La transmisión culinaria femenina como una posibilidad de acción política

Resumen:
Este artículo intenta trazar aproximaciones sobre como la transmisión culinaria entre mujeres constituyen una operación que puede leerse como acción política. La cocina como parte prioritaria de la cultura y en específico los saberes alimenticios son entendidos como dimensiones y espacios que ponen en escena nuestras estructuras sociales y simbólicas profundas. Este manuscrito entonces, revuelve la noción de política, la crítica o por lo menos la cuestiona, apostando a formular relatos menos excluyentes que posicionen horizontes de mayor igualdad. Para ello nuestro marco referencial escogido fue la Antropología del Género que indaga precisamente en las construcciones identitarias desde las relaciones sociales y con sentido de poder para dar cuenta de un tipo de discurso cultural y relevar la diferencia, sin asignarla como desigualdad.

Abstract:
This article deals with cooking transmission among women and how this process can be treated as a POLITICAL ACTIVITY. Cooking (cuisine), an important part of the culture and specifically the food knowledge is considered the space where our social and deep symbolic structures are displayed.Then, this article, change the meaning of politics, critize it or at least discuss it, by means of reports with more equanimity horizons and less exclusion or rejection.Therefore, Gender Anthropology is our reference frame where the identitary constructions are studied from social relations and with de power to raise a cultural meditation so as to release the differences, without treating it as inequality.

Carolina Franch Maggiolo: Antropóloga, Universidad de Chile. Magíster en Estudios de Género y Cultura, Universidad de Chile.

Los primeros años de mi vida, los pasé junto al fuego
de la cocina de mi madre y abuela, viendo como estas sabias mujeres,
al entrar en este recinto sagrado se convertían en sacerdotisas,
en grandes alquimistas que jugaban con el agua, el aire, el fuego, la tierra,
(…). Lo más sorprendente es que lo hacían de la manera más humilde,
como si no estuvieran transformando al mundo a través del poder purificador del fuego, como si no supieran que los alimentos que ellas preparaban
y que nosotras comíamos permanecían dentro de nuestros cuerpos por muchas horas, alterando químicamente nuestro organismo,
nutriéndonos el alma, el espíritu, dándonos identidad, lengua, patria”[1].

En este artículo [2] me propongo de manera somera, trazar algunas posibles aproximaciones sobre como la transmisión culinaria entre mujeres constituyen una operación que puede articularse como acción política. Se trata de una reflexión o tal vez un deseo, que intenta mostrar una trama que de cuenta de cómo los traspasos de un conjunto de saberes alimenticios sobrepasa las dimensiones y lugares asociados a las recetas y a la cocina, instaurándolos como un espacio desde donde se escenifican aquellos pliegues escondidos de nuestras estructuras sociales y simbólicas. En este sentido, lo que intento hacer comparecer es una revuelta de la noción de política pensada solo en lo público y entre cuerpos varoniles, postular y posicionar los “patios traseros” y los “otros” cuerpos que han creado cultura y que se evaden o excluyen en términos económicos, políticos, religiosos e históricos. Desde los traspasos culinarios las mujeres, presentan una manera de morar en el mundo, de conocerlo, de pensarlo y sobre todo de cómo narrarlo, por ello, este manuscrito instala la crítica o por lo menos un cuestionamiento, que sirve para desmostar algunas invisivilizaciones, emprendiendo nuevas búsquedas por un horizonte de mayor igualdad entre los seres humanos.

La Antropología del Género fue el marco referencial escogido para afrontar este desafío, diálogo y discusión. Por ende, las ideas fuerzas que presento nos remiten a interrogantes culturales profundas donde nuestras construcciones identitarias, nuestras relaciones sociales y con sentido de poder se ven apeladas, puestas en tensión- develadas.

