Mutantes y Orgullosxs: El discurso anti (trans) normativo de las políticas estéticas corporales

Resumen: El presente texto es un ensayo reflexivo que, mediante la lectura cruzada entre el discurso mutante en los X-Men y los discursos (trans) normativos en las políticas estéticas corporales busca ejemplificar el paralelismo entre las vivencias transgénero y mutantes.

Palabras clave: Mutantes, estética, cuerpos, normatividad, trans

Abstract: This text is a reflective essay that, by doing a cross-reading between the mutant discourse in the X-Men universe and (trans)normative corporal aesthetic policies, seeks to draw a parallelism between transgender and mutant life experiences.

Key words: Mutants, aesthetics, bodies, regulations, trans

Sabina Hernández Aguilar. Egresada de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo por la Universidad Latina. E-mail: diazmorisabi@hotmail.com

Introducción

En septiembre de 1963 aparecieron, bajo la editorial Marvel Comics, un grupo de héroes y villanos muy distintos a los tradicionales o contemporáneos. La característica distintiva radicaba en que éstos eran mutantes. A primera vista es fácil ver la analogía de Stan Lee: los mutantes son una representación de los grupos minoritarios de EEUU en esa década, son las personas homosexuales (principalmente), transgéneras, transexuales, afroamericanas, judías, chino-americanas, etcétera. Son los hijos de la radiación y el átomo.

Los mutantes no califican enteramente como humanos, aunque algunos se vean como tales; debido a esa condición con la que han nacido -sin pedirlo-, el gobierno les quita el acceso a la ciudadanía: por su condición, las y los mutantes se quedan sin derechos, pasan a ser algo inferior a un humano. Quitarles sus derechos hace que se legitime la violencia y el odio hacia ellos, a la vez que no son reconocidos ante las leyes.

Las identidades mutantes, entonces, se convierten en reflejo de todas aquellas identidades que no encajan en las normas sociales establecidas, las cuales funcionan asociadas al género. Estas normas están funcionando y actuando sobre los cuerpos para el momento en que las personas -sin importar su condición- nacen y, que debido a éstas, el primer pensamiento que tienen es el de la obligación de adaptarse a esas normas sociales y políticas estéticas corporales. Es fácil notar esto ya que el humano aprende de la observación y la repetición, por lo que observa ciertos códigos de conducta o bien de colores, palabras, acciones, estéticas corporales, entre otras cosas; estas normas se categorizan en binomios hombre-mujer, normal-mutante, homosexual-heterosexual, entre otros. Una vez categorizados los códigos, se actúa a partir de éstos, y si algo se sale de esas normas, se acude a la reacción aprendida, la cual en muchos casos es el rechazo o la hostilidad.

Estas políticas estéticas corporales crean la discriminación basada en cuerpos: los colores, formas y aspectos en general de éstos, así como la idea del cuerpo completo como cuerpo funcional. De esta manera, se crea la noción de que cualquier cuerpo que no encaje en esas políticas se ve desplazado y no puede interactuar de forma sana o funcional con la sociedad.

En la película X-Men de Bryan Singer, estrenada en el año 2000, y en X-Men: Primera Generación estrenada en 2011, se presentan 2 personajes que considero de suma importancia para entender las políticas estéticas corporales y las identidades de género alternativas. Rogue y Mystic son un ejemplo de las disforias corporales y de la propia condición mutante.

Rogue y la aversión al propio cuerpo

Rogue es visibilizada como una adolescente cuando comienza a experimentar los cambios en su cuerpo, los cuales no puede controlar. Ella tiene la habilidad de absorber la energía de las personas a las que toca y, si son mutantes, sus poderes por un momento. Esto hace que Rogue no pueda tocar a nadie sin el riesgo de lastimar a la persona con la que establezca contacto físico.

