Lo privado siempre fue público

*Fotografía de Nicolás Guerin, de la serie “Elogio de la Sombra”.

Resumen:

La sexualidad de las mujeres siempre ha sido pública, pues la experiencia de la sexualidad privada siempre ha sido intervenida, regulada, normativizada e incluso sancionada desde el exterior; el Estado, la ley y los distintos agentes socializadores del complejo societal, han conspirado en el proceso de regulación de esa sexualidad aparentemente privada, contribuyendo al mantenimiento y profundización de la opresión de la mujer, a través de la coacción y moldeamiento de su sexualidad, para ser ejercida como sexualidad androcentrada.

Palabras clave: Mujer – Género – Sexualidad – Público – Privado

Abstract:

The sexuality of women has always been public as experience of private sexuality has always been operated, regulated, and even normatized and sanctioned from outside; he State, the law and the various socializing agents of complex societal, have conspired in the regulatory process that seemingly private sexuality, contributing to the maintenance and deepening of the oppression of women, through coercion and shaping their sexuality to be exerted from the perspective of masculinity

Keywords: Women – Gender – Sexuality – Public – Private

Esther Pineda G. Socióloga, Magíster Scientiarum en Estudios de la Mujer, entre sus textos se encuentran Roles de género y sexismo en seis discursos sobre la familia nuclear. Acercándonos Ediciones, Argentina (2011) Reflexiones sobre Teoría Sociológica Clásica. Editorial Académica Española, Alemania (2011) Apuntes sobre el amor, Acercándonos Ediciones, Argentina (2013) y Las mujeres en los dibujos animados de la televisión, Con Ética Editorial, España (2013). estherpinedag@gmail.com

 

Uno de los problemas fundamentales al que nos enfrentamos en la sociedad actual es la tan denominada crisis de la democracia y de la representatividad, en el caso específico que nos ocupa, de la representatividad de las demandas, exigencias y necesidades de las mujeres respecto a su sexualidad.

Para algunas corrientes teóricas, “las formas de dominio que han empleado sobre las mujeres se han desarrollado social y económicamente, antes de la aplicación de la ley, sin actos estatales expresos, a menudo en contextos íntimos, de vida cotidiana” (Mackinnon, 1995:287), razón por la cual se encuentran fuera del alcance y ámbito de acción de la disertación democrática y exentas de representatividad política e intervención social, al definirse como actos aislados producto de las dinámicas específicas de la vida privada.

Otra perspectiva teórica, entre las que se inscribe una de las corrientes más influyentes del feminismo, es aquella orientada a la publicitación de lo privado, es decir, la visibilización pública de lo íntimo, bajo la premisa de que es la sexualidad mantenida en la privacidad lo que ha contribuido al mantenimiento y profundización de la opresión de la mujer, específicamente a través de la coacción y moldeamiento de su sexualidad, para ser ejercida como sexualidad androcentrada.

Sin embargo, desde nuestra perspectiva, dichas propuestas teóricas se presentan como insuficientes, dado que:

“Cada situación es un encuentro entre lo privado y lo público, puesto que cada empresa es privada aunque sea inmune a las condiciones públicas prescritas por los principios de la ciudadanía (…). Los deseos, decisiones y oposiciones son privados porque son responsabilidad de cada individuo, pero las realizaciones de tales deseos, decisiones y opciones son públicas, porque tienen que restringirse dentro de condiciones especificadas por una comprensión específica de los principios éticos-políticos del régimen que provee la gramática de la conducta de los ciudadanos” (Mouffe, 1993:16).

Es en esta dualidad antagónica de lo público y lo privado y las posibilidades reales de articulación, concenso y conciliación de los mismos, donde, -desde nuestra perspectiva- radica el carácter teórico y práctico de la democracia.

