Etiquetas. Sobre el cómo referirse a las personas en la investigación relacionada con el tema de lo no heterosexual

Resumen:
El presente texto aborda el tema de las etiquetas que se aplican para identificar a las personas no heterosexuales en la investigación social. El documento parte de dos premisas. La primera indica que hablar de categorías es hablar de una manifestación de poder; y la segunda refiere que en la investigación se debe definir la muestra con la que se habrá trabajar. Y es a partir de estas premisas que el texto avanza desde una postura crítica, aportando elementos orientados a soportar la idea de que lo más apropiado para este tipo de investigaciones es recoger categorías identitarias desde una vía empírica, en lugar de superponer categorías preconcebidas sobre las personas de las que se habla en una investigación.

Palabras Clave: Etiquetas, Diversidad Sexual, Investigación Social, Metodología, Poder.

Abstract:

This paper addresses the issue of the labels that are applied to identify non-heterosexual people in social research. The document is based on two premises. The first indicates that the act of “labelling” is a manifestation of power; and the second highlights the fact that, in an investigation, a population sample must be defined as clearly as possible. Based on these premises, the text provides elements to support the idea that the most appropriate way of tackling this issue is to collect empirical identity categories during the fieldwork phase of an investigation, rather than the superposition of preconceived categories over informants.

Key Words: Tags, Sexual Diversity, Social Research, Methodology,Power.

Edgar Madrid. Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

“There always appears to be someone who exceeds the phantasm of identity, someone who cannot be known, who is ‘beyond reason’… (Munt, 1997: 188).

Cerca de 3 conferencistas habían terminado de exponer sus trabajos, y llegó el momento de que se presentara una publicación literaria en cuyo entramado textual figuraba con protagonismo la referencia a lo queer, a las personas queer. Durante esta última presentación, el ambiente del lugar poco a poco se tornó más ligero, dando lugar a espacios en que la audiencia reía en unísonos y escuchaba atenta. Un par de minutos después, al llegar el espacio de preguntas y respuestas, entre las loas y algunas preguntas que no preguntaban nada –que más bien eran pretextos para coger el micrófono y darse a notar–, apareció una voz que dijo lo siguiente:

Hace 20 años me dijeron que yo era homosexual, y fui homosexual; hace 10 años me dijeron que ya no era homosexual, que ahora era gay, y fui gay; y ahora vienes tú a decirme que ya no soy ni homosexual ni gay, que ahora soy queer… O sea ¿quién chingados eres tú para decirme lo que soy?

Más allá del refinamiento moral o del rigor académico que pudiera exigírsele a la anterior cita (cuya referencia intencionalmente ha sido omitida), el presente texto retoma estas palabras para meditar en torno al tema de las etiquetas que se aplican en la investigación social sobre temas relacionados con las personas, las familias y las comunidades no heterosexuales. Es decir, se propone llevar a coloquio a dos posturas, una que busca aplicar un concepto identitario –una etiqueta– y otra que se resiste a la etiquetación.

Una premisa que no se debe perder de vista respecto a este tópico es que hablar de etiquetas es hablar de una manifestación concreta de poder [1] .Una manifestación que no sólo se limita a los debates académicos en torno a la definición de identidades socioculturales, sino que también se da efectiva en la vida cotidiana tanto de quienes definen –o pretenden definir–, como de quienes son definidos. Es decir, fuera del ámbito académico, esta manifestación de poder aparece tanto en la asignación de una etiqueta portadora de referentes o signos de ignominia o descrédito social en un encuentro cara a cara entre dos o más personas, hasta en expresiones sociales o políticas más amplias, como en el caso de la disputa del pasado mayo de 2013 (NotieSe, 2013), en la que un grupo político mexicano propuso la creación de una credencial para identificar a las personas LGBTTTI como miembros activos de un Instituto de la Diversidad Sexual –también propuesto por este grupo político–, ante lo cual varios activistas alzaron la voz en resistencia al matriculado de las personas LGBTTTI con fines políticos y electorales (pues, según señalaron estos últimos, éste era el propósito de dichas propuestas).

