De Pinochet a Cheyre, del patriarcado conservador al patriarcado liberal”: Militarización femenina durante la postdictadura.

Resumen:

El artículo tiene por objeto analizar la concepción de género al interior del Ejército de Chile durante la transición democrática. Concepción que evidencia cambios, en tanto las mujeres han asumido roles y especialidades ligadas con el ejercicio de la guerra, así como la posibilidad de conformar parte del Alto Mando Institucional, erosionando el ideario conservador de género. La dinámica internacional que impone un contexto militar posmoderno ha catalizado los cambios, aún cuando persisten limitaciones para las mujeres.

Palabras Claves: Género – Ejército militar posmoderno – Transición Democrática –  Ejército de Chile

Abstract:

The article aims to examine the concept of gender into the Chilean Army during the democratic transition. Conception evidence changes, while women have assumed roles and specialties related to the exercise of the war and the possibility of forming the Institutional High Command, eroding the conservative gender ideology. The international dynamics imposed a postmodern military context has catalyzed changes, even when constraints for women persist.

Keywords: Genre – Postmodern Military Army – Democratic Transition – Army of Chile

Daisy Penrroz Maldonado. Licenciada en Educación y Profesor de Estado en Historia y Ciencias Sociales. Licenciada en Historia, Universidad de Santiago de Chile.

Introducción.

Una de las transformaciones más dinámicas que se inicia en el siglo XX, tiene que ver con la presencia de las mujeres en la escena histórica, con una relevancia progresiva que está transformando este proceso en un significativo cambio civilizatorio (Hobsbawm, 1995). Esta irrupción de las mujeres en el ámbito de lo público concierne desde el mundo del trabajo, el ámbito educativo, la representación política, los espacios de la recreación y la cultura, los liderazgos sociales y las instituciones militares.

Respecto de este último, a finales del siglo XX e inicios del XXI, una transformación que estarían atravesando las Fuerzas Armadas estadounidenses y aquellas pertenecientes a países democráticos occidentales, sería el tránsito desde un formato de organización militar moderno a uno posmoderno. Éste, identificado como un ejército de pautas flexibles, reclutamiento voluntario, formador de recursos humanos profesionales, con roles más diversos y de mayor inclusión social (Moskos, 2000). Desde esta perspectiva, la presencia de las mujeres en la esfera militar es considerada uno de los indicadores para hablar de la organización militar posmoderna tras el final de la Guerra Fría [1].

Latinoamérica, registra desde la década de los noventa una mayor visibilidad de la participación femenina militar, la cual se vincularía con los procesos democratizadores de la región (Donadio, 2010; Avelar, 2010). Sin embargo, es posible rastrear con antelación su incorporación en varios países [2], siendo en Chile a partir de la década de los setenta dentro de las fuerzas terrestre y aérea, proceso que se replicaría gradualmente en la región sudamericana a partir de los ochenta y noventa [3]. La matriz cultural patriarcal chilena, legitimaría la subordinación de la mujer respecto del hombre, “asociándose guerra con virilidad y paz con feminidad” (Perrot, 1997: 38). En este sentido, si bien en dictadura la Escuela de los Servicios Auxiliares Femeninos del Ejército incorporó mujeres, durante la transición democrática se registra un aumento de la militarización femenina así como su incorporación en el año 1995 al cuerpo comando, pero ¿por qué se incorpora a las mujeres?, ¿cuál ha sido la concepción de género de la oficialidad del Ejército luego de la postdictadura?

Resulta peculiar que las instituciones castrenses, consideradas el paradigma típicamente patriarcal [4], con una cultura excluyente estableciendo una lógica binaria, en donde lo que no es militar no es masculino ni afín, sino más bien es lo otro, lo distinto, lo inferior, lo subordinado, donde tanto civiles como mujeres habitarían en la región de la otredad [5], desarrollen procesos de incorporación femenina, “considerando que la guerra ha sido función por excelencia de los hombres, siendo las mujeres excluidas del manejo de las armas” (Perrot, 1997: 138). En relación a los hombres y mujeres, este estudio se limita a la oficialidad, pues resulta más significativo desde el punto de vista de las relaciones de poder, el hecho de que las mujeres oficiales puedan acceder al Alto Mando del Ejército.

