Hegemonía y cooptación del feminismo en Chile: de la aparición de un discurso feminista a la institucionalización de los derechos políticos de las mujeres

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Resumen:

Este artículo plantea como hipótesis la existencia de un incipiente feminismo a comienzos de siglo, el que es marginado por un discurso hegemónico proveniente de los sectores feministas ligados a la Iglesia Católica. Las elites elaboran un proyecto que prescinde de los elementos emancipatorios del feminismo y se concentra en sólo un objetivo: lograr la igualdad política formal de mujeres y hombres a través del otorgamiento del sufragio femenino. Se utiliza el concepto de hegemonía para explicar el proceso a través del cual los intereses particulares del feminismo católico devinieronen universales a través de la consolidación de un movimiento sufragista.

Palabras clave: feminismo, hegemonía, discurso feminista, derechos políticos.

Abstract:

This article poses the hypothesis of the existence of a nascent feminism in the beginningof the century, which is marginalized by an hegemonic discourse from feminist sectors linked to the Catholic Church. Elites developed a project that dispenses the emancipatory elements of feminism and focuses in only one objective: to achieve formal political equality of women and men through the granting of female suffrage.

Using the concept of hegemony to explain the process through which the interests of Catholic feminism became universal through the consolidation of the suffragist movement.

Keywords: feminism, hegemony, feminist discourse, political rights.

 

 Mauricio Amar
Sociólogo de la Universidad de Chile, alumno tesista del Magíster en Estudios de Género y Cultura de la Universidad de Chile.

 

 

En la historia de los movimientos sociales chilenos, uno de los más –si no el más importante ha sido el movimiento de mujeres, desde donde surgieron distintas formas de comprender la situación particular de las mujeres en el país. La cuestión social surgida a finales de siglo XIX, la incorporación de grandes grupos de mujeres a las industrias, los abusos y discriminaciones de género, la consolidación del movimiento obrero y el surgimiento de los partidos políticos tradicionales son parte del contexto en el que las mujeres comienzan a ser vistas como parte de la problemática, y desde ellas mismas saldrán varias soluciones y propuestas de cambio con distintos niveles de alcance social.

La hipótesis que plantea este artículo es que existió una reacción de las elites sociales frente al feminismo, las que, respaldadas fundamentalmente por la visión de mundo de la Iglesia Católica, utilizaron sus mecanismos de control interviniendo en el propio campo de acción y discurso del feminismo a través de una acción hegemónica que terminó representando los intereses del movimiento como conjunto y reemplazando la construcción de discursos emancipatorios por el del derecho a sufragio.

Diversos autores han tendido a deslegitimar el carácter feminista del los movimientos de mujeres de comienzos de siglo XX[1], haciendo énfasis en las contradicciones en los artículos publicados tanto de las revistas de mujeres como de los periódicos obreros que aquí mencionaremos. Sin embargo, desde mi punto de vista, la contradicción es un elemento constitutivo de la construcción de cualquier tipo de identidad, precisamente porque ésta se sustenta siempre en las ideas y no en una verdad. Como proceso social, la conformación de una identidad feminista se encuentra lejos, como cualquier otra identidad, de alcanzar una coherencia absoluta; por el contrario, son las complejidades y contradicciones las que le dan fuerza al debate y mayor posibilidad de articulación a las estrategias. El énfasis estará acá, en cambio, en la comprensión de las desigualdades entre hombres y mujeres por parte de las feministas de comienzos de siglo XX precisamente por la importancia que esto tiene para los estudios de género.

El concepto de hegemonía.
Entendemos que el surgimiento del feminismo de carácter obrero en Chile se da como
una respuesta a un discurso hegemónico promovido por las élites a través del proceso de fortalecimiento del Estado nacional, discurso que establece una valoración diferencial de los géneros, colocando a la mujer en el ámbito de lo privado y al hombre en lo público, espacios simbólicos que son construidos a la luz de esa propia hegemonía. Pero también entendemos aquí que el desarrollo de un movimiento contra-hegemónico como el feminismo se enfrenta necesariamente a rearticulaciones de las estructuras de poder que buscan frenar los cambios para mantener su hegemonía

La hegemonía de un grupo implica supremacía, es decir, dominación y dirección intelectual y moral (Gruppi, 1978). Explicado por Laclau y Mouffe (Laclau & Mouffe, 2006), la hegemonía supone que un elemento particular asume una función universal estructurante dentro de un cierto campo discursivo; en otras palabras, es una particularidad que asume la representación de una universalidad que la trasciende (Laclau & Mouffe, 2006: 12-14). La hegemonía siempre implica una relación, y la dominación de un discurso hegemónico siempre es reversible en la medida en que existen actores sociales que aspiran a establecer su propio discurso como hegemónico. En efecto, “es porque la hegemonía supone el carácter incompleto y abierto de lo social, que sólo puede constituirse en un campo dominado por prácticas articulatorias” (Laclau & Mouffe, 2006: 178).