Si bien, la reflexión esbozada surge básicamente de los relatos registrados durante una serie de terrenos entre el año 2008 y 2009 de las mujeres de clase alta de la ciudad de Osorno, constituyendo la fuente protagónica desde donde se gestaron estas palabras, los trabajos de campo realizados en la zona norte (ciudad de Arica e Iquique), y centro (Santiago y Región de Valparaíso), denotan igualmente que las mujeres al interior de la cocina y desde la cotidianidad articulan un vinculo potente entre transmisión culinario y lo femenino como experiencias identitaria que opera en la constitución de una memoria.

Comenzaremos entonces por explicitar este nexo entre cocinar y transmitir- que es el tropo donde algunas mujeres, se instalan y disponen como guardianas de la tradición, como creadoras- reproductoras de la cultura., y desde ahí otorgan una posible respuesta ante la excluyente fraternidad (pacto que en los inicios y aún hoy, incluye a los varones- hermanos- frater) y que ha regido el espacio público. Si bien esta transmisión femenina es mayoritariamente inconsciente, la historia tradicional-oficial comienza a quedar interceptada por un nuevo hilo, por el género, palabra “tela” que presenta un contexto “otro” con distintas “costuras”, un nuevo tejido que se vincula con la cocina para instaurarse como instancia afectiva y reflexiva de la construcción de sí.

Es así como las historias familiares teñidas por y desde el género, amalgamada en las diversas transmisiones de los saberes culinarios, se presentan como espacios disponibles para el entendimiento de los discursos culturales y específicamente identitarios, contradiciendo el postulado de carácter nimio que hasta ahora se le ha otorgado. La letra minúscula o los pies de página que daban cuenta de ellas, hoy se proponen como relatos protagónicos.

Así, entre divagación y divagación, he trasladado mi computadora, aparece la frase “huyendo de la cama al living”[3] de Charlie García, yo “huyo-refugio” del living a la cocina (proceso inverso para sujetos opuestos, el hombre va a lo más público de la casa, yo, mujer, voy a lo más femenino de ella). Como opción política he querido reflexionar de la cocina, en la cocina y nutrirme aquí de los escritos que presento. Las páginas o más bien el computador, se impregnan del orégano, menta y albahaca; sumado al nuevo aliño picante que compró mi novio, me gusta creer que estos olores acompañan el proceso de escritura. Mi renovada cocina, puesto que hace muy poco sufrió los embates de una reestructuración profunda, se ha presentado como el mejor territorio para dar cauce a mis pensamientos.

Del horno, a 180°C de temperatura saco una tibia idea, a medio cocinar las figuras griegas de Penélope[4] y Antígona[5] adquieren nuevas interpretaciones. Guiso-invoco los mitos como relatos explicativos y por tanto como producción- representación de experiencias colectivas para entender esta constitución de lo femenino- político desde nuevos ejes.

La primera, Penélope, como esa mujer paciente que teje y desteje, “uniendo retazos”. Su historia es el proceso mismo de bordar, urdir la espera, trenzar su constitución de sujeta. La mano (anatómica) y “la mano” (como el don de preparar platos exquisitos), se coloca como un fragmento corpóreo (material) y simbólico fundamental, tal como lo es para la cocinera, como lo es para la tejedora, como lo es para la escritora. ¿Qué es la escritura sino la posibilidad de transformación, al igual que la cocina, al igual que el tejido- costura? Lo que cambia no es la constitución de estas sujetas como creadoras y productoras, sino solo los formatos que utilizan, Penélope buscará la tela, las cocineras, los alimentos y la escritora, donde podría estar yo, el papel… todas para armar y desarmar nuestras memorias, nuestro género, para posibilitar nudos identitarios en estos “otros” lugares.

“La mano” (entendida ahora como la mixtura entre lo anatómico y el don) como posibilidad del hacer, quehacer creativo y liberador, como aquello que registra, talla; lo que permite la transformación de la mujer en una fabricante, artesana, productora cultural (homo faber superado). La mano como sello característico que otorga identidad a quienes ejecutan y realizan -determinadas preparaciones, determinados escritos, determinados tejidos- marca registrada, que en estas letras obtienen prestigio y poder, potenciando la opción de ser sujetas soberanas, con la posibilidad de constituir un proyecto y ser capaz de pensarse desde la trascendencia y no como lo inmanente[6].