Rogue experimenta una aversión a su condición mutante así como a su cuerpo. Para muchas personas con identidades trans, sus propios cuerpos los consideran ajenos, otras personas más pensarán en sus cuerpos como una maldición o algo que les impide vivir plenamente su vida. Adaptar el cuerpo para el mundo (así como Rogue cubre su cuerpo para no tener piel expuesta) se convierte en una necesidad. Sin embargo el pensamiento de aversión sobre el propio cuerpo persiste, en muchos casos. Este pensamiento insertado creará futuras complicaciones (ya sea en Rogue o en las personas trans). La importancia de adaptar el cuerpo, de reflexionar sobre éste y de aceptarlo será de suma importancia para obtener felicidad y tranquilidad, o simplemente, disfrutar una vida que de otra forma seguiría aprisionada en normas nocivas para esa persona o mutante.

Así como Rogue, muchas personas, trans y no trans, encuentran su cuerpo indeseable, esto ocasiona los sentimientos de odio y culpa, lo que después se convierte en rechazo y desapego a otras personas. O aún peor: inserta en las mentes la idea de que nuestro cuerpo nunca será perfecto o siempre necesitará un cambio. Esto podemos notarlo en los discursos mediáticos que enfatizan los cuerpos femeninos bajo las políticas estéticas corporales.

Podemos observar que Rogue, a pesar de poseer un cuerpo que se ve como el de los humanos normales, no tiene un cuerpo funcional. La idea de un cuerpo que no funciona para la sociedad se interioriza y causa un mayor aislamiento. Si los cuerpos no son atractivos o deseados, o si carecen de un miembro o no pueden escuchar, hablar o ver, no son funcionales para una sociedad que basa la aceptación en la estética corporal y que ha aprendido a rechazar todo aquello que se salga de las normas corporales.

He conocido a muchas personas (y me cuento entre ellas) que han descrito un verdadero odio a su cuerpo, una aversión total. Algunas personas ven su cuerpo como algo que les hace infelices, aquella imagen que ven todos los días al espejo es un recordatorio constante de lo que no se es. Para muchas personas –trans o no trans- aprender a amar el cuerpo propio es una tarea que parece imposible. Como dije antes, el problema, en un inicio, radica en el adoctrinamiento a ciertas políticas estéticas corporales. Es imposible huir de ellas: Prendemos la TV y ahí están, vamos al cine y las vemos otra vez, estamos un rato en Internet o en Facebook y no dejamos de verlas.

Cuántas personas trans no hemos intentado cumplir al pie de la letra con lo socialmente entendido como masculino o femenino y aún así experimentado el rechazo. O más complejo aún: cuántas personas no hemos experimentado poco agrado a lo híper femenino (en el caso de mujeres trans) o lo híper masculino (para los hombres trans), y preferimos estados intermedios del género, aunque éstos no cumplan con lo socialmente aceptable. Una vez me describí como una mujer trans-lesbiana-butch-con léxico de marinero, y pocas personas entendieron que no pretendía ser la trans híper femenina ni normativa, ni pretendía seguir una estética en mi performatividad de género, sino construir mi propio espacio en el rango de expresión que es el género.

He observado cómo, hombres y mujeres trans y no trans tienen una obsesión con su cuerpo, siempre quieren cumplir con las políticas estéticas: senos más grandes, músculos marcados, narices perfectas, cinturas pequeñas, etcétera. He visto cómo esas personas se viven sólo para cumplir con esas reglas, como si el cuerpo legitimara algo en ellos/as.

Pienso en las mujeres trans que desean una operación de reasignación sexual, bajo el pensamiento de que eso las hará o legitimará como mujeres verdaderas o mujeres completas, como si ser una mujer completa dependiera de algo tan simple como cambiar la estética de los genitales.

El discurso disfórico en la transexualidad nos ha enseñado a despreciar nuestros cuerpos en todo momento. Puede parecer lo más lógico, por qué otra razón alguien querría cambiar de forma radical su cuerpo. Esto genera la centralización de las identidades de género basadas en lo que se tiene o no en el cuerpo, en si tenemos penes o vaginas, senos, barbas u otra cosa entre las piernas y que el tener o no lo correcto nos vuelve hombres o mujeres de verdad; incluso, estas ideas centralizadas en los cuerpos han hecho creer a algunas personas que sólo se puede ser trans tomando hormonas, como si las pastillas de estradiol fuera lo que nos convierte en mujeres o la testosterona produjera hombres.

