Hombres de letras. Masculinidad en el campo intelectual chileno a comienzo del siglo XX.

Resumen*:

El presente artículo estudia la figura del intelectual a comienzo del siglo XX como una construcción eminentemente masculina, concentrándose en la construcción de las representaciones del moderno escritor del siglo XX en oposición al ensayista ilustrado del la segunda mitad del siglo XIX. Destacando que la comunidad intelectual no fue indiferente al sistema sexo-género, más bien reforzó el poder simbólico del género en el campo cultural. Al mismo tiempo que la convivencia de la comunidad intelectual colocó en evidencia una homosociabilidad masculina donde sus miembros construyeron relaciones de poder entre pares y se forjó la imagen romántica y bohemia del moderno escritor.

Palabras claves: Género, masculinidad, campo cultural, intelectualidad y homosociabilidad masculina.

Abstract:

This paper examines the intellectual figure in the early twentieth century as a predominantly male construction, focusing on the construction of representations of the modern writer of the twentieth century as opposed to the essayist- illustrated the second half of the nineteenth century. Highlighting that the intellectual community was not indifferent to the sex-gender system rather reinforced the symbolic power of gender in the cultural field. At the same time the coexistence of the intellectual community placed in evidence a male homosociality where members built power relations between in pairs and romantic image of the bohemian modern writer was forged.

Key words: Gender, masculinity, cultural field, intelligentsia and male homosociality.

Andrea Robles Parada. Licenciada en Historia por la Universidad de Valparaíso y Magíster en Estudio de Género y Cultura mención Humanidades por la Universidad de Chile. Becaria del Programa de Magíster Nacional de Conicyt (2010-2011). Correo electrónico: andreaisolrobles@hotmail.com

En Chile, durante las primeras décadas del siglo XX, el campo cultural, y en particular el literario, fue predominantemente masculino. No en vano Inés Echeverría Larraín (Iris) a comienzo de siglo se quejaba:

es de mal tono señala nuestra fauna masculina, ver a las mujeres con la pluma en la mano, deben colocársela en el sombrero. Ya verán señores con y sin sotanas, como la utilizaremos pronto contra la hipocresía impuesta por ustedes en este mundo” (Echeverria, 1997:308).

Ante este reclamo examinamos cómo se construyó un campo intelectual prestigiosamente masculino. Para ello nos enfocamos en la construcción de la identidad del escritor desde una perspectiva de género y estudios de las masculinidades, concentrándonos en el moderno intelectual del siglo XX en oposición al ensayista ilustrado de la segunda mitad del siglo XIX. En este sentido, estudiamos el campo cultural en Chile a comienzo de siglo XX como una construcción de prácticas, discursos y subjetividades reducibles a la oposición entre lo masculino y lo femenino y una forma de comunidad social exclusiva en torno a una homosociabilidad masculina.

El escrutinio social de los hombres, sus cuerpos, sus subjetividades, sus sexualidades, sus comportamientos, lo definido e inmovilizado bajo las categorías de hombre y lo masculino a partir de los estudios de género y los Men’s Studies pasó a ser reconocido e identificado como construcciones históricas situadas en interacciones sociales y no reducido a simples datos biológicos. Lo más cercano a una definición sobre la masculinidad, podríamos decir que corresponde a la construcción de la representación de lo que deben ser los hombres, lo que se entiende como los mandatos sociales del ser hombre.

 El estudio de las construcciones subjetivas de esos mandatos enfocados en un contexto sociocultural, como señala Robert Connell (1997), debe apoyarse en el conocimiento de las relaciones de género, especialmente como una forma primaria de relaciones significantes de poder, como plantea Joan Scott (2008). Desde esta perspectiva y como señala Kimmel (1997) la masculinidad es una relación de poder que entra en tensión entre hombres y mujeres y entre distintos grupos de hombres. Por ello la masculinidad implica, por un lado, la búsqueda del hombre individual para acumular aquellos símbolos culturales que denotan virilidad y acceso a los recursos culturales que confieren la virilidad (Kimmel, 1997), y por otro, implica un proceso de diferenciación respecto de lo que no se es, definiéndose la masculinidad de manera relacional con lo femenino (Fernández-Llebrez, 2004). Es así que, en el sistema de relaciones de género, la masculinidad se construye como una huida y miedo a lo femenino, y una relación de poder donde se le confiere una posición de dominación para los hombres y una subordinación general a la mujer (Connell, 1997). Pero también es una relación de poder entre pares, especialmente a nivel grupal desde la cual se formula una dependencia respecto de la valorización y aprobación viril del sujeto respecto al grupo (Kimmel, 1997; Bourdieu, 2003).