Una segunda premisa sobre este tema es que a pesar de tantos embrollos sobre el tema epistemológico y tantos esfuerzos por partir de metodologías humanistas, la investigación social, desde su fase protocolar, debe definir de la manera más nítidamente posible la muestra con la que habrá de llevar a cabo sus indagaciones, pues ¿cómo podría investigarse algo que no tiene siquiera un nombre y unas características esenciales para su definición (delimitación y criterios de inclusión y exclusión de informantes)? Es decir, en los estudios académicos debe partirse desde la premisa de que aquello por conocer es algo existente y, en tanto existente, susceptible a la etiquetación y a examen de verosimilitud o contrastación empírica entre el concepto teórico de base y el fenómeno estudiado.

Se plantea, pues, que el conjunto de los fenómenos sociales es un mundo en el que no hay nada que escape a las definiciones y en el que aún los casos más extraordinarios[2] podrán definirse mediante fórmulas de identificación o neologismos construidos a partir de otras nociones previamente establecidas o por medio de metáforas, prefijos o sufijos; y que esta labor de etiquetación no es algo exclusivo del terreno de la investigación, sino que forma parte del fluir corriente de la cultura en el mundo de vida de todo fenómeno social. En palabras de un prestigiado sociólogo:

Cuando un actor social adopta un rol social establecido, descubre, por lo general, que ya le ha sido asignada una fachada[3] particular […] Además, si el individuo adopta una tarea que no sólo es nueva sino que está bien establecida en la sociedad, o si intenta cambiar el enfoque de la tarea, es probable que descubra que ya existen varias fachadas bien establecidas, entre las cuales debe elegir (Goffman, 2009: 39).

Un riesgo implícito en este proceder es que el criterio de definición de etiquetas pasa por alto una tautología esencial: investigar algo que en tanto identidad aparece como previamente definido, o, en otras palabras: pretender conocer lo que se presupone como algo previamente conocido. Así, pues, se termina trasladando el corpus teórico y conceptual de la investigación sobre el fenómeno estudiado empíricamente; o en su defecto, se termina desechando todo aquel caso que no cumpla con los criterios esenciales que definen a la etiqueta central del proyecto de investigación, o dejando todo aquello como parte de las futuras líneas de investigación para que mañana aparezca otra investigación con categorías más finas que le permitan etiquetar dichos casos anómalos.

Un segundo riesgo que podría señalarse es que al partir desde la premisa de que se tienen elementos suficientes para asir un fenómeno, se corre el riesgo de perder la oportunidad de acercarse a otros elementos que le definan de una manera más apropiada.

Volviendo al tema de la cita con que inició la presente reflexión, resulta también provechoso recuperar otra cosa que el escándalo de la aparición de la palabra chingar parece oscurecer: la clara indicación de que las etiquetas previas a la de lo queer no aparecieron de manera arbitraria, sino plenamente motivada: Hace 20 años me dijeron que yo era…, …hace 10 años me dijeron que ya no era…, …Y ahora vienes tú a decirme que soy… . Es decir, por alguna razón hablar de homosexuales fue algo común en México en la década 1980, de personas gays en la de 1990, y también fue común observar cierta popularización de la cuestión de lo queer en la primera década del 2000; fenómeno que se puede apreciar con suficiente claridad en la cita abordada, ya que en los tres momentos que se indican (el de homosexuales, el de gays y el de lo queer) se enfatiza el hecho de que dichas etiquetas son asignadas por algo o por alguien (por alguna razón…), es decir, que las etiquetas llegan (o son llegadas) y se posicionan sobre los sujetos desde fuera de ellos mismos.

Sobre la cuestión de la homosexualidad, diferentes autores han señalado que ésta, en tanto etiqueta identificadora de personas homosexuales, fue acuñada a finales del siglo XIX dentro del discurso clínico-confesional con la intención de sacar a luz la verdad escondida de las prácticas eróticas y afectivas de ciertas personas para identificarlas de acuerdo a su orientación sexual, y de fungir como un procedimiento protocolar de la ortopedia de las sexualidades consideradas anómalas, perversas o deformadas (Dreyfus y Rabinow, 2001: 202). Teniendo en cuenta dos diferentes sentidos de la palabra sacar, es decir, en tanto hacer pública la homosexualidad (como cuando se habla de sacar del closet) y en tanto señalar a las personas homosexuales como desviados sociales (los que se salen, o son sacados, de lo presuntamente normal), esto es, grupos de individuos que son considerados como incapaces de utilizar las oportunidades de progreso existentes en la sociedad (Goffman, 2008: 179).