Diversas razones se han esgrimido para comprender este proceso. Se ha señalado por ejemplo, que el determinante crucial del número de mujeres incorporadas es la poca disponibilidad de hombres para llenar todos los roles militares (Segal, 1995), así como la dificultad de conseguir personal técnicamente calificado (Carreiras, 1999). Sería la evolución tecnológica la que ha reforzado la importancia de roles que requieren destreza técnica, disminuyendo el papel de aquellos que necesitan fuerza y resistencia física, lo que contribuiría a potenciar la participación femenina en los ejércitos.

En este sentido, el feminismo liberal esperaba que el avance femenino hacia la obtención de iguales derechos en el ámbito de las fuerzas armadas generara cambios en la idiosincrasia militar y una transformación en dirección más pacífica de las relaciones internacionales [6]. Potencial de cambio que se ve confrontado en torno a la cuestión de género en las fuerzas armadas israelíes por ejemplo, en donde las mujeres han adoptan prácticas corporales y discursivas masculinas, probablemente debido a que visualizan masculinidad y autoridad militar como indisociables (Rimalt, 2007). En el caso chileno, la incorporación femenina en sus comienzos se hizo bajo una segregación patriarcal de funciones que se prolongaría hasta fines de los noventa (Zalaquett, 2009). No obstante, todavía no existirían investigaciones que analicen el tema con profundidad, dado que es un fenómeno que en los últimos años ha avanzado rápidamente y que está en constante revisión por parte de las Fuerzas Armadas (Arancibia y Milstein, 2002).

Las discusiones concuerdan en que se reproduciría la lógica patriarcal dominante y de reforzamiento de las funciones tradicionales de género. Este artículo tiene como objetivo analizar la tensión entre el ideario conservador de lo femenino, advirtiendo ciertas fisuras respecto del mismo, de modo de destacar no sólo las continuidades sino los cambios con dicho ideario. Desde nuestra perspectiva, la concepción de género de la oficialidad del Ejército, dentro de un contexto internacional militar posmoderno, estuvo permeada por una tensión entre cambio y continuidad respecto del ideario patriarcal de lo femenino. Asumir roles y especialidades ligadas al ejercicio de la guerra, así como la posibilidad de conformar parte del Alto Mando, revierten la lógica de hombre-dominador y mujer-dominada, pues en la institución militar ambos dominan no en base a la diferencia sexual, sino en base al sentido de verticalidad y subordinación propio del ámbito castrense.

No obstante, se presentaron aspectos de continuidad relacionados a las ausencias en el discurso cotidiano de la mujer como ser autónomo e integral de la institución, así como a la existencia de escalafones aún vedados para ellas. En este sentido, integrar a la mujer durante la transición democrática adquiere un peculiar sentido en la medida que contribuye a la recomposición de las relaciones cívico-militares, pues se trataba de una institución desacreditada producto de la dictadura. La metodología es de tipo interpretativo y enfoque cualitativo, basada en técnicas de análisis de fuentes primarias, tales como planes de estudio, y secundarias, tales como documentos oficiales, discursos y revistas provenientes del Ejército de Chile.

Postdictadura, Pinochet y la incorporación diferenciada a la Escuela Militar, 1995-1998. 

La incorporación de mujeres como parte del cuerpo profesional del Ejército bajo la creación de la ESAFE, marcó el hito formal de la participación de la mujer en la institución. No obstante, será a partir del año 1995 cuando se integren como parte del cuerpo comando con la formación del contingente femenino en la Escuela Militar Bernardo O’Higgins Riquelme, instituto matriz que históricamente había albergado a los hombres. Suzeley Kalil reconoce tres principales factores que llevan a la integración de las mujeres a las Fuerzas Armadas. Primero, la democracia que cada vez exige mayor igualdad de oportunidades para los ciudadanos. Segundo, el cambio en la concepción de las nuevas guerras, avances tecnológicos y administrativos. Y tercero, el factor psicosocial, la percepción de los agentes sobre la función de los militares, donde incluye el prestigio de la profesión militar y la legitimidad castrense (Kalil, 2005).

