Intervención activista feminista, abordajes desde la psicoterapia grupal con mujeres jóvenes de Valparaíso

Resumen:

En este texto describo cómo he ido repensando el ejercicio de la psicoterapia grupal a partir de la aplicación de la metodología de investigación activista feminista, y cómo esta nueva mirada sobre el quehacer clínico y su aplicación concreta, genera transformaciones profundas en la vida de las mujeres jóvenes. Esta reflexión surge de la articulación entre la acción práctica del trabajo psicoterapéutico grupal con mujeres jóvenes en Valparaíso y el aprendizaje del curso virtual denominado Fundamentos de Metodología de Investigación Feminista impartido por SIMREF (Seminari Interdisciplinar de Metodología de Recerca Feminista).

Palabras claves: Salud Mental, Teoría Feminista, Psicoterapia Grupal.

Abstract:

In this paper I describe how I have been rethinking the practice of group psychotherapy from the application of the methodology of feminist activist research, and how this new look at clinical work and its practical application, generates deeply changes in the lives of women youth. This reflection arises between the joint action practice of group psychotherapy practice working with young women in Valparaiso and virtual learning course called Fundamentals of Feminist Research Methodology conducted by SIMREF (Seminari Interdisciplinary feminist methodology recerca’s).

Keywords: Mental Health, Feminist Theory, Group Psychotherapy.

Carolina Lafuentes Leal. Feminista y psicoterapeuta; magíster en Formación Psicoterapéutica Psicoanalítica en Salud Mental para el Sistema Público, Universidad de Barcelona; profesora de la Universidad Andrés Bello, Viña del Mar; integrante de la Red Interdisciplinaria de Estudios Feministas y de Género de la Universidad de Valparaíso; activista de la colectiva feminista La Huacha de Valparaíso. carolina.lafuentes@gmail.com.

Para pensar la relación entre la intervención psicológica y el activismo feminista, intentaré articular reflexiones que nacen de mi experiencia en diversos espacios, tales como: la colectiva feminista La Huacha, el espacio académico universitario y la consulta y su quehacer clínico.

Recuerdo un intercambio que tuvimos en el curso de Fundamentos de Metodología de Investigación Feminista. Aquí expuse que la investigación para mi requiere sentarse, sistematizar, escribir, reflexionar, metodologiar, desarrollar un proceso. Los datos, situaciones y experiencias que he recolectado a partir de las terapias y del activismo, me invitan a formular preguntas y articulaciones entre el patriarcado y la salud mental de las mujeres.

La idea que surgió en los debates del curso acerca de la domesticación científica, me permite pensar en cómo hemos asumido que la investigación “válida” se encuentra en lo objetivable, comparable, haciéndonos creer que la relevancia de una investigación tiene que ver con datos duros que describan el fenómeno y con su rigurosidad objetivable.

En cambio, la investigación activista feminista (IACF)[1] nos viene a compartir otra forma de hacer investigación, porque no es androcéntrica, sexista ni jerarquizada. Además, reconoce que los procesos de investigación no son neutrales.

En este sentido, me parece relevante la propuesta de Biglia (2005: 416): La trascendencia de una investigación hacia los espacios políticos no la han de determinar las investigadoras sino las personas que la leen y deciden usarla para sus fines. Es tan empoderador ver que el material que producimos es reutilizado cuanto es peligroso intentar que nuestros saberes guíen la lucha en cuanto supuestamente ‘científicos’”.

La IACF no quiere normativizarse en una nueva “jaula metodológica”, sino constituirse como posible punto de partida o tránsito que debe ser adaptado a las características de cada investigación, así como las peculiaridades de las subjetividades que la habitan (Biglia, 2005: 417). Una investigación de este tipo invita a un proceso colectivo, sin límites objetivables, que incluya explícitamente la importancia de las subjetividad. Todo ello me hace pensar en el trabajo del movimiento feminista (y también en el que yo realizo), que históricamente se re-inventa sobre la historia y la memoria, se hace colectivo y libre de fronteras.

Otra inquietud sobre la relación entre activismo e intervención surge desde el rol de profesora que he desarrollado en un curso electivo de formación clínica de la carrera de Psicología, titulado Salud Mental y Teoría Feminista. Esta experiencia, que también tiene un área de práctica de intervención en violencia en un centro especializado, ha permitido abrir nuevas perspectivas a estudiantes en su quehacer clínico, dado que hemos podido cuestionar los diagnósticos y sus patologías, y reflexionar acerca del fenómeno estructural de la violencia en una sociedad patriarcal.