Sobre este mismo tema, Jeffrey Weeks (1983) ha señalado que la aparición del término homosexual forma parte de los diversos mecanismos de reestructuración de la familia, producto de la urbanización y el capitalismo industrial, es decir, forma parte de los mecanismos de socialización de la conducta procreadora. Lo cual puede entenderse teniendo en cuenta que ante el panorama de la floreciente industrialización de principios del siglo XX, las ideologías de condena de la homosexualidad (religión, ciencia médica, discursos legales, políticas sobre familia) tuvieron la función social de castigar toda unión sexual no procreativa precisamente por su improductividad procreadora. Prueba de ello es el hecho de que la homosexualidad masculina haya sido tenida como algo mayormente condenable en comparación con el lesbianismo, ya que como el mismo Weeks señala, detrás de esta visión subyace la idea medieval de que la capacidad procreativa reside únicamente en el semen de los hombres, mientras que a las mujeres se las veía como meros receptáculos pasivos (Weeks, 1983: 5).

Sin ahondar con mayor detalle en el tema de la historia de la homosexualidad y su conceptualización, basten las notas anteriores para enfatizar el hecho de que esta etiqueta apareció como parte de un dispositivo de poder orientado a controlar y sancionar conductas y personas homosexuales; no en vano persiste en el habla cotidiana un referente despectivo cuando se la menciona en determinados contextos[4]. Y ante esto, cabe la siguiente pregunta: ¿Cómo es que estas apreciaciones en torno a la conceptualización de la homosexualidad se articulan con el discurso de nuestro interlocutor y su frase hace 20 años me dijeron que yo era homosexual…? Para responder la anterior pregunta es necesario atender, al menos, a dos fenómenos: primero, el momento histórico de los movimientos lésbico-homosexuales en México; y segundo, la difusión que se hizo a todo lo relacionado con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH).

En relación al tema del momento histórico de los movimientos lésbicos y homosexuales de México, la década de 1980 ha sido considerada un momento clave en tanto que en ella se consolidaron grupos y agendas que habían luchado por posicionarse en el ámbito público y político desde principios de la década de 1970. La década de 1980 también fue testigo de una efervescencia cultural en torno al tema de la homosexualidad, en gran medida por influencia de los medios masivos de comunicación y la cultura popular, y por diversas obras artísticas y académicas que dieron o que tomaron la voz del tema de lo no heterosexual. Y si bien estas dos vías tributaron en gran medida a la efervescencia del tema homosexual, lamentablemente también tuvo un lugar protagónico el hecho de que a principios de esta década se dieron a conocer los primeros casos de VIH en México.

Es pues, 1980, una década en la que se avivó la discusión en torno a lo homosexual en tanto que hubo un notable desarrollo de las organizaciones, movimientos sociales y estudios lésbicos y homosexuales, pero también porque se promovió cierta necesidad de señalar a quienes desde entonces se ha considerado como personas vulnerables ante el contagio de diversas infecciones de transmisión sexual –incluyendo al VIH–, partiendo de la premisa (no siempre dicha) de que la línea que divide homosexualidad y promiscuidad es tenue, porosa o hasta inexistente. Esta última razón tributó en gran medida a una particular visibilización sinecdóquica de la homosexualidad que –entre muchas otras– puede tenerse como una explicación causal del hecho de que nuestro interlocutor haya dicho “Hace 20 años me dijeron que yo era homosexual, y fui homosexual…”, es decir, del hecho de que se le haya impuesto la etiqueta para señalarle, para identificarlo a la manera en que históricamente se han señalado los fenómenos que se consideran problemas sociales.

En cuanto a la cuestión de lo gay, algunos autores han señalado que homosexualidad y gayacidad son cosas muy distintas; por ejemplo, cuando Xabier Lizárraga aborda este tema dice lo siguiente: “…ser homosexual es preferir las relaciones sexo-afectivas con individuos del mismo sexo; ser gay implicará el trabajo de construir constantemente, a partir de la preferencia homosexual, una cultura, una forma de mirar, una perspectiva, un discurso plural de la diferencia” (Lizarraga, 2003: 169). Evidentemente éste es un gran tema que puede abordarse de manera independiente y con mucha mayor minucia, sin embargo, atendiendo al objetivo de la presente reflexión, resulta provechoso destacar –siguiendo a Murray y Arboleda (1995)– que si bien la etiqueta homosexual aparece en los discursos médicos y legales a finales del siglo XIX, el término gay comienza a difundirse en América Latina a finales de la década de 1970, a manera de apropiación de las demandas de los movimientos gays estadounidenses.