En este sentido, Kimmel (1997) plantea la masculinidad como una aprobación homosocial entre sujetos del mismo sexo. Siguiendo con esta interpretación los espacios de interacción exclusivamente masculinos deben ser entendidos como una homosociabilidad donde los hombres en exclusividad construyen relaciones de poder entre pares, manteniendo relaciones de amistad, rivalidad y competencia. En tanto, al hablar de espacio de exclusividad la participación femenina se prescinde y/o se reduce a un escenario secundario vinculado a lo doméstico y lo privado.

Del mismo modo, las construcciones simbólicas de lo masculino y lo femenino están arraigada en la práctica discursiva y los imaginarios colectivos, donde ordenan, legitiman, disciplinan y definen los lugares y las características de los sujetos y sus espacios, y que se inserta como un sistema de oposiciones homólogas: sujeto/objeto, político/doméstico y público/privado. Desde este punto, como plantea Bernardo Subercaseaux (1993a) el imaginario colectivo de comienzo de siglo XX en Chile es un escenario generizado, donde:

lo femenino era lo foráneo, la oligarquía afrancesada, el ocio, la especulación, la raza latina, los inmigrantes, el modernismo y las poéticas cosmopolita, el parlamentarismo ineficiente, la bella époque criolla, los juegos de azar, los políticos pusilánimes. Lo masculino en cambio correspondía a la industria, al espíritu emprendedor y guerrero, al roto, al régimen presidencial, a las figuras de Prat y Portales, a la raza gótica araucana, a la ciencia, a una literatura que no fuera escapista, que se hiciera cargo de la realidad y desnudara las apariencias, que rescatara lo propio y las tradiciones vernáculas” (p. 248).

Asimismo, el género no es sólo una manera de organizar lo sexual, sino también una forma de relaciones significantes de poder que se entrelaza con las representaciones ideológicas, culturales y de las mentalidades, es decir, los imaginarios.

El sujeto intelectual y el campo intelectual.

Para comenzar debemos señalar que la noción de intelectual constituye un campo semántico cargados de valores que ha llevado a diversas y variadas definiciones, pero siempre en términos masculinos.  Para ir vislumbrando la silueta del intelectual, debemos decir que “es el culto, el creador, el que piensa y comunica, el que se orienta por las cosas del espíritu, el que produce ideologías, el artista, el escriba, el experto: en fin «tous ces aristocrates de la pensée»” (Brunner, 1982a:7). Esta definición del intelectual lleva a identificarlo como un sujeto depositario del saber/poder, pero también como el productor de arte y un agente comunicador.

Para efecto de esta investigación nos centramos en las figuras del intelectual tradicional de mediado del siglo XIX y el escritor de comienzo del siglo XX, como sujetos intelectuales que piensan, crean y comunican. Ambos sujetos integraron una elite culta, educada, urbana y predominantemente masculina, en la medida que sus trayectorias se registraron dentro de la esfera pública, donde accedieron a los procesos específicos de producción, transmisión, consumo y reconocimiento de los símbolos culturales. De este modo, se sobrentiende que ser un intelectual tradicional y/o escritor en el campo cultural chileno fue un asunto de hombres, imponiendo una censura a la participación femenina. Esta censura se originó inherentemente de las estructuras sociales que constituyen un privilegio para los hombres el acceso al poder de la opinión, perteneciendo de este modo a una intelectualidad desde los esquemas de la visión androcéntrica de la oposición público/privado.