Entendemos, por un lado, que el proceso que vivió el Ejército de Chile desde el fin de la dictadura, estuvo imbricado por los cambios en las fuerzas armadas a nivel mundial, que repercutieron en la conformación de nuevos conceptos rectores de su profesionalismo, iniciando de esta forma un proceso de modernización. Por otro lado, que la transición democrática es un tema controversial, dentro de cuyas discusiones el estudio de las relaciones cívico-militares ha estado fuertemente ligado por la problemática de la subordinación al poder civil como un elemento clave para comprender el devenir de las relaciones entre el gobierno y las Fuerzas Armadas [7].

Por otra parte, repensar la democracia significa incluir también la diferencia de los sexos, pues la ciudad -antes masculina-, se abriría apenas la noción de profesión sustituye a la de servicio militar, ingresando las jóvenes a las escuelas militares. La racionalidad militar señalaría que si eso es una profesión y las mujeres la hacen bien, no habría razón para que no la ejerzan. De este modo, “la resistencia de los militares es, paradójicamente, menos fuerte y las mujeres ingresan con mayor facilidad en el ejército profesional” (Perrot, 1997: 136). No obstante, habría que matizar, pues el porcentaje de mujeres seguiría siendo débil, y convendría distinguir los rangos jerárquicos, el tipo de armas y de técnicas.

El Ejército chileno plantea la necesidad definitiva de integrar a las mujeres en el proceso de modernización. Sin embargo, si se atiende a lo que advierte Perrot, es decir, los rangos jerárquicos, el tipo de armas y de técnicas, se observa que esta incorporación iniciará un camino gradual hacia una integración completa y definitiva en estricto rigor.

A partir del año 1995 se ordenó que el Servicio Femenino Militar debiera contar con personal femenino instruido para cumplir actividades de carácter administrativo y logístico en reemplazo del personal masculino, permitiendo así el empleo de éstos en actividades inherentes al combate. Lo anterior, a través de la conformación de una planta de Oficiales y dotación del Cuadro Permanente Femenino, egresado de las Escuelas Matrices, que permitan su empleo en las Áreas de Personal, Informática y Computación, Finanzas, Relaciones Públicas y Sanidad posibilitando la presencia de la mujer en directo beneficio de la operacionalidad del Ejército.

En base al objetivo pronunciado, se infiere que la participación de las mujeres dentro del proceso de modernización, es evaluada con fines de complementariedad en función de la operacionalidad del Ejército y con una concepción de género tradicional. Por un lado, pues se la incorpora considerando que sus actividades serán en reemplazo del personal masculino. Por otro lado, pues los roles asignados -administración y logística-, establecerán una diferenciación a priori respecto de las funciones permitidas para las mujeres.

Este carácter que asume la participación femenina tiene su correlato con lo pronunciado por el Comandante en Jefe respecto del proceso de modernización, en donde la necesidad de innovar en los procedimientos profesionales ha provenido siempre de los propios hombres de armas, quienes han detectado oportunamente la conveniencia de aplicar criterios y tecnologías modernas[8]. Aspecto que da cuenta de la mayor valoración de los hombres por sobre la contribución de las mujeres, pues los hombres no sólo se desenvuelven en las actividades inherentes al ejercicio de la guerra –el combate-, siendo además, el formador del Ejército movilizado, sino que también son hombres de armas artífices de la innovación en el proceso de modernización del Ejército.

De acuerdo al plan de estudios del año 1996 el objetivo genérico de la Escuela Militar declaraba que ésta tenía como misión la formación profesional del Oficial de Ejército que egresa con el grado de Alférez y que cimentado sólidamente en los principios de la moral y el honor, había logrado ser un hombre de carácter disciplinado, leal, equilibrado afectivamente y con una preparación física e intelectual-profesional de amplitud tal que le permitía desenvolverse como un Oficial de Ejército […] Además tiene la responsabilidad de la formación profesional de la Oficial Femenino que egresa con el grado de Alférez, cimentado en los principios de la moral y el honor, con una preparación física e intelectual profesional de amplitud tal, que le permita desenvolverse adecuadamente en funciones de asesoría en materias de su especialidad (Plan de Estudios Escuela Militar, 1996). De esta manera, su plan de estudio estaba conformado por dos años académicos, en los cuales podían obtener el grado de Alférez de Oficial de Ejército en menciones de Relaciones Públicas y Personal, o bien, en Informática y Computación.

