que una mujer espere un hijo de él ya que un huacho más o uno menos da lo mismo.

Es el mismo Vadell que repite el personaje en “Padre Nuestro” (2006, dirigida por Rodrigo Sepúlveda), la comedia dramática que relata las últimas horas de un picado de la araña. Un padre que dejó a su familia para irse con otra mujer intenta recuperar el tiempo perdido, y en una noche de recorrido fiestero entre bares y putas busca la redención. La película de Rodrigo Sepúlveda se convierte, sin quererlo, en una interesante radiografía de una masculinidad perdida: la de los viejos herederos de terratenientes, esos que tienen “catedrales y capillas” y que dejan atrás mujeres sufridas, familias deshechas y huachos abandonados pero que con su simpatía y buen humor logran la complicidad secreta de la sociedad.

También es hijo de esta herencia Álvaro (Álvaro Rudolphy) en la taquillera “Sexo con amor” (2003, dirigida por Boris Quercia), un joven empresario casado que prueba su masculinidad a costa de múltiples aventuras sexuales, pero que pierde los estribos cuando supone que su mujer embarazada le está siendo infiel. A pesar de lo cuestionable de sus acciones, se convierte en uno de los personajes más recordados por su chispa y sus burdas divagaciones sobre el amor y el sexo.

La versión adolescente de este picado de la araña es Fele (Benjamín Vicuña), el galán de “Promedio Rojo”, de Nicolás López. Fele es todo lo que el sensible Roberto odia (quizás espécimen de lo que llaman “nueva masculinidad”), pero es todo lo que sus compañeros quieren ser. El mino popular, con novia nueva cada semana, seduce a la recién llegada Cristina y la deja con un hijo del que no piensa hacerse cargo.

Será esta imagen del patrón de fundo, con sus matices posteriores más livianos y graciosos, una de las fundadoras de lo que se entiende por masculinidad en nuestro país y de la tipificación de características esperadas de un hombre. Es su mano dura pero protectora la que por décadas se le exigió a gobernantes y a padres de familia. Ya veremos cómo es el huacho el que marca una nueva forma de machismo y de identidad masculina en nuestro país.

Huachos pelados y marginales

Otro personaje masculino clave dentro de nuestro imaginario visual es el huacho, el mismo que abandonó más de un patrón de fundo. Huachos pelados, cabros chicos callejeros abandonados a su suerte, hombres desamparados y entregados a la violencia.

Sonia Montecino ha trabajado arduamente en torno a la figura del huacho. Para ella, nuestro país se ha fundado como nación en la contradicción entre las madres presentes y los padres ausentes. La figura del huacho ha acompañado el nacimiento de nuestra república y todo lo que se ha venido para delante. Huachos campesinos, huachos urbanos, abandonados por el padre y la sociedad.

El historiador Gabriel Salazar, en su notable trabajo “Ser niño huacho en la historia de Chile”, afirma que el huacho funda, por autodefensa, el machismo nacional y lo ha prolongado con distintos énfasis y matices.

El huacho se constituye así en un referente de masculinidad de nuestra sociedad, imagen que ha sido recogida por el cine, muchas veces casi sin quererlo ni con estudios o investigaciones de por medio. El cine, después de todo, sólo muestra lo que ve o aquello que se esconde pero que existe.

Señalé anteriormente que en 1925, en “El húsar de la muerte”, aparece con especial importancia el personaje del Huacho Pelado, un adolescente huérfano adscrito a las milicias de Manuel Rodríguez. Huachos han sido los gañanes y campesinos de casi toda la cinematografía nacional de principio del siglo pasado. Huachos son los niños con los que se topa el pequeño protagonista de “Largo viaje” (1967) en su periplo por la ciudad en busca de su hermanito muerto. Huachos son los niños de “Valparaíso mi amor” de Aldo Francia, hijos de un padre ladrón y presidiario que sobreviven en las calles del puerto abandonados también por un Estado que debió protegerlos. Prostitutas y maleantes son los padres adoptivos de estos “cabros chicos” sucios y mal hablados, posiblemente los mismos que de grandes dejarán en el camino a mujeres abandonadas y nuevos huachos para la historia.