Por otro lado, las trayectorias de estos sujetos y las características del campo cultural chileno se vieron condicionados por el avance de los medios técnicos de la cultura, la profesionalización de las funciones intelectuales, evolución del mercado de consumo y conflictos y/ pugnas conducidos por los actores de este campo (querellas entre escuelas de pensamientos, entre generaciones, movimientos artísticos, entre medios competitivos de comunicación), los cuales hicieron posible la renovación de las orientaciones intelectuales, morales y estéticas dentro del campo cultural y de paso propiciaron la conformación de un determinado escenario histórico cultural (Brunner, 1985). Estos elementos en su conjunto nos proporcionan las herramientas para repasar el tránsito desde el tradicional y multifuncional letrado del siglo XIX al moderno escritor de comienzo de siglo XX.

Los ensayistas ilustrados de la segunda mitad del siglo XIX.

La figura de los grandes hombres de palabra, es decir los ensayistas-políticos de la segunda mitad del siglo XIX, se vinculó a la construcción de lo masculino dentro del imaginario social, especialmente en oposición al emergente escritor moderno. Desde las relaciones significantes de poder se observa entre fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX una interpretación del ensayismo político e histórico como fuente de masculinidad y la sensibilidad en la creación artística como representación feminizada.

La figura del intelectual de mediados del siglo XIX se forja y circula al interior de la elite dirigente, disponiendo de estrechas interconexiones con el liderazgo y la dirección política. Este es un hombre con poder de decisión y de acción. Se le identifica como un político y/o abogado que se dedica a la producción de bienes simbólicos-culturales, pero que destaca como parlamentario, alto funcionario de gobierno, catedrático y/o  miembro del directorio de empresas públicas o privadas. Su calidad de hombre público lo sitúa dentro del funcionamiento del campo cultural decimonónico como dependiente del campo político, es decir, tradicional en su forma, especialmente ante la falta de autonomía y diferenciación en el espacio público entre lo político y lo intelectual (Catalán, 1985).  La mayor parte de la producción simbólica se circunscribe a la cristalización del proyecto político-cultural hegemónico de la clase dirigente que se da a conocer a través del doctrinarismo, y que se enfocó en la pugna laico/clerical. En la creación intelectual prevalecen las obras de carácter ensayístico-doctrinarias y científicas por sobre la creación artística o literario.

En este escenario histórico cultural la imagen del sujeto intelectual se inscribe en torno a los grandes intelectuales como José Victorino Lastarria, Andrés Bello, Benjamín Vicuña Mackenna, Diego Barros Arana, entre otros. La representación del intelectual tradicional se esboza como “culto por rango, renta y educación, dicho intelectual se percibía a sí mismo, como portador de una tradición ininterrumpida de distinción. Era el hombre público, objeto de tanta retórica como de ceremonial complicado” (Brunner, 1982b:101). En cambio, el intelectual moderno de las primeras décadas del siglo XX busca el reconocimiento por su arte literario. La transición entre ambos sujetos intelectuales tanto el tradicional como el moderno plantean la oposición político-masculino/sensibilidad-femenino. Es así que la impronta masculina del intelectual tradicional entra en pugna con el surgimiento de una sensibilidad mesocrática que buscaba exponer su arte escapista, la cual es equiparada como una feminización dentro del imaginario colectivo generizado.

La construcción del campo cultural a comienzo del siglo XX.

El sujeto intelectual moderno más interesado en la literatura que en la política anunció un nuevo orden intelectual basado en la valorización de lo cultural y en una renovada sensibilidad modernista y esteticista de las letras. La modernización en el ámbito cultural, particularmente el literario, llevó a construir espacios en que el saber y la creación se desplegaron paulatinamente con autonomía, generando profesionales especializados que se convirtieron en autoridades expertas de su área. De este modo, se acentuó la distancia entre la cultura profesional y la del público, y entre los campos científicos o artísticos y la vida cotidiana. El campo cultural haciendo eco de las transformaciones sociales de la sociedad chilena reflejó en la construcción del intelectual moderno a un sujeto de clase media con mayor capital cultural que vive para la literatura, y que lo hace por estudio y vocación.

Por otro lado, el progreso en la alfabetización de la sociedad y la profesionalización de los docentes permitió una apertura de los restringidos círculos literarios, consiguientemente los cambios en la escolaridad dispuso la formación de públicos lectores que comenzaron a elevar sus disposiciones y gustos literarios ampliando, difundiendo y modernizando el mercado cultural nacional (Subercaseaux, 1993b).