Si comprendemos la hegemonía como el concepto central de las relaciones de poder entre grupos con proyectos que sólo se pueden realizar parcialmente en la medida en que adquieren la representación del total, al tiempo que no renuncian a su propia particularidad, debemos plantear dos elementos importantes: en primer lugar, la hegemonía no es represión sino, al contrario, una forma de inclusión bajo parámetros cerrados, tan cerrados como sea necesario para poder seguir ejerciendo la hegemonía. Pero, por otro lado, al ser la hegemonía una particularidad que no puede renunciar a su condición, siempre es incapaz de contener en sí misma la realidad social, cambiante, compleja y construida permanentemente por relaciones sociales en las que los individuos y colectivos no alcanzan jamás a realizar el proyecto hegemónico.

Éste no es un proceso fácil, pues para conformar un proyecto contra-hegemónico es necesario sortear dos barreras importantes. Por una parte, el sentido común se encuentra construido a partir de las distintas instancias en las que se ubica un individuo, como la estratificación social y el ambiente cultural. En ese sentido, tal como plantea Gramsci (citado en Gruppi, 1978), la conciencia del las personas no es otra cosa que el resultado de una relación social, siendo ella misma una relación social o, como ha dicho Adorno,

“Las ideologías que son inmediatas a los seres humanos mismos, no tienen su origen social sin más en esos seres humanos y en su consenso, sino que, o bien les son impuestas colectivamente, por medio de tradiciones, o bien (…) son creadas por medio de una conformación altamente concentrada y organizada de la formación de opinión, es decir, por medio de la industria de la cultura en un
sentido amplio” (Adorno, 2006: 166)

Un autor relevante para el concepto de hegemonía fue Lenin (Lenin, 1975), quien planteó respecto a la lucha del proletariado algo similar a lo que ocurrió con el feminismo incipiente de comienzos de siglo XX: “a la burguesía le conviene más que los cambios necesarios en un sentido democrático-burgués se produzcan con mayor lentitud, de manera más paulatina y cautelosa; de un modo menos resuelto, mediante reformas y no por medio de la revolución” (Lenin, 1975: 13).

El surgimiento del feminismo obrero.
Como describe Hutchison (Hutchison, 1995), desde fines del siglo XIX y a lo largo de Chile, las mujeres habían ingresado a la fuerza de trabajo remunerada en números crecientes, llegando a conformar casi un tercio de la población económicamente activa para 1907. Entre 1920 y 1930, esta proporción disminuyó levemente hasta llegar a cerca de un quinto del total[2]. El sector económico más importante en términos de empleo femenino fue la industria (Hutchison, 1995). Los cambios en el panorama del trabajo asalariado femenino acompañaron el crecimiento de la ciudad, provocando el interés de varios actores sociales, quienes vieron en las mujeres obreras el mejor ejemplo de una sociedad en crisis y, por lo mismo, fue un estímulo para implementar reformas necesarias (Hutchison, 2006: 23).

A diferencia del trabajo masculino el desempeñado por las mujeres era un trabajo no deseado por la sociedad. La famosa idea de que el trabajo dignifica al hombre promovida por la encíclica papal Rerum Novarum de 1891 debía tomarse al pie de la letra, sin transformar el concepto de hombre en un universal. Esta encíclica consideraba que las mujeres no debían salir del hogar para ir a trabajar, pero si las circunstancias las obligaban, la Iglesia les advertía que se mantuvieran alejadas de las sociedades mutualistas de ideologías izquierdistas (Lavrin, 2005: 117). Aquello marcó una diferencia importante en la construcción simbólica de las mujeres como proletariado, pues su situación, dado que la hegemonía construye el sentido común de los obreros en términos de género, no era bien vista ni por la burguesía ni por un número importante de obreros.

Uno de los oficios en los que participó una gran cantidad de mujeres a comienzos de siglo XX fue el de costurera, una extrapolación del trabajo femenino en el hogar ubicado en un contexto de creciente necesidad de mano de obra barata producto del proceso de industrialización. Entre las costureras surgieron las primeras críticas organizadas en contra de la explotación femenina y hoy podemos reconocer entre ellas a las más importantes representantes del anarquismo de la época. Ellas tenían la posibilidad de concebir un mundo distinto que les era negado por las diferencias de clase, pero mundo del cual participaban parcialmente como visitantes en su calidad de mujeres, o mejor dicho, por un “oficio de mujeres” por el cuál eran discriminadas.