Ante esto, vale la pena preguntarse ¿cuáles fueron, cuáles han sido y cuáles son las demandas de los movimientos gays estadounidenses? Esta cuestión resulta reveladora si se atiende a las voces críticas del desarrollo del activismo gay estadounidense de las últimas décadas del siglo XX, en donde, por ejemplo, se ha señalado que “la semana del orgullo gay de San Francisco de 1976 fue testigo de una marcha de 90,000 personas, pero parecía ser más un festival que una protesta, un circo o un carnaval en lugar de un mitin político” (Gay News, citado por Weeks, 1983: 231).

Es decir, la situación de las comunidades lésbico-homosexuales no es ajena a la influencia de las relaciones de producción imperantes en la sociedad de la que estas forman parte, que en el caso estadounidense se trata de un contexto marcado por capitalismo y consumo; contexto en el cual el abanico de identidades diversas es más flexible y abierto que en otros lugares, pero siempre y cuando estas diversidades formen parte de la sociedad de consumo, en sus respectivos nichos mercantiles. Un ejemplo que Weeks (1983: 232) utiliza para ejemplificar este tema es el de una gran discoteca londinense que en 1976 inició a promover fiestas temáticas para la comunidad gay los días lunes, reservando el resto de la semana para la clientela heterosexual; con lo cual –señala Weeks irónicamente– ambos bandos salían ganando: los gays tenían un espacio de fiesta libre de prejuicios y los empresarios ventas mayores en un día en el que por lo común sus negocios estaban prácticamente vacíos (los lunes).

Como puede observarse, desde esta perspectiva puede entenderse la segunda línea de nuestro interlocutor: Hace 10 años me dijeron que ya no era homosexual, que ahora era gay, y fui gay…. Esto es, hubo un momento en que la perspectiva represiva marcaba la pauta de la socialización de las personas no heterosexuales, sin embargo, pronto llegó un segundo momento en el que se encontraron mecanismos más eficientes para sacar provecho de la situación de estas personas, de tal modo que fue posible decir (a crédito o al contado) ya no eres homosexual, ahora eres gay, como los estadounidenses… ¡Consume!. Al momento el texto se ha centrado en desarrollar una interpretación y en ofrecer un par de razones que podrían ayudar a entender la cita pre-texto de este texto. Para ello, se ha recurrido al argumento de la labor de etiquetado de personas como una expresión de poder. A continuación se avanzará a retomar la segunda premisa expuesta en la introducción, es decir, el tema del esperable uso del recurso del etiquetado en la labor investigativa.

Uno de los argumentos que usualmente se utiliza para justificar el carácter de ineludible del uso de etiquetas en la investigación propia del ámbito académico es el hecho de que estas están ahí para dar certeza y claridad a la investigación, es decir, para delimitarla en cuanto a su objeto de estudio, precisando de qué cosas se hablará y de qué cosas no se hablará. De hecho, este criterio de claridad se tiene como garantía metodológica de que se ha procedido de manera apropiada respecto a las formalidades de la labor investigativa, e incluso hay quienes toman este criterio como un elemento básico de garantía ética de la investigación. Sin embargo, y de acuerdo al tema que se ha venido desarrollando en las líneas previas, vale la pena preguntar ¿qué es lo que esta claridad deja a contraluz? Esta última pregunta tiene sentido en tanto que la claridad que se espera aporte el uso de etiquetas forma parte de los criterios más básicos de la investigación, valga la insistencia, es decir, con ella se busca que en el entramado textual se evidencie que todos y cada uno de los elementos que componen un proyecto de investigación sean coherentes entre sí; por ejemplo, que haya coherencia entre teoría y metodología, entre revisión de literatura y planteamiento del problema de investigación, etcétera. Sin embargo vale la pena preguntar ante esto, ¿se pretende estudiar a una población –a las formas específicas de identificarse a sí mismos en tanto que sí mismos– o a los conceptos por medio de los cuales se hace referencia a dicha población?. A partir de preguntas de este tipo, y siguiendo minuciosamente el debate en torno a la crisis de la representación, Poblete (1999) invita a meditar sobre la labor del etnógrafo y del investigador social al trabajar con sujetos informantes. La siguiente frase resume la perspectiva del autor en relación a esta cuestión del hablar de (o por) quienes se tiene por informantes en un proyecto de investigación social: “Meter ‘su’ vida en mi obra, sin duda, es un problema moral, político y epistemológico que no se puede soslayar” (Poblete, 1999). Y es a partir de esta toma de conciencia que también menciona que

…es conveniente buscar nuevos modos de escritura que den cuenta de la naturaleza interpretativa de nuestra experiencia de la realidad, que se plasma en nuestras representaciones. Asimismo, es fundamental que el ‘otro’ tenga la posibilidad de hacer escuchar ‘su voz’ en el texto, sin represiones o limitaciones impuestas por el etnógrafo (Poblete, 1999).