A su vez, la renovación del mercado de bienes culturales impresos abrió un espacio privilegiado para los hombres de letras tanto periodistas como escritores. Asimismo, este espacio moldeó oportunidades para los nuevos escritores y sus tendencias. En esta renovación se destacaron: Augusto D´Halmar, Carlos Pezoa Véliz, Baldomero Lillo, Joaquín Edwards Bello, Joaquín Díaz Garcés (Ángel Pino), Mariano Latorre, Fernando Santiván, Carlos Mondaca, Víctor Domingo Silva, entre tantos otros. También debemos destacar los críticos literarios como Omer Emeth (Emilio Vaïsse) y Alone (Hernán Díaz Arrieta), y las excepciones femeninas: Inés Echeverría (Iris), Mariana Cox de Stuven (Shade) y Elvira Santa Cruz (Roxane).

Esta renovación escritural surgió principalmente desde la clase media que demandó  atención hacia otros intereses y expectativas que fue más allá de una cultura europeizada y clásica y de sus vetas científicas e históricas. El nuevo orden intelectual respondió a una identificación a través de la palabra escrita con el hecho social, de este modo la sensibilidad social se transformó en manifestación literaria a través de novelas con una gran carga de crítica social como Juana Lucero de Augusto D´Halmar publicada en 1902, Casa Grande de Luis Orrego Luco publicada en 1908 y El Inútil de Joaquín Edwards Bello publicada en 1909.

La demanda escritural transformó el parque impresor con el aumento del comercio y  circulación del libro. El comercio se especializó en la medida que los circuitos socioculturales comenzaron a demandar  productos específicos, aumentando el número de las librerías y de paso algunas se comenzaron a especializar. A esto se debe sumar el dinamismo en la producción de diarios, periódicos y revistas, aumentando el número de publicaciones como también sus objetivos y calidad. La moderna empresa periodística estuvo marcada por la innovación tecnológica y el mercado noticioso que configuró una prensa informativa. A su vez aparecieron las revistas especializadas del género magazine ofreciendo un variado contenido a un público cada vez más heterogéneo en su demanda[1]. Este nuevo género en la producción textual-comunicacional se posiciona como un formato innovador y provocador que incorporó la imagen y la fotografía como un nuevo código de lenguaje.

La ampliación del público lector permitió que la industria impresora creciera y dinamizara dando paso a una moderna industria cultural y con ello el desarrollo de la actividad editorial. La aparición del editor, como el de agente creador de contenidos culturales, renovó las nuevas perspectivas escriturales[2]. Entre 1900 y 1930 se configuró la moderna empresa editorial en el marco de una industria manufacturera consolidada y una sostenida capacidad adquisitiva del público lector (Subercaseaux, 1993b).

La educación, las bibliotecas, las editoriales y las revistas permitió ir construyendo lo que Shils (1981a) llama “sistema intelectualen tanto dispositivo de instituciones intelectuales donde sus integrantes cumplen funciones intelectuales o se adiestran para hacerlo. En este sentido, el moderno sistema intelectual permitió ejercitar capacidades y disposiciones propias configurando la autonomía del campo intelectual y con ello la identidad del intelectual-escritor.

La dinámica del campo cultural basada en una relación de intercambio se construyó como una jerarquía. De tal manera que el polo productor fue investido de una distinción superior acentuando la distancia entre la cultura profesional y el público consumidor. Asimismo, el intelectual fue reconocido públicamente mientras que el polo receptor fue anónimo y masivo. Al escritor se lo asoció con lo activo en el ámbito de la creación literaria y al lector con lo pasivo como consumidor de esa creatividad literaria. A su vez, la emergente industria cultural moderna cumplió un importante papel normativo representando modelos afines con el sistema desigual en términos de género, definiendo roles específico para hombres y mujeres dentro de la industria cultural, donde los hombres se vislumbraron como productores y las mujeres como consumidoras. No obstante, ciertas mujeres desarticularon estas normas y cuestionaron el orden social existente, escribiendo, dirigiendo, editando y publicando productos escriturales, pero fueron una minoría (Agliati y Montero, 2006; Robles, 2007).