Desde 1887 se crearon numerosos sindicatos femeninos, que buscaban ser representativos de una realidad particular que afectaba a las mujeres que habían entrado al mundo del trabajo asalariado. Allí se iba definiendo un discurso que ellas mismas no dudarán en calificar de feminista. Como ha señalado Lavrin (Lavrin, 2005), cuando salió por primera vez la publicación La Alborada (1905-1907), ésta se autodefinió como defensora de las clases proletarias. Sin embargo, ya al término de su segundo año de vida se denominaba como una publicación feminista (Lavrin, 2005: 40). Un caso mucho más definido es el de la revista La Palanca, que abogó por la independencia económica de la mujer como primera prioridad, dando también importancia a la liberación social y política, a la educación y al control de la natalidad para poner fin a la maternidad obligada entre las obreras (Lavrin, 2005: 40). De esa manera, dicha publicación incorporaba un tema fundamental, que era el del control del cuerpo por parte de las mujeres, ideal que es fundamental en el feminismo actual. En este sentido, en 1913 la escritora Clara de la Luz, en el Centro Demócrata, “acusó a la Iglesia y a los capitalistas de estimular la procreación ciega del proletariado con el fin de mantener una oferta abundante de mano de obra barata” Lavrin, 2005: 172). Al amparo de organizaciones mutuales y sindicales aparecerá un claro llamado de las mujeres a los hombres para que las integren como parte fundamental de la lucha del proletariado. Las feministas asumirán que no es posible llevar a cabo la revolución sin la participación de la mujer y exigen ser incluidas en el proceso de transformación de la sociedad. Una escritora del periódico La Palanca escribía en agosto de 1908:

“Ese sagaz i esforzado soldado (en alusión al proletariado masculino), que aprovecha hasta los más insignificantes medios de acción, no ve, no oye, no quiere ver, ni quiere oír el potente ruido de una fuerza motriz que inunda al mundo. Esa fuerza motriz anónima; incomprensiblemente abandonada, i de cuya acción depende el éxito de la lucha es la mujer” (S. de Z.,1908: 42).

Las mujeres obreras de comienzos de siglo siempre se moverán en la ambigüedad de buscar cambiar las relaciones de género, y al mismo tiempo seguir manteniendo un discurso que exalta lo femenino o masculiniza el trabajo de la mujer. A este respecto, Hutchison indica que las militantes activas de las organizaciones urbanas en el Chile de comienzos de siglo XX justificaban la participación de las mujeres en el mundo del trabajo asalariado resaltando virtudes supuestamente presentes en las mujeres como una esencia como es el caso del ideal del sacrificio propio (Hutchison, 2006: 23). ¿Acaso quienes promueven una contra-hegemonía podrían comprenderse como fuera del mundo de la hegemonía? En ningún caso, y por ello la feminidad fue un recurso constantemente levantado incluso para participar del mundo del trabajo. Lavrin plantea que

“la feminidad se entendía como el conjunto de cualidades que constituían la esencia de ser mujer. Estas cualidades tenían una definición social, aunque también se enlazaban con las funciones biológicas de la condición de mujer y de madre: una mujer femenina era encantadora, fina, delicada y abnegada (…) las mujeres debían reconocer su destino biológico y su efectiva definición en el matrimonio y la maternidad” (Lavrin, 2005: 52-53),

Ecuación reforzada por la hegemonía de la Iglesia Católica y por la educación, en un primer momento controlada fundamentalmente por la misma Iglesia y luego, a partir de la década de 1920, preponderantemente por el Estado. Existe, por otra parte, una nueva dialéctica entre la conformación de un discurso feminista, que ya tenía que lidiar con sus propias contradicciones hegemónicas, y la sub-sumisión de este al interior de otro movimiento más amplio, que en ocasiones lo ahogaba, como es el movimiento obrero. Esto conducía a las primeras obreras feministas a concebirse a sí mismas más como compañeras de lucha de los hombres en su misma situación, probablemente debido a la identificación rígida del obrero hombre con la clase portadora de la nueva sociedad [3]. Muchos dirigentes obreros, de hecho, protestaron por los supuestos efectos perniciosos del trabajo femenino sobre la familia obrera y la sociedad chilena (Hutchison, 1995), enmarcando este proceso como un elemento más de la llamada  cuestión social.

Pero esta relación no puede ser vista de una manera tajante. Como Hutchinson misma argumenta, la figura de la mujer obrera fue cada vez más común y cercana para los obreros sindicalistas, que comenzaban a verlas, a comienzos de siglo XX, como compañeras en la lucha revolucionaria (Hutchison, 1995). Buenos ejemplos de esta relación de creciente cercanía entre ambos géneros ubicados en similar situación de clase, los encontramos en las primeras revistas feministas donde no sólo escribían mujeres. En una inédita recomendación, dirigida a las mujeres, un obrero escribía en La Palanca acerca de la realidad dual de las mujeres como proletarias y al mismo tiempo madres:

“(…) sed prudentes, utilizando los medios que la ciencia os ofrece para disminuir enseguida los sufrimientos humanos; aprended a no ser madres más que con vuestro consentimiento i no engendréis mas que hallándoos en condiciones que os permitan dar la vida a seres sanos i vigorosos (…)” (Revista La Palanca, 1908).