En lo que refiere específicamente a la sexualidad femenina, es posible afirmar que se constituye en la actualidad como uno de los núcleos fundamentales de discernimiento del carácter democrático o no de la sociedad, frente a su acción impositiva, reguladora y prohibitiva de las necesidades y demandas referidas a la sexualidad de las mujeres, entre las cuales es posible considerar grosso modo, la despenalización del aborto o interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio igualitario, la legalización del trabajo sexual, la pornografía, entre otros.

Por ello, hablar de una sexualidad privada, hacerla pública, sin hacer referencia y cuestionar a la democracia como bastión organizativo de la sociedad, se presenta como intrascendente, pues se ha obviado el hecho de que la sexualidad siempre ha sido pública, pues la experiencia de la sexualidad privada siempre ha sido intervenida, regulada, normativizada e incluso sancionada desde el exterior; por un Estado “concebido explícitamente como aparato represivo. El Estado es una máquina de represión que permite a las clases dominantes (…) asegurar su dominación” (Althusser, 1974: 20).

Es decir, las discusiones sobre la sexualidad femenina, deben ir necesariamente acompañadas de una reflexión sobre los espacios de realización y afectación de esa sexualidad privada regulada desde lo público por  parte del Estado, la ley y los distintos agentes socializadores del complejo societal en nombre de la democracia, así como, el cuestionamiento de los discursos potencialmente ideológicos que repetida y sistemáticamente han impelido el dialogo democrático sobre la sexualidad femenina, entre los cuales es posible destacar:

1)    La idea del progreso

La cual se ha esgrimido como justificación fundamental para la opresión sexual de la mujer, arguyendo que, los/as individuos/as “dejados en libertad para proseguir sus objetivos naturales, los instintos básicos del hombre serían incompatibles con toda asociación y preservación duradera: destruirían inclusive lo que unen” (Marcuse, 1983:27).

No obstante, es invisibilizado el hecho de que la concepción del progreso remite necesariamente a la noción burguesa de la organización social pues:

“Todavía a comienzos del siglo XVII (…) las prácticas no buscaban el secreto; las palabras se decían sin excesiva reticencia, y las cosas sin demasiado disfraz; se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito. Los códigos de lo grosero, de lo obsceno y de lo indecente, si se los compara con los del siglo XIX, eran muy laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, trasgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas (…). Hasta llegar a las noches monótonas de la burguesía victoriana. Entonces la sexualidad es cuidadosamente encerrada. Se muda. La familia conyugal la confisca. Y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. En torno al sexo, silencio. Dicta la ley la pareja legítima y procreadora. Se impone como modelo, hace valer la norma, detenta la verdad, retiene el derecho de hablar —reservándose el principio del secreto. Tanto en el espacio social como en el corazón de cada hogar existe un único lugar de sexualidad reconocida, utilitaria y fecunda: la alcoba” (Foucault, 1998:9).

Este hecho permitió la profundización de la represión sexual en general, haciendo énfasis en la sexualidad femenina, la cual sería adecuada y redirigida hacia escenarios y fines específicos, principalmente aquellos de carácter económico, en una sociedad de tipo capitalista, por ello, sin duda:

“El motivo de la sociedad al reforzar la decisiva modificación de la estructura instintiva es así económico: puesto que no tiene los medios suficientes para sostener la vida de sus miembros sin que estos trabajen por su parte, debe vigilar que el número de estos miembros sea restringido y sus energías dirigidas lejos de las actividades sexuales y hacia su trabajo” (Marcuse, 1983:32).

Así, en un sistema social en el cual la burguesía emergente consolidó un orden económico basado en la capacidad de explotación del ser humano como mano de obra para el aparato industrial desarrollado, pero también para la guerra; se hizo necesaria una reproducción bélica y económicamente productiva, es decir heterosexual, capaz de proveer al sistema de más y mayor mano de obra a explotar, razón que el autoerotismo y la homosexualidad se presentan como sexualidad improductiva, no rentable, no adecuada al sistema de explotación burgués.