A partir de la formulación de este objetivo genérico, se introduce nominalmente a la mujer como componente de éste. No obstante, el énfasis y valoración están puestos en los hombres, a los cuales se les encomienda la responsabilidad de la formación profesional de la oficial femenina, por lo que en términos de autonomía, se mantiene una concepción tradicional de género, en tanto se visualiza a las mujeres como un ser dependiente, necesitada de apoyo para llevar a cabo con éxito su misión institucional-militar, mientras que el hombre y su masculinidad estaría dada por su espíritu aventurero e independiente, aunque el ser para sí se revierte en la medida que debe ser para otro, en este caso, las mujeres. De esta manera, quedaron establecidas las funciones de las mujeres, las que estarían orientadas al apoyo y la asesoría.

La concepción que tiene la oficialidad respecto de lo masculino y lo femenino resulta ser controvertida, pues lo masculino y femenino está supeditado a un ser institucional hegemónico que caracteriza el ethos militar. El control de la emociones resulta ser clave, pues hombres y mujeres deben desarrollar una estabilidad emocional que le haga posible resolver problemas en su especialidad y en funciones generales, tanto en circunstancias normales como en situaciones de emergencia y de guerra (Plan de Estudios Escuela Militar, 1996). Este punto en particular, generaría una ruptura con la concepción de género tradicional, toda vez que el estereotipo femenino visualiza a la mujer con una naturaleza emotiva, sensible, temerosa y cambiante y, al hombre, como un ser firme, decidido, tranquilo y equilibrado. Esta oposición binaria se rompería, pues en ambos se espera que logren desarrollar una estabilidad emocional que les permita controlar sus emociones y ponderarlas de manera eficiente en función de los objetivos que persiga la Escuela Militar.

La Modernización de Izurieta y Cheyre: Hacia una ruptura de la concepción tradicional de género, 1998 – 2005.

Entre 1995 y 1997, la incorporación de la mujer a la Escuela Militar como parte del cuerpo comando no supuso una inclusión, pues la educación diferenciada en torno a los roles de género siguió siendo parte de una concepción tradicional del mismo, aunque con elementos que generaban rupturas, en relación a cómo concebían lo femenino y masculino dentro de la institución. La Comandancia en Jefe de Augusto Pinochet Ugarte, así como las características del contexto socio político, habría influido en llevar a cabo un proceso de modernización gradual, nacionalista y jerárquico en sus prioridades, motivo por el cual la discusión en torno a las relaciones de género no constituyó un eje central del proceso de modernización.

No obstante, a partir del llamado militarismo profesional participativo, no sólo se van ampliando los ámbitos de desempeño del personal femenino, sino que a nivel discursivo las mujeres comenzarán a visibilizarse como sujetos militares. Bajo esta perspectiva, la incorporación de la mujer dentro del proceso de modernización del Ejército entre 1998 y 2005 responderá a una visión multicausal y ya no sólo de complementariedad. No obstante, el debate sobre la equidad de género no surgiría en los cuarteles sino que sería parte del debate público, enmarcado en un contexto militar posmoderno, que sumado a factores estrictamente militares -proceso de modernización-, convergerá en una tendencia de inclusión de las mujeres, generando mayores rupturas con el ideario tradicional de género.

De esta manera, la llegada de Ricardo Izurieta Caffarena a la Comandancia en Jefe representó un avance en la conducción civil del proceso de subordinación de las Fuerzas Armadas. Los dos grandes objetivos que tenía el Ejército fueron cambiar la imagen de la institución frente a la sociedad chilena y modernizarla, objetivos con los cuales se pretendía avanzar en la normalización de las relaciones cívico-militares. Se buscaba dejar atrás “la herencia de Pinochet como eje de las relaciones con las autoridades civiles y avanzar en la conformación de una nueva forma de entender el profesionalismo militar a través del tratamiento de temáticas centradas en lo castrense, abandonando cualquier intervención en política contingente” (Seguel, 2011: 85).