La incorporación creciente de la mujer al mundo obrero hizo que participara de él cada vez más como un igual. Algunos autores han tratado de ver en la desaparición de las revistas feministas después de 1908, una ausencia del movimiento feminista obrero. Sin embargo, Hutchison ha planteado que, en realidad, hay una incorporación mayor de los temas feministas al interior de las organizaciones de tipo socialistas y anarquistas, las que se encuentran referenciadas hasta por lo menos la década de 1920 (Hutchison,2006: 150-151). Durante esa época, las feministas socialistas, como plantea Lavrin, levantaron tres ideas que fueron pilares fundamentales: el reconocimiento de la capacidad intelectual de la mujer, su derecho a ejercer toda actividad para la cuál tuviese capacidad y su derecho a participar en la vida cívica y en la política (Lavrin,2005: 37).

Ahora bien, una de las demandas básicas de los feminismos obrero y socialista fue el derecho a tener representación política. Pero a diferencia del feminismo posterior, el obrerismo femenino, sobre todo aquel ligado a las asociaciones de costureras de comienzos de siglo, iba mucho más allá que la búsqueda del voto; buscaba cambiar la estructura social desigual. Una de las ideas relevantes presentes en el feminismo obrero, y que confirman su carácter emancipatorio, tiene que ver con el hecho de que comprendía que la opresión sobre la mujer era un fenómeno histórico, posible de ser superado a partir de la organización. A este mismo respecto, este feminismo tenía conciencia de la dificultad que significaba la falta de reconocimiento de la importancia de esta tarea por parte de las propias mujeres. Éste no es un hecho menor pues aquí hay una visualización de la hegemonía ejercida por las estructuras de dominación y, al mismo tiempo, la idea de que la mujer es una construcción social, años antes de que aquello fuese planteado con fuerza por Simone de Beauvoir en términos teóricos. Un buen ejemplo es la presentación del periódico feminista La Palanca de 1908, dirigido por Esther Valdés de Díaz:

“Tan arraigada está en nuestra condición de mujer, la creencia que nuestra esclavitud es cosa natural e inherente – que creemos tendremos que sostener ruda lucha, dentro de nuestro sexo, para convencernos de lo indigno i despreciable de nuestra condición actual; i que debemos emplear toda nuestra energía, para llegar a conquistar en la Sociedad el puesto que por derecho natural nos corresponde” (Revista La Palanca, 1908).

Es necesario aclarar que dentro del propio feminismo obrero existía la sensación de estar luchando contra barreras de tipo estructurales, que tenían efectos sobre las conciencias de las propias obreras. Esther Valdés de Díaz argumentaba en 1907, en la Revista La Alborada, que “las mujeres obreras no participaban en el movimiento obrero porque habían sido condicionadas para ceder, porque eran ridiculizadas por sus intentos de lucha y porque se les había negado la clave de la emancipación: la educación” (Hutchison, 1995). Podemos apreciar con claridad la comprensión del problema en términos culturales y políticos por parte de Valdés. No es menor, además, el hecho de que la educación femenina había ido aumentando su cobertura durante todo el siglo XIX, por lo que debemos identificar un conflicto doble: de clase por cuanto a las mujeres obreras se les negaba la educación, y de género ya que la educación existente las preparaba exclusivamente para las labores domésticas.

La irrupción del feminismo católico.
Ya vimos cómo la Iglesia Católica, a través de la Rerum Novarum, buscaba influir en las mujeres obreras a fin de que no formasen parte de organizaciones de izquierda. Pero el grupo que la Iglesia identificaba como su particularidad universalizable (en términos de Gramsci, su bloque histórico) no se encontraba en las obreras, sino en las clases alta y media, donde existía una fuerte presencia de mujeres feligresas de la Iglesia Católica. La principal tarea como miembros de la Iglesia, sobre todo en los sectores más pudientes de la sociedad, fue hacerse cargo de la beneficencia y la caridad, posición desde la cuál muchas mujeres abogaron por una mejora en las condiciones de sus congéneres. También existió un grupo de mujeres laicas, dentro de la clase alta, que promovía una mayor calidad de vida para las mujeres en general y, en algunos casos, llegaron también a organizarse, sin tener mayor preponderancia en un comienzo. Así, la división de clases dentro del feminismo hacía que las mujeres de clase alta ligadas a la Iglesia se agruparan en torno a asociaciones de beneficencia, las de clase alta pero laicas en organizaciones de corte liberal y las mujeres trabajadoras en mutuales y sociedades obreras (Errázuriz, 2005).

Aquí nos interesa sobre todo el caso de las feministas católicas que van a cumplir, desde el enfoque que aquí presento, el rol más determinante en cuanto liderar hegemónicamente a las mujeres para conseguir el derecho a sufragio, impidiendo que aquello se expresara en cambios sociales de mayor magnitud. De hecho, en el catolicismo había un rechazo a la idea de emancipación de la mujer, corroborado en 1937 en la Encíclica Mit Brennender Sorge del Papa Pío XI, donde se consideraba este concepto como negativo porque separaba a la mujer de la vida doméstica y del cuidado de los hijos “para arrastrarla a la vida pública y a la producción colectiva” (Antezana- Pernet, 1995).