El discurso tradicional de la transexualidad nos enseña a odiar y despreciar nuestros cuerpos, nos han hecho creer la idea esencialista, reduccionista y simplista de la transexualidad como haber nacido en un cuerpo equivocado y se enfatiza la idea de negar los genitales y todo lo que pueda provenir de éstos. Sin embargo, muchas personas trans aceptamos y utilizamos nuestros genitales. No se debe tratar del desprecio total al cuerpo –como Rogue- sino de la aceptación de la propia anatomía y la oportunidad de disfrutar nuestros cuerpos. Con el tiempo, Rogue aprende cómo besar a su novio sin lastimarlo.

Rogue me hizo pensar en una tarea necesaria para todas las personas trans y no trans: reconciliarnos con nuestros cuerpos. Pero ¿cómo tenerle afecto a algo que nos ha hecho sufrir tanto tiempo? La primera vez me lo imaginé: es como pretender –guardando proporciones- tenerle afecto y amor a una pareja golpeadora que nos ha hecho infelices.

Primero, debemos reconciliarnos, entender que nuestros cuerpos son de una forma y que hasta cierto punto podemos cambiarlo. Entender que nuestros cuerpos nos pertenecen, y que no deben ser presas de los criterios de otras personas o instituciones. Por lo que no debemos hacer o dejar de hacer algo que nos agrade y que sea para nuestro bien.

Entender también que nuestros cuerpos tienen un límite y que hay cosas –que como Rogue- no podemos cambiar. Podemos cambiar las ideas y aprender que nuestros cuerpos no están mal por ser diferentes y que esa diferencia es algo que podemos aprender a usar a nuestro favor.

Para el momento en que escribo esto he cumplido mi primer año en TRH, y ahora me cuestiono si debería o no seguir, pues el costo para mí ha sido una serie de depresiones profundas que han dificultado mi vida socialmente; en este espacio de reflexión, en este aniversario de hormonas, me di cuenta que la decisión de seguir tomándolas no está basada en que éstas me definan como hombre o mujer, pero sí en obtener ciertos efectos en mi cuerpo. Cuando pude pensar con más detalle, me di cuenta que tener senos no debe ser lo que me defina como mujer, que la sensibilidad emocional que me causaban no debe considerarse como pieza clave en la construcción de la identidad femenina, ni los cambios de ánimo deben ser razón para dejar de tomar las pastillas, si esa es mi decisión.

Reconciliarme con mi propio cuerpo ha sido una de las tareas más difíciles por las que he pasado, pero insisto en que debemos cambiar el discurso patologizante y disfórico, y por qué no, hasta hablarlo con orgullo: Yo quiero mi cuerpo, con sus 1 m 65 cm, sus 65 Kg, con sus espaldas (a mi parecer) anchas, con su voz no femenina, con sus cicatrices, con sus testículos y su pene. Busco, mediante estrategias de desujeción, estar conforme con mi cuerpo, con las cosas buenas y malas que esto conlleve y eliminar la idea de que formo parte de un grupo de personas enfermas.

Y así como Rogue aprende a vivir con su condición, las personas trans podemos aprender a vivir una vida lo más normal (entendida socialmente) posible.

Mystique: Un cuerpo azul para una sociedad de cuerpos blancos.

Mystique tiene el poder de cambiar la estructura de sus átomos al punto que puede reproducir cualquier cuerpo, tono de voz y hasta la retina de otra persona. Es sin duda una de las habilidades con las que muchas personas han (hemos) soñado. Tener la habilidad de cambiar nuestro cuerpo a otro, uno que se lleve mejor con las –ficciones- estéticas de la normatividad.

Sin embargo, el cuerpo auténtico de Mystique es de color azul, su piel es escamosa, su pelo es color rojo y sus ojos amarillos. Como se puede ver en la película X-Men: Primera Generación, Mystique oculta su cuerpo auténtico y toma la forma de una joven de estética agradable. Es Magneto quien le dice que debe aceptar su cuerpo tal y como es: su cuerpo es precioso y ella debe comenzar por aceptar ese hecho. Hacia el final de esa película Mystique deja de tomar la forma de otra persona para aceptarse como es realmente: azul y de piel escamosa.