En el caso de Antígona, la reflexión alude a que como mujer tensiona el concepto mismo de política, lo lleva a su límite, al promover una ética de la costumbre y del cuidado, ética de la tradición familiar y religiosa (espiritual). Antígona para Hegel es solo eticidad, un ser en sí, no consciente que sigue la norma moral de su época, sin embargo, lo que se postula desde esta óptica es entender que su acto, (de dar entierro a su hermano a pesar de la prohibición, poniendo en riesgo su propia vida) es justamente el rechazo radical a entender que las leyes del Estado están por sobre las otras leyes. Lo legítimo no opera con designaciones autoritarias, la impronta desigual de esa jurisdicción asociada a lo singular- culto a la muerte- es cuestionada por Antígona, quien en su acción la redime y coloca en una posición de caracteres diferentes pero iguales en valorización.

Ambas ejemplifican, por una parte, un tipo de trabajo, aquel que como labor se hace constantemente y no termina nunca, rutina invisibilizada y por otra, como un tipo de política, una desde lo personal como postuló Julieta Kirkwood[7] en sus escritos. Las rebeldías de estos personajes han permitido nuevas aproximaciones teóricas con respecto al concepto de poder y saber, tornándolos como territorios a los cuales se los transgrede como únicamente masculinos, y aparecen como alternativas, desde nuevas ópticas. La ley escrita, ya no solo como la única fuente de justicia, la Historia (history, historia de él) como una versión más de otras tantas posibles. La propuesta de una historia femenina (herstory[8]) se abre paso colándose por pequeños intersticios, como filtraciones, que pudiesen generar brechas y cambios en la valorización y reconocimiento de parte de las mujeres. De este modo lo privado- doméstico, la tradición familiar y lo femenino como portador de ello, tildado como lo pre-político, comienza a mirarse, a leerse desde directrices y signos, entendidos y relevados ahora, como políticos[9]. Éste campo entonces no puede pensarse como un ámbito divorciado de lo cotidiano, reproductivo y social. Se hace urgente una apreciación conjunta de ambos espacios y en mi opinión, ese es uno de los aportes más radicales de la práctica feminista, práctica que trata de reproducirse por medio de estas páginas.

El ingreso de la mujer a lo público-político ha significado que se vigile con cautela la intromisión de la extraña, de hecho, en nombre de tales precauciones, se ha combatido con dureza la lengua materna de madres, abuelas, sirvientas, siendo designadas y a la vez reprochadas, como mito, proverbio, refrán, chisme o habladuría sin asidero. No obstante, lo anterior, pone a configurar un lenguaje autónomo y depurado que expresa sin equívocos sus categorías de género, clase, etnicidad, generación y territorio, desde el cual se propone una política. Así, la transmisión culinaria y lo femenino, emerge como un idioma levantado por las mujeres desde un espacio, las cocinas, promoviendo la incardinación (Violi, 1991)  en los cuerpos, singularizado personas y hechos, que tiene como consecuencia erigir un carril paralelo, volcándose en un registro emancipado que convoca un tipo de pertenencia y cohesión para quienes logran formar parte.

Lo anterior, también desenmascara que la jerga actual es producto de un matricidio, del asesinato de la protomadre[10] como diría Kurnitzky, el cual ha sido borrado de la historia. La orfandad por parte de las mujeres, en específico de las investigadas por mí, se hace notar en el discurso oficial- gubernativo y es por medio de la cocina que se representa y restituye a esa madre originaria (lengua materna), provocando que la nueva narración de nosotros/as tenga conciencia de la exclusión, que como mujeres, han (hemos) tenido del mundo social. De golpe se me viene el texto de Mercedes Valdivieso que al hablar de “los secretos de la cocina” justamente inicia su relato con la interpelación de una niña que no entiende por qué las mujeres quedan ausentes de la historia. Los secretos de la cocina lo que hace es justamente silenciar (dejar en el espacio del secreto) la mutilación pública de un registro, de una mano, de una voz, de una letra, la de un cuerpo.