El catolicismo se encontraba vinculado fundamentalmente al Partido Conservador, desde donde las mujeres podían presionar por obtener mayores derechos políticos. Este partido es el primero que propone, efectivamente, en 1865, a través del congresista Abdón Cifuentes, el voto femenino. Luego, diez años más tarde, mujeres ligadas al Partido Conservador y a la Iglesia intentaron inscribirse, algunas de ellas con éxito, en los registros electorales para las elecciones municipales y parlamentarias. La razón fundamental de este apoyo conservador al sufragio femenino no se encontraba precisamente en la búsqueda de transformaciones sociales, sino precisamente en lo contrario. En la medida en que se asumía una mayor cercanía en general de las mujeres a la Iglesia, se pensaba que estas votarían de modo conservador, lo que reforzaría a los clericalistas dentro del sistema de gobierno. De esta manera se articuló un pensamiento de tipo sufragista pero que no propiciaba la emancipación de la mujer, ni mucho menos el abandono de sus roles principales, el de madre y esposa; por el contrario, ponía énfasis en la consecución de derechos civiles, sobre todo los que tenían que ver con la familia y los hijos (Errázuriz, 2005). Y así como las feministas obreras resaltaban las características femeninas en el trabajo, las feministas católicas buscaban que el obtener el sufragio no fuese visto de ninguna manera como algo perjudicial para el mantenimiento de la feminidad.
Como plantea Lavrin, un ejemplo de esto son las fundadoras del Partido Cívico Femenino (fundado en 1922) que

“negaron que siguieran a aquellas mujeres que, en España y en otros países de Hispanoamérica, daban la impresión de que la feminista era un ‘ser sin sexo’ (…) las adherentes al partido rechazaron categóricamente ‘el feminismo anarquizante, libertario y materialista, que amenaza despojar de sus nativos encantos a la mujer, convirtiéndola en un ser neutro, que desbarataría el armonioso equilibrio establecido por la naturaleza entre ambos sexos” (Lavrin, 2005: 57).

Cabe resaltar que este partido era de corte laico, pero profundamente construido por las valoraciones de género de la visión clerical, lo que muestra aun más la hegemonía discursiva de ésta.

Las feministas católicas serán, desde fines de siglo XIX hasta el logro del sufragio femenino, las principales promotoras del voto femenino. En términos prácticos, el feminismo católico y la defensa por el sufragio iban de la mano, y aquello fue un hecho novedoso si consideramos que en el resto de América Latina y en Europa la Iglesia Católica fue un claro oponente a quienes buscaban otorgar derecho de sufragio a las mujeres, confrontándose fundamentalmente con el protestantismo liberal.

Ahora bien, un punto de especial importancia es el cómo logran las mujeres de clase alta, ligadas a la Iglesia, establecer una hegemonía y no quedarse en el reducto de las demandas particulares. En primer lugar, ellas tenían una mayor posición de poder frente al feminismo proletario, ya que eran esposas de los hombres que sí podían tomar decisiones, mientras que en el caso de las obreras, en muchos casos sus parejas también sufrían de discriminación por el hecho de ser analfabetos. Pero en segundo lugar, y quizás mucho más determinante para la historia del movimiento de mujeres, es que las feministas burguesas fueron acompañadas por la Iglesia como estructura de poder, que mantenía escuelas y hospitales dedicados especialmente a las clases populares. Estos eran espacios de ayuda a las mujeres más pobres, a las que sufrían la prostitución obligada y a las mujeres explotadas en las fábricas.

Frente a un Estado que crecientemente se desprendía de la estructura eclesial, nuevas estructuras de evangelización debían ser creadas, y las mujeres cumplían ahí un rol preponderante. Un ejemplo de cómo se despliegan estas redes de la Iglesia lo presenta Maza (Maza, 1995) cuando describe la fundación de la Cruz Blanca en 1918 a cargo de Adela Edwards de Salas. Los fines de esta organización eran

“acoger y educar a niñas que habían sufrido abusos, habían sido abandonadas, o eran huérfanas; albergar y alimentar a menores embarazadas, a madres solteras y a jóvenes víctimas de la prostitución, brindándoles educación a cargo de personal calificado para facilitar su reinserción en la sociedad o devolverlas a sus familias; promover reformas legales que protegieran a las menores contra la explotación y que prohibieran la trata de blancas; crear comisiones judiciales que aseguraran la aplicación de sanciones a quienes habían abusado o pervertido a menores; y tratar de prevenir tales abusos al educar, por medio de la prensa y de conferencias, a los dueños de fundos, a los dueños de fábricas, a las madres pobres, y al público en general” (Maza, 1995).

En esos espacios se fraguó un feminismo conservador, que no buscaba emancipar a las mujeres, sino desarrollar a cabalidad el plan de la Iglesia de mantener su hegemonía sobre la sociedad y aumentar el bienestar de las mujeres de todos los estratos para que pudiesen cumplir de manera plena con el rol asignado a su género por la religión. Este es un punto importante, ya que en el discurso feminista católico chileno hay una novedad que es la preocupación por cambiar un sistema discriminatorio por cuanto éste imposibilita consumar el verdadero rol de las mujeres, fundamentalmente el de madre.