El acto de poder transformarse a voluntad hace que pueda ocultarse con mayor facilidad en la sociedad. Sin embargo, ella no deja de ser mutante, ni quiere ser un humano normal, hace un uso estratégico de sus habilidades.

Creo que podemos aprender bastante de Mystique, ser mutante no quiere decir que todo el tiempo deba ser algo malo, podemos utilizar esa visión de mutantes, de personas anormales, abyectas, extrañas, queer, en resumen: podemos ser muchas más cosas que sólo aquello entendido socialmente como hombres o mujeres; y aún más, podemos usar como estrategia o ventaja nuestra naturaleza trans-mutante-queer.

En una ocasión una amiga me contaba que se sentía como la mascota exótica de sus amigas, y yo le dije pues entonces, sé eso. Sé la persona más llamativa que hayan conocido, que tu condición de trans no la vean como algo que se sufre, si no algo que deban envidiar.

Para muchas personas reflexionar sobre su propio cuerpo, sexo o género no es una necesidad ni forma parte de las actividades que vayan a realizar en su vida. ¿Será acaso, que esa propia condición no-mutante es lo que les impide ver más allá de todo lo simple?

Mystique nos enseña algo básico: no podemos exigir la aceptación si primero no nos aceptamos a nosotros(as) mismos(as). Una vez que logramos empoderarnos de nuestro cuerpo, entendiendo que no debe cumplir con las expectativas de los demás, podemos percibir nuestros propios cuerpos como hermosos y atractivos a su modo. Cuando estamos a gusto con nuestro cuerpo, cuando lo aceptamos aún con piel azul escamosa, llegamos a otra de las tareas indispensables para las personas trans (y no trans): reconciliarnos con nuestras identidades.

Dentro del discurso tradicional de la transexualidad se nos enseña no sólo a negar nuestro cuerpo, sino a negar nuestra propia identidad. Como si negar nuestro nombre de nacimiento fuera parte de la aversión a la construcción de una identidad que –dicen- no nos pertenece. Pero la realidad es que sí nos pertenece, a algunas personas aún les sirve, a otras ya no, pero llegar al punto de esconder el nombre o fotos de esa otra vida, es negar muchos años de existencia. En lugar de enseñarnos a negar y rechazar, por qué no aprendemos a integrar. Al final, aquellas identidades siguen siendo nuestras.

Mystique quería borrar todo rastro de su piel azul, pues ésta le generaba aversión, quería encajar en lo socialmente establecido; pero sin importar cuánto cambie de apariencia, ella siempre seguirá siendo de piel azul y escamosa.

Mystique conoce a Hank, un chico genio cuya mutación hace que tenga súper inteligencia y pies alargados con garras. A partir de una muestra de la sangre de Mystique, Hank logra crear algo que cree que es una vacuna a la estética de sus cuerpos. En teoría haría que Mystique dejara de ser azul –para encajar en una sociedad blanca- y haría normales los pies de Hank, no afectaría las habilidades, sólo la apariencia.

Cuántas veces no hemos pensado en cambiar nuestra apariencia para encajar en la sociedad blanca, cuántas cremas blanqueadoras no intentan vendernos para ser otro color, aún cuando el fenotipo, de México, por ejemplo, no se parece en nada al fenotipo europeo o estadounidense que pretenden normativizarnos a través de la publicidad.

El experimento de Hank resulta diferente a como lo pensó: en lugar de cambiar su cuerpo a lo normal, acelera el proceso de mutación, le sale pelo azul y sus manos se vuelven garras, sus pies crecen y deja, de toda manera posible, de parecer un humano normal. Mystique le dice que es así como siempre debió ser, que ése es su verdadero yo, y que así es perfecto. Es ella quien al final de la película dice la frase Mutantes, y orgullosos. Hank o Beast, a su modo, lo entiende con el tiempo.

Comprender que la naturaleza mutante no nos hace menos atractivos debe ser otra tarea importante para todas las personas trans y no trans que vivimos en una sociedad basada en los factores corporales como verdades. Entre más nos libremos de esos factores, es posible que nos volvamos más mutantes y que su vez, compadezcamos a las personas normales, pues no han tenido las mismas oportunidades que nosotros/as.