 El escritor moderno, un modelo masculino.

La generación literaria de 1900 se instala en el panorama cultural chileno como los sujetos que encarnan al intelectual moderno. Estos escritores se reconocieron a sí mismo como profesionales de la palabra. A su vez, esta generación declaró abiertamente que “El Amor por la lectura es una cosa; afición por escribir otra” (Santiván, 1997:28). Estos jóvenes amantes de las lecturas y escritura se aventuraron a vivir de las letras convirtiéndola en su profesión.

Augusto Goeminne Thomson[3], conocido más tarde como Augusto D´Halmar, fue el líder indiscutido de esta nueva generación de escritores modernos. Augusto D´Halmar buscó en el campo cultural respeto y reconocimiento para el escritor y su creación, instalándose como la figura fundacional de la imagen del moderno intelectual. En este sentido, como señala Gonzalo Vial (2001): “Después de D´Halmar los escritores no necesitaron ser de clase alta y fortuna ancestral, ni bohemios misérrimos, ni burócratas grandes o pequeños, pudieron vivir de su oficio” (p. 263).

En sus Confidencias Mariano Latorre (1971a) nos permite vislumbrar la transformación del campo intelectual-literario a través de lo que removió e innovó Augusto D´Halmar:

Por su originalísima personalidad, por la aristocracia de sus modales y por la exótica prestancia de su vestimenta. Dignificó el traje del escritor, creándole un uniforme. Sombrero de anchas alas y corbatas de perezosos pliegues. […] Destacó a sí, primero desde el punto de vista exterior, diferenciándola de lo burgués cotidiano, la figura del hombre de letras. El escritor según él, era un profesional, como el abogado, el médico, el profesor. Tenía su lugar en la vida social de su país y un lugar prominente” (pp. 496- 497).

D´Halmar revolucionó el ser escritor frente a la tradición literaria. También renovó el debe ser frente a la comunidad intelectual y la sociedad chilena:

Su elegancia y finura espirituales nos embrujaba. Todos los escritores de ese tiempo, incluyendo a Pezoa y a Ignacio Kallens, sufrimos su influencia directa o indirectamente. Sobre todo por su actitud desafiadora frente a la sociedad. Fue una especie de representante de los artistas y su misión consistió en dignificarnos, en darnos a conocer, como un elemento útil en la vida de un país. Gesto revolucionario, sin duda alguna, porque el instante histórico de Chile, pleno auge del salitre, era la idolatría a los dioses del lujo y de los placeres fáciles”. (Latorre, 1971b:526).

La construcción de la imagen en términos de hombre público y hombre de letras fue suministrando los elementos necesarios para la formación de una identidad intelectual sexo-genérica marcadamente masculina. En este sentido, el escritor moderno anteriormente feminizado por su escritura escapista comienza a redefinir su identidad masculina como un elemento útil en la vida del país al vincular la palabra escrita con el hecho social.

 La comunidad  intelectual, una homosociabilidad de valorización literaria

Esta nueva generación de intelectuales que convirtió el oficio de letras en su profesión fue instaurando una cultura intelectual a partir de la experiencia y la “convivencia intelectual” (Shils, 1981a). Es así que estos hombres de letras desarrollaron al interior del campo literario una comunidad intelectual, a modo de un sistema de vida social intelectual. Esta comunidad, en tanto, un sistema de pertenencia les permitió desarrollar y diferenciar sus propias costumbres, pero también organizó una sociabilidad que reconoció y glorificó el prestigio individual y la estimación social, a partir exclusivamente de sus propios méritos narrativos y poéticos, es decir, la glorificación literaria se alcanzaba escribiendo.

Igualmente, las normas y los vínculos que se organizaron en torno a la sociabilidad de la comunidad intelectual no operaron por consenso espontáneo, más bien funcionó mediante la distribución de recompensas, oportunidades de publicación, distinciones honoríficas y ceremoniales, nombramientos, entre otros (Shils, 1981a). De este modo, se fue disponiendo una cotización simbólica y/o material de la obra y el escritor.