Así lo deja entrever la revista Nosotras de 1931:
“Así nosotras jamás podremos abandonar el sentido de maternidad que envuelve y compenetra nuestra comprensión de la vida (…) La feminista de verdad que no desea ser blanco de injusticias legales, porque quiere armonía en su hogar, también boga entusiastamente por el voto, con propósitos de nobleza y elevación: quiere defender a sus hijos de la guerra siniestra que se ensaña brutalmente en los mejores retoños de la familia humana. La madre feminista no solamente vela y labora por sus propios hijos, sino por los hijos de todas las naciones” (Revista Nosotras, 1931).

Es necesario recalcar que en el caso de los sectores liberales de clase alta existía una mayor distancia entre hombres y mujeres en el sentido de que no existían instancias en las cuales participaran juntos. La masonería y los clubes de hombres, donde predominaban las ideas liberales, no integraban a las mujeres ni siquiera de modo diferencial (Maza, 1998), mientras la Iglesia no sólo sí las integraba sino que, además, les tenía reservado un espacio de toma de decisiones respecto a los ámbitos que consideraba femeninos, como la caridad y la educación. De ahí que la posibilidad de cristalizar una hegemonía fuese distinta para ambos sectores, aunque cabe decir que en muchos casos los razonamientos de liberales y conservadoras llegaban a las mismas conclusiones.

El feminismo de clase alta y liberal, marginal en número, ni siquiera creía en el derecho a voto, sino más bien buscaba la educación de las mujeres y la modificación del Código Civil que las hacía demasiado dependientes de sus pares masculinos Castillo, 2005: 23). En ambas cosas estos feminismos burgueses acercaban sus puntos de vista, y ninguno cuestionó seriamente las estructuras sociales productoras de la discriminación social contra las mujeres (Errázuriz, 2005); sin embargo, la movilización del derecho a sufragio por parte del feminismo católico marcó una diferencia fundamental para establecer hegemonía, pues no solo llegaba donde el anticlericalismo no podía llegar, sino además presentaba un proyecto con sentido para las mujeres que veían sus derechos cada vez más vulnerados en la medida en que ingresaban con fuerza al mundo laboral. Ese proyecto era el sufragio que, a diferencia de las búsquedas por la emancipación de las mujeres presente en el discurso feminista obrero, contenía un fuerte tinte conservador, lo que desde este enfoque fue un factor determinante para que el voto no significara finalmente un cambio sustantivo en la estructura social, sino un reacomodo de las estructuras de dominación que siguieron siendo hegemónicas.

La batalla por el sufragio.
Con una influencia notoria del feminismo obrero de comienzos de siglo XX, al mismo tiempo con un tinte anticlerical, pero de igual manera marcada por la hegemonía de la
Iglesia Católica, surgirá entre las décadas de 1920 y 1940 algo que podríamos identificar como un movimiento de mujeres, que agrupa a distintos sectores ideológicos, cuyo principal objetivo es lograr el sufragio femenino. A este movimiento es el que hemos conocido como sufragista y al cual muchos autores han sido reacios en llamar feminista. La hegemonía ejercida por el feminismo católico, sumado a los cambios sociales que colocaron a las mujeres en el ámbito del trabajo asalariado, lugar indiscutiblemente público, llevó a que el tema de la participación de la mujer en los espacios de toma de decisiones fuese algo cada vez más cercano. Allí se produce un encuentro entre los distintos tipos de feminismos que comprenderán la realidad como cambiante y no determinada por la naturaleza, pero al mismo tiempo con un proyecto reformista que no buscará cambiar la sociedad en su conjunto, ni siquiera la desigualdad de género en términos generales, sino fundamentalmente alcanzar la igualdad en términos político-representativos, para elegir representantes y representar. La década de 1930 fue decisiva en cuanto a la conformación de un ideario político de los grupos de mujeres en torno a la idea de conseguir el sufragio.

La dictadura de Carlos Ibáñez del Campo, entre 1927 y 1931, provocó la marcha conjunta de hombres, que veían amenazada su capacidad de votar, y mujeres, para quienes la posibilidad de alcanzar el derecho a voto se veía cada vez más lejana. En este contexto, como plantea Lavrin, la participación de las mujeres en las protestas callejeras contra la dictadura de Ibáñez sobrepasó todos los umbrales de manifestaciones políticas femeninas. Una vez concluido este período turbulento, en 1931, las organizaciones de mujeres elaboraron programas políticos centrados en el sufragio, pero que consideraba otros temas sociales, programas que fueron encontrando cada vez más eco en sus pares masculinos (Lavrin, 2005: 375).