Para este momento de mi vida, mientras escribo esto, asumirme como hombre, mujer, transgénero, transexual, mutante o lo que sea, me parece cada vez más ficticio; creo que esas palabras sirven para nombrar un fenómeno, pero que no deben generar identidades. A pesar de no asumirme como aquello que nombré, también puedo ser todo lo anterior, porque entendí que esa identidad masculina –a ratos muy ficticia- es mía, que soy y puedo ser hombre, mujer u otra cosa de la manera en que se me dé la gana, porque soy yo, y son mis identidades y las puedo usar como quiera.

El Senador Kelly, Stryker y Nigthcrawler: odio y fe como herramientas

El Senador Kelly es la representación de la homofobia, lesbofobia, transfobia, etc. Es la representación de esas personas que consideran a los mutantes como monstruos que deben ser eliminados y pretende regular a los mutantes a partir de políticas públicas, convenciendo a todos que los mutantes amenazan las sociedades y la moral de éstas. Es fácil notar el paralelismo entre este personaje y políticos conservadores que parecen sentirse amenazados con el tema de la diversidad sexual y de género.

Mientras, Stryker, el malo de la segunda película, tiene que lidiar con el hecho de que su hijo es un mutante, crea un rechazo a su hijo por su condición, lo deja de ver como un humano, por lo que se siente con la libertad de experimentar con él.

Estas representaciones están basadas en el odio y las situaciones de hostilidad a las que se arriesgan las personas al hacer pública su identidad mutante-gay-lesbi-trans -o lo que sea que se quieran sentir-. Para muchas personas el anonimato es una herramienta de defensa.

Nightcrawler es un mutante de piel azul y cola, estuvo en un circo donde las personas lo veían como un freak. Si lo pensamos desde el posicionamiento de lo exótico que llegan a ser algunos cuerpos, esto genera en muchas personas el morbo y el asombro por lo que la gente aceptará verlo; así como con Nightcrawler, esto estará permitido y los cuerpos no serán del todo juzgados mientras permanezcan de ese lado, lejos o en un escenario. Lo que le pasa este personaje, como a muchas personas trans, es que experimentan el rechazo, las miradas de odio y la hostilidad en general cuando se deja de estar en un show y esas personas se vuelven parte de la vida cotidiana: te encuentras a mutantes visibles en el transporte público o a un lado en el cine, ya no en un freakshow o detrás de unas rejas.

Para Nigthcrawler ser mutante es una prueba que le ha dado Jesucristo, es una forma de demostrar su fe, por lo que acepta su condición mutante a partir de eso y aunque no busca desesperadamente cambiarla, entiende que debe hacer lo que puede para poder tener acceso al cielo. Sin embargo, fuera de la ficción, esta idea basada en la religión ha insertado la noción de la culpa en muchas personas, y ven en la religión una forma de entender esa culpa, o esa cruz para poder superar una prueba que les ha dado Dios.

El profesor X y Magneto: ser invisible o ser un activista radical

Cuando observamos la interacción entre el Profesor X y Magneto nos damos cuenta que ambos tienen sus puntos a favor y en contra con respecto a su propia visión de los mutantes interactuando con el mundo. Sus enfrentamientos se basan en no llegar a acuerdos que beneficien a ambas partes de la comunidad mutante.

Magneto es un activista radical, está convencido que los mutantes son el siguiente paso en la evolución humana, pretende demostrar su superioridad y se convierte en un mutante símbolo de ese movimiento.

Con el paso del tiempo, Magneto obtiene, con ayuda de Xavier y la ONU, su propia ciudad: Nueva Genosha. Esta ciudad funciona como una utopía para los mutantes, aquellos que no pueden o no quieren encajar en la sociedad normal tienen un lugar a dónde ir.

A mi consideración, la Ciudad de México (lugar donde vivo) cuenta con su propia Nueva Genosha: la Zona Rosa. Lugar famoso por ser la zona de ambiente, es donde proliferan los antros y bares para la comunidad lésbico-gay. Entrar a zona rosa un viernes o sábado por la noche es ver un desfile impresionante de estéticas corporales y performativas, no sólo de lo masculino y femenino, sino también de aquellas manifestaciones femeninas en cuerpos masculinos que no quieren ser reconocidos como mujeres (los coloquialmente llamados maricas o afeminados) y, viceversa, lo mismo sucede con las mujeres butch.