Una de las estrategias que se han utilizado para poner en marcha esa posibilidad de que la voz del otro resuene sin intermediarios en la investigación es la de procurar el desarrollo de estudios a partir de las comunidades mismas que se tienen como objeto de la investigación. Un ejemplo de este tipo de proceder es el señalamiento de Martha Castañeda (2006) de que hay ciertos temas de la experiencia de las mujeres que no pueden ser rastreados más que por otras mujeres, es decir, que hay temas que sólo pueden ser estudiados entre mujeres, entre ellas mismas (Castañeda, 2006: 37). Otro ejemplo en que podría pensarse es el de los estudios autobiográficos.

Sin lugar a dudas en ambos tipos de estudios se abre un importante espacio para que emerjan nuevos interlocutores en los estudios sobre fenómenos sociales. Pero, más allá de las críticas que pudieran hacerse a este tipo de estudios en torno a cualquier forma de selectividad de la memoria (o de parecer demasiado parciales, personales o subjetivos), cabe señalar que el hecho de formar parte de una comunidad no garantiza, en sí, una salida a la cuestión de la etiquetación de informantes, como un criterio de construcción de un proyecto de investigación. Entonces, si esta no es, en sí misma, una alternativa, ¿cómo podría encararse esta cuestión?. De primera instancia es importante tener en cuenta que, como afirma Junquera (1995: 137), al trabajar en la investigación social cualitativa los informantes son sujetos con los que el investigador establece una relación dialógica en la que ellos le ayudan “…proporcionándole datos de cuanto quiera saber [y] aconsejándole muchas veces el camino a seguir…”; es decir, ¿quién mejor que los informantes para dar cuenta de la realidad en la que ellos son los expertos mejor calificados?. Partiendo de la idea anterior, puede concluirse que lo más apropiado ante este tema del etiquetar es atender a las voces mismas de quienes participan como informantes en una investigación, aportando tantos elementos como sea posible para no dejar lugar a dudas respecto a quién es el representante de cada voz que se presenta en el texto, incluidas las voces de referencias, testimonios y, en especial, la propia voz de quien investiga. Sobre este último punto, Alfarache (2003) ha señalado los siguientes elementos como puntos centrales de la investigación antropológica:

la importancia de reconocer la impronta de género de quien investiga; reconocer las interrelaciones establecidas entre las sujetas implicadas en el trabajo de investigación para romper, así, con los planteamientos de la antropología clásica relativos a la neutralidad de los efectos de quien observa sobre lo observado; y la asunción de la posición de la sujeta que investiga en el sentido de discernir su propio bagaje cultural, sus prejuicios (tanto respecto al tema como a las personas con las que trabaja), y reconocer y hacer explícito que todo ello afecta tanto el planteamiento del tema, al tratamiento, a lo que puede o no observar y sus conclusiones (Alfarache, 2003: 33).

Todos estos elementos, más la escritura misma, tributan a construir y ofrecer al lector una imagen de quién presenta el trabajo de investigación que tiene en sus manos. A la vez que, al reconocerlos en las voces de los informantes, también resultan provechosos para dar cuenta de quién es quién habla y por qué dice lo que dice dentro del entramado textual de un trabajo de investigación, es decir, para poder interpretar y para poder comprender lo que se ahí se presenta.