Un buen ejemplo de este esfuerzo por aglutinar a todas las mujeres bajo el signo fue la dedicación que tuvo la revista Nosotras de la Unión Femenina de Mujeres, que durante todo el año de 1932 publicó artículos sobre obreros y obreras, y sobre la crisis económica y social chilena (Lavrin, 2005: 376). De esta manera buscaba representar de manera hegemónica los intereses de todas las clases sociales, sin embargo se encontraba atada a la representación en realidad de una particularidad, la de la situación de las mujeres de clase alta y media. Esto último queda en evidencia en su primera editorial, donde aboga por un feminismo sufragista que no deje de lado aquello específico de las mujeres, la maternidad. Según la revista, en Chile “las mujeres jamás podremos abandonar el sentido de maternidad que envuelve y compenetra nuestra comprensión de la vida” (citado en Lavrin, 2005: 376). Para ganar adeptas al sufragio, la revista planteó, en 1932, que las mujeres debían estar tranquilas pues “ni la feminidad ni el hogar sufrirían debido a la participación de la mujer en política (…) el sufragio es la expresión práctica de la necesidad de ejercer un amplio apostolado de paz y armonía en todas las clases sociales” (citado en Lavrin, 2005: 376). En esta revista participaban como colaboradoras, entre otras, Amanda Labarca y Gabriela Mistral. Existe un cierto retorno a las temáticas de comienzos de siglo con el surgimiento del Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCh).

Para la memoria feminista el MEMCh fue el actor más preponderante en conseguir el sufragio femenino en Chile ya que logró integrar en sí efectivamente a los sectores populares en un proceso de búsqueda de cambio social. Sin embargo, como he tratado de plantear en este texto, el MEMCh no escapaba a la hegemonía impuesta por un feminismo católico. Es más, su éxito se debió fundamentalmente a que jugó políticamente un rol ambiguo, sin definir corrientes ideológicas. El movimiento fue liderado por mujeres de clase alta,liberales o católicas moderadas, lo que evidentemente le daba la posibilidad de leer la sociedad desde una posición determinada por sus propias características de clase y género. Durante su existencia (1935-1953), el MEMCh fue percibido como un movimiento de izquierda. De hecho su principal dirigente, Elena Caffarena, estaba casada con un militante comunista. Sin embargo, como plantea Lavrin, aparentemente la cercanía del movimiento con los sectores proletarios creó un clima de desconfianza en las clases media y alta, de donde provenían sus dirigentas (Lavrin, 2005: 392). Por ello, la propia Caffarena articuló un discurso coherente con aquél levantado por los sectores hegemónicos y despolitizó al MEMCh hasta que las circunstancias lo obligaran a tomar parte de la vida política. Así, como ha llamado la atención Antezana-Pernet “el programa del MEMCh era lo suficientemente diversificado para suscitar la adhesión de mujeres de distintos sectores de la sociedad” (Antezana-Pernet, 1995: 142). Aun cuando el MEMCh asumió una lucha frontal por conseguir el voto femenino, no tuvo la capacidad de articular un discurso más amplio que considerara situaciones más allá de las exclusivamente atingentes para las mujeres, aunque en este plano fue bastante innovador al considerar también los derechos reproductivos. Un claro ejemplo de la separación estricta que se estableció entre los problemas femeninos y los del resto de la sociedad se encuentra en las palabras de la propia Caffarena respecto a las competencias del MEMCh: “Cada organismo tiene su función; para la lucha de clases están los sindicatos; para las lucha política, los partidos, y para las luchas femeninas, las organizaciones femeninas, como el MEMCh” (Lavrin, 2005: 392-393). Respecto del MEMCh, no es posible establecer una posición clara, pues siempre se movió entre los sectores progresistas, pero al mismo tiempo su publicación Mujer Nueva contenía artículos de diversa índole bajo distintos enfoques. Aunque su meta como organización –la emancipación integral, especialmente la emancipación económica, jurídica, biológica de la mujer (Revista Mujer Nueva, 1935)– era amplia, en la práctica el MEMCh fue un impulso importante para consolidar el proyecto hegemónico ya forjado por el feminismo católico que permitió el voto femenino para las elecciones municipales en 1938 y la aprobación del voto universal en 19484. El sufragio marcó así el logro más relevante de todos los movimientos de mujeres, pero como no significó un cambio del orden social, sino una inclusión reformista de la mujer en el mundo público, su incorporación a este se dio de una manera diferencial, siendo hasta hoy muy disminuida la participación femenina en cargos decisivos frente a los hombres. El MEMCh desaparecería en 1952, es decir, apenas tres años después de lograr el sufragio universal, lo que a la luz de este enfoque debe ser entendido como el triunfo de un discurso hegemónico cuya forma concreta a través de la cuál logró transformar la particularidad de los intereses de las mujeres de clase alta ligadas a la Iglesia Católica en los intereses de todas las mujeres, fue el sufragio. De esta manera, el MEMCh, aun cuando tenía un programa mucho más amplio, perdió razón de existir y tras su final el movimiento de mujeres volvió a quedar desarticulado y las mujeres chilenas expuestas de manera mucho más frontal al ejercicio del poder por parte de las elites.