“Una tarde cualquiera una niña se me acerca y con cara de extrañeza, sino de molestia, me pregunto por qué casi no aparecía ninguna mujer en los libros de historia de Chile. Sorprendida ante la inquietud, no dudé en confirmarle que las mujeres habían hecho un gran aporte a la construcción de nuestro país. Que mucho antes que fuéramos descubiertos participaban en las tareas de recolección y alfarería; que en la Independencia fueron valientes y osadas para declamar sus deseos de libertad; que con la llegada del siglo XX salieron a las calles a reclamar su derecho a voto… En fin que han sido ellas las que de mil maneras diferentes han permitido que Chile se fuera haciendo una tierra más integrada y justa. ¿Por qué entonces no aparecen?, insistió la niña. Y entonces me vi obligada a responderle que el aporte de las mujeres no ha sido suficientemente valorado por la sociedad. Más todavía, que en muchos casos, éste ni siquiera ha sido conocido” (Valdivieso, 1993: 9).

Como nueva conjetura, la transmisión femenina-culinaria emerge como la capacidad de movilizar una serie de cuerpos, en especial cuerpos de mujeres, y a la multiplicidad de relaciones sociales y de poder, dinámicas y vínculos que ellos encarnan o, como utilizamos anteriormente, incardinan. Asimismo instala un tiempo cíclico, no lineal que restituye antiguas parentelas, convocando una amalgama de tradiciones, hechos y sujetos/as.

Las mujeres que cocinan y transmiten su conocimiento, dan cuenta de este “linaje bastardo” por lo no reconocido, desvalorizado, deslegitimado. Pero desde la resistencia reestructuran un patrimonio cultural y lo posicionan como un registro-dato-reconocimiento de lo negado, como un lugar de almacenamiento particular, reservado para ellas, pero a la vez, como la posibilidad de ejercer la palabra, el dominio y de constituirse como las propietarias de un saber.

Así este género-genes-genética, engendrado de la relación (¿sexual- amorosa?) entre femenino – alimentación, establece la encrucijada vital para la instauración de linaje y herencia, expresada en un habla que no se estructura como albergue moralizante, sino como relatos biográficos, autobiográficos que anudan saberes fracturados- mixtos- múltiples. Los olvidos (pensados y diseñados como tales por parte de las instituciones y sistemas políticos- educativos) vuelven a emerger desde las mujeres, desde sus platos y preparaciones, para dar cuenta de una memoria que conforma un sustrato y experiencia colectiva que escasamente posee impronta escrita y de la cual pocos/as dialogan. Como diría Montecino:

“La cocina, hoy más que nunca, se nos presenta como aquel espacio para entender nuestro trasfondo mestizo, es decir, los movimientos humanos que implican cruces, resistencias, conflictos y pugnas entre la tradición y el lenguaje, gestos y subjetividades. La cocina nos propone pensar las maneras en que hombres y mujeres se relacionan y cómo en nuestra cultura chilena se impactan, se amoldan o crean nuevas formas de relacionarnos” (Montecino, 2007:137)

La cocina es la instancia y espacio apropiado por lo femenino, hallándose (descubriéndose) y posicionándose como portadora de una memoria, es ahí donde comenzó su trabajo de buscar referencias legitimas y generar una narración a su origen (femenino) hasta ahora sin ubicación simbólica.

Es así como la intención que se esconde, pero a la vez se refuerza por parte de las mujeres, es que florezcan nuevos nombres, ya no solo los del padre, no solo el apellido, sino más bien nombres propios. El recuerdo aparece como una forma de documentalizar lo que existió, da cuenta de esa genealogía que no pertenece al discurso oficial, pero que posee asidero claro en ellas. La mantención expresada en cada plato, en cada comida, no solo involucra por tanto, una reproducción biológica, energética o con función nutricia, sino también de historia (herstory). Las tradiciones culinarias traspasan aquellas recetas de antaño, logrando mantener lo típicamente familiar. De ahí que muchas preparaciones suelan estar investidas con los apellidos y/o personas de las cuales provienen. Generaciones pasadas se invocan y aglutinan con las del presente, para ser “comidas” también por las futuras. Rito que reinstaura lo cíclico de los tiempos de vida y de muerte.