En el libro “Explotados y benditos: Mitos y desmitificación del cine chileno de los ‘60”, de Ascanio Cavallo y Carolina Díaz, se afirma que el huacho por antonomasia del cine chileno es José del Carmen Valenzuela Torres, protagonista del “El chacal de Nahueltoro” (1969). Para los autores, la cinta desarrolla como ninguna el fenómeno del huacho. José del Carmen no sólo es un niño que creció sin padres y que se hizo hombre entre los gañanes del campo, sino que, a fin de cuentas, en un huacho social y estructural. Tan sólo antes de su ejecución José del Carmen recibe educación, protección y rostros más amables que a la vez participan en un juego perverso de proteger al huacho para después deshacerse de él.

Ahora se acuerdan de los locos…ahora que estamos todos locos

El cine de los noventa retoma nuevamente la figura del huacho, pero de un huacho urbanizado, metido en los barrios periféricos de la ciudad y haciéndose hombre en la calle junto con amigos también huachos.

Es el caso del Niki de “Caluga o menta”, personaje angular del cine noventero y protagonista de la que es considerada la película más social de la época. El Niki y sus amigos, según Ascanio Cavallo en su libro “Huérfanos y perdidos”, purgan una condena social con un final tan incierto como sus vidas, y esta condena procede de la condición de jóvenes huachos, abandonados y pobres. Personajes inmóviles que no van para atrás ni para adelante, y que sobreviven en un estado de marginalidad perpetuo.

El abandono de una generación de huachos jóvenes que sólo se vinculan de manera delictual con la sociedad y que ante la seudo-preocupación del Estado representado en un funcionario municipal no tiene más respuesta que la ironía rabiosa del “ahora se acuerdan de los locos… ahora que estamos todos locos”.

La figura renovada del huacho sólo parece ser atendida cuando éste transgrede una norma social o delinque. Es el caso de Johnny, el escolar asaltante de la taquillera “Johnny cien pesos”. Como otros jóvenes, Johnny sólo ha crecido con su madre, una asesora del hogar que ya está cansada del mal comportamiento de su hijo. Estudiante de un colegio “basurero”, ve que su único futuro pasa por el delito. Una vez que se ve envuelto en un mediático asalto, el marginal Johhny se transforma en una figura pública y foco de preocupación para las autoridades.

Huachos sociales que construyen su vida y su hombría en medio de la inopia, la violencia y la indolencia social.

Hombres en crisis: los machos tristes de los ochenta y los depresivos del nuevo milenio

El cine de los ochenta se caracterizó principalmente por tener un alto contenido político y por ser un medio de denuncia ante los abusos de la dictadura de Pinochet. Si bien eran películas de oposición, muy pocas mostraron personajes masculinos cuya ira por el contexto se volcara de manera poderosa y proactiva. Fueron más bien hombres pusilánimes y en crisis los que aparecieron en las pantallas de cine de esa década.

Si pensamos en personajes como “El Gordo” de “La luna en el espejo”, el “Pelado Infante” de “Viva el novio”, “Pedro” de “Imagen latente”, “Bruno” de “Hay algo allá afuera”, y el “profesor Ramiro Orellana” de “La Frontera”, nos encontramos con personajes masculinos torturados y sufrientes bajo el yugo de un padre castrador en la casa y en el país. La ley del padre no engendra otra cosa que hombres conflictuados, sumergidos en la abulia.