Conclusiones.
En este ensayo no he tratado de aminorar el logro del sufragio femenino, sino reubicarlo en cuanto a sus alcances políticos, sociales y culturales. En la actualidad las mujeres que ocupan cargos de toma de decisiones son muy inferiores en número a los hombres en esa misma situación. Sólo por evidenciar ejemplos, en la estructura política vemos que en la Cámara de Diputados el porcentaje de mujeres apenas llega al 15% y en el Senado al 5%; sólo un 12% del total de alcaldes son mujeres y estas representan el 17% de los concejales. En términos laborales, de las mujeres chilenas sólo participa en el mercado del trabajo el 38% y ganan hasta un 25% menos que los hombres cumpliendo iguales funciones. Los trabajos en los cuales participan mujeres son los más degradados culturalmente y deben soportar hacerse cargo de manera casi exclusiva del ámbito de la reproducción y el cuidado de los hijos, lo que les acarrea tener que cumplir hasta con tres jornadas laborales diarias (trabajo, casa, hijos). No podemos decir que la falta de logros en materia de mejoramiento de la situación de las mujeres se deba a la cristalización de la hegemonía por parte de un grupo específico que durante todo inicio del siglo XX levantó un discurso sufragista en contraposición a otro de carácter emancipatorio. Esto sería forzar demasiado los sucesos que permitieron a las mujeres integrarse formalmente a la vida política. Sin embargo, la reflexión aquí planteada busca evidenciar los mecanismos a través de lo cuales las elites siguen siendo elites a pesar de cambios jurídicos importantes. Un caso muy similar es el que ocurrió en Chile durante y después de la última dictadura militar (1973-1990), donde el feminismo jugó un rol esencial en el derrocamiento del régimen de Augusto Pinochet y a través de la conquista de la democracia logró institucionalizar los temas de las mujeres a través del Servicio Nacional de la Mujer, momento a partir del cuál se debilita el movimiento feminista y el logro se consagra fundamentalmente en el plano formal con, por supuesto, algunas protecciones explícitas para las mujeres, los que pueden considerarse avances concretos, tal como lo fue en su momento el otorgamiento del voto.

He querido exponer aquí la relevancia de la teoría para explicar los fenómenos históricos. En este caso se ha acudido a la hegemonía como concepto explicativo de las formas de articulación de las relaciones de poder y la universalización de las demandas de los grupos dirigentes, de una sociedad conformada fundamentalmente a partir de las diferencias de clase, demandas que los sectores proletarios terminan asumiendo como propias. Tanto Lenin como Gramsci han aplicado el concepto para comprender la problemática obrera, y si bien aquí se ha tratado de mostrar las diferencias de clase entre las mujeres como factor fundamental de las formas que adquirió su organización, al referirme exclusivamente a los movimientos de mujeres, quiero hacer hincapié en la problemática del género y la desigualdad específica que vive la mitad de la población por las desigualdades existentes en este ámbito.

Finalmente, otra meta propuesta aquí ha sido resaltar la existencia de un pensamiento feminista a comienzos de siglo XX que, si bien nunca logró consolidarse con un discurso hegemónico, sí dejó una huella posible de ser seguida y releída. Las experiencias de las feministas obreras fueron tan significativas que terminaron por convertirse en referente para quienes en los años 30’s conformaron el MEMCh, quizás la organización más importante del feminismo chileno, que luego, en otro contexto, volvería a aparecer y desaparecer creando un nuevo silencio feminista (Godoy et al,
2003).

Bibliografía

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Notas 

[1] Creo que la reflexión más relevante en este sentido es la de Alejandra Castillo (Castillo, 2005).

[2] Un tercio de las mujeres en el total de la población económicamente activa era también un 24% de las mujeres en edad de trabajar. A pesar de la inserción laboral creciente de las mujeres, en la actualidad, según cifras de 2006, sólo el 38,5% de las mujeres en edad de trabajar participa del mercado del trabajo
(MINTRAB, s/f).

[3] Al respecto, Carmela Jeria indicaba en 1905, a propósito del nacimiento del periódico feminista La Alborada: “no poseemos más caudal para la publicación de La Alborada, que la firme voluntad que nos anima y la satisfacción que experimentamos de alentar a nuestros hermanos y decirles que las proletarias están a su lado para afrontar los peligros de la lucha proletaria y ¡adelante!” (La Alborada, 1905). Así mismo, Ricardo Guerrero afirmaba en el mismo periódico “Ella ha seguido al hombre en todas sus etapas: desde su estado puramente animal, en épocas pre-histórica hasta nuestros días civilizados, maltratada y no comprendida nunca, sin embargo, no se a agriado su carácter ni de sus labios se ha escapado una queja…” (La Alborada, 1906).

[4 ]No deja de llamar la atención que en el mismo gobierno en que se otorgó el derecho a sufragio a las mujeres, de Gabriel Gonzalez Videla, se dictara la ilegalidad del partido comunista y la persecución por razones ideológicas.

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