Por tanto, producir cocina es producir cultura, los motivos de sobrevivencia se han estudiado de alguna manera[11], pero en este caso particular, se demuestra como la cocina es a la vez, una arquitectura amorosa, de poder y de prestigio, que da cuenta de los vínculos y relaciones entre los géneros e intragénero. La alimentación y sus figuraciones, muestran el sitio de lo propiamente humano, los miedos, sacrificios, odios, amores, deseos, frustraciones, restituyendo con ello, los nudos de la condición y existencia identitaria que se niegan. Por medio de las transmisiones culinarias las afectividades, los conocimientos, las funciones y roles sociales se condensan y funden en espesas elaboraciones y densos maridajes.

Las marcas identitarias de género y clase (etnia- raza) poseen un correlato en platos y preparaciones que establece quienes somos, cómo nos concebimos y nos relacionamos, fundando en algunos casos la posibilidad de entenderlos como gesto, discurso y acción política. La cocina es una forma de identidad cultural y proyecto que tiene como desafío posicionarse. Tras la transmisión de los saberes culinarios hay una clara dimensión de voluntad y afirmación que las mujeres han utilizado para dichos fines y que tiene una larga data. Ya es hora de levantarla y mostrarla en su plenitud.

Ahora bien, no podemos desconocer, que esta resistencia al discurso y representación oficial por medio de la herstory y sus consecuentes genealogías, también adquiere por parte de algunas mujeres el sostenimiento de esencias fijas en la construcción femenina. Los mandatos de género y clase-raza no logran romper con hegemonías instaladas y muchas veces las reedifican. Sería muy inocente de mi parte desconocer aquello. Sin embargo, lo que se desea es presentar puntos de vistas entre la alimentación y lo femenino desde la perspectiva de género, entendiendo la construcción que dicha relación implica, sus cambios y permanencias. El género se rehúsa a mostrarse como una “tela” lisa, plana y liviana, todo lo contrario resalta más bien las distintas hebras y texturas que componen lo sexual, la clase, la etnia, la territorialidad, etc.

La cocina ya no como lugar de reclusión o exclusión de la comprensión, sino como lugar de control y de saber, como una de las más temidas armas femeninas, que se une de manera indisoluble con la capacidad de contar- relatar- traspasar ( tiempos, personas, espacios). Mano y boca asociadas en el trazo de una memoria, contradiciendo con ello, el postulado de que solo la razón y la cabeza, que instala Descartes en el siglo XVI predominan para la fundación del conocimiento y el acceso a él.

Por medio de la alimentación y su relato-transmisión se dota de sentido compartido, negando la posibilidad de quedarnos sin historias y por ende, negando la muerte social, porque para transmitir se necesita de algo o más bien alguien que adquiera el conocimiento y que luego sea el/la encargada de traspasarlo. La cocina no permite dentro de su estructura dinámica, por ende, el individualismo, lo colectivo es pilar basal para la construcción en y desde la alimentación-transmisión, el diálogo funda el proceso mismo y la cocina aparece como el relato colectivo. Sé que un diálogo entre dos no basta para fundar lo social, pero la experiencia que se sucede en la cocina puede servir de precedente, ya que sin experiencia a la cual remitirse, no habría sentido y significación para este relato.

Apelar a este fundamento se tornó vital y deseoso ¿listo para servir? Lamentablemente creo que deberé seguir sazonando aún más mi preparación- especulación, agregándole ingredientes puesto que sigo encontrándolo desabrido… pero estoy segura de que si hombres y mujeres fuésemos educados desde horizontes de respecto, de creatividad colectiva en nuestros modelos de género, tendríamos plataformas más igualitarias, pero no por ello homogéneas entorno a las identidades. Provocar y gestionar cambios culturales en esa dirección atañen a la cultura como morada de la existencia, a nuestras experiencias compartidas y sobre todo a la interpretación de éstas.