Mediante la Orden Comando del 11 agosto de 1998, se señaló el cambio de Escalafón del Personal de Oficiales del Servicio Femenino Militar al Escalafón Intendencia, la autorización para postular a la Academia Militar Politécnica y el egreso del Escalafón de Material de Guerra e Intendencia. Dichos cambios se llevaron a la práctica curricular y educativa, los cuales se expresaron en la redefinición del objetivo genérico de la Escuela Militar. El objetivo genérico para entonces señalaba como misión la formación integral del Oficial Masculino y Femenino que se incorpora al Ejército de Chile […] Además, tiene la responsabilidad de la formación integral del Oficial de Banda por un período de un año, con una preparación física, intelectual y profesional de amplitud tal, que le permita desenvolverse eficientemente en sus funciones de asesoría en materia de su especialidad (Plan de Estudios Escuela Militar, 1999).

Este objetivo genérico cambia respecto del año 1996, pues la tutela anterior que señalaba la responsabilidad del oficial masculino respecto de la formación del oficial femenino queda eliminada -por lo menos, a nivel discursivo-, lo que otorga un grado de equiparación entre hombres y mujeres, al quedar ambos registrados como sujetos activos dentro del proceso de formación militar, y no como un sujeto activo -hombre-, y un sujeto pasivo –mujer-, anteriormente, necesitada de protección y guía en su formación. Por otro lado, las labores ligadas a la administración, tan enfáticamente señaladas como funciones femeninas durante la Comandancia en Jefe de Augusto Pinochet, ahora se hacen extensivas como parte de los roles que pueden asumir ambos géneros, no existiendo una vinculación unidireccional con el género femenino. No obstante, se advierte la persistencia del hombre por sobre la mujer, en tanto, ha logrado ser un hombre de carácter, disciplinado, leal, equilibrado afectivamente (Plan de Estudios Escuela Militar, 1999), invisibilizándose la presencia de la mujer como parte de este mismo propósito. En la discursividad conservadora característica del período anterior, se van generando rupturas que permiten la presencia explícita de las mujeres, pero también la presencia aún hegemónica de los hombres.

Cuando el proceso de modernización estuvo a cargo del Comandante en Jefe Cheyre, se visualiza una mayor preocupación por incorporar de manera integral a las mujeres. Es así como el Mando Institucional y la influencia del proceso de modernización, llevó a realizar cambios en la institución para el personal femenino militar, en lo que se refiere a su ingreso a las Armas de Apoyo de Combate, tales como Artillería, Ingenieros y Telecomunicaciones, con la misma línea de carrera y posibilidades de desarrollo profesional que el personal masculino, protocolizado en la Orden Comando del 29 de octubre de 2002.

A partir del año 2003 las mujeres pudieron ingresar a la Academia de Guerra, al Estado Mayor y, eventualmente, alcanzar la Comandancia en Jefe. A partir de ese año, pudieron hacer carrera y alcanzar, al igual que los hombres, el grado de general de Ejército, pues hasta ese momento, las mujeres sólo podían aspirar al grado de Coronel después de 30 años de servicio, o bien, al grado de General de Brigada si pertenecía al escalafón de Material de Guerra o Intendencia. De esta manera, el ejército acogió una sugerencia formulada por las Naciones Unidas, que solicitó a los países miembros que permitieran el ingreso de las mujeres a las Fuerzas Armadas y a los más altos rangos [9].

La participación femenina cobró relevancia a través de la intervención del Consejo de Seguridad en el tema, y de una activa política plasmada en Convenciones, Estatutos y Declaraciones. Quizás, la más importante haya sido la celebrada en Beijing en el año 1995, que trasladó el centro de la atención al concepto de género, reconociendo que toda estructura de la sociedad y todas las relaciones entre hombres y mujeres, tenían que ser reevaluadas para potenciar plenamente el papel de la mujer. Concretamente, se estableció el concepto de transversalización de la perspectiva de género como estrategia principal, que conduciría a la concreción de la equidad de género. Los primeros vislumbres de la transversalización del enfoque de género en el Estado chileno comenzaron con el Plan de Igualdad de Oportunidad para las Mujeres 1994-1999, Plan de Igualdad de Oportunidades entre Mujeres y Hombres 2000-2010 (PIO) y los Planes Regionales de Igualdad de Oportunidades (PRIO) llevados a cabo por el Servicio Nacional de la Mujer [10].