2)    El psicoanálisis

El cual ha intentado explicar las preferencias sexo-afectiva de los individuos como producto de relaciones psíquicas principalmente a partir del complejo de Edipo, afirmando que:

“La prohibición del progenitor del sexo opuesto puede conducir a una identificación con el sexo del progenitor perdido, o bien a una negación de esa identificación y por tanto a una desviación del deseo heterosexual (…). La identificación de género es una suerte de melancolía en la que el sexo del objeto prohibido se interioriza como una prohibición. Esta prohibición castiga y reglamente la identidad de género diferenciada y la ley del deseo heterosexual” (Butler, 2007: 146-147).

Sin embargo, para que este complejo edípico existiese como forma de organización psíquica normativa, ya se debió haber consolidado previamente una organización represiva de la sexualidad.

No obstante, pese a las inconsistencias y ausencia de fundamentación de dichas teorías, son estas las que en la actualidad continúan direccionando y condicionando la libre elección y puesta en práctica de la sexualidad de las mujeres.

Además de ello, estos discursos ideológicos han acompañado la sanción (formal e informal) de los distintos ámbitos de la vida de las mujeres, ejerciendo resistencia a la transformación de la sociedad, fundamentalmente a través del estigma entendido como atributo desacreditador, y en el cual, desde ésta perspectiva, la mujer al no satisfacer la expectativa social de la feminidad funcional es convertida “en alguien menos apetecible – en casos extremos, en una persona casi enteramente malvada, peligrosa o débil -. De este modo dejamos de verlo como una persona total y corriente para reducirlo a un ser inficionado y menospreciado” (Goffman, 2006:12).

Estos hechos en su conjunto ponen de manifiesto que, el carácter privado de la sexualidad se estructura como ficción, el sistema social claramente mantiene una expectativa específica, además unidireccional de la sexualidad de los individuos, más aún de las mujeres. La experiencia histórica ha puesto en evidencia que “el sexo siempre es político, pero hay periodos históricos en los que la sexualidad es más intensamente contestada y abiertamente politizada. En tales periodos, el dominio de la vida erótica es, de hecho, renegociado.” (Rubin, 1989:2).

Pero estos momentos históricos de renegociación, apertura al dialogo, consenso democrático y flexibilización en las normas en la expresión y manifestación de la  sexualidad, han sido principalmente aquellos periodos caracterizados por la crisis o inestabilidad política y económica, como episodios de decadencia, debilitamiento y deslegitimación del sistema económico dominante.

Sin embargo, en estadios de bonanza económica y estabilidad política se prescribe y define una sexualidad buena, normal y natural; heterosexual, monogámica, genitalizada, coital, reproductiva, en pareja, dual, según la cual, “los individuos cuya conducta figura en lo alto de esta jerarquía se ven recompensados con el reconocimiento de salud mental, respetabilidad, legalidad, movilidad física y social, apoyo institucional y beneficios materiales” (Rubin, 1989:18).

Cualquier expresión de la sexualidad ajena a ésta previamente definida, es decir: homosexual, sin matrimonio, promiscua, no procreadora, esporádica, comercial, entre otras, le serán atribuidas características como mala, anormal o antinatural, y será rechazada, excluida, silenciada, invisibilizada y rigurosamente sancionada.

Los/as ejecutores y practicantes de estas formas de sexualidad estarán constantemente “sujetos a la presunción de enfermedad mental, a la ausencia de respetabilidad, criminalidad, restricciones a su movilidad física y social, pérdida de apoyo institucional y sanciones económicas” (Rubin, 1989:18).

Pero esta represión pública de la sexualidad, para algunos/as autores/as ha contribuido al fortalecimiento del patriarcado heteronormativo, es decir:

“Las instituciones que han controlado tradicionalmente a las mujeres – maternidad patriarcal, explotación económica, familia nuclear, heterosexualidad obligatoria – se están viendo fortalecidas por la legislación, por los mandatos religiosos, por las imágenes de los medios de comunicación y los esfuerzos de la censura” (Rich, 1996:16).