A su vez, la consolidación de la comunidad intelectual reforzó la formación de una audiencia consumidora que permitió a los intelectuales continuar con el proceso de creación. Parte importante de la formación de éste vínculo entre productores y consumidores fueron las instituciones que funcionaron como transmisores comunicacionales, por medio de las cuales las obras se evaluaron, seleccionaron y difundieron (Shils, 1981b). Estas instituciones funcionaron, por un lado, como ejes de encuentros de sociabilidad intelectual, y  por otro, dieron a conocer a la sociedad en general las obras creadas.

En este sentido, la sociabilidad intelectual se instaló como una homosociabilidad que osciló entre una exclusividad masculina de la producción de bienes simbólicos y los espacios necesarios para la admiración del público. Un ejemplo de esta homosociabilidad lo relata Fernando Santiván (1997) en una sesión en el Ateneo:

Los viejos recuerdan, sin duda, aquellas sesiones del Ateneo, de Santiago, en que Augusto [D´Halmar] llegaba a la desbordante sala-teatro de la Universidad […] Los estudiantes rebullían en las tribunas altas. Las damas de platea enfocaban sobre el joven escritor los ojos afiebrados de ocultas ansias. […] Los estudiantes formábanse calle en el atrio y seguíanle(sic) con gritos triunfales: “¡Viva el Zola chileno!”… “¡Viva nuestro Dostoyevski!” “¡Viva el Loti!”…“¡Viva el Daudet!” (p. 79).

La forma que tomó esta sociabilidad intelectual incluyó colectividades organizadas y/o formales y encuentros espontáneos como tertulias y reuniones improvisadas. Entre las instituciones formales del campo de producción literario están: el Ateneo de Santiago, la Universidad de Chile, la Biblioteca Nacional y la sala de redacción de las revistas.

El Ateneo de Santiago se organizó en torno a lecturas, recitales artísticos, conferencias científicas y de actualidad y concursos. Fundado en 1899 y dirigida por su secretario perpetuo el poeta Samuel Lillo, era concurrida por intelectuales, profesores, políticos, por miembros de la alta sociedad y jóvenes estudiantes universitarios con aspiración literaria.  Esta fue una tribuna obligada de quien quisiera oficializar su inicio en la carrera de letras.

La Universidad de Chile fue otra de las instituciones de comunicación y resguardo intelectual. Asumieron cargos administrativos algunos jóvenes escritores entre ellos: el poeta Samuel Lillo que se desempeñaba como secretario de la Universidad, el poeta Diego Dublé, el novelista Eduardo Barrios, el poeta Carlos Mondaca, y el cuentista y dramaturgo Rafael Maluenda.  El poeta Samuel Lillo mantuvo una tertulia diaria que era visitada por Augusto D´Halmar, Magallanes Moure, Víctor Domingo Silva, Pezoa Véliz, Guillermo Labarca, Luis Ross, Fernando Santiván, entre otros.

Otra de las instituciones que tuvo la función comunicacional fue la Biblioteca Nacional. Así lo recuerda Mariano Latorre (1971c): “En la Biblioteca Nacional, en la sección Conferencias, cuyo jefe era Miguel Rocuant, se reunían en las tardes: pintores, actrices, poetas y novelistas.” (p. 99). También José Santos González (1996) nos habla de la Biblioteca como punto de encuentro:

En la Biblioteca Nacional había unos cuantos escritores, todos interesantes; sabían cosas, algunos, muy raras. Aunque varios no fueran altos, para mí eran torres vivientes sin excepción. Los admiraba. No sabía como agradecerles que me dejaran estar cerca, oyéndoles y aún que escuchaban, sin enojo, las contadas frases que se me escapaban. Sentíame privilegiado. Alguien solía hablar con pesimismo de la obra de un escritor ausente. No me extrañaba. Tampoco disminuía la veneración por el crítico. Y al enjuiciado seguía teniéndolo por escritor prodigioso. Al ver en mi camino a un escritor, no importaba cual, andando distraído, deteníame(sic) a mirarle hasta que desaparecía. Siempre veía  algo más que su figura material. Seguirlos con la mirada afectuosa se me hizo costumbre. Era como si lo sintiese de una familia especial” (p. 169).