La modernización del Ejército se entiende como una rearticulación en la educación recibida por los alumnos. En base a ello, el nuevo Plan de Estudios se estructura en cuatro años profesionales de formación superior, suprimiendo los estudios correspondientes a la Educación Media, permitiendo al término del proceso el grado académico de Licenciado en Ciencias Militares. Este proceso se inicia el año 2001, con la inclusión de un Bachillerato en Ciencias Sociales, a base de 16 asignaturas científico-humanista dictadas por la Universidad Diego Portales y, a partir del año 2003, otras dos asignaturas dictadas por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Por ello, es que la misión de la Escuela Militar era la formación del Alférez de Ejército. Éste es un profesional de las Armas que luego de cuatro años de formación, se encuentra capacitado en lo moral, psicológico, intelectual y físico, para desempeñarse en el mando al nivel de Comandante de Sección, ejerciendo en forma permanente el liderazgo tanto en el rol de educador e instructor, administrador y comandante de recursos humanos y materiales (Proyecto Educativo Ejército, 2006).

A nivel discursivo, nuevamente se advierte un cambio, pues hombres y mujeres se encontrarán refundidos bajo el concepto de Alférez de Ejército, así como también, se hablará del/a profesional de las Armas, y no de hombre de armas en general. Aspecto de cambio, que equipara hombres y mujeres como profesionales de las armas, lo que articula una construcción de sentido que permite mayor igualdad.

Bajo la Comandancia en Jefe de Cheyre, se da la puesta efectiva del proceso de modernización en el Ejército, ya que el contexto nacional y el perfil de sus antecesores habrían repercutido negativamente, dificultando la integración de la institución castrense en el ámbito internacional y a sus nuevas funciones[11]. De esta forma Cheyre, habría centrado el interés en el proceso de modernización y profesionalización propiamente tal, “pues en noviembre de 2004 el Comandante en Jefe, publicó un documento oficial en el cual realizó un expreso reconocimiento de las responsabilidades institucionales en las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el régimen militar, lo cual constituiría el inicio de un cambio doctrinario en el plano de su pensamiento político” (Seguel, 2011: 8).

Dentro de este contexto, los oficiales estarían bajo el nuevo concepto de profesionalismo militar participativo el cual destaca que si bien los uniformados podían ampliar sus funciones a todos los ámbitos de la seguridad nacional y la proyección de Chile dentro del escenario internacional, las instituciones no debiesen ser utilizadas políticamente, pues eso no contribuía al desarrollo nacional y la cohesión. Cheyre señalaba que “la modernización no sólo apunta al desarrollo de la nueva estructura de la fuerza, a la reestructuración de los sistemas de armas e infraestructura militar, sino también al desarrollo de su personal, ya que todo lo anterior requiere de hombres y mujeres con mayor preparación y con claras opciones de desarrollo profesional. En este orden, es interesante destacar las modificaciones efectuadas a la línea de carrera de la mujer, las que hoy poseen las mismas posibilidades de desarrollo profesional que el personal masculino” (Revista Armas y Servicios N°81, 2003: 16).

Durante el 2002 se produjo un incremento de las vacantes para que más mujeres pudiesen realizar el Servicio Militar Voluntario y, por otra, las Oficiales vieron ampliadas sus proyecciones profesionales, al poder optar a servir en las Armas de Apoyo al Combate y a obtener una especialidad primaria en la Academia de Guerra y/o Academia Politécnica Militar. Esta incorporación resulta particular en términos simbólicos, pues las mujeres se insertan en las instituciones de educación superior que estaban fuertemente restringidas para su acceso. Este aspecto simbólico, también se vio reflejado en un aumento del contingente femenino, según la revista de la institución, Armas y Servicios, “fue este mismo espíritu el que hizo que el Alto Mando decidiera incrementar la cantidad de contingente femenino que se convocaría a realizar el servicio militar. El año 2002 habían ingresado 50 mujeres y este año, debido al interés de las jóvenes por integrar las filas del Ejército, se consideró un incremento de las vacantes en un 480%  (240 voluntarias), ampliando además las funciones y labores específicas en que pueden desempeñarse las soldados femeninas” (Revista Armas y Servicios N°81, 2003: 16).

En dicha revista se destaca que la definición de la participación de la mujer en el Ejército fue un tema prioritario en el proceso de modernización de la Institución, de modo que se diseñó la línea de carrera de la mujer sin distinción en función del sexo. Se define la carrera militar femenina como una profesión con igualdad de condiciones, igualdad de desafíos e igualdad de exigencias.