Sin embargo, Zona Rosa funciona como Nueva Genosha, aunque es un lugar donde los mutantes pueden sentirse a salvo, lo único que están haciendo es auto marginando y delimitando espacios donde los mutantes (o bien las personas de la diversidad sexual) deben estar. Nadie molesta a los mutantes en Genosha por ser mutantes, nadie molesta a los gays en Zona Rosa por ser gays, los mutantes van a Genosha, los gays van a Zona Rosa. Y sin embargo, no se están apropiando de otros espacios. Estar en una ciudad o un antro en donde sólo entren mutantes o gays, no es más que una forma de auto definirse y diferenciarse de los demás. Nueva Genosha es un arma de doble filo.

El profesor Charles Xavier, enseña en su escuela para mutantes a aceptar su condición, entender que no es malo ser mutante y que se puede tener una vida normal aún siendo de esa manera. Sin embargo, el Profesor X basa su visión en poder reinsertar a los mutantes a la sociedad.

Pienso, a partir de esto, en las personas trans que buscan por todos los medios posibles volver al binario de género. Personas, como en el caso de una mujer trans, que se acepta como tal, entiende que nació en un cuerpo masculino, que tiene pene y testículos y que tiene que adaptar su cuerpo. Una vez que vive en el rol de género que quiere, no desea volver al anterior ni quiere estar en algún estado intermedio del género, también existen aquellas que una vez conseguida su cirugía de reasignación pretenden olvidar que fueron trans.

Yo defiendo el derecho a regresar al binomio de género, pese a que eso a mí no me funcione para nada, pero estoy consciente que muchas veces es más fácil tener una vivencia invisible, basada en seguir códigos y reglas del género, a estar en rangos intermedios de las expresiones de género, a ser y autonombrarse de formas que la gente no entiende con facilidad. El discurso del Profesor X versa sobre el derecho a regresar a ese binarismo pero aceptando su condición de mutante.

El discurso mutante de Magneto es un tanto más radical, pero versa, por sobre todo, en la aceptación de los cuerpos mutantes. Como ya había mencionado, en la película X-Men: Primera Generación él y Mystique tienen una conversación, Magneto le dice que quiere ver a la auténtica Raven (nombre de Mystique), una vez que ella se muestra con su piel azul le dice que es hermosa.

Magneto cambia el discurso que estaba sobre Mystique, mientras ella se disfrazaba de una chica rubia de ojos claros (un cuerpo estético normativo), él le enseña que no debe adaptar su cuerpo hacia la sociedad, sino que es ésta la que debe adaptarse a un cuerpo azul. De igual manera, las personas trans no tenemos que adaptarnos del todo (si no queremos) a la sociedad y a los códigos estéticos corporales, sino que la sociedad debe aceptar las diferencias de cuerpos: mujeres con pene, hombres con vagina. En mi caso: una mujer con voz masculina o un hombre con senos.

El activismo de Magneto se basa en aceptarse como mutante, estar orgulloso de serlo y, a partir de esa vivencia mutante crear espacios propios y autónomos, entender que más que el derecho a la igualdad, lo que necesitamos es el derecho a la diferencia.

Yo sí paso y tú no

En una ocasión estaba viendo la serie animada de los años 90 y escuché algo que me llamó la atención, se me hizo curioso porque esa frase la he escuchado muchas veces entre la comunidad trans, algunas veces dicha de la forma más hiriente posible.

Había dos mutantes hablando, y uno de ellos le dice al otro pues yo sí paso y tú no, haciendo referencia a que podía verse como un humano normal mientras que el otro no podía ocultar su naturaleza mutante.

Dentro del discurso tradicional de la transexualidad parece que tenemos una obligación por reproducir todos los signos de la masculinidad y la feminidad a fin de poder pasar como una persona de dicho género. El no tener la habilidad del passing crea situaciones de estrés en las personas trans ya que no logran sentirse completamente en el género que quieren representar.