Mientras el Gordo en la película de Silvio Caiozzi sufre por la dictadura interna de un padre viejo y enfermo que desde su cama lo vigila todo, Bruno, personaje interpretado por Luis Gnecco, vive el conflicto de asumir quién realmente es en “Hay algo allá afuera”, de Pepe Maldonado. Por su parte, “Viva el novio”, en tono de comedia, sigue el recorrido del Pelado Infante, un hombre que no quiere asumir sus compromisos. Menos cómica es la historia de Pedro, de “Imagen latente”, fotógrafo que intenta reconstruir la imagen de su hermano desaparecido relacionándose con las amantes de éste, en un vía crucis doloroso y oscuro como el que vivía Chile en ese entonces.

“La frontera”, la cinta chilena más premiada internacionalmente, tiene a un pueblo de hombres tristes hasta donde llega a cumplir exilio quizás el más triste de ellos, Ramiro Orellana, profesor de Estado acusado de terrorismo y condenado a cumplir una particular prisión en un lejano destino, pueblo marcado por el maremoto y el miedo a la naturaleza que los hombres no han podido doblegar, mujeres que lloran hijos muertos y hombres que bailan entre ellos para mitigar la soledad.

Es decidor que casi ninguna de las películas producidas en Chile durante los ’80 y a comienzos de los ’90 haya tenido como protagonista masculino a un héroe o guerrillero, como ha pasado con el cine de otras latitudes producido en períodos de dictaduras o en contextos tan crueles como el vivido por Chile.

Si acudimos a algunos estudios sobre masculinidad podemos comprender en parte los orígenes de esto y de la llamada crisis de la masculinidad. José Olavarría, en su trabajo “Hombres e identidades: Crisis y globalización”, expone una serie de cambios en el contexto macrosocial a partir del golpe de Estado de 1973 que afectaron profundamente a las masculinidades. Entre ellos cabe destacar, para efectos de este ensayo: a) a nivel económico, la inestabilidad y flexibilidad laboral; b) la desarticulación de los espacios de homosociabilidad.

Me detendré brevemente en este punto ya que al ser estos espacios de construcción de la masculinidad a un nivel colectivo, su desarticulación impactó en las masculinidades de lo cual fue un espejo la cinematografía de la época. Para Olavarría, hasta los setenta existieron cuatro espacios fundamentales para la homosociabilidad: el lugar de trabajo, los partidos políticos, los sindicatos y la “noche”. La masculinidad construida y reforzada por los pares pronto quedó a la deriva. Los trabajos precarios, la inestabilidad económica y la imposibilidad de cumplir con el rol proveedor, sin acceso a la participación política y sin lugares de diversión fueron dando paso a un hombre en crisis, a sujetos masculinos solitarios y nuevamente abandonados; como decía el escritor Darío Oses, hombres en la condición de machos tristes.

El cine del nuevo milenio y la odisea de crecer

Mucho se ha hablado de un nuevo cine chileno, el que están haciendo las generaciones jóvenes. Generación cinéfila, educada en escuelas de cine, desligada a veces de las temáticas política y social y más cercana a un cine indie de historias mínimas y universos personales. La emergencia de mujeres cineastas es otra marca nueva de este periodo.

Si nos fijamos en algunos de los personajes masculinos de este nuevo cine nos encontramos con herederos de machos tristes y el miedo a crecer como temática recurrente. Sobrepasados por las exigencias del medio y marcados por la búsqueda de la identidad, los nuevos personajes masculinos del cine son hombres entrando a la treintena, con altos niveles de educación y con presencias femeninas muy fuertes. Pero algo los desgana y parece asustarlos, parecieran aludir a una orfandad lejana y vacíos interiores.

La estética se renueva, pero no así el fondo de las historias. “El entusiasmo”, de Ricardo Larraín (1998), tiene en el centro del conflicto a dos amigos que soñaron alguna vez tener una república independiente, pero que han sido separados por la sed de éxito y dinero de uno de ellos. Los amigos son parte de la generación de fin de siglo, una generación quebrantada y que, según Ascanio Cavallo, es una “generación que quiere ajustar cuentas con padres que la abandonaron en el yermo paisaje de la derrota y de la violencia”.