Hace un par de años Jean-Luc Nancy (2007) lanzó una provocadora pregunta sobre la gesta de conocimientos en la época contemporánea, la siguiente:”¿La escucha es algo que la filosofía es capaz de lograr? “Si trasladamos esta pregunta al tema que nos ocupa, volveríamos al argumento central que se ha venido desarrollando en el presente documento: la disposición a escuchar como un elemento imprescindible de la investigación orientada al tratamiento del tema de lo no heterosexual. Sobran razones para pensar que esta perspectiva no se limita al tema de lo no heterosexual –es decir, que la atenta escucha resulta valiosa y deseable en cualquier área de investigación–, sin embargo en el caso de este tema resulta muy importante debido a que él es un buen ejemplo de los temas en los que la sobreabundancia de ideas resulta más peligrosa que la ignorancia que tenemos sobre ellos, pues es tanto lo que se ha dicho y lo que se dice de ellos, que todos parecemos tener respuestas pre-críticas a muchas de las preguntas que podrían hacerse en torno a ellos, sin más fundamento que las ideas que pululan en la cultura popular, en los medios de comunicación, en las charlas cotidianas y en las deducciones que se puedan hacer a partir de estas diferentes caras de la ideología.

Sólo resta, pues, insistir en la trascendencia del ser conscientes de la separación que hay entre contenidos ideológicos y contenidos de conocimiento al abordar un tema de investigación, y en las implicaciones que conlleva el etiquetado de sujetos por medio de categorías preconcebidas, ya que de ello depende la posibilidad de que nuestras investigaciones tributen a la comprensión de los fenómenos sociales tematizados en nuestros estudios, en lugar de permanecer flotando sobre aquella vieja idea de que no existe nada nuevo bajo el sol.

Notas

[1] En el presente escrito, cuando se habla de poder se hace referencia al ejercer la facultad de hacer algo (RAE, 2013) propia de las acciones orientadas a producir o reproducir relaciones de desigualdad social. Puede objetarse que esta perspectiva incurre en una simplificación de un tema tan complejo como lo es el del poder, sin embargo se ha optado por no desarrollar con mayor detalle –o con muchas referencias– este tema porque ese no es el objetivo del manuscrito.

[2] Esta forma de percibir la labor del científico como una en la que se enfrenta a un mundo en el que “no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9), puede encontrarse desde uno de los textos fundamentales de la ciencia occidental en donde se dice que

…incluso cuando [los pintores] usan del mayor artificio para representar sirenas y sátiros mediante figuras caprichosas y fuera de lo común, no pueden, sin embargo, atribuirles formas y naturalezas del todo nuevas, y lo que hacen es sólo mezclar y componer partes de diversos animales; y, si llega el caso de que su imaginación sea lo bastante extravagante como para inventar algo tan nuevo que nunca haya sido visto, representándonos así su obra una cosa puramente fingida y absolutamente falsa, con todo, al menos los colores que usan deben ser verdaderos (Descartes, 1977: 9).

 [3] Para Goffman (2009: 34), la fachada social de una persona es la “parte de la actuación del individuo que funciona regularmente en un modo general y prefijado a fin de definir la situación con respecto a aquellos que observan dicha actuación”, es decir, “es la dotación expresiva de tipo corriente empleada intencional o inconscientemente por el individuo durante su actuación” (Goffman, 2009: 34).

[4]  Sirva de ejemplo el caso de un asesino de  homosexuales que alzó la voz para aclarar que sí los mató, pero que no era homosexual; esto es, dejando en claro que la categoría homosexualidad remite a referentes de descredito social más fuertes que a los que refiere el caso de aquellas personas a las que se les reconoce como asesinas (El Universal, 2006).

OBRAS CONSULTADAS

Alfarache, Angela. (2003). Identidades lésbicas y cultura feminista: una investigación antropológica. DF, UNAM (CEIICH) – Plaza y Valdés.

Castañeda, Martha. (2006). La antropología feminista hoy: algunos énfasis claves. En Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, mayo-agosto año/vol. XLVIII, No. 197. (pp. 35-47).

Dreyfus, Hubert y Rabinow, Paul. (2001). Michel Foucault: más allá del estructuralismo y la hermenéutica. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

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Goffman, Erving. (2009). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Buenos Aires: Amorrortu editores.

–––––––––––––– (2008). Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Junquera, Carlos. (1995). Los informantes. En Angel Aguirre. Etnografía. Metodología cualitativa en la investigación sociocultural. Barcelona: Editorial Boixareu universitaria (pp. 135-141).

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Poblete, Sergio. (1999) La Descripción Etnográfica. De la representación a la ficción. En Cinta de Moebio No. 6. Septiembre de 1999. Universidad de Chile. Consultado el 31 de octubre de 2014. Disponible en http://www2.facso.uchile.cl/publicaciones/moebio/06/poblete.htm

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