Generar una provocación textual que aspira al reconocimiento y por qué no, a la reconciliación entre espacios, lugares y territorios que permitan tránsitos libres sin represiones ni represalias, sin vigilancia y castigo[12], sin discriminaciones que amplíe el concepto de ciudadanía y de derechos, de poder y política removiendo sus pilares de construcción. Esta apuesta reflexiva justamente intenta generar nuevas cartografías que potencien la consideración de un sujeto femenino, la dueña de casa, la cocinera, la tejedora, la escritora, la trabajadora ya no simbolizado como lo pre-político, sino como otra posibilidad de acción política y que desde ahí si incluya su singularidad, diversidad y diferencia en el terreno hasta ahora esquivo de lo público- político y no como “lo fuera de escena”.

Bibliografía

Amorós, Celia. (1985). Hacia una Crítica de la Razón Patriarcal. Ed. Anthropos. Barcelona.

Esquivel, Laura. (1998). Íntimas Suculencias. Tratado filosófico de Cocina. Madrid: Sudamericana.

De Beauvoir, Simone. (1977). El Segundo Sexo. Ediciones Siglo Veinte. Buenos Aires.

Foucault, Michel. (1998). Vigilar y Castigar. Siglo XXI. España

Kirwood, Julieta. (1990). Ser política en Chile: los nudos de la sabiduría feminista. Cuarto Propio. Santiago.

Kurnistzky, Horst. (1992). La Estructura Libidinal del Dinero. Siglo XXI Editores. México.

Montecino, Sonia. (2007). Madres y Huachos. Chile: Catalonia.

Valdivieso, Mercedes. (1993). Los secretos del Gusto: La Cocina. SERNAM. Santiago

Violi, Patricia. (1993). El infinito Singular. Ediciones feminismos. Madrid.

[1] Esquivel Laura. Íntimas Suculencias. Tratado filosófico de Cocina. Ed. Sudamericana. Madrid. 1998. Pág. 15-16.

[2] Este texto surge de las participaciones y experiencias que he tenido el privilegio de compartir  junto a Sonia Montecino Fondecyt Nº 1030567 “Cocina y cuisine en tres regiones de Chile: Género, símbolos e identidades” (2003) y Nº 1061198 “Continuidad y ruptura en la transmisión de los saberes culinarios en tres regiones de Chile. Una perspectiva desde la construcción simbólica del género” y actualmente en el proyecto Anillo SOC-21de Estudios Interdisciplinarios de Género y Cultura.

[3] Canción del autor-compositor argentino Charli García, rock, de los años 90’.

[4] Penélope es esposa de Odiseo, rey de Itaca con el que tiene un hijo, Telémaco. Después de la guerra de Troya Ulises tarda veinte años en regresar. En el intertanto llega a la isla la falsa noticia de su muerte. Como consecuencia, aparece una enorme cantidad de pretendientes con  la intención de desposarla nuevamente. Esta no cree que su marido muriese, para ello decide tejerle un sudario a su suegro, Laertes, teniendo como pretexto que no contraerá vinculo alguno hasta no terminarlo. Así Penélope durante el día teje y por las noches deshace el trozo tejido, engaño y artimaña que le permite ir ganado tiempo. Hasta que un día es delatada por una criada, los pretendientes deciden obligarla a elegir, cuando oportunamente Ulises retorna. Después de una matanza por parte del héroe a todos los hombres que pretendieron a Penélope, ambos pasaran la noche conversando sobre lo ocurrido todos estos años. Para mayor información revisar http://www.supercable.es/~jaimemorente/Clasica/dioses.htm