Haciendo una elipsis hasta el nuevo milenio me referiré a cuatro cintas que coinciden en estética y en la generación de sus directores, y que además tienen como protagonistas a hombres jóvenes muy parecidos entre sí. Me refiero a “Paréntesis”, “Se arrienda”, “Play” y “La sagrada familia”.

En “Paréntesis” (2005), de Pablo Solís y Francisca Schweitzer, tenemos a “Camilo”, un hombre ad portas de los treinta años que duerme de día y trabaja de noche en un video club. Es prácticamente mantenido por su padre y la poca estabilidad que tiene se la otorga Pola, su novia. Serán las intenciones de terminar la relación por parte de Pola lo que provoca en Camilo una crisis de identidad y de sentido de la vida que solo resolverá gracias a la aparición de otra mujer, una adolescente algo bipolar que le ordena la vida.

En “Se arrienda”, del mismo año y bajo la dirección de Alberto Fuguet, un hombre muy parecido al anterior es el protagonista del filme. “Gastón”, músico que no se hizo famoso antes de los 30 años (lo que era su sueño), regresa a Chile pero no sabe qué hacer de su vida, mientras ve que sus amigos traicionaron sus ideales. El miedo a seguir por la senda de sus amigos lo tiene inmovilizado y sin objetivos. Nuevamente, será la figura de una mujer más joven que él la que le dé un norte a su vida.

Si las mujeres jóvenes parecen ser las que están dando sentido a los vacíos existenciales, es a veces la pérdida de una mujer la que desemboca la crisis. Es el caso de “Play”, de 2005 y dirigida por Alicia Scherson. “Tristán” es joven, tiene un buen trabajo, buen departamento y una vida plena, pero cuando es abandonado por su novia todo se le va a pique y comienza un extraño deambular por el Santiago más luminoso que se ha visto en nuestro cine. Los traumas de infancia, la ausencia de referentes generacionales y la soledad lo hacen ir de un lado a otro en busca de algo que ni él mismo sabe. Como en los anteriores ejemplos, el coincidir, en este caso indirectamente, con una joven lo hace despertar del letargo y retomar su vida.

En “La sagrada familia”, premiada cinta de Sebastián Lelio, el personaje protagónico “Marco” (“Marco” hijo) parece tenerlo todo, pero lo consume la personalidad vehemente de su ambigua novia y el exceso de ego de su padre, a los que finalmente termina asesinando. Su refugio será la silenciosa Rita, muchacha que, tal como las anteriores, en medio de su silencio y simplicidad pareciera esconder los secretos de un futuro al que tanto temen.

Hombres que parecen mirar con angustia y ansiedad los nuevos tiempos versus mujeres que parecen tener las cosas claras y que son capaces de enrielar y descarrilar, al mismo tiempo, la vida de los hombres con los que cruzan rutas.

Por un lado está la ausencia de padres y de referentes masculinos, pero también está el escapar de ellos. El dejar de lado la omnipresencia del patrón de fundo y el machismo de los huachos. Hombres construyendo una nueva identidad en medio de un contexto a veces caótico y solitario.

La masculinidad es así entendida como un desafío que asusta y como una construcción constante, y que parece ser un momento crítico en la vida de los hombres del presente, tanto así que desanima y deprime. Creo que lo que el cine nos muestra en estos momentos es un hombre a medio construir, que intenta despojarse del pasado para dar paso a una nueva masculinidad que se ve casi siempre difuminada, pero que sea más acorde con las vidas del presente.

Lo que he propuesto ha sido un acercamiento, un ver más allá de las historias y los personajes de nuestra tradición cinematográfica, un cine que, como la vida y las identidades de hombres y mujeres, se va haciendo y re-haciendo a cada rato y donde no existe solo una mirada, sino que miles de ojos y latidos.

[1] Citado por Gubern, R. (1983). Cien años de cine. España: Editorial Bruguera.

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