El ingreso del personal femenino a las Escuelas Matrices no tenía como propósito reemplazar al personal masculino, sino integrar a la mujer en la Institución. Es así como durante la gestión presidencial de Michelle Bachelet se decidió abordar la situación de las mujeres en las Fuerzas Armadas y de Orden, quienes en general estaban seriamente limitadas y eran objeto de un tratamiento diferenciado respecto de los hombres. Por este motivo, se inició la preparación de una Política de Participación de las mujeres en las Fuerzas Armadas, estableciendo criterios comunes para las distintas ramas y posibilitando la integración armónica y desarrollo profesional del personal femenino.

De lo anterior se explicita el compromiso del gobierno con la Igualdad de Oportunidades para hombres y mujeres, para así aprovechar el potencial de ambos géneros. Se hizo alusión a aspectos que son relevantes para definir un cambio integral en la concepción tradicional de género. Por un lado, se destacó el ejercicio del Liderazgo y el uso de la Planificación y, por otro, la Equidad.

Bourdieu señala que la lógica del género es una lógica de poder, de dominación, siendo la forma paradigmática de violencia simbólica, definida como aquella violencia que se ejerce sobre un agente social con su complicidad o consentimiento (Bourdieu, 1988). El orden social masculino estaría tan profundamente arraigado que no requiere justificación, se impone a sí mismo como autoevidente y es tomado como “natural” gracias al acuerdo “casi perfecto e inmediato” que obtiene, por un lado, de estructuras sociales como la organización social de espacio y tiempo y la división sexual del trabajo, y por otro, de estructuras cognitivas inscritas en los cuerpos y en las mentes. Estas estructuras cognitivas se inscriben mediante el mecanismo básico y universal de la oposición binaria (Lamas, 1999).

Con la integración de las mujeres al ejército se estaría rompiendo con esta oposición binaria, con la posibilidad de acceder a especialidades ligadas al ejercicio de la guerra, así como la posibilidad de acceder al Alto Mando y, con ello, entregar amplias cuotas de poder tanto a hombres como mujeres, aspecto que concuerda con los planteamientos de la Conferencia de Beijing del año 1995, la potenciación del papel de la mujer y la plena participación de ésta en condiciones de igualdad en todas las esferas de la sociedad, incluidos la participación en los procesos de adopción de decisiones y el acceso al poder, son fundamentales para el logro de la igualdad, el desarrollo y la paz [12]. Esta declaración será puesta en práctica recién ocho años después de la incorporación de la mujer a la carrera militar como parte del cuerpo comando.

A modo de conclusión.

La presencia femenina en relación a los hombres representa tan sólo el 6% del total en el personal militar de Oficiales al año 2005, cifra que refleja una incorporación incipiente. A pesar de ello, las reformas producidas en el proceso de modernización del Ejército reflejan un avance en la concepción de género, en tanto roles y especialidades, así como en la posibilidad de adquirir crecientes grados en la toma de decisiones dentro del Alto Mando institucional.

Estimamos que el proceso de incorporación de la mujer al Ejército durante la transición democrática muestra un tránsito desde un patriarcado conservador, propio de la Comandancia en Jefe -en la Guerra Fría- de Augusto Pinochet, a un patriarcado liberal, propio de la Comandancia en Jefe de Juan Emilio Cheyre, un militar postmoderno, o de la Posguerra Fría. La incorporación de la mujer a la Escuela Militar no sólo responderá justamente a hacer más eficiente el funcionamiento castrense en su interior -objetivo de la modernización del ejército-, sino a un reconocimiento manifiesto hacia la sociedad de que tanto hombres y mujeres debieran poseer las mismas oportunidades.

De manera tal que la incorporación de ellas al ámbito castrense, también es un elemento dentro de la recomposición de las relaciones cívico–militares, en una búsqueda por restaurar las confianzas rotas durante la dictadura militar y avanzar hacia la recuperación democrática plena tanto de la sociedad como de las Fuerzas Armadas en general, acaso la tan polémica democratización de la FF.AA ¿no es también un cuestionamiento acerca de las relaciones de género al interior de dichos institutos y su vinculación con la sociedad en general? Será labor de investigaciones futuras analizar la situación en torno al tema de la equidad, así como la experiencia vivida de las mujeres y hombres de armas de cara a los casi 40 años de participación femenina en el Ejército chileno.