En dicho curso, las y los estudiantes han podido construir nuevas preguntas de investigación, basadas en conceptos como: violencia sexual, violencia simbólica, violencia obstétrica, homosexualidad, maternidad obligatoria, entre otros. En este sentido, un grupo de estudiantes, luego de realizar una sistematización de su experiencia, concluyen que “un aspecto de la intervención dice relación con la necesidad de preguntarse por la posición del profesional, la perspectiva con la que mira esta intervención y desde qué lugar se posiciona para ‘acoger’ a la mujer violentada. Se cree necesario tomar atención y crear pretensiones de investigación en lo que se ha denominado ‘la primera acogida”.

La terapia es otro espacio en el que me acerco a una IACF. Los años de práctica terapéutica realizados principalmente con mujeres jóvenes, me han hecho reflexionar sobre el origen de sus malestares y sufrimientos psíquicos, y he podido visualizar que las causas de estos malestares se entrecruzan directamente con el lugar de incomodidad que invaden sus historias. Ante sus relatos, he ido cuantificando y cualificando en mi cabeza los frecuentes sufrimientos de las mujeres, como la baja autoestima, inseguridad, miedo, dependencias, amor romántico y violencia (y sus múltiples formas), malestares que podrían tener un origen común: el patriarcado instalado en un sistema de clases.

Desde aquí es posible comprender e interpretar con elementos nuevos y una disposición amplia esas historias que circulan en el espacio de encuentro. Cuando en tiempos pasados sólo acudía a la psicología y a la teoría psicoanalítica para responder a los diagnósticos y las demandas institucionales, las respuestas para aquel malestar subjetivo se acercaban a la psicopatologización, o bien a un ejercicio de comprensión de las estructuras de personalidad donde la inclusión de condiciones materiales, sociales, políticas, económicas y culturales no son consideradas como determinantes en la salud mental de las mujeres.

En este sentido, sostengo que la terapia convencional es bastante limitada para abordar las molestias que las mujeres cargan al momento de llegar a tratarse: inseguridad, autoestima “baja”, dificultad para tomar decisiones, no saber qué se desea, quedarse en el vacío con respecto a proyectos personales, no gustar de si, no conocerse, devenir en madres (algo que se ve como “instintivo”) y olvidarse de ser mujer, entre otras. En este marco, Ximena Castro (2013: 83) comenta: “los profesionales de la salud mental deben adaptarse a nuevas modalidades de atención que están regidas por criterios de eficacia y eficiencia, en detrimento de otros principios terapéuticos respetuosos de la singularidad y de la responsabilidad subjetiva de quienes manifiestan una dolencia psíquica”.

En las terapias grupales que realizo, intento enfatizar la importancia de la subjetividad, sabiendo que para las ciencias objetivas ésta queda reducida a manuales de diagnóstico que sólo facilitan su cuantificación.

Ahora bien, para deconstruir las relaciones de poder, el androcentrismo en las ciencias, en lo lingüístico, en lo discursivo, es pertinente hablar de la diferencia sexual como categoría de análisis, dada su implicancia política de transformación social. Se trata de un concepto que va más allá de una perspectiva de género, dado que ésta es una categoría reduccionista, que no tiene un alcance analítico para deconstruir el sexismo y la reproducción de relaciones de poder.

Por tanto, asumo una posición feminista al reflexionar sobre el ejercicio de la práctica psicoterapéutica. Creo que es posible acercarme a una investigación activista feminista (IACF), cuyo fundamento se origina en los postulados de la investigación-acción, las enseñanzas de la epistemología feminista y los aprendizajes de la fase empírica del trabajo (Biglia, 2005: 417). La autora nos ofrece y explica cómo no atraparse en esa “jaula metodológica” ni en la normatividad de la investigación, sino más bien en cómo desde nuestras prácticas iniciamos un proceso de búsqueda y tránsitos interactuando con las peculiaridades de las subjetividades que se conjugan en ella.

Psicoterapia grupal desde una posición feminista

 Me di cuenta que ahora me siento más completa,

como que antes no, solamente pensaba en mi soledad,

me sentía muy incomprendida por las personas,

tenía miedo a relacionarme con la gente

y ahora en mis proyectos pienso que todo me resulta bien,

quiero viajar, conocer gente y cosas nuevas,

no apartarme, relacionarme con las personas

hasta el punto que yo quiera, yo poner mis límites, decidir mejor…

aquí (en terapia) me di cuenta que yo no era la única distinta,

que somos varias las distintas.

(Relato de una joven estudiante al término de terapia grupal)

La teoría y la práctica feminista me han permitido encontrar respuesta a muchas dudas que se enquistan en los cuerpos y vida de nosotras las mujeres en una sociedad patriarcal y neoliberal.

Aún no he realizado una investigación activista feminista acabada que abarque esta intención de demostrar, a partir de los discursos subjetivos, cómo el patriarcado se hace carne en la vida psíquica de las mujeres. Por el momento, voy de curiosa entre libros y autoras con experiencias en la clínica y en los sistemas de atención de salud, considerando también mi propia experiencia y otras formas de hacer terapia desde una posición feminista.