[5] Antígona es hija de Edipo y Yocasta, hermana de IsmeneEteocles y Polinices. Los dos hermanos varones se encuentran constantemente luchando por el trono de Tebas. Hasta que un día Eteocles decide quedarse en el poder después de cumplido su período, con lo que se desencadena una guerra, pues, ofendido, Polinices busca ayuda en una ciudad vecina, arma un ejército y regresa para reclamar lo que es suyo. La guerra concluye con la muerte de los dos hermanos en batalla, cada uno a manos del otro, como decía la profecía. Creonte, entonces, se convierte en rey de Tebas y dictamina que, por haber traicionado a su patria, Polinices no será enterrado dignamente y se dejará a las afueras de la ciudad al arbitrio de los cuervos y los perros. Los honores fúnebres eran primordiales para la ideología griega ya que el alma de un cuerpo no debidamente enterrado estaba condenada a vagar. Por tal razón, Antígona decide otorgar los ritos fúnebres a su hermano, rebelándose así contra Creonte, su tío y suegro (pues estaba comprometida con su hijo Hemón). La desobediencia acarrea para Antígona su propia muerte, condenada a ser enterrada viva, evita el suplicio ahorcándose. Por otra parte, Hemón, al ver muerta a su prometida, tras intentar matar a su padre, se suicida en el túmulo, abrazado a Antígona; mientras tanto, Eurídice, esposa de Creonte y madre de Hemón, se suicida al saber que su hijo ha muerto. Este mito se encuentra disponible en

http://www.supercable.es/~jaimemorente/Clasica/dioses.htm

[6] Propuesta que Simone De Beauvoir discute de manera extensa en su emblemático texto “El Segundo Sexo” donde se afirma que la mujer no logra constituirse como sujeto al no poseer ni hacerse parte un proyecto.

[7] “Ser política en Chile: Las feministas y los partidos” (1986), siendo reeditado en año 1990 por la editorial Cuarto Propio con el nombre “Ser política en Chile: los nudos de la sabiduría feminista”

[8] Historia de ella, en contraposición al término History, historia de él, de lo masculino, de los vencedores. Esta reflexión aparece en el texto de Celia Amorós “Hacia la crítica de la razón Patriarcal” cuando analiza una nueva interpretación del mito de Antígona y que también es remirada por la profesora Cecilia Sánchez en el Magíster de Género y Cultura, Mención Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

[9] Los movimientos políticos de las mujeres en Chile, sobre todo los encabezados por la agrupación de Detenidos Desaparecidos, promulgan el reconocimiento de todos aquellos “desaparecidos” y olvidados, lo político radica justamente en la intención reiterada, de que esto no se olvide. Su lucha y afirmación voluntaria, cotidiana es dar y mostrar los nombres de los que no están, hacerlos patente desde el rostro, de ahí la foto pegada en sus pechos, que cada mujer coloca de manera precaria con un alfiler. Otro elemento que estas mujeres, en particular, las madres de la Plaza de Mayo, Argentina, han utilizado en sus protestas es el paño blanco en sus cabezas, el que simboliza el pañal, trapo- tela- género para expresar su maternidad desgarrada por la soledad ante sus hijos ausentes. Las mujeres en estas luchas se construyen como el recuerdo de esas genealogías rotas y arrancadas violentamente. Su tarea es el trabajo constante de dar cauce y continuidad; de recuperar la memoria, a pesar del quiebre, de legitimar una herencia por dolorosa que sea. Mujeres- sujetas que demandan el respecto a los derechos humanos con utensilios domésticos, su tránsito de la casa a la calle no las despoja de su constitución como madres y de su domesticidad, la política se impregna de lo productivo-reproductivo.

[10] Este autor en “La estructura Libidinal del dinero” da cuenta de un interesante aporte sobre el sacrificio y como este primer sacrificio es el de la madre, contradiciendo la tesis de Freud con el asesinato del protopadre.

[11] Las mujeres que han teorizado sobre desarrollo desde la perspectiva MED (mujeres en el desarrollo) han dado cuenta de cómo la cocina es un recurso de autofinanciamiento y emprendimiento por parte de las mujeres, además de una fuente notable de organización entre las mismas.

[12] Frase que tomo prestada del conocido texto de Michel Foucault “Vigilar y Castigar”

 

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