Notas: 

[1] Ver Hombrados, Angustias, Olmeda José A. y Delval Consuelo. “La incorporación de las mujeres a las Fuerzas Armadas: el caso español y su percepción pública en perspectiva comparada”, Instituto de la Mujer, España, 2007.

[2] Colombia (1976), El Salvador (1971), Guatemala (1967), Paraguay (1932), Ecuador (1956), Chile (1974).

[3] Argentina (1982), Bolivia (1982), Brasil (1992), Perú (1997).

[4] Entendemos la cultura patriarcal como una red cerrada de conversaciones caracterizada por las coordinaciones de acciones y emociones que hacen de nuestra vida cotidiana un modo de coexistencia que valora la guerra, la competencia, la lucha, las jerarquías, la autoridad, el poder, la procreación, el crecimiento, la apropiación de los recursos y la justificación racional del control y de la dominación de los otros a través de la apropiación de la verdad. Ésta puede ser identificada por la existencia de grandes pilares ideológicos que la definen y sustentan: La actitud de superioridad  de la cultura occidental ante otras manifestaciones culturales; la seriedad cultural cimentada en la Razón, la desigualdad económica impulsada por el capitalismo y la desigualdad de género.

[5] Para un análisis detallado ver: Gerda Lerner, La creación del patriarcado (1990); Claudio Naranjo, La agonía del patriarcado (1993); Mary Condren, “Eva y la serpiente: el mito fundamental del patriarcado”, en Mary Judith Ress y otras, eds., Del cielo a la tierra, Santiago 1994, 209-23; Riane Eisler. El cáliz y la Espada (1987);  Humberto  Maturanay Verden-Zôller, Gerda. Amor y Juego. Fundamentos olvidados de lo humano. Desde el Patriarcado a la Democracia. Ed. Instituto Terapia Cognoscitiva. Santiago, Chile, 1994; Maximiliano Salinas, La estética de la seriedad: el ideal caballeresco de la desigualdad en occidente. En revista Mapocho, número 58, segundo semestre 2005.

[6] Peto, Andrea. “Women, War and Military in Eastern Europe”. Minerva: Quarterly Report on Women and the Military, XVII (3/4), 1999, pp. 5 – 12.

[7] Los análisis han enfatizado, por un lado, las relaciones cívico – militares a partir de la transición y, por otro lado, se han enfocado en cómo esa relación repercutiría en el desarrollo de la profesionalidad castrense. Al respecto ver los estudios de Claudio Fuentes, Samuel Huntington y Morris Janowitz.

[8] Clase magistral dictada por el Sr. Comandante en Jefe del Ejército, capitán General Don Augusto Pinochet Ugarte. “Ejército de Chile: Trayectoria y Futuro”, Santiago, 21 de agosto de 1992. Departamento de Historia Militar.

[9] http://www.emol.com/noticias/nacional/2002/07/24/90794/mujeres-podran-alcanzar-grado-de-general-en-el-ejercito.html Miércoles, 24 de julio de 2002.

[10] En agosto del año 2000, el Presidente de la República crea el Consejo de Ministros para la Igualdad de Oportunidades, cuya función es supervisar y dar cumplimiento al Plan de Igualdad de Oportunidades, de modo de incorporar políticas específicas con contenidos de género en ministerios, servicios y empresas del Estado. Los PIO, por ejemplo, son documentos orientadores de su misión, teniendo como primera tarea la realización de un diagnóstico sobre la situación de las mujeres en Chile, con el objetivo de hacer visible las principales formas de discriminación existentes, y en segunda instancia, proponer un enfoque global para corregir las desigualdades a través de un conjunto de objetivos, medidas y acciones.

[11] Bajo la Comandancia en Jefe del general Ricardo Izurieta, las intenciones de avanzar en la recomposición de las relaciones cívico – militares, alejándose de la imagen de Pinochet y proyectando una nueva imagen del Ejército no tuvo la repercusión social que merecía, tras casi cuatro años defendiendo públicamente a Pinochet. En Seguel, Felipe, p. 146.

[12] Resoluciones aprobadas por la Conferencia Resolución 1, Declaración y Plataforma de Acción de Beijing* La Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, Reunida en Beijing del 4 al 15 de septiembre de 1995.

Bibliografía:

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