En esta búsqueda me he encontrado con la psicoanalista Sara Velasco, quien ha sistematizado de forma clara y práctica diversos puntos en el abordaje terapéutico con mujeres. En su libro “Sexos, género y salud” (2009) propone un método para la práctica clínica con un enfoque de género (como mencioné, cuando aludo a género, intentaré resituarlo en la diferencia sexual, en tanto sus implicancias subjetivas y develamiento de las relaciones de poder que generan). Velasco propone para el trabajo con la subjetividad ciertos lineamientos en las intervenciones: devolver la palabra a las y los pacientes, escucha activa, reconocer al sujeto paciente como alguien que tiene el conocimiento sobre sus padecimientos, valorar su saber y experiencia, potenciar las posibilidades de expresión del/la paciente y su participación en las decisiones, encaminar y potenciar a la/el paciente con sus problemas de salud.

Esta propuesta, quizás obvia para algunas personas, es fundamental a la hora de pensar la terapia, dado que, por una parte, evita la patologización y medicalización de la vida y, por otra, invita a descubrir procesos de autonomía y autoconocimiento. En este sentido, la relación de interdependencia entre teoría y práctica, uno de los once supuestos propuestos por la IACF, permite pensar los relatos que se enuncian en el espacio terapéutico desde su nivel cotidiano y a veces rutinario. Es una experiencia que debe tener su retorno también, es decir, que aquellas que relatan, que enuncian, que explican sus malestares y sufrimientos, tengan ese acceso y oportunidad para comprender dónde se sitúa su malestar, abriéndose a la posibilidad de comprenderlo como una experiencia colectiva y generalizada, que la teoría feminista se ha ocupado en pensar y desarrollar.

No es casualidad que en las últimas sesiones terapéuticas aparezca la pregunta por el feminismo y en ocasiones la intención de acercarse a este movimiento para iniciarse como activista. Esto me hace pensar en cómo el feminismo es una experiencia terapéutica liberadora para muchas mujeres, que abre la posibilidad de actuar desde el deseo interior y no desde el deber ser, e invita a construirse como sujeta política.

La experiencia y acción que relato tienen una localidad y espeficidad al momento de referirme a las mujeres. Se trata de mujeres jóvenes, en su mayoría entre 20 y 30 años, que habitan en Valparaíso; muchas son de regiones (que se han trasladado por estudios), de clase media con acceso a la universidad a partir del endeudamiento, heterosexuales (en su mayoría) y lesbianas.

Aquello que en otros espacios se denomina psicoeducación (para saber tomar decisiones, encontrarse, pensarse, reconocerse), para las feministas se llama autoformación y grupos de autoconciencia (Malo, 2004: 22). He intencionado el espacio de terapia grupal en este sentido, observando en efecto una experiencia intensa y profunda cuando seis u ocho mujeres se encuentran, escuchan, comparten y visualizan el malestar colectivo.

Marcela Lagarde (2000), en su libro “Claves feministas para la autoestima de las mujeres”, nos explica la importancia de trabajar la autoestima, dado que tiene un sentido político ligado a la acción emancipatoria y libertaria de las mujeres; ésta es parte de la identidad personal y se encuentra profundamente marcada por la condición de género –diferencia sexual– que determina en gran medida la vida individual y colectiva de las mujeres, a la vez de manera positiva y nociva. Repensar la autoestima desde el feminismo ha generado un campo teórico comprometido con los intereses de las mujeres (Ibid: 65).

El trabajo grupal realizado ha permitido cuestionar las dicotomías con las cuales se piensa cada mujer, repensar la autoestima supuestamente debilitada, afrontar las culpas con respecto a sus relaciones familiares y su sometimiento a las relaciones de pareja, revisar el aislamiento que produce la violencia simbólica. En este sentido, en la última sesión, una mujer le propuso a otra: “no te gustaría acercarte a nosotras, más allá de la terapia, todas tenemos historias parecidas, todas tenemos problemas y podríamos compartir un buen momento, a todas nos hace falta que seamos compañeras; podríamos juntarnos, buscar nuevos intereses, ayudarnos entre nosotras, que seamos amigas, a todas nos pasa lo mismo, no nos sentimos bien solas (…); entre nosotras podemos acompañarnos, si tienes la disposición”.

Esta experiencia y nueva forma de mirar el mundo, permite que las jóvenes tengan herramientas para tomar posición frente a lo que les sucede; las estimula para permitirse estar en desacuerdo, para actuar según sus deseos, para no dejarse estar en la posición de subalterna (posición naturalizada en muchas relaciones), para detectar y estar alerta ante la violencia (en este punto, el piropo aparece como ejemplo de molestia e incomodidad en varias sesiones). La posibilidad de ser escuchadas y validadas, de compartir sus experiencias sin ser etiquetadas como les suele suceder en varios contextos, es una experiencia terapéutica reparadora, que les permite relacionarse de nuevas formas.