Las salas de redacción de las revistas literarias se constituyeron en puntos de encuentro para los jóvenes narradores, poetas, ensayistas y críticos, que permitieron dar a conocer sus obras literarias al público consumidor. A su vez, se constituyeron en el eje de organización de las escuelas de pensamiento y sensibilidad, expresando a través de ellas la renovación de la creación intelectual y la materialización de las nuevas influencias de las vanguardias estética, académicas y políticas. La fundación de revistas literarias reafirmó la preeminencia masculina en la creación de espacios de divulgación literaria. Las revistas literarias que se publicaron y tuvieron resonancia fueron creadas y dirigidas sólo por hombres: La primera Pluma y Lápiz fundada en 1902 y dirigida por Marcial Cabrera; La segunda Pluma y Lápiz  fundada en 1912 y dirigida por Fernando Santiván y el escritor Daniel de la Vega; Revista de Artes y Letras fundada en 1917, esta revista mensual estaba dirigida por Fernando Santiván y Miguel Luis Rocuante; Instantánea de Luz y Sombra que tuvo como su redactor en jefe a D´Halmar; La Revista Contemporánea fundada en 1910 por Pedro Prado junto a Vicente Huidobro; y Musa Joven fundada en 1912 por Vicente Huidobro.

 Conclusión.

La cultura intelectual no fue indiferente a la construcción de la diferencia sexo-genérica, reforzando el poder simbólico de las señas del género como operador ideológico que masculinizó el campo cultural. La industria cultural moderna fomentó un papel normativo, representando modelos afines con el sistema sexo-genérico, definiendo roles específico para hombres y mujeres, pero también fomentó espacios de convivencia intelectual exclusivamente masculinos. Asimismo, la comunidad intelectual organizada como un asunto de hombres trajo consigo la censura a la participación femenina, precepto surgido inherentemente de las estructuras sociales que constituyó como un privilegio masculino el acceso al poder de la palabra y la opinión.

Sin embargo, a partir de la década de 1900 se observó la aparición de escritoras, como también periódicos y revistas producidos por mujeres los cuales pertenecieron a los más diversos espacios socio-culturales. Las escritoras aventureras como Inés Echeverría de Larraín (Iris), Mariana Cox Stuven (Shade) y Delia Rojas Garcés (Delie Rouge) enfrentaron grandes dificultades derivadas de la ausencia de una amplia tradición de escritura femenina que le otorgara puntos de partida para un reconocimiento intelectual. En este sentido, la afición a la lectura, el deseo de escribir y la publicación de sus trabajos no les significó un ingreso automático a la comunidad intelectual para consolidar una carrera literaria. Por el contrario, la escritura femenina fue un intentar desde los márgenes ingresar a esa comunidad, dominada por los esquemas de la visión androcéntrica de la escritura y la identidad.

Por último, debemos señalar que la utilización de la perspectiva de género es una herramienta indispensable a ser incorporada en el estudio del campo intelectual, la cual nos abre nuevas trayectorias de investigación, y que en el presente texto sólo hemos esbozado en parte al dejar de lado, por ejemplo, el análisis de las obras escritas por esta nueva generación de escritores.

Notas


* Este texto se ha desarrollado en el marco del proyecto Fondecyt Regular nº 1110108, “Ficción y Gestión: trayectorias de mujeres escritoras en el campo cultural chileno en la primera mitad del siglo XX” dirigido por la Profesora Darcie Doll Castillo.

[1] En este panorama surgieron las revistas: Zig-Zag en 1905 y Familia en 1910, entre otras.

[2] La Editorial Nascimento fundada por Carlos George Nascimento dejó de lado su orientación comercial que inicialmente tuvo su empresa para dar un primer impulso a la literatura chilena. En tiempos en que publicar un libro implicaba enormes esfuerzos para los autores nacionales, debiendo recurrir a las autoediciones de mínimo tiraje, esta editorial editó a casi todos los Premios Nacionales de Literatura. Por otro lado, la Empresa Editorial Zig-Zag se convirtió en una de las principales empresa editora en la década del veinte.

[3] Este escritor fue el primero en ser galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1942. En 1902 publicó “Juana Lucero”, pero será con la publicación de “La lámpara en el Molino” (1914) cuando comenzó a utilizar el seudónimo de Augusto D´Halmar.

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