No obstante, desde nuestra perspectiva, consideramos que, esta sexualidad arbitrariamente considerada como ilícita, furtiva e inestable, en consecuencia estigmatizada y sancionada moral y jurídicamente, habrá de generar necesaria e inevitablemente reacciones particulares en los individuos poseedores del estigma por sus prácticas y preferencias; reacciones que habrán de materializarse, expresarse, reproducirse y transmitirse en formas, contextos, aparatos, espacios públicos y privados específicos.

De manera opuesta a la perspectiva y discursos oficiales de quienes detentan el poder y los espacios de toma de decisiones, evidenciamos que, la negativa al dialogo democrático y representatividad de las demandas, exigencias, intereses y necesidades de las mujeres, así como la sanción y prohibición de su sexualidad, no contribuye a su erradicación o minimización, por el contrario, profundiza el conflicto y la crisis de la democracia mediante la construcción y fortalecimiento de una comunidad política manifiesta en la emergencia de movimientos sociales, colectivos, organizaciones e individualidades orientadas a socavar el poder represivo del Estado, al mismo tiempo que garantizar el mantenimiento y reconocimiento de la sexualidad privada públicamente no deseada.

Es decir, la ausencia de consenso y dialogo democrático sobre la sexualidad femenina, ha consolidado la existencia de dos sexualidades paralelas, una sexualidad para la reproducción, económica, bélica y políticamente funcional, socialmente aceptada, pero además principalmente promovida; y una sexualidad para el placer, no reproductiva, no siempre dual, en oportunidades grupal o poligámica, como también en oportunidades homosexual.

Pero además, la negación de representatividad de estas sexualidades paralelas, divergentes y subversivas del orden social establecido, al ser abiertamente opuestas a la sexualidad permitida aceptada y promovida, aunado a la patologización de la conducta sexual y actos resolutivos, ha creado las condiciones para la masificación de la puesta en práctica de una sexualidad y sus actos resolutivos desde lo ilícito.

Es decir, la sanción social, el no reconocimiento de una sexualidad divergente y la negativa al diálogo democrático desde lo público sobre lo privado ha exacerbado aquellas situaciones y condiciones que se han pretendido erradicar, pero también la puesta en práctica de esta sexualidad ilícita en realidades alternativas, como la fantasía, el sadomasoquismo, el vouyerismo, el club nocturno, y la pornografía, como escenarios de idealización y realización de la sexualidad deseada, reprimida, sancionada y estigmatizada en el complejo societal heteronormado, que ha definido los espacios por excelencia para la realización del placer, la sexualidad y la reproducción, la cual hegemonizó la sexualidad física y genital, anulando o excluyendo otras formas para el ejercicio de la sexualidad.

Bibliografía

Althusser, Louis. (1974) Ideología y aparatos ideológicos del estado. Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión.

Butler, Judith. (2007) El género en disputa. Barcelona, Ediciones Paidós.

Freud, Sigmund. (1993) La feminidad, en: Los textos fundamentales del psicoanálisis. Barcelona, Ediciones Altaya.

Foucault, Michel. (1998) Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber. Madrid, Siglo XXI Editores.

Goffman, Erving. (2006) Estigma. Buenos Aires, Amorrortu Editores.

Mackinnon, Catharine. (1995) Hacia una teoría feminista del Estado. Madrid, Ediciones Cátedra.

Marcuse, Herbert. (1983) Eros y civilización. Madrid, Sarpre.

Mouffe, Chantal. (1993) Feminismo, ciudadanía y política democrática radical. Debate Feminista.

Rich, Adrienne. (1996) Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana. En: Duoda Revista D`estudis Feministas, Nº10, Pp. 15-45.

Rubin, Gayle. (1989) Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad. En: Vance, Carole S. (Comp.) Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina., Ed. Revolución, Madrid, Pp. 113-190. Disponible en: http://www.cholonautas.edu.pe/modulo/upload/Rubin%20G.pdf

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