Una de las jóvenes, al finalizar el proceso terapéutico, dijo: “depende de si una quiere, puede. Es tan rico sentir eso, es una decisión. Puedes decir no me la puedo y por último decir sí me la puedo; es insistir para sacar algo de una misma. Yo creo que todas podemos hacer todo lo que queramos…”.

Otro supuesto interesante de la IACF es la asunción de responsabilidades, que implica el reconocimiento de la propia a-neutralidad, junto con asumir una posición situada desde nuestras elecciones. Comencé este texto mencionando que para poder interpretar, reflexionar, devolver y realizar mi práctica psicoterapéutica asumo una transparencia feminista. Esto implica que en mis devoluciones e intercambios, en los diálogos que se establecen, en la contención y configuración de redes, se está construyendo feminismo. Recuerdo una consultante que me dijo: “vine hasta aquí porque me dijeron que eres experta en mujeres”. Le devolví, precisando: “no soy experta en mujeres, soy feminista”.

Esta implicancia me permite asumir también un lugar de saber-poder de la historia y teoría feminista frente a las consultantes, con deseos siempre de compartir e incentivar este saber para facilitar los procesos de autoformación y autonomía. Asumir ese lugar permite poner en juego las dinámicas de poder que intervienen en el proceso, de cara a cuestionar permanentemente en el proceso las relaciones afectivas que se construyen. En este sentido, permite valorar esa relación de saber-poder cuando tiene que ver con aportar en contenidos y elementos para comprender el propio malestar subjetivo de las mujeres, a diferencia de utilizar dicha posición como una forma de direccionar la vida de las consultantes.

La subjetividad juega un papel central en el desarrollo de esta experiencia de investigación activista feminista, en tanto es relevante valorarla como tal y perder el miedo a esa objetividad científica que muy poco ha podido responder al malestar subjetivo de las mujeres y su “violencia psíquica patriarcal” (este concepto lo he ido construyendo desde la práctica psicoterapéutica, que tiene una alta demanda de parte de mujeres jóvenes, las que tienen la posibilidad de asistir a psicoterapia con una frecuencia semanal y en condiciones de completa gratuidad. En este contexto, los motivos de consulta que ellas enuncian son problemas como “baja autoestima”, “inseguridad”, “mala relación con sus parejas”, “celos desbordados”, “culpa de ser lesbiana”, entre otras. Sin embargo, muchas de ellas no relacionan la palabra “violencia” con los problemas que las aquejan y cuando ésta es nombrada en contextos de sesión, les resulta ajena y vacía de significado).

A partir de esta constatación, la pregunta es: ¿de qué manera la psicología está siendo cómplice de muchas prácticas patriarcales sobre las mujeres, psicologizando y psicopatologizando su malestar en este sistema, evitando nombrar la violencia como tal y silenciando la cultura patriarcal como nudo de origen del sufrimiento psíquico de las mujeres?

 

Referencias

Biglia, Bárbara (2007). Desde la investigación-acción hacia la investigación activista feminista. En José Romay Martínez (Coord.) Perspectivas y retrospectivas de la psicología social en los albores del siglo XXI. Consultado el 10 de Mayo del 2014. Disponible en  http://www.academia.edu/attachments/31338178/download_file .

Burman, E. (1994), Feminist Research en P. Banister y cols. Qualitative Methods in Psychology. Buckingham. Open Universit Press, 94: 121-141.

Castro, Ximena. (2013). Salud mental sin sujeto. Sobre la expulsión de la subjetividad de las practicas actuales en salud mental. Colombia: CS.

Lagarde, Marcela (2000). Claves Feministas para la Autoestima de las Mujeres. Madrid. horas y HORAS.

Malo, Marta (2004) “Prólogo”. En M. Malo (coord) Nociones comunes. Experiencias y ensayos entre investigación y militancia. Madrid. Traficantes de sueño: 13-40. Consultado el 15 de Mayo del 2014 .                                                                       Disponible:

http://www.nodo50.org/ts/editorial/librospdf/nociones_comunes.pdf

Velasco, Sara (2009). Sexos, género y salud, Teoría y método para la práctica clínica y programas de salud. Madrid. Minerva Ediciones.

 

[1] El desarrollo del concepto de investigación activista feminista con sus once supuestos básicos, lo realiza la autora Bárbara Biglia en “Perspectivas y retrospectivas de la psicología social en los albores del siglo XXI”. El concepto de investigación activista se desarrolla en Moviments social i Recerca Activista, enero 2004. Más información en http://atheneadigital.net/article/view/244/244

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