Pero la política del pasar está basada en cumplir ciertas reglas que, una vez deconstruidas, pueden llegar a ser bastante absurdas. Cuando empezaba a salir en mi rol femenino performaba lo más icónico de la feminidad (vestidos, medias, maquillaje y tacones), con el fin de que las personas me reconocieran como una mujer. Me llevó poco tiempo descubrir que no encajaba del todo en eso. Me causó muchos problemas al inicio, ¿no estaba yo deseando eso toda vida?

Pasar significa que nadie pueda darse cuenta que mi cuerpo es biológicamente masculino, a riesgo de ser atacada o simplemente no reconocida como mujer y la gente murmure –a pesar de esa feminidad- mira bien, es hombre. Como si los comentarios de gente al azar fuera lo que me otorgara mi identidad.

No me interesa pasar, a veces creo que hay que ser más como Beast, que se pasea por los museos con su pelaje azul, a veces cubierto con pantalones, camisa y corbata. Beast no pretende disfrazar su cuerpo, sólo cubrirlo, porque Beast no está interesado en pasar, sólo se dedica a vivir su vida y deja de importarle la opinión de otras personas, incluso de aquellas que reaccionan con miedo y hasta gritos cuando lo ven.

El passing es usado como muestra de superioridad entre algunas personas trans, como si pasar pudiera legitimar el género de alguien.

Para poder pasar, se recurre a las tecnologías y las prácticas en el cuerpo. El uso de hormonas es una de esas tecnologías y el efecto que tiene es que el cuerpo vaya masculinizándose o feminizándose, según sea el caso. Pero siempre pensando en reproducir las estéticas corporales con el fin de pasar. Debido a esto muchas personas consumen grandes cantidades de hormonas y, a veces, sin un seguimiento médico, lo que pone en riesgo sus vidas.

Una vez más sugiero cambiar el discurso: Si tomamos hormonas, que sea para llegar al punto en el que podamos sentirnos bien con nuestros cuerpos; yo nunca he pasado de la dosis más baja de mi TRH porque no quiero ni siento necesitarlo; las hormonas no nos darán identidades, sólo reafirmarán características en el cuerpo.

Cuando dejó de importarme pasar como mujer, me sentí mucho más libre; me visto como se me dé la gana, me maquillo sólo cuando tengo ganas (lo cual no es muy seguido) y performo la híper feminidad sólo cuando me siento a gusto con eso; mientras, puedo estar en cualquier estado o lugar del género, aún cuando tengo que hacer cosas en mi rol masculino. A veces, me imagino que soy como Mystique, quien usa esa habilidad de forma estratégica para conseguir diferentes objetivos.

En el discurso tradicional de la transexualidad encontramos que siempre hay personas depresivas sufriendo porque su vida es horrible. Creo que es sumamente importante reivindicar nuestro derecho a ser trans, a ser trans no normativos/as o mutantes y, sobre todo, a no sufrir por eso, porque gran parte de esa sensación proviene del no ser igual a los demás, de no reconocernos bajo un discurso normalizador hacia otras personas.

Así como yo, tú querido(a) lector(a) tienes el derecho a vivir tu género como tú lo quieras, lo pienses y lo sientas, no como los criterios de otras personas te han enseñado o como las normas sociales o estéticas mediáticas te lo manden.

Me gustaría que otras personas trans y no trans se den la oportunidad de reflexionar en la construcción de su propio género y su cuerpo, qué tan sujetos/as aún están a las políticas estéticas corporales.

Podemos cambiar el discurso, que ese sea sólo uno de nuestros poderes, podemos ser trans sin importar la ropa o nombre que usemos, podemos serlo con o sin hormonas, podemos ser trans reconciliados/as con nuestros cuerpos y reivindicando nuestro derecho a ser mutantes.

Hoy, más que nunca, creo que debemos sentirnos mutantes y orgullosxs.

Bibliografía

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Singer, Bryan (Director). (2003) X-2 [Película] Los Angeles: 20th Century Fox.

Vaughn, Matthew (Director). (2011) X-Men: First Class [Película] Los Angeles: 20th Century Fox.

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